Bleach:detective - Capítulo 26
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26: capitulo 26: hierro,cerebro y silencio 26: capitulo 26: hierro,cerebro y silencio El encuentro con Urahara había trazado una línea invisible en Karakura.
Delante de ella, el mundo de los vivos, confundido y ajeno.
Detrás, el mundo de los cazadores, los monstruos y los observadores.
León sabía que había cruzado la línea, y que regresar no era una opción, Solo podía avanzar, volviéndose más sigiloso, más frío, más como las sombras que lo acechaban.
La pista del cuaderno de Kaito y el informe del “vagabundo” alto lo llevaron a un sistema de túneles de desagüe y mantenimiento bajo el distrito industrial norte, El acceso era una trampilla oxidada en un callejón trasero de una fábrica de plásticos abandonada.
Perfecto.
Antes de descender, preparó su equipo.
No llevaba linternas comunes.
Llevaba luces de espectro infrarrojo y gafas para verlas, y una cámara modificada con filtros que captaban fluctuaciones térmicas y de densidad del aire.
También llevaba los Colt, cargados con munición normal, y el bisturí cargado con esa energía fría que ahora podía invocar con un esfuerzo de voluntad concentrada y un ligero desgaste mental que sentía como un dolor de cabeza incipiente.
Los túneles eran una cloaca de concreto y óxido.
El agua estancada olía a químicos y a algo peor: a la dulzón metálica de la Presión Hollow, pero aquí era rancio, estático, mezclado con otro olor: antiséptico quirúrgico y hierro.
Sangre.
Siguió el rastro con sus sentidos expandidos, moviéndose como un felino, cada paso calculado para no hacer ruido, para no dejar huellas discernibles en el lodo.
Había aprendido de los asesinos más meticulosos: la limpieza era anticipación.
El túnel desembocó en una cámara más amplia, una sala de válvulas abandonada.
Y allí, el escenario era una autopsia de pesadilla.
No había cuerpos completos.
Había partes.
Fragmentos de materia espiritual densa, del color de la carne en descomposición, esparcidos como si algo hubiera explotado.
Pero entre esos fragmentos, había objetos que no pertenecían al mundo espiritual: trozos de un polímero negro y brillante (el mismo del cyborg), cables finos de un metal plateado, y pequeñas plaquitas de circuito incrustadas en la carne espiritual, todavía parpadeando con una luz LED roja tenue.
Experimento.
Fusión fallida.
Materia espiritual (Hollow) + tecnología (¿Cerbero?).
Su mente, con una claridad aterradora, reconstruyó la escena.
Aquí trajeron a un Hollow, probablemente uno débil capturado.
Intentaron implantarle tecnología.
El sujeto rechazó el injerto, entró en frenesí, fue destruido.
Los operadores huyeron, limpiando lo físico, pero lo espiritual… se desintegró de manera caótica.
Recorrió la sala con la cámara, tomando imágenes de cada fragmento, cada circuito.
Con pinzas de titanio, recogió muestras de la carne espiritual residual (que se deshacía como ceniza húmeda) y guardó dos de las plaquitas de circuito más intactas.
Todo lo colocó en bolsas estériles y de Faraday, para bloquear cualquier señal de rastreo.
Fue entonces cuando el olor cambió.
El olor a hierro fresco, a cerebro expuesto, se intensificó.
Y una Presión, retorcida y chirriante, surgió de un túnel lateral.
Era el resultado de otro experimento.
O quizás el que había causado esta carnicería.
El Hollow que emergió era una abominación.
Tenía la forma básica de un humano grande, pero su máscara era una placa metálica soldada a su cráneo espiritual, con una sola lente roja giratoria.
De sus hombros brotaban tentáculos mecánicos, espásticos, que se movían con torpeza.
Parte de su costado estaba abierto, mostrando un revoltijo de cables y materia espiritual purulenta.
Era un híbrido.
Un fracaso que aún funcionaba a medias.
Y estaba enfurecido, su Presión una estática dolorosa de dolor, confusión y hambre.
Vio a León.
La lente roja se enfocó.
Emitió un sonido que era mitad gorgoteo orgánico, mitad pitido de máquina.
León no se inmutó.
Evaluó.
Movimiento: torpe pero poderoso.
Caparazón metálico en la cabeza (¿punto débil?).
Tentáculos: alcance medio, predecibles.
Estado: herido, enloquecido.
Ventaja: inteligencia.
El híbrido cargó.
León esquivó el primer tentáculo, rodando hacia un costado.
El segundo lo atrapó por el tobillo con una fuerza brutal, levantándolo del suelo.
El dolor fue agudo, pero su mente permaneció clara.
Mientras era sacudido, su mano encontró el bisturí.
No intentó cortar el tentáculo.
Se clavó el bisturí en su propia palma, un pinchazo rápido y profundo.
El dolor físico fue un ancla, un foco.
Sintió esa energía fría, su energía, brotar de la herida y fluir hacia el bisturí, que se iluminó con un brillo azulado.
Con un movimiento rápido, lo clavó en la unión del tentáculo con el cuerpo del híbrido.
El chillío fue electrónico y visceral.
El tentáculo se desintegró en un chispazo de energía negra y aceite hirviendo.
León cayó al suelo, aterrizando sobre su costado herido con un jadeo ahogado.
El híbrido retrocedió, su lente roja parpadeando erráticamente.
Era el momento.
Los Colt.
Los sacó.
No apuntó al cuerpo.
Apuntó a la lente roja en la máscara metálica.
El centro de procesamiento.
El punto donde lo orgánico y lo artificial se fusionan.
Cerró los ojos un instante.
No para rezar.
Para convertirse.
Dejó que la frialdad del Jardinero, la meticulosidad de Blake, la eficiencia despiadada del sicario de la cabaña, se filtraran en su intención.
No era rabia.
Era la voluntad pura de un cirujano extirpando un tumor.
Abrió los ojos.
Sus armas no cambiaron de color esta vez.
Pero el aire a su alrededor se densificó.
Sintió un drenaje intenso, como si le extrajeran sangre de las sienes.
Era el costo.
Apretó los gatillos.
Los disparos no fueron de luz y oscuridad.
Fueron dos proyectiles espirituales puros, casi invisibles, que silbaron a través del aire cargado.
Impactaron en la lente roja.
No hubo explosión.
Hubo un apagón.
La lente se quebró en mil fragmentos oscuros.
La máscara metálica se agrietó.
El gorgoteo del Hollow se cortó de golpe.
El cuerpo del híbrido se convulsionó, los tentáculos se desplomaron, y toda la estructura, lo espiritual y lo mecánico, comenzó a desmoronarse en un montón de ceniza, cables fundidos y un olor a ozono y carne quemada.
León se quedó de rodillas, jadeando.
El agotamiento era profundo, mental y espiritual.
Pero también había una claridad nueva.
Había canalizado su poder de manera más eficiente, más controlada.
Había usado su propia sangre como catalizador, su voluntad como proyectil.
Era un atisbo de un sistema, de una técnica.
Se levantó con dificultad.
El trabajo no había terminado.
No podía dejar esta escena para que Urahara, o quien fuera, la encontrara.
Sacó un pequeño pulverizador de un compuesto químico de su propio diseño: una mezcla de sales de plata, hierro magnético pulverizado y un agente biocida de amplio espectro.
Rocío los restos.
El compuesto reaccionó con la materia espiritual residual, acelerando su descomposición en una sustancia inerte y sin rastro energético.
Después, usando un imán potente, recogió todos los fragmentos metálicos visibles.
Barrió las cenizas y las dispersó en el agua estancada.
En cuarenta y cinco minutos, la sala solo mostraba signos de una explosión química menor y abandono.
Cualquier rastro espiritual directo de la batalla, o de su presencia, estaba borrado o enmascarado por el caos energético de la descomposición forzada.
Un investigador espiritual experto como Urahara podría sentir que algo pasó aquí, pero la firma sería un ruido indescifrable, imposible de rastrear hasta un individuo.
Antes de irse, su ojo cayó sobre un objeto medio enterrado en el lodo, cerca de donde estaba el híbrido: una unidad de memoria portátil, blindada, con el logo de un perro de tres cabezas estilizado.
Cerbero Dynamics.
Debía haber caído de un operador durante la primera pelea, la del Hollow destrozado.
La tomó, Era el premio y la prueba tangible.
De regreso en su oficina, después de una ruta evasiva y una meticulosa limpieza personal, insertó la unidad en un lector aislado, sin conexión a internet.
Los archivos estaban encriptados, pero la encriptación era humana, no espiritual.
Con las herramientas de “El Veredicto” que aún tenía en un dispositivo oculto, tardó dos horas en romperla.
Lo que encontró lo heló más que cualquier Hollow.
No eran solo datos de experimentos con materia espiritual (a la que llamaban “Sustrato Ecto-Tipo E”).
Eran informes de evaluación, mapas de densidad espiritual de Karakura, perfiles de “Sujetos Sensibles no Reclutados” (niños y adolescentes como Kaito Tanaka, marcados por su potencial para percibir el mundo espiritual).
Y referencias a un órgano supervisor, un “Comité de Contención y Estudio de Fenómenos Anómalos (CCEFA)”, con sellos de máxima confidencialidad que reconocía al instante: eran los sellos internos de “El Veredicto”.
Karakura no era un agujero negro de información para El Veredicto.
Era un laboratorio sellado.
Un lugar tan peligroso que el propio Assessor y las agencias rivales lo habían acordado como zona de contención, para estudiar desde lejos, pero sin interferir directamente por el riesgo de desatar algo que no podían controlar.
Por eso no lo habían rastreado aquí.
No se atrevían a operar abiertamente en este matadero espiritual.
Cerbero Dynamics era su proxy.
Su mano sucia en el campo de pruebas.
Y estaban fallando, creando monstruos híbridos, secuestrando a los sensibles para sus experimentos.
Kaito Tanaka no había sido devorado por un Hollow salvaje.
Había sido recolectado.
León cerró los archivos, desconectó la unidad y la escondió en un compartimento sellado dentro de la pared, El agotamiento lo abrumaba, pero su mente estaba más despierta que nunca.
Había dos guerras superpuestas en Karakura: la guerra secreta entre Shinigami y Hollows, y la guerra sucia de corporaciones y agencias humanas por explotar ese conflicto.
Y él, León Mercer, estaba ahora atrapado en el punto exacto donde ambas guerras se encontraban: en la sala de autopsias de sus fracasos.
Miró sus manos, una tenía el fino corte del bisturí, ya cicatrizando, La otra sostenía, invisible, el peso de los Colt.
Se estaba volviendo más fuerte, sí.
Pero cada nuevo poder, cada nueva pieza del rompecabezas, lo acercaba un paso más a convertirse en otra cosa.
En algo que ya no era un detective, ni un perito, ni siquiera un fugitivo.
Se estaba convirtiendo en un fenómeno anómalo por derecho propio.
Y en Karakura los fenómenos anómalos tenían dos destinos: o ser cazados… o aprender a cazar mejor que todos los demás.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com