Bleach:detective - Capítulo 29
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29: capitulo 29: el contenedor del silencio 29: capitulo 29: el contenedor del silencio El botín del mercado negro y el estudio del Shinigami capturado eran un punto de inflexión.
León ya no era un mero investigador; era un fabricante de herramientas prohibidas.
Pero cada experimento, cada pulso de energía de sus balas de Néktar o del Hollow híbrido, era un faro en la niebla espiritual de Karakura.
Era cuestión de tiempo antes de que alguien más, alguien más perspicaz que un patrullero novato, trazara esos destellos hasta su contenedor.
La solución estaba, como siempre, en los márgenes.
En la próxima iteración del Bazar de Gentei.
Dos semanas después, bajo otra luna nueva y en un nuevo lugar (un templo abandonado en las montañas al oeste de Karakura), Minoru Takada regresó.
Su cabello azul era más oscuro esta vez, su postura más segura.
Había gastado parte del oro restante en información: saber quién vendía artefactos de contención.
Encontró a la vendedora en un rincón apartado: una mujer de aspecto frágil, con la piel pálida como la porcelana y ojos sin pupila, que hablaba en susurros.
Era un espíritu elevado, un Plus con conocimientos prohibidos.
Vendía barreras.
No las hago yo susurró, mostrando unos cristales opacos del tamaño de un puño.
“Son… rescatadas.
De lugares donde los experimentos salieron mal.
Del Cuartel de I+D, de las ruinas del Palacio Central… Esta, por ejemplo.” Señaló una que parecía una geoda de cuarzo negro.
“Es una Barrera de Supresión Bakudō Nº 73, variante Tozanshō.
Pero está defectuosa.
En lugar de repeler todo lo exterior, su patrón de cancelación es errático.
A veces suprime todo dentro, a veces deja pasar un torrente.
Es impredecible.
Peligrosa.” Era exactamente lo que necesitaba.
Una barrera que suprimiera la firma espiritual, aunque fuera de manera imperfecta.
Él podía arreglar la imperfecta.
O, al menos, domarla.
La tomo, dijo Minoru, su voz grave.
Pagó con el último de su oro y con un fragmento de datos particularmente sórdido: el método de extracción de energía espiritual de Cerbero, que a la mujer-espíritu le interesó mucho por razones que León no quiso imaginar.
De vuelta en su contenedor, la “Tozanshō defectuosa” era un rompecabezas energético de una complejidad deslumbrante.
Usando los planos del proyector de Kidō, su comprensión de los campos de Cerbero y su propia percepción espiritual afinada, pasó 72 horas casi sin dormir, desmontando, analizando y reconfigurando la matriz de energía atrapada en el cristal.
Fue un trabajo de cirugía de bombas.
Un error, una conexión equivocada, y la barrera podía colapsar en una implosión silenciosa que desgarraría su alma, o explotar liberando toda la energía reprimida de una vez.
Su laboratorio temblaba con las fluctuaciones, su Hollow híbrido se acurrucaba en una esquina, chirriando de miedo.
Finalmente, en la madrugada del cuarto día, lo consiguió.
No la arregló.
La recanalizó.
La hizo estable.
Al activarla (lo que requería una inyección constante pero pequeña de su propia energía, como mantener un músculo contraído), el cristal proyectaba un campo de silencio espiritual de unos cinco metros a la redonda.
Nada de lo que ocurriera dentro —explosiones de Néktar, chillidos de Hollow, su propia presión elevada— se filtraría.
Era una burbuja de puro vacío perceptivo.
Desde fuera, su contenedor parecería un agujero muerto más en el ya caótico paisaje espiritual de Karakura.
La probó con su Hollow híbrido, ordenándole que descargara un rayo de energía.
Dentro de la burbuja, el destello fue cegador, el sonido ensordecedor.
A un metro del límite del campo, su dron fantasma, monitoreando desde fuera, no registró absolutamente nada.
Era perfecto.
Ahora, con su santuario asegurado, podía proceder con el paso más peligroso: la auto-modificación.
El conocimiento robado de Cerbero, los datos del Shinigami y la naturaleza del Néktar de Jigoku apuntaban a una teoría: la densidad espiritual podía incrementarse, de manera artificial y extremadamente dolorosa.
Preparó una cámara de contención dentro de la burbuja de silencio, reforzada con los restos del campo de fuerza de Cerbero.
Creó un suero, una emulsión ultradiluida y cuidadosamente filtrada del Néktar, mezclada con energía espiritual “pura” estabilizadora de los cilindros y un cóctel de neurotransmisores y estimulantes celulares.
No era una inyección.
Era un veneno refinado para el alma.
Se desnudó hasta la cintura, se conectó a monitores que medían sus signos vitales y su fluctuación espiritual.
Con manos firmes, se insertó un catéter intravenoso en el brazo y comenzó el goteo.
Los primeros minutos fueron de un calor penetrante.
Luego, el dolor llegó.
No era físico.
Era como si le estuvieran inyectando vidrio fundido directamente en sus canales nerviosos espirituales, aquellos que apenas había descubierto que tenía.
Cada célula de su cuerpo gritaba en una frecuencia que no era sonido, sino puro agravio existencial.
Vió visiones: el Jardinero podando un árbol que gritaba, Blake riendo frente a un tablero de ajedrez hecho de huesos, el Assessor dictando un veredicto en una sala infinita y oscura.
Eran los ecos de las mentes que había habitado, despertados por el veneno espiritual.
Su cuerpo se convulsionó contra las ataduras que él mismo se había puesto.
La lectura de su densidad espiritual en el monitor se disparó, luego cayó en picado, luego osciló salvajemente.
El cristal de la barrera, sometido a la oleada caótica que emanaba de él, empezó a vibrar, a emitir un sonido agudo de cristal a punto de romperse.
Finas grietas aparecieron en su superficie.
León, en el ojo del huracán de su propia agonía, vio el monitor.
Vio las grietas.
Calculó.
Si la barrera caía, la explosión espiritual de su cuerpo inestable atraería a todo cazador en veinte kilómetros a la redonda.
Sería el fin.
Con un esfuerzo de voluntad que le desgarró algo fundamental en el pecho, no para contener el dolor, sino para dirigirlo, forzó toda la tormenta de energía hacia un solo punto: sus manos.
Hacia los Colt, que yacían en una mesa frente a él, dentro de la burbuja.
La energía fluyó hacia ellos como un rayo a un pararrayos.
Los revólveres se iluminaron, no con un destello fugaz, sino con una luz interna constante y conceptual.
No emanaban calor o frío, sino principios abstractos forzados a tomar forma.
El Colt de su mano derecha se bañó en una luz del color del ámbar antiguo.
De él emanaba una sensación de “Suspensión y Juicio”.
El aire a su alrededor no se enfriaba, sino que parecía volverse denso, pesado, como si el tiempo y las consecuencias se acumularan en un punto, a la espera de un veredicto.
Era el poder de detener el proceso, de aislar el momento del crimen, de preservar la evidencia para siempre.
Una bala de este arma no congelaría; suspendería la existencia espiritual de lo que tocara en un estado de eterna evaluación, impidiendo toda acción o reacción.
El Colt de su mano izquierda brilló con una luz del tono de un óxido profundo.
De él irradiaba “Disolución y Verdad”.
Un aura que no quemaba, sino que desintegraba los velos.
Hacía que lo espiritual revelara sus contradicciones internas, sus mentiras fundamentales, y al hacerlo, lo desmoronaba desde dentro.
Era el poder de la autopsia definitiva, de la confesión forzada que destruye al confesor.
Una bala de este arma no causaría daño físico directo; obligaría al objetivo a confrontar la verdad de su propia existencia espiritual, y si esa verdad era frágil, corrupta o falsa (como la de un Hollow, o un hechizo mal construido), colapsaría bajo su propio peso.
Las grietas en el cristal de la barrera dejaron de extenderse.
El campo de silencio se mantuvo, temblando bajo el peso de estas dos leyes antagónicas y no-físicas que ahora residían en sus armas.
León había contenido la tormenta, pero al hacerlo, había imprimido el núcleo de su propia psique—el Juez y el Verdugo, el Perito y el Fiscal—en los instrumentos de su padre.
Cuando el dolor remitió, dejándolo bañado en un sudor frío y sangrando por la nariz y los oídos, estaba tirado en el suelo, temblando.
Pero veía.
El mundo a su alrededor no había cambiado, pero lo percibía con una claridad brutal.
Los flujos de energía residual en el aire, el patrón de estrés en el cristal de la barrera, el latido espiritual débil y asustado de su Hollow híbrido.
Todo estaba definido, cuantificable.
Y podía ver, como si fueran grietas en un cristal, los puntos de falsedad en la existencia de su Hollow sirviente, los lugares donde su fusión forzada era más débil.
Se levantó, tambaleándose.
Al tomar los Colt, sintió el peso de su nueva autoridad.
Con el derecho (el del Ámbar), podría suspender un ataque Kidō en el aire, dejándolo flotando como un insecto en resina, inofensivo.
Con el izquierdo (el del Óxido), podría desintegrar una barrera espiritual al forzarla a revelar la mínima imperfección en su fórmula y ampliarla hasta el colapso.
Miró su reflejo en una lámina de metal pulido.
Sus ojos azules (los lentes de contacto) parecían haber absorbido algo del fulgor de los Colt, teniendo un destello casi metálico, impasible.
Su presión espiritual, antes un pulso bajo y frío, era ahora una presencia sólida, contenida pero palpable, como la calma tensa en una sala del tribunal antes de que el juez pronuncie la sentencia.
La inoculación había funcionado.
Se había vuelto más denso, más fuerte, más agudo.
Y el precio, además del dolor, era una frialdad interior aún más profunda.
Las visiones de los asesinos no lo habían perturbado.
Se habían sentido como… colecciones de datos útiles.
Herramientas de pensamiento descargadas en su cerebro.
Sonrió, un gesto sin calor.
Tenía su santuario silenciado.
Tenía armas que eran extensiones perfectas de su método.
Tenía un sirviente Hollow y un dron fantasma.
Y tenía un conocimiento íntimo, ganado con agonía, de los mecanismos del poder espiritual.
Karakura ya no era solo un campo de pruebas o un refugio.
Era su dominio en construcción.
Y la próxima vez que un patrullero Shinigami, o algo peor, pasara cerca, no se limitaría a esconderse.
Aprendería de ellos o los sometería a su veredicto.
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