Bleach:detective - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 El Mercado de las Máscaras Rotas
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28: Capítulo 28: El Mercado de las Máscaras Rotas 28: Capítulo 28: El Mercado de las Máscaras Rotas La unidad de memoria de Cerbero era un cofre del tesoro enfermo, Entre los datos de experimentación, León encontró un directorio encriptado con un sello curioso: una calavera de tres cuernos superpuesta con una máscara Hollow rota.
Lo abrió.
Dentro había coordenadas GPS dinámicas, un protocolo de acceso y un archivo de texto breve: “El Bazar de Gentei (Mercado del Límite).
Ciclo: Cada luna nueva.
Próxima ubicación: Almacén 7, Muelle Fantasma, Puerto de Keiyō.
Acceso: Mostrar un fragmento de máscara Hollow no menor a 10cm, energía espiritual propia o un artefacto Shinigami legítimo.
Moneda: Kan, oro, o información de alto valor.
Precaución: La Sociedad de Almas niega su existencia.
Los rebeldes y los cazadores de sombras son bienvenidos, La traición se paga con el olvido eterno.” Un mercado negro espiritual, Un punto de encuentro para renegados, mercenarios y entidades como Cerbero que querían traspasar el límite entre la tecnología y lo sobrenatural.
Era la oportunidad perfecta.
Durante tres días, León se preparó.
Usando los recursos químicos de su kit y productos comprados en tiendas comunes, se tiñó el cabello de un azul índigo oscuro y casi negro bajo poca luz.
Los lentes de contacto marrones fueron reemplazados por unos azules pálidos que alteraban la forma percibida de sus ojos.
Aplicó un maquillaje sutil que modificaba la estructura de sus pómulos y la línea de la mandíbula.
La ropa era genérica, oscura, de corte japonés moderno pero no llamativo.
Se convirtió en Minoru Takada, un tsukai (usuario) freelance de dudosa reputación.
Como “pieza de acceso”, usó un fragmento de la máscara metálica del híbrido que había derrotado, limpiado y pulido para que pareciera un trofeo de caza antiguo.
Su “energía espiritual propia” era ahora un pulso constante y frío que podía manifestar a voluntad, suficiente para parecer un humano con poderes latentes o un ex-espiritualista corrupto.
El Muelle Fantasma era un espolón de cemento olvidado, iluminado solo por la luna nueva.
El Almacén 7 estaba en ruinas por fuera.
Por dentro, era un espectáculo de pesadilla distorsionada.
Unas cincuenta personas o seres que parecían personas pululaban entre puestos.Había Shinigamis, sí, pero no con los uniformes negros estándar.
Llevaban ropas rotas, armaduras improvisadas, capas con capuchas.
Sus rostros a menudo mostraban cicatrices espirituales o los ojos vidriosos de quienes habían visto demasiado.
Entre ellos, humanos con aura: algunos medium corruptos, otros claramente agentes de corporaciones como Cerbero (los reconoció por la rigidez de sus movimientos y los discretos implantes en el cuello).
También había… cosas.
Espíritus con formas demasiado definidas para ser comunes, y un par de Hollows domesticados, con collares de hierro espiritual que brillaban runas, arrastrados como perros feroces por amos de aspecto cruel.
El aire estaba cargado de un zumbido de energías en conflicto, de susurros de tratos sucios y el olor a incienso barato que intentaba enmascarar el hedor a decadencia espiritual.
León(Minoru) se movió con una calma estudiada.
Observaba primero, luego preguntaba.
Su voz era diferente, más grave, con un acento regional de Kansai que había practicado.
Encontró lo que buscaba en un puesto atendido por un Shinigami viejo y tuerto, que vendía “artefactos de procedencia incierta”.
+Un par de “Anillos de Supresión Sōkyoku” (imitaciones defectuosas): Capaces de amortiguar brevemente la emanación de presión espiritual de un objetivo pequeño, como un dron o una bala.
Ideales para sigilo.
· Un frasco de “Néktar de Jigoku” (refinado): Un destilado altamente concentrado de energía Hollow pura, increíblemente inestable pero de un poder bruto inmenso.
Para sus experimentos de alto riesgo.
·+Un cristal “Sensory Ghost”: Una piedra tallada que, al alimentarla con una gota de energía espiritual, se volvía invisible a las percepciones no físicas y podía transmitir imágenes y sonidos en un radio corto.
La base perfecta para su dron espía.
+Planos robados de un “proyector de campo Kidō inferior, modelo 4”: De una división de I+D de la Sociedad de Almas.
Complicado, pero una mina de oro para entender la manipulación energética estructurada.
Pagó con una mezcla de oro fundido de las reservas de Cerbero y, para el cristal, con una información jugosa: la ubicación y el patrón de patrulla de un oficial Shinigami de bajo rango particularmente corrupto y predecible en el distrito de Naruki.
El viejo tuerto sonrió, mostrando dientes podridos, y aceptó el trato.
Su última compra fue la más delicada.
A un alquimista espiritual que trabajaba en una esquina, le pidió un “tranquilizante de amplio espectro para entidades energéticas”.
El alquimista, un hombre con la piel grisácea, le vendió un vial de líquido plateado: “Sueño del Garganta”.
“Derivado de la saliva de un Hollow parásito del sueño,” susurró.
“Un mililitro en la corriente espiritual los deja fuera de combate durante horas.
Pero no abuses… crea adicción en el objetivo.” Con su botín seguro en un maletín con forro de plomo, León salió del mercado justo antes del amanecer.
La transformación de Minoru Takada fue deshecha meticulosamente en un hotel cápsula diferente.
Jack Monroe volvió a existir, pero ahora con herramientas imposibles.
— Parte 2: El Alquimista de las Sombras — Su nuevo laboratorio era un contenedor de carga refrigerado abandonado en una parcela de chatarra cerca del puerto.
Aislado, blindado contra señales y con trampas espirituales rudimentarias (aprendidas de los planos robados), era su guarida.
Primero, construyó el dron.
Usó el cristal “Sensory Ghost” como núcleo, lo acopló a un pequeño quadcopter de juguete militar modificado, y lo cubrió con un polímero tratado con las sales del anillo de supresión.
El resultado era un artefacto del tamaño de un puño que, cuando lo activaba con un hilo de su energía, se volvía casi indetectable visual y espiritualmente.
Un fantasma mecánico.
Luego, vinieron los experimentos con el Néktar de Jigoku.
Fue una danza con la muerte.
Una gota, diluida en un baño de energía espiritual estabilizadora extraída de los cilindros de Kaito, y luego imbuida en un casquillo de bala vacío usando un proceso de “congelación espiritual” que improvisó.
Creó seis balas.
No eran como los proyectiles de voluntad pura que había usado antes.
Estas eran bombas de aniquilación espiritual bruta.
No sabía si funcionarían, pero la teoría era sólida.
El experimento cumbre llegó con su primer espécimen vivo: un Hollow pequeño y débil, parecido a un insecto con máscara de porcelana, que capturó usando una trampa cebada con energía espiritual negativa.
Lo sometió con una microdosis de “Sueño del Garganta”.
Con manos firmes, bajo la fría luz del laboratorio, realizó el injerto.
Usando un fragmento del circuito de Cerbero y aplicando el Néktar de Jigoku diluido como “pegamento espiritual”, fusionó el componente tecnológico a la máscara del Hollow.
El ser convulsionó al despertar, pero el circuito brilló, y una luz roja obediente se encendió.
León probó comandos simples mediante pulsos de su propia presión: quieto, avanza, gira.
El Hollow híbrido, ahora una criatura dócil y mecánica, los obedecía.
Era un éxito monstruoso y hermoso.
Un sirviente.
Un arma.
La liberación de energía del injerto, aunque contenida, tuvo un pico.
Un pico suficiente.
Desde el techo del contenedor, a través de las imágenes de su dron espía que patrullaba la zona, lo vio acercarse.
Un Shinigami.
No uno de élite.
Un joven de rostro serio, con su shihakushō impecable, su Zanpakutō aún en su forma sellada a la espalda.
Parecía un patrullero novato, quizás investigando una “anomalía energética menor”.
Era perfecto.
León lo observó con la paciencia de una araña.
El Shinigami recorrió el perímetro, confiado.
Cuando pasó junto a la entrada camuflada del contenedor, León activó el dron.
El pequeño aparato, invisible, se posó en un cable sobre la cabeza del Shinigami y liberó una nube finísima del “Sueño del Garganta”, vaporizado.
El Shinigami se detuvo, se llevó la mano a la garganta, tosió.
Sus ojos se dilataron de confusión, luego se nublaron.
Su presión espiritual fluctuó y colapsó.
Cayó de rodillas, luego de costado, inconsciente antes de tocar el suelo.
León salió, lo arrastró dentro y cerró la puerta.
Ató al Shinigami con cables recubiertos de partículas espirituales supresoras.
Luego, con la meticulosidad de Dexter Morgan en su sala de matar, comenzó su examen.
No era una tortura.
Era una disección académica.
Midió su densidad espiritual.
Tomó muestras de sangre (un líquido brillante y plateado).
Estudió la tela de su shihakushō, encontrando que tejía energía pasivamente.
Y luego, la joya de la corona: su Zanpakutō.
La desenfundó.
El alma del arma dormida se resistió débilmente, pero sin su usuario, era solo un objeto extrañamente pesado.
León la examinó cada centímetro, anotando las inscripciones, la sensación de su filo.
Usando un equipo de resonancia espiritual primitivo que había construido, intentó (y falló) en detectar el “espíritu interno”.
Pero entendió el principio: un catalizador que potenciaba y enfocaba el poder del usuario.
Después de tres horas, le administró un antídoto parcial (comprado también en el mercado).
El Shinigami despertó, desorientado y aterrorizado, en un contenedor oscuro, atado, frente a un hombre con ojos fríos y un cuaderno.
León no le habló.
Solo lo observó, tomando notas de sus reacciones, de cómo su presión fluctuaba con el miedo.
Luego, le administró otra dosis del tranquilizante.
No lo mató.
Era un espécimen demasiado valioso.
Pero no podía soltarlo.
Lo desnudó de su shihakushō y su Zanpakutō (tesoros de valor incalculable), lo vistió con ropas civiles robadas, lo drogó profundamente y, en la noche más profunda, lo dejó en un callejón del distrito rojo de Karakura, con una cartera vacía y el recuerdo borroso de una pesadilla.
Sin su uniforme ni su espada, sería un loco más, y la Sociedad de Almas tardaría en encontrarlo, si es que lo hacían.
De vuelta en su contenedor, León contempló su botín: el shihakushō, la Zanpakutō sellada, las balas de Néktar, el dron fantasma, el Hollow híbrido obediente y los volúmenes de datos nuevos.
Ya no era solo un intruso.
Se estaba convirtiendo en una fuerza nativa de las sombras de Karakura.
Un alquimista que mezclaba la ciencia de Cerbero, la brutalidad del mundo espiritual y su propia y fría genio en una nueva y peligrosa fórmula.
Y su próximo experimento, lo sabía, sería consigo mismo.
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