Bleach:detective - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 CAPÍTULO 43 EL VACÍO ENTRE MÁSCARAS
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43: CAPÍTULO 43: EL VACÍO ENTRE MÁSCARAS 43: CAPÍTULO 43: EL VACÍO ENTRE MÁSCARAS CAPÍTULO 43: EL VACÍO ENTRE MÁSCARAS Karakura, octubre.
BB.
se había convertido en una figura reconocible en ciertos círculos de Karakura.
Su presencia no era invasiva, pero sí constante: un hombre de cabello blanco y ojos rojos vino, siempre impecable, frecuentando cafés de moda, restaurantes tranquilos y, en ocasiones, repartiendo donaciones en el orfanato local.
Su carisma no era exuberante, sino sutil.
Una sonrisa ligera, una inclinación de cabeza atenta, una voz suave que parecía diseñada para calmar nervios y abrir puertas.
Hablaba poco de sí mismo, pero hacía preguntas que invitaban a la confidencia.
Usaba el pensamiento lateral con elegancia: no daba soluciones directas, sino perspectivas nuevas que hacían sentir al otro más inteligente, más dueño de su propio criterio.
Ganándose a Tatsuki.
Tatsuki Arisawa era una de las personas más difíciles de ganarse en Karakura.
Desconfiada por naturaleza y protectora hasta la médula, no se dejaba impresionar por modales o sonrisas.
Pero BB.
no intentó impresionarla.
En lugar de eso, se hizo útil.
Comenzó apareciendo en el mismo gimnasio donde ella entrenaba, no como practicante, sino como espectador ocasional que luego hacía comentarios técnicos precisos sobre movimientos de karate, demostrando un conocimiento inesperado.
“Usted tiene un kizami-zuki muy rápido, pero a veces adelanta el hombro.
Eso le resta potencia”, le comentó un día, casualmente, mientras ella salía del tatami.
Tatsuki se detuvo, sorprendida.
“¿Sabe de karate?” “He estudiado varias disciplinas.
La eficiencia del movimiento me fascina.” Su sonrisa era cálida, sin arrogancia.
“Especialmente en alguien que claramente entrena no por deporte, sino por algo más.” Poco a poco, comenzaron breves conversaciones.
B.
B.
nunca preguntaba por Ichigo o por lo sobrenatural directamente.
Hablaba de disciplina, de proteger lo que uno valora, del peso de la responsabilidad.
Temas que resonaban profundamente en Tatsuki.
Un día, tras un entrenamiento particularmente duro, Tatsuki, frustrada, mencionó sin querer lo “injusto” que era que sus amigos estuvieran siempre en peligro y ella no pudiera hacer nada.
BB.
la miró con una expresión seria pero amable.
“A veces, la fuerza más poderosa no es la que golpea, sino la que sostien, Usted es el ancla de ellos.
Eso no es poca cosa.” No era un halago vacío.
Era un reconocimiento estratégico de su papel.
Y funcionó.
Tatsuki no se abrió del todo, pero su desconfianza hacia B.
B.
comenzó a mezclarse con un respeto cauteloso.
El símbolo del espejo.
Una noche, después de un largo día siendo BB.
— visitando un orfanato, teniendo una conversación deliberadamente encantadora con la dueña de una cafetería para obtener información sobre patrones de conducta de clientes, y dejando caer sugerencias útiles a un oficial de policía local sobre “actividad sospechosa” en zonas con alta energía residual —, León regresó a su apartamento seguro.
Se quitó la chaqueta, los lentes de contacto rojos, se lavó el tinte temporal del cabello hasta que el blanco platino dio paso a su color castaño oscuro natural.
Se miró en el espejo del baño.
Y por un momento, no reconoció al hombre que lo miraba.
No era B.
B., el oficinista carismático.
No era Jack Monroe, el investigador privado discreto.
No era León Mercer, el ex detective obsesionado con patrones.
No era el Espectro, la sombra fría que manipulaba datos y drones.
Era… un vacío con muchos rostros.
Se apoyó en el lavabo, respirando hondo.
Su mente, entrenada para adoptar patrones de pensamiento ajenos —el asesino frío, el psicópata ordenado, el filósofo retorcido—, a veces olvidaba cómo apagarse.
Había pasado tanto tiempo pensando como otros, sintiendo como otros (o fingiendo sentir), que su propio núcleo parecía desdibujarse.
En el espejo, su reflejo pareció fragmentarse.
No físicamente, sino en su percepción: un ojo era el de León, frío y analítico; el otro, el de B.
B., cálido y calculador; la buna sonrisa de Jack, la mirada vacía del Espectro.
Capas y capas de personajes usados como herramientas, pero ¿quién quedaba debajo?
“¿Quién soy cuando nadie me observa?”, se preguntó en voz baja.
No hubo respuesta.
Solo el zumbido del silencio y el peso de las máscaras que llevaba puestas tan a menudo que ya no sabía si alguna era su verdadera piel.
Su mano se cerró alrededor del borde del lavabo.
No era miedo lo que sentía.
Era algo peor: indiferencia.
No le importaba quién era, siempre y cuando la máscara de turno cumpliera su función.
Ese vacío era aterrador… y a la vez, liberador.
Sin identidad fija, podía ser cualquier cosa.
Podía infiltrarse en cualquier lugar, en cualquier confianza.
Pero ese mismo vacío era un riesgo.
Si olvidaba por completo dónde terminaba la máscara y empezaba él, podría perderse en un personaje.
O peor, podría dejar que una de sus personalidades más oscuras —la del asesino metódico, la del científico sin ética— tomara el control permanente.
Se salpicó agua fría en el rostro.
Las gotas resbalaron por su piel, borrando momentáneamente las líneas imaginarias entre sus yoes.
Al mirar de nuevo, solo vio a un hombre cansado, con ojos profundos y un propósito único: sobrevivir, aprender, controlar.
Eso era lo único real.
Lo único que importaba.
El precio de la adaptación.
Al día siguiente, B.
B.
estaba de nuevo en un café, escuchando a una joven hablar de sus pesadillas recurrentes —pesadillas que León sabía que eran inducidas por un Hollow de bajo nivel que se alimentaba de estrés en su edificio—.
Sonreía, asentía, ofrecía un consejo vago pero reconfortante.
Era perfecto.
Pero dentro, una parte de León observaba la escena con frialdad clínica.
Ella está vulnerable.
Sus palabras indican un patrón de sueño REM interrumpido.
El Hollow probablemente anida en el espacio entre paredes de su dormitorio.
Podría decirle que busque manchas de humedad fría.
Ganaría su gratitud.
Accedería a su hogar.
Tendría otra fuente de datos.
Esa era la mente de León: siempre calculando, siempre buscando ángulos, ventajas, datos.
B.
B.
era solo otra herramienta en esa búsqueda.
Mientras salía del café, se cruzó con Rangiku Matsumoto, quien aparentemente estaba de compras.
Ella lo vio y sonrió, acercándose.
“¡BB.-san!
Qué casualidad.” “Matsumoto-san.
Un placer.” Su voz era suave, su sonrisa, genuina en su artificialidad perfecta.
“Siempre lo veo en lugares interesantes”, comentó ella, con una chispa de curiosidad en la mirada.
“Me gusta observar a la gente.
Cada uno tiene una historia.” “¿Y usted?
¿Cuál es su historia?” La pregunta era directa, peligrosa.
BB.
rio suavemente, un sonido relajante y evasivo.
“Oh, la mía es aburrida,Solo un hombre que viaja mucho y ayuda donde puede.
Las historias interesantes son las de quienes se quedan, como usted y sus amigos.” Desvió la conversión con elegancia, halagándola sutilmente.
Rangiku no obtuvo respuestas, pero se fue con la sensación de que BB.
era… demasiado perfecto.
Algo que también anotó mentalmente.
La próxima máscara.
Esa noche, León trabajó en su laboratorio.
Tenía ante sí datos sobre los Vizards y los Espada.
Pronto, la guerra se intensificaría.
Y él necesitaría no solo observar, sino intervenir de manera más directa.
Eso requeriría una nueva máscara, una más cercana al conflicto espiritual.
Tal vez un ex–investigador de fenómenos paranormales que pudiera acercarse a Urahara con preguntas técnicas.
O un médico que mostrara interés inusual en las heridas espirituales de Ichigo y los demás.
Cada personalidad era un traje a medida, diseñado para un propósito específico.
Pero al mirar los esquemas en su pantalla, volvió a sentir ese vacío.
¿Cuántas capas más podía añadir antes de que nada quedara debajo?
Sacó uno de los Colt de su padre, el Ámbar.
Lo sostuvo frente al espejo.
El arma, un objeto físico, un legado real, era más tangible que su propia identidad.
Quizás eso era lo único real: sus herramientas, sus metas, su búsqueda de patrones.
El resto era… intercambiable.
Con un suspiro silencioso, guardó el arma.
No importaba quién era.
Importaba lo que podía hacer.
Y lo que haría a continuación sería crucial.
BB.
había ganado terreno.
Ahora era tiempo de que el Espectro diera un golpe maestro de información, uno que solidificara la necesidad de su existencia ante los Shinigami y, al mismo tiempo, los mantuviera lo suficientemente distraídos para no buscar demasiado al hombre detrás de la máscara.
El vacío podía ser aterrador, pero también era poder.
Porque en el vacío, no había lealtades, ni dudas, ni miedo.
Solo lógica.
Y León Mercer era, ante todo, un lógico.
Mañana, B.
B.
donaría más juguetes al orfanato y tendría una conversación profundamente conmovedora con la directora.
Y esa misma noche, el Espectro filtraría a Hitsugaya la ubicación de un experimento fallido de Aizen en los desagües de Karakura, un experimento que contenía muestras valiosas de Hollow artificial.
Una mano daba caridad.
La otra, manipulaba los hilos de la guerra.
Y en el centro, un hombre vacío, mirándose en el espejo, preguntándose si alguna vez volvería a reconocer al reflejo que veía… o si ya ni siquiera le importaba.
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