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Bleach:detective - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 La Ecuación del Ángel de la Misericordia
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27: Capítulo 27: La Ecuación del Ángel de la Misericordia 27: Capítulo 27: La Ecuación del Ángel de la Misericordia Los datos de Cerbero no solo eran informes, Eran un mapa de sangre.

León trazó las rutas de recolección, los puntos de abducción (siempre cerca de zonas de alta densidad espiritual residual), y el destino final: una subestación eléctrica aparentemente abandonada en los límites del distrito industrial, registrada bajo una empresa pantalla llamada “Panoptes Utilities”.

El nombre era una burla.

Todo lo veían.

O intentaban hacerlo.

Su infiltración fue un ejercicio de cirugía urbana, Usó los datos para predecir los patrones de patrulla de los guardias (humanos mejorados con implantes subdérmicos que les daban una percepción espiritual baja pero útil) y los horarios de las entregas de “sustrato”.

Vestido como un técnico de mantenimiento con credenciales falsificadas usando el software de “El Veredicto”, pasó el perímetro exterior con la sangre fría de un hombre que ya no sentía el miedo, solo calculaba probabilidades.

El interior de la subestación era una farsa.

Tras una puerta blindada con escáner retiniano (que burló con una lente de contacto grabada con el patrón de un supervisor cuyo perfil había robado), se encontró no con transformadores, sino con un laboratorio húmedo de pesadilla.

Era frío, iluminado con luces LED azules.

Había jaulas de energía, campos de fuerza que contenían fragmentos de Hollows pequeños que se estrellaban contra las barreras invisibles con chirridos agudos.

Había mesas de disección con restos espirituales conectados a máquinas que medían sus “emisiones de partículas E”.

Y, en el centro de la sala, había una fila de tres cápsulas verticales de cristal esmerilado llenas de un líquido amniótico azulado.

Dentro de ellas, conectados a una maraña de tubos y electrodos, había personas.

Dos hombres adultos, demacrados, y en la cápsula central, un chico delgado con gafas cuyos lentes flotaban frente a sus ojos cerrados.

Kaito Tanaka.

León se acercó, En una pantalla junto a la cápsula, un gráfico mostraba las ondas cerebrales de Kaito y una lectura separada, etiquetada como “Output Ecto-Sensorial”.

La línea era débil, irregular, cayendo en picado hacia la planicie.

El chico no estaba en coma.

Estaba siendo ordeñado.

Su sensibilidad espiritual, su capacidad para percibir el mundo invisible, era extraída, filtrada y almacenada en unas baterías cilíndricas que brillaban con una luz lechosa y enfermiza.

El proceso estaba matándolo, desgastando su alma junto con su cuerpo.

Una tos débil, húmeda, salió de los parlantes de la cápsula.

Kaito abrió los ojos.

No había reconocimiento, solo un dolor tan profundo que había trascendido el entendimiento.

Sus labios se movieron.

Un susurro amplificado por el micrófono: “…el susurro… ya no… es frío… es… vacío…” León lo observó, su rostro una máscara de análisis clínico.

Evaluó al paciente.

Daño sistémico irreversible.

Sistema nervioso central colapsando por estrés espiritual agudo.

Corazón débil.

Probabilidad de supervivencia fuera del sistema de soporte: 0.3%.

Probabilidad de recuperación cognitiva incluso si sobrevive: 0%.

Era una ecuación simple.

Kaito Tanaka, como individuo, ya no existía.

Lo que quedaba era una fuente de datos agonizante y un riesgo operativo de nivel máximo.

Recordó a Tommy Finn, el Jardinero.

Recordó su frase: “Un jardín debe estar limpio de malezas.

Es mi deber.

Les doy un final pacífico.” No era por bondad.

Era por eficiencia.

Por orden.

Su mano se movió hacia el panel de control de la cápsula.

No buscó la opción de “Liberar”.

Buscó “Ciclo de Purga del Sustrato”.

Era un eufemismo.

Una inyección letal de un compuesto químico y espiritual que disolvería la conexión alma-cuerpo de manera “limpia”, dejando un cadáver intacto pero cerebralmente muerto.

Sus dedos se cernieron sobre la tecla.

Una parte de él, la que había comido lasaña en casa de Russo, la que le había prometido a la Sra.

Tanaka que haría lo posible, gritó en silencio.

Pero el grito fue ahogado por el coro de las otras voces en su cabeza: la lógica fría de Blake, el desapego del Jardinero, la eficiencia despiadada del sicario del Assessor.

Él no era ninguno de ellos.

Era algo nuevo.

Algo que los comprendía a todos.

Apretó la tecla.

Un suave zumbido.

El líquido en la cápsula de Kaito cambió de azul a un rosa pálido.

El chico dio un leve espasmo, sus ojos se abrieron de par en par por un instante, no con dolor, sino con una súbita y extraña claridad.

Miró directamente a León, a través del cristal.

Y sonrió, un gesto minúsculo, de gratitud liberadora.

Luego, sus ojos se nublaron.

La línea en la pantalla se aplanó en un pitido continuo.

León no esperó.

Con movimientos rápidos y precisos, desconectó las baterías de “output ecto-sensorial” (cuatro cilindros del tamaño de una lata de refresco) y las guardó en su mochila junto a las muestras de Hollows y los discos duros de los terminales principales.

También tomó el compuesto de la “purga”, varias jeringas precargadas y los planos de los generadores de campos de contención.

Herramientas.

Recursos.

Luego, preparó la escena.

Con la frialdad de un director forense corrupto, inyectó a los otros dos sujetos con una dosis baja de un agente que induciría un paro cardíaco en horas, haciéndolo parecer fallo multisistémico.

Desconectó los sistemas de soporte vital de Kaito para simular una falla técnica.

Luego, usando un dispositivo de sobrecarga de microondas de su propio diseño (un juguete de “El Veredicto”), quemó los circuitos principales del sistema de monitoreo y borró los registros digitales locales.

No podía borrar las copias de seguridad remotas, pero introdujo un virus latente que corrompería los datos en los próximos días.

Finalmente, sacó el cuerpo liviano de Kaito de la cápsula, lo vistió con ropas genéricas que encontró en un locker y, usando una ruta de escape alternativa que había identificado (un ducto de ventilación que salía a un callejón trasero), sacó el cadáver.

No lo llevó a su oficina.

Lo llevó a un lugar a medio camino entre el parque del Suspiro y el canal, un sitio descuidado donde a veces dormían indigentes.

Allí, colocó el cuerpo con cuidado, desordenó un poco la ropa, y dejó cerca una nota escrita con una caligrafía torpe que imitaba la de Kaito, encontrada en su cuaderno: “No puedo seguir oyéndolos.

El vacío me llama.

Perdón, mamá.” Un suicidio.

Triste, creíble.

Un cierre para la Sra.

Tanaka.

Y ninguna conexión con un detective extranjero o con un laboratorio ilegal.

Antes de irse, León se detuvo un momento frente al cuerpo.

No sintió culpa, Sintió… eficiencia.

Había resuelto el caso.

Había obtenido recursos invaluables.

Había eliminado una variable débil que podía delatarlo.

Y había otorgado, en su propio y retorcido modo, una misericordia que el sistema de Cerbero nunca le habría dado.

Era el veredicto perfecto.

Y él había sido juez, jurado y verdugo.

Al desaparecer en la noche, no sintió los ojos de Urahara esta vez.

Sintió algo más pesado, más antiguo.

Como si la propia ciudad, el propio flujo espiritual de Karakura, hubiera registrado su acto y emitido un juicio silencioso.

Pero a León ya no le importaban los juicios.

Solo le importaban los datos, el poder y la supervivencia.

En la oscuridad de su refugio, con el cadáver de Kaito entregado a su destino público y los cilindros de energía espiritual brillando suavemente sobre su mesa, León Mercer abrió un nuevo cuaderno.

En la primera página escribió: “Protocolo Prometeo: Interfaz y Manipulación de Sustrato Ecto-Tipo E (Hollow).” El detective había muerto en los túneles, El perito había firmado su último informe.

Lo que quedaba era el arquitecto.

Y tenía todo lo que necesitaba para comenzar a construir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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