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Bleach:detective - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 Capítulo 34 El Cazador de Sombras
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34: Capítulo 34: El Cazador de Sombras 34: Capítulo 34: El Cazador de Sombras El aire en el sótano olía a ozono quemado y a la fría quietud del Adjuchas congelado.

León terminaba de guardar el último frasco de energía degradada cuando un espasmo de dolor en el hombro mal sanado le trajo un recuerdo no solicitado.

No de la captura del monstruo, sino de la semana anterior.

El caso que había usado como cobertura.

El asesino espiritual.

Un flashback que su mente, siempre ordenando datos, reetiquetó como “Caso Cerrado: Adquisición del Artefacto – Fuente: Shinigami Caído (Designación: El Cazador de Sombras)”.

— Flashback (Una semana atrás) La guarida no era un almacén frigorífico, sino un depósito de archivos médicos abandonado en los límites de Karakura.

El olor a papel viejo y polvo se mezclaba con el regusto metálico de la energía espiritual corrupta.

León había rastreado la firma hasta allí después de que el dron detectara un patrón de drenaje energético sutil pero constante en las tuberías espirituales de la zona.

Dentro, entre estanterías torcidas y montañas de expedientes amarillentos, encontró el santuario del asesino.

No había cadáveres.

Había esferas de cristal.

Dentro de cada una, flotando en un líquido ambarino, estaba el alma debilitada y atormentada de una de las víctimas despojadas de su energía vital.

Sus rostros, contraídos en un silencioso grito, brillaban con una luz tenue.

El asesino no los mataba; los almacenaba, como baterías, conectados por finos hilos de energía oscura a un artefacto central.

El artefacto era lo que León buscaba.

No era una espada rota, sino un guantelete de metal oscuro y extraño, con una gema morada y corrupta incrustada en el dorso.

Descansaba sobre un atril de hueso espiritual tallado.

Y junto a él, de pie, observando sus “reservas”, estaba el dueño.

No era un monstruo.

Era un hombre, o lo que quedaba de uno.

Vestía los harapos de un shihakushō Shinigami, pero descolorido y rasgado.

No llevaba la insignia de su escuadrón.

Su rostro era demacrado, surcado por líneas de dolor y obsesión, y sus ojos, de un gris muerto, brillaban con la misma luz morada del guantelete.

Su presión espiritual era la de un Shinigami, pero enferma, torcida, como un árbol con un hongo devorándolo por dentro.

Un Shinigami caído.

Su Zanpakutō, colgada a su espalda, estaba opaca, sin vida.

“Otro curioso,” dijo el hombre, su voz un susurro áspero.

“¿Vienes a robar mi cosecha?

¿O eres otro que quiere el poder del Guantelete del Lamento?” “Jack Monroe, investigador privado,” dijo León, su tono plano.

“Vengo por las personas que desaparecieron.” El Shinigami caído, Ginjo (ese nombre lo supo después), rió sin humor.

“Personas.

Células de energía con patas.

Este artefacto…” tocó el guantelete con reverencia, “prometía restaurar mi Zanpakutō.

Darle poder de nuevo.

Pero necesita… combustible.

La esencia vital de los sensibles.

Es un intercambio justo.

Su energía por la restauración de un instrumento de la justicia.” La lógica retorcida de un fanático.

León ya había oído variaciones antes.

No discutió.

Evaluó.

El Shinigami era más débil que Ichigo en bruto poder, eso era claro.

Pero su energía, aunque corrupta, era densa por décadas de existencia.

Y su experiencia de combate, intuía León, era vasta.

Este no era un novato.

“Tu justicia huele a podredumbre,” dijo León, sacando sus Colt.

No los nuevos, cargados con conceptos, sino los viejos, con balas espirituales básicas.

No quería revelar su verdadero poder.

La batalla que siguió fue un duelo de astucia y táctica, no de fuerza bruta.

Ginjo no cargó.

Se desvaneció, usando el Shunpo con una eficiencia enfermiza, apareciendo en ángulos ciegos para lanzar cortes precisos y letales con su Zanpakutó sin brillo.

Pero cada corte carecía del filo espiritual de un Shinigami sano; era como ser golpeado con un hierro contundente, no cortado.

León se movió, usando su entrenamiento en boxeo y muay thai para esquivar, para leer los patrones de movimiento de Ginjo.

Disparó.

Las balas espirituales básicas impactaban en el cuerpo de Ginjo, quemando la tela y la carne espiritual, pero el Shinigami caído las soportaba con un gruñido, su obsesión amortiguando el dolor.

“¡Es inútil!” gritó Ginjo, lanzando un Hadō débil y distorsionado (el Nº 4, Byakurai, que salió como un relámpago negro y chisporroteante).

León lo esquivó por poco, la energía corrupta quemando una estantería a su espalda.

Fue entonces cuando llegaron ellos.

Una explosión de presión salvaje anunció la llegada de Ichigo Kurosaki, que irrumpió por una ventana alta, su Zanpakutō gigante ya en sus manos, los ojos llenos de una furia determinada.

“¡DEJA DE HACERLE DAÑO A LA GENTE!” Detrás de él, más lenta pero con mirada calculadora, llegó Rukia, todavía en su Gigai, sin poder, pero con la estrategia clara en sus ojos.

“Ichigo, ¡cuidado!

Su energía está corrupta.

No es un Hollow, es un Shinigami… roto.” Ginjo se volvió hacia la nueva amenaza, un destello de pánico genuino en sus ojos grises al ver la abrumadora presión de Ichigo.

“¡Otro sustituto!

¡Otro que tiene lo que a mí me quitaron!” La batalla cambió.

Ginjo ya no podía concentrarse en León.

Se enfrentó a Ichigo.

Y aquí se vio la diferencia.

Ichigo era un torrente, un huracán de fuerza bruta y velocidad instintiva.

Ginjo era un cuchillo oxidado pero experto.

Esquivaba los golpes devastadores de Ichigo usando Shunpo y experiencia, respondiendo con cortes precisos que, aunque no tenían poder espiritual para herir gravemente a Ichigo, le causaban cortes superficiales y frustración.

“¡Quieto y déjate golpear!” rugía Ichigo, cada golpe fallando por milímetros gracias a los movimientos evasivos de Ginjo.

Rukia, desde un lado, daba instrucciones.

“¡Ichigo, por la izquierda!

¡Prevé su Shunpo, siempre retrocede dos pasos después de atacar!” Era su experiencia la que lentamente inclinaba la balanza.

Ella leía los patrones de Ginjo, los hábitos de un soldado veterano, y se los comunicaba a Ichigo.

León, desde las sombras, observó.

No intervino.

Estudiaba.

Veía cómo la experiencia de Ginjo casi compensaba la abrumadora diferencia de poder.

Veía cómo Ichigo aprendía, adaptándose.

Y veía cómo Rukia, aún sin poder, era la verdadera fuerza directriz.

Finalmente, Rukia vio la apertura.

“¡Ahora, Ichigo!

¡Baja y diagonal, desde tu hombro derecho!” Ichigo, confiando en ella implícitamente, ejecutó el movimiento.

Ginjo, acostumbrado a los ataques horizontales brutales de Ichigo, no esperó el corte ascendente preciso.

La Zanpakutō gigante de Ichigo golpeó el guantelete de metal que Ginjo levantó para bloquear.

Hubo un sonido de cristal quebrado.

La gema morada del Guantelete del Lamento estalló.

Un grito de agonía y pérdida escapó de Ginjo.

La energía corrupta que lo sostenía se disipó.

Cayó de rodillas, su shihakushō pareció hacerse aún más andrajoso, su forma espiritual empezó a desvanecerse, no con la purificación de un Hollow, sino con el desmoronamiento de algo que ya había muerto hacía tiempo.

“Mi… poder…” murmuró Ginjo, antes de que su forma se deshiciera por completo en partículas de polvo espiritual gris.

Ichigo jadeaba, bajando su espada.

Rukia se acercó, mirando el lugar donde Ginjo había estado con tristeza.

“Estaba vacío hace mucho tiempo.

Solo el artefacto lo mantenía aquí.” León, en las sombras, no esperó.

Mientras Ichigo y Rukia comprobaban las esferas de cristal (que empezaban a agrietarse, liberando a las almas debilitadas), él se deslizó hacia el atril.

El guantelete estaba roto, la gema destruida.

Pero los fragmentos de la gema y el metal del guantelete aún contenían rastros de la matriz corruptora, de la tecnología espiritual que permitía drenar y almacenar esencia.

Con movimientos rápidos, los recogió en una bolsa especial, junto con unos diarios manchados que había cerca, llenos de la escritura desquiciada de Ginjo sobre sus intentos por restaurar su poder.

Luego, antes de que Ichigo o Rukia pudieran volverse, desapareció por la misma ruta por la que había entrado, borrando sus huellas espirituales con un compuesto supresor.

Fin del Flashback En el presente, en el sótano con el Adjuchas congelado, León guardó el último contenedor.

Los fragmentos del Guantelete del Lamento y los diarios de Ginjo habían sido la base para el Velador Espectral y para refinar su comprensión de la manipulación de energía espiritual corrupta.

Un recurso invaluable obtenido de la derrota de otro, observada desde las sombras.

Ahora, con el Adjuchas capturado, el olor a Hollow del Velador era lo único que podía delatarlo.

Lo desmontó, limpió cada componente con un solvente espiritual que desintegró los rastros residuales.

Luego, usando la grabación de su dron y un software de edición avanzado (otra herramienta de “El Veredicto”), creó un bucle para las cámaras de seguridad de la calle donde tenía su oficina, mostrando a “Jack Monroe” entrando por la noche y no saliendo hasta la mañana siguiente, durante la noche de la captura del Adjuchas.

Una coartada digital perfecta.

Habia pensado en abandonar karakura, pero no abandonaría Karakura, Había invertido demasiado.

Había un Hollow Adjuchas congelado en un sótano, un núcleo de Menos en estasis, y un Shinigami caído había demostrado que incluso los poderosos podían ser astutos y peligrosos.

La ciudad era su laboratorio, su campo de pruebas.

Solo necesitaba ser más cuidadoso, más frío, más invisible.

La atención de Tessai era un problema.

Pero todo problema era una ecuación.

Y León Mercer era muy bueno resolviendo ecuaciones, incluso si la variable era un ex-capitán del Escuadrón Kidō.

Sonrió, una expresión sin calor.

Karakura no se había librado de él.

Solo lo había forjado en algo más duro, más peligroso y más determinado.

La siguiente fase podía comenzar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES CAMALEON …

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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