Bleach:detective - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Capítulo 25 El Juego del Ojo Ciego
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25: Capítulo 25: El Juego del Ojo Ciego 25: Capítulo 25: El Juego del Ojo Ciego La sensación de estar observado no desapareció.
Se convirtió en una constante de bajo nivel, un hormigueo en la base del cráneo que León aprendió a ignorar, como se ignora el sonido del tráfico.
No era hostil.
Era metódico.
Alguien estaba estudiándolo, midiendo sus movimientos, sus rutinas.
Y lo hacía tan bien que, después de tres días, León empezó a sentir un respeto profesional por su sombra.
Era un juego.
Uno que no había iniciado él, pero que ahora debía jugar.
El tablero era Karakura.
Las piezas, desconocidas.
Pero había un patrón en la forma en que la Presión del observador aparecía y desaparecía: siempre en los bordes de su investigación sobre Kaito Tanaka.
Cerca del parque.
Al revisar los registros del canal.
Cuando preguntaba discretamente por “hombres altos con ropa extraña”.
El observador estaba interesado en el mismo caso, o en su interés por él.
El dibujo del “hombre del sombrero” lo llevó a un callejón muerto en el distrito comercial, un lugar de almacenes cerrados y fachadas descascaradas.
Allí, su sentido espiritual detectó algo raro: un punto donde la Presión ambiental, normalmente caótica, estaba ordenada.
Suavizada, como si un filtro la hubiera tamizado.
Y en ese punto, había una tienda.
Urahara Shoten, rezaba el letrero, viejo y ligeramente torcido.
Una tienda de golosinas.
Absurda en ese lugar.
Una fachada tan obvia que rayaba en lo arrogante.
León se detuvo frente a ella.
No se acercó a la puerta.
Se quedó parado en la acera de enfrente, como un cliente indeciso.
Su mente, sin embargo, estaba a toda velocidad.
Establecimiento anómalo, Presión ambiental manipulada.
Posible centro de operaciones.
¿Del observador?
¿De los cazadores?
El nombre “Urahara” no aparece en ningún registro local anterior a cinco años.
Tengo 3 opciones: 1.
Entrar, Riesgo máximo.
2.
Observar por tiempo limitado, pero ya me han detectado.
3.
Provocar una reacción.
Eligió una mezcla de dos y tres.
Sacó un cuaderno y empezó a tomar notas ficticias, mirando alternativamente la tienda y su reloj, fingiendo una cita.
Actuó el papel de un detective meticuloso pero ligeramente fuera de lugar.
Quería que lo vieran actuar, para estudiar la reacción.
La puerta de la tienda se abrió.
No salió una persona.
Salió un vacío.
Por un instante, una fracción de segundo, la Presión del observador, que hasta ahora había sido un susurro, se convirtió en un silencio absoluto, un corte perfecto en el tejido espiritual del mundo.
Y en ese vacío, una figura se materializó justo frente a él, a menos de un metro de distancia.
Era un hombre alto, delgado, con un sombrero a rayas blancas y verdes que le tapaba los ojos y un yukata verde.
Su rostro, visible desde la nariz hacia abajo, tenía una sonrisa relajada, casi perezosa.
Pero sus ojos, ocultos en la sombra del ala, debían de estar fijos en él.
León no se sobresaltó.
No retrocedió, Simplemente dejó de escribir y levantó la mirada del cuaderno hacia donde el hombre estaba, como si su aparición súbita fuera un hecho trivial.
Internamente, cada fibra de su ser gritaba amenaza de nivel desconocido, pero ese grito estaba contenido tras una pared de hielo analítico.
Era el mismo lugar mental desde el que había enfrentado a Dorian Blake en el tablero de ajedrez: la pura evaluación de variables.
El hombre del sombrero, Kisuke Urahara, inclinó ligeramente la cabeza.
¿Busca algo en particular, señor…?
Su voz era amable, cantarina.
Monroe.
Jack Monroe, dijo León, su tono plano, profesional.
“Estoy investigando una desaparición.
Un testigo mencionó a un hombre con un sombrero en esta zona.
Usted parece… cumplir con la descripción.” Era una mentira obvia, un anzuelo lanzado con despreocupación calculada.
¡Vaya, vaya!
Un detective, dijo Urahara, su sonrisa ampliándose.
Qué interesante.
Y yo que solo vendo caramelos y algún que otro juguete extraño.
Dio un paso al lado, rodeando lentamente a León, como un tiburón probando el agua.
“Usted tiene… una mirada muy observadora, señor Monroe.
Como si pudiera ver más allá de los envoltorios.” “Es mi trabajo,” replicó León, girando sobre sus talones para mantenerlo a la vista sin movimientos bruscos.
Notó algo: el hombre no hacía ruido al caminar.
Ninguno.
Y su Presión… era imposible de medir.
Como si no estuviera del todo aquí.
¿Ilusión?
¿Proyección?
¿Velocidad extrema?
“¿Y qué ve cuando me mira?” preguntó Urahara, deteniéndose frente a él de nuevo.
Su tono era de pura curiosidad académica.
“Veo a un hombre que no quiere ser encontrado, en una tienda que no quiere clientes,” dijo León, directo.
Era otro anzuelo, más afilado.
La lógica dictaba que una amenaza así, expuesta, actuaría.
Urahara se rió, un sonido suave y genuino.
“¡Directo al grano!
Me gusta.” Luego, la amabilidad en su voz se desvaneció, reemplazada por una neutralidad gélida.
“Pero los curiosos, detective, a veces se pinchan los ojos.” Pasó algo entonces que desafió toda la comprensión física de León.
El cuerpo de Urahara frente a él… se desvaneció, como un espejismo.
No fue un movimiento rápido.
Fue una desmaterialización.
Y al mismo tiempo, León sintió una punzada de frío agudo justo en su ojo izquierdo.
No había sonido,No había viento, Solo la certeza instantánea, fruto de mil horas de entrenamiento y de habitar mentes que disfrutaban infligir dolor, de que un objeto afiladísimo estaba a un milímetro de perforar su globo ocular.
Un ataque desde un ángulo ciego, desde su propio punto muerto espiritual.
Su cuerpo no se inmutó.
Su pulso no se aceleró.
Ni siquiera parpadeó.
No fue valentía.
No fue entrenamiento.
Fue vacío.
El mismo vacío que había visto en los ojos de Tommy Finn cuando hablaba de podar su jardín.
El mismo desapego clínico con el que había manipulado a Blake, La parte de sí mismo que se había ido erosionando cada vez que se sumergía en un abismo mental para entenderlo, y que ahora emergía como un escudo perfecto.
El instinto primario de cualquier ser vivo es retroceder ante una amenaza a los ojos.
León no lo tuvo.
Su mente, en la fracción de nanosegundo del ataque, simplemente calculó: 1.
Si retrocedo, confirma que lo vi/sentí y Pierdo el elemento de duda.
2.
Si no retrocedo, hay dos posibilidades: a) Realmente no lo percibí (lo más probable para él), b) Lo percibí y no me importa (una declaración).
La opción b es más interesante Y la más peligrosa.
Mantuvo la mirada fija en el punto donde Urahara había estado, su expresión una máscara de ligera impaciencia profesional, como si estuviera esperando a que el excéntrico dueño de la tienda terminara su show.
La punzada de frío desapareció.
Urahara volvió a materializarse exactamente en el mismo lugar, como si nunca se hubiera movido.
Su sonrisa había vuelto, pero ahora era diferente.
Ya no era perezosa.
Era afilada, intrigada, como la de un científico que acaba de descubrir una cepa bacteriana desconocida.
“Mis disculpas, señor Monroe,” dijo, con una leve inclinación de cabeza.
“Un reflejo nervioso.
Estos callejones a veces dan malas vibraciones, ¿no cree?” León asintió, una vez, lento.
“Las vibraciones son datos.
Solo hay que saber interpretarlos.” Hizo una pausa, dejando que el silencio cargado se extendiera.
Luego, agregó, mirando directamente a la sombra bajo el sombrero de Urahara: “Creo que mi cita se ha retrasado.
Buen día.” Dio media vuelta y empezó a caminar, alejándose de la tienda con un paso constante y pausado.
Sentía la mirada de Urahara clavada en su espalda, más tangible que cualquier arma.
No lo siguió.
No hizo nada.
Solo cuando estuvo a tres calles de distancia, al doblar una esquina, León permitió que una sola gota de sudor frío recorriera su sien.
No fue por el miedo retrasado.
Fue por el esfuerzo titánico de la actuación, de contener cada microgesto, de reprimir el instinto animal que, en algún lugar profundo, aún existía.
Urahara lo había probado.
Y él había pasado la prueba… de una manera que ni siquiera el hombre del sombrero había anticipado.
No mostrándose como un humano valiente, sino como algo que podía no ser completamente humano en sus reacciones.
En el silencio de su oficina, con el cerrojo echado, León abrió el cuaderno de Kaito.
Miró el dibujo del hombre del sombrero.
Ahora tenía un rostro, una sonrisa, y una pregunta en la sombra de sus ojos.
Había encontrado a un jugador.
Uno que movía piezas en un tablero mucho más antiguo y complejo que el suyo.
Y lo más preocupante no era que Urahara fuera una amenaza.
Lo más preocupante era la sospecha, creciente y fría, de que el hombre del sombrero no lo veía como una pieza enemiga.
Quizás lo veía como una pieza interesante para colocar en el tablero.
O, peor aún, como un jugador rival al que valía la pena observar… hasta que dejara de ser útil.
León tomó un caballo de ajedrez negro de ébano, el que Blake le había enviado, y lo colocó sobre el mapa de Karakura, justo encima de la ubicación de la Urahara Shoten.
El juego había comenzado.
Y acababa de hacer su primer movimiento: sobrevivir a la apertura del oponente.
Ahora tocaba entender las reglas reales, antes de que el siguiente movimiento fuera un jaque mate espiritual.
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