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Bleach:detective - Capítulo 3

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3: capitulo 3 El incendio de la memoria 3: capitulo 3 El incendio de la memoria Los Ángeles, California.

5:17 AM.

El sol aún no asomaba, pero León ya estaba sudando.

En el espacio estrecho entre su cama y la ventana, realizaba una rutina implacable: cincuenta flexiones, cincuenta sentadillas, cien combos de sombra (jab, cruzado, gancho, rodillazo) imaginando un saco frente a él.

No bebía, no fumaba.

Su cuerpo, de 1.75 metros y tez pálida, era una máquina delgada y fibrosa que mantenía afinada.

El ejercicio no era vanidad; era control.

En un mundo de patrones caóticos, el dominio de su propio físico era la única variable que podía mandar.

Al terminar, se duchó con agua fría.

El espejo empañado le devolvió la imagen de sus ojos oscuros, con ojeras ligeras.

Los casos se acumulaban, La muerte metódica de Lisa Chen y la mente desquiciada de Marcus Frye habían dejado una huella.

No de miedo, sino de una fría fascinación por los mecanismos rotos de la mente criminal.

En la comisaría, el detective Russo lo esperaba con dos tazas de café de gasolinera.

Russo, con su camisa beige arrugada y su rostro de bulldog cansado, le entregó una.

Para ti, que no bebes esta porquería, pero hoy la necesitarás gruñó hay un caso nuevo.

Incendio en una casa antigua en el barrio de Angelino Heights, Un muerto: el propietario, Arthur Braithwaite, setenta y dos años, coleccionista de antigüedades.

Los bomberos dicen que el fuego empezó en tres puntos a la vez.

Huele a intencional.

El aire en Angelino Heights olía a cenizas húmedas y madera carbonizada.

La casa era una estructura victoriana que debió ser hermosa, ahora con el techo hundido y las ventanas reventadas por el calor.

El capitán de bomberos, una mujer robusta de pelo corto llamado Gómez, los recibió.

Fue rápido y violento explicó, señalando los escombros.

Acelerante, casi seguro.

Gasolina o algo similar.

Pero aquí está lo raro: el señor Braithwaite fue encontrado en su estudio, en el segundo piso, sentado en su sillón.

No intentó escapar.

Y la puerta del estudio no estaba bloqueada.

León observó la fachada calcinada.

Su mente ya estaba desglosando el patrón: Incendio intencional.

Múltiples puntos de origen.

Víctima anciana, no intentó huir.

Objetivo: asegurar la muerte, no el robo (un coleccionista habría tenido objetos valiosos).

¿Venganza?

¿Asegurar el silencio?

¿O algo más simbólico?

El interior era un paisaje de negro y gris.

Todo estaba cubierto de una capa de hollín y ceniza.

En el estudio, el cuerpo de Arthur Braithwaite había sido retirado, pero el contorno de su sillón, preservado por los forenses, era visible en el suelo carbonizado.

Un oasis de forma en el caos.

León se puso guantes y comenzó a caminar lentamente, como un depredador o un médium sintiendo vibraciones.

No tocaba nada.

Solo observaba.

Russo y Gómez lo miraban, el primero con curiosidad resignada, la segunda con escepticismo.

¿Qué busca, detective novato?

preguntó Gómez, no con malicia, sino con la impaciencia de quien ve el reloj correr.

La narrativa respondió León, su voz baja pero clara en el silenso carbonizado.

Los incendios, especialmente los intencionales, cuentan una historia.

El fuego es la trama, pero los detalles son los personajes.

Se detuvo frente a la chimenea del estudio.

Estaba llena de ceniza de madera normal, no de los restos del incendio acelerado.

Sobre la repisa, una foto enmarcada, el cristal resquebrajado por el calor pero la imagen reconocible: un hombre más joven (Braithwaite) con una mujer de sonrisa cálida y un niño de tal vez diez años.

Familia murmuró León.

La esposa murió hace diez años de cáncer informó Russo, consultando su cuaderno.

El hijo, David Braithwaite, vive en Seattle.

Ya está notificado.

León asintió, Su mirada recorrió las estanterías.

Quemadas, pero algunas formas eran reconocibles: figuras de porcelana, libros antiguos.

Un coleccionista metódico.

Pero en una esquina, cerca de la ventana, había un espacio vacío en un estante, un rectángulo menos cubierto de hollín.

Algo había estado allí y fue retirado antes del incendio.

O después, por el incendio.

¿Inventario?

preguntó León.

La familia hará uno dijo Gómez.

Pero eso llevará días.

León no tenía días.

Su mente comenzó a trabajar, entrando en el primer modo de análisis: la escena objetiva.

Recolectó datos: múltiples puntos de ignición (ira, deseo de destrucción total), víctima que no huyó (incapacitada, dormida, o… resignada), objeto faltante (¿robo selectivo?

¿recuerdo removido?).

Luego, dio el paso que estaba refinando: entró en el papel del incendiario.

Cerró los ojos por un momento, bloqueando el olor a ceniza, el murmullo de los otros agentes.

En su mente, el estudio volvió a estar intacto.

Él no era León.

Era la persona que había entrado aquí con gasolina y un mechero.

Soy el que prende el fuego.

Conozco esta casa.

Sé dónde está Braithwaite.

Es de noche.

Tal vez él está despierto, tal vez dormido, Entro.No busco objetos al azar.

Voy directo a… ¿qué?

¿Al estudio?

Sí.

Primero voy al estudio.

¿Por qué?

Para hablar con él.

Para confrontarlo.

O para asegurarme de que está aquí.

Luego, vierto el acelerante.

No en una habitación cualquiera.

En la sala de estar (donde se socializa), en la biblioteca (donde se guarda el conocimiento), y… ¿en el dormitorio de la esposa muerta?

Sí.

Lugares simbólicos.

Este fuego no es solo para matar.

Es para borrar.

Para purgar.

Abrió los ojos.

El incendiario conocía la casa.

Conocía los hábitos de Braithwaite.

Sabía que estaría en su estudio a esa hora.

Esto fue personal.

No fue un robo disfrazado.

Fue un ajuste de cuentas.

Y el objeto que falta… señaló el espacio vacío en el estante es la clave.

Era algo que el incendiario quería, o algo que no quería que la policía encontrara.

Russo tomó nota.

Bien.

Entonces, ¿quién quería ajustar cuentas con un anciano coleccionista?

Alguien a quien le arruinó algo dijo León.

O a quien Braithwaite le debía algo más que dinero.

Algo que cabía en ese espacio.

Pidieron los registros telefónicos y financieros de Braithwaite,Mientras esperaban, León entrevistó a los vecinos.

La mayoría decía que Braithwaite era un hombre amable pero reservado, obsesionado con sus colecciones.

Un vecino, sin embargo, un hombre mayor llamado Walter, comentó algo mientras regaba sus geranios: Arthur tuvo problemas hace unos meses con un tipo.

Un hombre más joven, con aspecto de… ¿cómo decirlo?

De fanático.

Discutían en el porche.

Yo solo oí fragmentos.

“Me lo debes”, decía el joven.

“Es mío por derecho”.

Arthur se puso firme.

“No está en venta”, le dijo.

Luego el joven se fue, muy enojado.

¿”No está en venta”?

repitió León.

¿Recuerda algo más?

¿Alguna descripción?

Usaba una chaqueta de cuero gastada.

Y tenía una muñeca vendada, creo.

Como si se hubiera lastimado.

Regresó a la comisaría.

Los registros financieros no mostraban deudas grandes.

Pero los telefónicos mostraban llamadas repetidas en los últimos tres meses desde un número celular prepago, no registrado.

El mismo patrón: llamadas cortas, siempre por la noche.

Acoso.

Y entonces, en el archivo de casos antiguos, buscando conexiones con coleccionistas o disputas por antigüedades, encontró algo.

Un informe de dos años atrás: un robo en una galería de arte menor.

Entre los objetos robados, una brújula náutica del siglo XIX, de latón y plata, supuestamente maldita.

El dueño de la galería en ese momento: Arthur Braithwaite.

El caso nunca se resolvió.

Pero en el informe, había un nombre: un empleado de la galería, despedido por sospechas de robo interno.

Lucas Frey.

La descripción: veintitantos, chaqueta de cuero, interés obsesivo en objetos “con historia”, especialmente en esa brújula.

Y una nota al margen, escrita por el detective a cargo (ya retirado): “Sujeto afirma que la brújula ‘le habla’.

Posibles problemas mentales.” León sintió un hormigueo.

El espacio vacío en el estante… del tamaño perfecto para una brújula.

Acto seguido, entró en el modo más profundo: ser Lucas Frey.

Se reclinó en su silla, cerró los ojos, y dejó que la personalidad del sospechoso se superpusiera a la suya.

No era solo pensar “¿qué haría él?”.

Era convertirse en él.

Soy Lucas.

La brújula… no es un objeto.

Es una voz.

La voz del mar, de la aventura, de un pasado que debería ser mío.

Braithwaite la tenía y la encerraba.

La “maldición” es una excusa.

Él la aprisionaba.

Se la robé una vez, pero la policía la recuperó.

Él la escondió mejor.

Le supliqué.

Le ofrecí dinero que no tenía.

Me dijo que no.

Me despreció.

Mi mano… me la lastimé golpeando una pared de rabia.

El dolor es un recordatorio.

Él tiene lo que es mío.

Si no puede ser mío… que no sea de nadie.

Que el fuego limpie su avaricia.

Pero… no puedo dejar que la brújula se queme.

Esa voz… debe sobrevivir.

Entro.

Lo confronto.

Está en su sillón, desafiante.

Le exijo la brújula,Se niega.

Veo el lugar en el estante.

La tomo.

Es fría, vibrante.

Luego… luego vierto la gasolina.

En los lugares que él ama,En los recuerdos de su esposa, En sus libros preciosos.

Le digo: “Ahora tú y tu mundo arderán.

Pero ella (la brújula) se irá conmigo”.

Enciendo Y me voy, pero él no huye, Quizás… al final, acepta el fuego como su purificación.

León abrió los ojos.

Estaba sudando frío.

La inmersión había sido intensa, casi aterradora.

Había sentido la obsesión viscosa de Lucas, su rabia justiciera retorcida.

Tenemos un nombre dijo, su voz un poco ronca.

Lucas Frey.

Busquémoslo.

Y busquen una brújula náutica de latón y plata del siglo XIX.

Russo no preguntó cómo lo sabía.

Ya empezaba a acostumbrarse.

Dio la orden.

Lucas Frey fue encontrado seis horas después, tratando de vender la brújula a un coleccionista clandestino en un bar del puerto.

Cuando lo arrestaron, no resistió.

Solo abrazaba la brújula contra su pecho, susurrando: “Estás a salvo ahora.

Estás a salvo”.

En el interrogatorio, fue como León lo había previsto.

Lucas habló de la brújula como de una persona, de su “voz”, de cómo Braithwaite la “silenciaba”.

Confesó el incendio con un tono de triunfo místico.

Había ido a recuperar lo “suyo” y a purificar con fuego la “corrupción” del coleccionista.

Mientras Lucas era llevado a su celda, Russo se acercó a León, que se lavaba la cara en el lavamanos del pasillo, intentando quitarse la sensación pegajosa de haber habitado, aunque fuera por un momento, una mente tan rota.

Esa técnica tuya… de meterte en su cabeza.

Es buena.

Pero ten cuidado, Mercer dijo Russo, su voz inusualmente grave.

Jugar a ser monstruos… a veces, partes de ellos se te pegan.

León miró su reflejo en el espejo.

Sus ojos oscuros parecían más profundos, como si hubiera mirado a un abismo y el abismo le hubiera devuelto la mirada.

Asintió.

Es el precio del patrón, Russo.

Para resolverlo, a veces tienes que recorrerlo.

Esa noche, en su apartamento, después de su rutina de ejercicio (más intensa, como para limpiar la mente), sacó los revólveres Colt.

Esta vez, no los sostuvo.

Solo los miró.

En el silencio, no hubo susurros.

Solo el eco de las palabras de Lucas Frey: “Estás a salvo ahora.” ¿A qué demonios se refería?

¿A la brújula?

¿O a algo más?

En su escritorio, la pila de casos “inexplicables” que había estado recolectando en secreto parecía brillar bajo la luz de la lámpara.

Patrón tras patrón de muertes extrañas, desapariciones sin motivo, testimonios de “sombras” y “frío”.

León abrió el archivo superior.

El título: “Suicidios en el Motel ‘Eternal Rest’ – Posible patrón de influencia externa?” Tomó un marcador rojo y, con la precisión de un cirujano, comenzó a conectar fechas, lugares, testimonios similares.

Un mapa de lo inexplicable empezaba a tomar forma en su mente.

Su trabajo en el departamento era resolver crímenes humanos.

Pero su verdadera investigación, la que había comenzado la noche en que los susurros llegaron por primera vez, era otra.

Y cada caso como el de Lucas Frey, cada inmersión en una mente oscura, era un entrenamiento para algo más grande.

Algo que, intuía, pronto tocaría a su puerta.

O tal vez, ya estaba dentro, esperando ser reconocido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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