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Bleach:detective - Capítulo 4

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4: capitulo 4 : la llamada 4: capitulo 4 : la llamada Capítulo 4: El Umbral del Veredicto Los Ángeles, California.

11:03 PM.

El sudor se enfriaba en la piel de León mientras realizaba el último plank de su rutina nocturna,Tres minutos, Los músculos de su abdomen y espalda gritaban, pero su mente, nítida como el cristal, ignoraba el dolor.

El control sobre el cuerpo era el antídoto contra el caos que se filtraba en su cabeza después de cada inmersión en una mente criminal.

El caso de Lucas Frey y la brújula “parlante” había dejado un residuo.

No eran los susurros de frío y miedo de las víctimas.

Era el eco de una lógica retorcida, la sensación pegajosa de haber comprendido demasiado bien un razonamiento enfermizo.

“Para entender al monstruo, debes mirar el mundo a través de sus ojos.

Y una vez que lo haces, partes de su paisaje interior se quedan contigo.” La cita de Nietzsche que había leído en la academia le resonaba ahora con una verdad inquietante.

Se levantó del suelo, respirando profundamente.

Su apartamento estaba en silencio, solo roto por el zumbido lejano de la ciudad.

Fue a la pequeña cocina a servirse agua.

Al pasar frente a la ventana que daba al callejón, una sombra más densa le llamó la atención.

No era una persona.

Era un sobre.

Blanco, rectangular, pegado con cinta adhesiva al cristal por el exterior de la ventana de su segundo piso.

El corazón de León dio un golpe seco, no de miedo, sino de alerta máxima.

Nadie podía llegar allí sin una escalera o unas habilidades de escalada considerables.

Y lo habían hecho en silencio total.

Con movimientos fluidos, apagó la luz de la habitación y se acercó a la ventana desde un ángulo lateral.

No había nadie en el callejón.

El sobre estaba solo, como una pupila blanca en la oscuridad.

Después de un minuto de observación absoluta, abrió la ventana y lo despegó.

Era de papel grueso, de calidad.

No tenía remitente.

Solo su nombre, escrito a máquina con una fuente clásica: LEÓN MERCER.

Dentro, una sola tarjeta de cartulina negra, gruesa como una losa.

Al levantarla a la tenue luz de la luna que filtraban los edificios, las letras se revelaron: no estaban impresas, sino grabadas en relieve plateado, como cicatrices de metal en la oscuridad.

EL VEREDICTO Y debajo, en letras más pequeñas, igual de precisas: 229B, CALLE WILSHIRE, PISO 14.

MAÑANA.

03:00 AM.

VEN SOLO.

TU CURRÍCULUM HA SIDO EVALUADO.

No había firma.

No había amenazas.

Solo una declaración de hecho.

“Tu currículum ha sido evaluado”.

Una frase que heló la sangre de León más que cualquier susurro espectral.

Ellos… quienesquiera que fueran… lo habían estado observando.

Habían visto cómo resolvía el robo de la licorería, cómo desenmascaraba al testigo mentiroso, cómo se sumergía en las mentes de Frye y Frey.

Lo habían medido.

La parte racional de su mente, la del detective, analizaba los datos: organización secreta, recursos para vigilancia y acceso imposible, interés en habilidades de perfilación criminal.

Posiblemente gubernamental, pero fuera de los canales normales.

Peligroso.

La otra parte, la que sentía los susurros y el frío de lo inexplicable, sintió una extraña expectación.

Esto no era otro caso de asesino local, Esto era una puerta Y detrás de ella, tal vez, estaban las respuestas a las preguntas que comenzaba a formular sobre los patrones más oscuros del mundo.

Guardó la tarjeta en un cajón, bajo unos documentos.

No se lo mencionaría a Russo.

Al veterano detective le preocupaba que “partes de los monstruos se le pegaran”.

¿Qué pensaría si supiera que ahora una organización de monstruos mayores lo invitaba a su mesa?

El resto de la noche lo pasó investigando la dirección.

229B, Calle Wilshire.

En los registros públicos, el edificio era una torre de oficinas corporativas anodina.

El piso 14 estaba alquilado a una empresa fantasma llamada “Aegis Solutions”, un nombre tan genérico que era casi una confesión de su naturaleza encubierta.

A las 2:45 AM del día siguiente, León se presentó.

No llevaba su arma de servicio.

Llevaba algo más: los revólveres Colt de su padre, cargados, ocultos bajo un blazer holgado, No confiaba en invitaciones anónimas.

Su entrenamiento físico estaba alerta, cada músculo preparado para reaccionar.

El vestíbulo del edificio estaba desierto, solo un guardia de seguridad nocturno que, al verlo acercarse, asintió ligeramente y activó el ascensor sin que León dijera una palabra.

Habían sido instruidos.

El ascensor subió en silencio hasta el piso 14.

Las puertas se abrieron no a un pasillo de oficinas, sino a un vestíbulo minimalista y opresivo.

Paredes de un gris oscuro, suelo de cemento pulido, iluminación tenue proveniente de tiras de LED ocultas en el cielo.

No había decoración.

No había sonido.

Solo una puerta de metal mate al fondo, sin picaporte visible.

Ante la puerta, de pie, inmóvil como una estatua, había una mujer.

Era alta, casi su misma estatura, con un cuerpo atlético enfundado en un traje pantalón negro impecable.

Su cabello, castaño rojizo, estaba recogido en un moño severo.

Su rostro, de facciones afiladas y piel pálida, no tenía maquillaje.

Sus ojos, del color del acero lavado, lo evaluaron en un instante, sin una pizca de emoción.

Podía tener treinta años, o cuarenta; su rostro era difícil de datar, como si las expresiones le fueran ajenas.

León Mercer dijo.

Su voz era clara, fría, sin entonación.

Deposite sus armas personales en la consigna.

Señaló una pequeña abertura en la pared, como la de un buzón, con una caja de metal dentro.

León la miró, calculando.

¿Y si me niego?

Entonces el ascensor lo llevará de vuelta a la calle respondió ella, como si leyera un manual.

Y su oportunidad de ver lo que hay detrás de la cortina se esfumará.

Para siempre.

“El Veredicto” solo llama una vez.

El nombre, pronunciado en esa voz fría, tuvo peso.

Autoridad.

Decisión final.

León vaciló solo un segundo.

Luego, con un movimiento deliberado, sacó los dos Colt de sus sobaqueras y los depositó en la caja.

Sonó un clunk metálico al cerrarse.

La mujer asintió, un movimiento casi imperceptible.

Luego, colocó su mano sobre un panel junto a la puerta.

Un haz de luz azul escaneó su palma.

La puerta de metal se deslizó hacia un lado sin un sonido.

Dentro, no había una oficina.

Era una sala de observación.

Una pared entera era de cristal opaco desde fuera, pero transparente desde dentro.

Daba a lo que parecía un cuarto de interrogatorios estándar, iluminado con una luz blanca cruel.

Adentro, sentado en una silla de metal, había un hombre.

Sudaba, se mordía las uñas, sus ojos saltaban por la habitación.

Tenía un aspecto normal, desgastado.

Alrededor de la sala de observación, pantallas mostrando datos biométricos del hombre: ritmo cardíaco elevado, ondas cerebrales, transpiración.

En el centro, una figura de espaldas, observando al hombre a través del cristal.

Puede acercarse, detective Mercer dijo la figura, sin volverse.

Era una voz masculina, madura, cultivada, con una cadencia que sonaba a profesor de Ivy League o a cirujano.

León avanzó.

La mujer de la puerta se quedó atrás, guardando la entrada.

El hombre de la sala de observación se volvió.

Podía tener cincuenta y tantos años, con el cabello entrecano peinado hacia atrás, y un traje gris perla que valía más que el sueldo anual de León.

Su rostro era inteligente, afilado, con ojos de un azul pálido que no parpadeaban al evaluar a León.

No presentó su nombre.

Observamos su trabajo comenzó, directo al grano.

Su método es… fascinante.

Una mezcla de deducción forense bruta y una capacidad casi empática para la reconstrucción psicopática.

Usted no solo resuelve crímenes, detective Mercer.

Usted los re-vive.

Eso es raro.

Y útil.

¿Útil para quién?

preguntó León, manteniendo su voz neutra.

Para nosotros.

Para “El Veredicto” el hombre hizo un gesto vago con la mano.

Somos un brazo de evaluación y acción independiente.

Nuestro ámbito son los casos que el sistema ordinario no puede categorizar, o no quiere tocar.

Asesinos que son demasiado inteligentes, crímenes que son demasiado extraños, maldad que es demasiado… sistemática.

Señaló al hombre tras el cristal.

Ese es Richard Morse.

Contable.

Esposo.

Padre de dos niñas.

Y, según toda evidencia convencional, un hombre normal.Hace tres días, en un motel de Nevada, estranguló a una prostituta.

No hubo rabia.

No hubo lucha.

Lo hizo con la precisión de un técnico.

Luego, se lavó las manos, pidió room service y se fue a dormir.

No recuerda nada.

¿Amnesia disociativa?

aventuró León, sus ojos ya escaneando a Morse, buscando el patrón.

Tal vez asintió el hombre.

O tal vez algo más.

Morse no tiene historial de violencia.

No tiene motivo.

Pero hay un dato: en los últimos seis meses, visitó una clínica privada especializada en “terapias de mejora de memoria”.

Pagó en efectivo.

La clínica no existe en ningún registro médico.

Desapareció una semana después de su última visita.

Morse es la cuarta persona vinculada a esa clínica que comete un homicidio perfecto, sin motivo y sin recuerdo.

El hombre de traje gris miró directamente a León.

Este es el tipo de patrones que manejamos, detective Mercer.

No es un asesino serial común.

Es un síntoma.

Un síntoma de algo que opera en los márgenes, experimentando, corrompiendo.

La policía regular lo archivará como “locura temporal”.

Nosotros necesitamos saber la verdad.

Y para eso, necesitamos mentes como la suya.

Mentes que puedan ver la enfermedad, no solo el estornudo.

León sintió un escalofrío que no tenía que ver con el aire acondicionado, Esto era lo que había intuido.

El patrón más grande.

La corriente subterránea de locura que conectaba casos aparentemente aislados.

¿Y qué quiere que haga?

preguntó.

Entreviste a Morse dijo el hombre, sonriendo por primera vez.

No era una sonrisa cálida.

Hágalo con su método.

Métase en su cabeza.

Pero no busque al asesino.

Busque el vacío.

Busque el lugar donde alguien más pudo haber plantado una orden.

Nosotros le daremos todo el perfil psicológico, financiero, médico.

Usted nos da… su veredicto sobre lo que realmente pasó.

Era una prueba.

Obvia.

Querían ver si su “don” funcionaba en sus términos, en su arena.

León miró a Morse, al hombre que se rascaba los brazos como si intentara arrancarse algo debajo de la piel.

Luego asintió.

Necesito el archivo.

Y necesito estar solo con él.

El hombre de traje gris hizo una seña.

La mujer del traje negro le entregó una tableta delgada a León.

Contenía la vida de Richard Morse en datos fríos.

Luego, ambos salieron de la sala de observación, dejándolo solo.

León respiró hondo, Este no era un interrogatorio policial.

No había espejo, no había abogado, no había reglas.

Solo la verdad, o lo que fuera que hubiera en la cabeza de ese hombre.

Ajustó mentalmente su enfoque.

No se trataba de la reconstrucción meticulosa de pistas que hacía en la policía, ni de la representación teatral que algunos investigadores usaban para engañar a sospechosos.

Esto era algo más profundo, más invasivo.

Era ecología de la mente.

Buscaría la especie invasora en el ecosistema de Morse, el parásito en la conciencia.

Encendió el micrófono.

Richard dijo, su voz calmada, casi terapéutica, a través del intercom.

Voy a entrar.

No estoy aquí para juzgarte.

Al abrir la puerta y cruzar el umbral hacia la sala blanca, supo que nada sería igual después.

“El Veredicto” no era un trabajo.

Era un pacto.

Y él acababa de dar el primer paso hacia las sombras donde se dictaban las sentencias de las que el mundo nunca se enteraría.

Su verdadera educación, la educación en el horror sistemático, comenzaba ahora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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