Bleach:detective - Capítulo 45
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- Capítulo 45 - 45 CAPÍTULO 45 EL JUGUETE DEL ODIO
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45: CAPÍTULO 45: EL JUGUETE DEL ODIO 45: CAPÍTULO 45: EL JUGUETE DEL ODIO CAPÍTULO 45: EL JUGUETE DEL ODIO Karakura, finales de octubre, durante la Rebelión de las Zanpakutō.
La Soul Society entró en crisis cuando las Zanpakutō de los Shinigami se rebelaron, lideradas por el misterioso Muramasa.
Hitsugaya, Renji, Rukia y todo el escuadrón destacado en Karakura recibieron la orden urgente de regresar.
La ciudad quedó, una vez más, casi desprotegida, con solo Ichigo —quien también fue convocado— y los Vizards como posibles respaldos lejanos.
Para León, esto era una oportunidad.
Sin la vigilancia constante de los Shinigami, podía operar con mayor libertad.
Pero también significaba que las amenazas menores podían crecer sin control.
El primer mensaje.
Tatsuki Arisawa encontró un sobre blanco en su taquilla del dojo.
No tenía remitente.
Dentro, una fotografía recortada de un periódico antiguo: la noticia de la desaparición de una joven estudiante hacía un año.
Al dorso, con letra minúscula y pulcra, decía: “Tu fuerza es bonita.
Pero se romperá.
Te observo.” No le dio mayor importancia al principio.
Pensó que era una broma de mal gusto.
Pero al día siguiente, otro sobre apareció en la puerta de su casa.
Esta vez, con una foto suya saliendo del gimnasio, tomada desde lejos.
El mensaje: “El sudor en tu nuca brilla como lágrimas.
Pronto llorarás de verdad.” Tatsuki, fría pero alarmada, se lo mostró a B.
B., con quien coincidió en un café esa tarde.
“No es una broma”, dijo B.
B.
tras examinar las fotos.
“El papel es de alta calidad, la tinta es indeleble profesional.
Y el ángulo de esta foto… se tomó desde el edificio en obras de enfrente.
Eso requiere planificación.” “¿Quién haría esto?” “Alguien que te ve como un objetivo, no como una víctima casual.” Sus ojos rojos se posaron en ella.
“Esto es personal.
Y va a escalar.” — El patrón del odio.
León, usando sus habilidades de investigación y acceso a bases de datos policiales no oficiales, descubrió un patrón que nadie había conectado: en los últimos dos años, seis mujeres jóvenes habían desaparecido en Karakura y ciudades aledañas.
Todas fueron encontradas muertas semanas después, con signos de tortura prolongada y violación.
El modus operandi era idéntico: las capturaba vivas, las mantenía en cautiverio, las sometía a rituales de humillación y luego las estrangulaba.
La policía no tenía pistas; no había ADN, ni huellas, ni testigos.
Pero León notó un detalle: cada víctima tenía un perfil de fortaleza física o independencia: una atleta, una estudiante de artes marciales, una voluntaria de rescate, una obrera de construcción.
El asesino no elegía a cualquiera.
Elegía a mujeres que desafiaban el estereotipo de fragilidad.
Y las rompía.
“No es solo un asesino”, le explicó B.
B.
a Tatsuki.
“Es un castigador.
Odia la fortaleza femenina porque la teme.
Quiere demostrar que, al final, todas se quebrantan.” “¿Y por qué yo?” “Porque encajas en el patrón.
Eres fuerte, competente, y no te escondes.
Para él, eres un trofeo.” — El arma para Tatsuki.
Tatsuki no era una persona que se escondiera.
Quería enfrentar la amenaza.
B.
B.
lo sabía.
En lugar de disuadirla, decidió equiparla.
“No podemos usar armas de fuego.
Sería rastreable y te pondría en la mira de la policía”, dijo.
“Pero hay alternativas.” Le llevó a un almacén abandonado que había preparado.
Sobre una mesa, había varios dispositivos: · Granadas de aturdimiento caseras: basadas en polvos químicos que liberaban una luz cegadora y un sonido ensordecedor, pero sin metralla.
· Bombas de humo con irritante ocular leve: para crear distracción y desorientación.
· Un par de guantes tácticos reforzados con polímero balístico: “Para tus puños.
Los nudillos tienen una capa de aleación dura.
Puedes golpear con más fuerza sin fracturarte.” · Y para ella, un arma especial: Un tonfa extendido de aleación ligera, pero con un mecanismo en el mango que, al girarlo, desplegaba una cuchilla retráctil de cerámica (indetectable por detectores de metales convencionales) y un dispositivo de carga eléctrica no letal en el extremo.
“Es un arma híbrida”, explicó B.
B.
“Puedes usarlo como tonfa para defensa y golpes, la cuchilla para situaciones extremas, y la carga para incapacitar.
La cerámica no deja marcas de metal en las heridas, lo que dificulta el rastreo balístico.” Tatsuki lo tomó, probó su peso.
Era perfecto.
“¿Cómo sabías…?” “Observo.
Tu estilo de karate usa mucho el tonfa en katas avanzadas.
Te es familiar.
Solo lo adapté.” La trampa.
El asesino envió un tercer mensaje, esta vez con un lugar y una hora: un almacén de pescado abandonado en el muelle, a medianoche.
“Ven sola.
O tu amiga la pelirroja sufrirá.” Adjuntaba una foto de Orihime saliendo de clases.
Tatsuki quiso ir sola.
B.
B.
no se lo permitió.
“Es una trampa obvia.
Pero vamos a usarla a nuestro favor.” Planificaron una contraemboscada.
Tatsuki entraría por la puerta principal, como se esperaba.
B.
B.
se infiltraría por los tragaluces del techo, usando garras de escalada y un traje oscuro que había preparado.
No llevaría los Colt; llevaría un arsenal no letal: dardos tranquilizantes, cuerdas de captura, y granadas de humo.
El enfrentamiento.
El almacén olía a sal y podredumbre.
Tatsuki avanzó entre cajas apiladas, el tonfa extendido en sus manos.
De repente, las luces se apagaron.
Una risa baja, rasposa, resonó en la oscuridad.
“Pensé que no vendrías… pequeña leona.” Una figura alta y delgada emergió de las sombras.
Vestía ropa común, pero sus ojos brillaban con una intensidad enfermiza.
Tenía energía espiritual.
No era Shinigami ni Hollow; era un humano que, por trauma o exposición, había desarrollado una sensibilidad perversa que le permitía sentir el miedo y la fuerza vital de sus víctimas.
“Me gusta romper cosas fuertes”, susurró.
“Tu energía… es vibrante.
Dolorosa.
La haré callar.” Atacó con velocidad sobrenatural para un humano.
Tatsuki esquivó, bloqueó un golpe con el tonfa.
El impacto fue seco, fuerte.
El hombre retrocedió, sorprendido por la resistencia.
“¡Bonito juguete!
¿Te lo dio tu noviecito?” “Algo así.” La pelea se intensificó.
Tatsuki usaba su entrenamiento, pero el hombre era más rápido, más cruel, y usaba el entorno: lanzaba cuchillos, tiraba cajas, intentaba acorralarla.
Fue entonces cuando B.
B.
actuó desde las sombras.
Una granada de aturdimiento cayó entre ellos.
Estalló en luz y ruido.
El asesino gritó, desorientado.
Tatsuki, preparada, se tapó los oídos y cerró los ojos un instante.
BB.
descendió desde una viga, lanzando dardos tranquilizantes.
Dos impactaron en el hombro y el cuello del hombre.
Él los arrancó con rabia, pero el fármaco empezó a hacer efecto.
“¡¿Quién eres?!”, rugió, viendo a B.
B.
acercarse con movimientos fluidos y silenciosos.
“El que está limpiando la basura.” León no usó fuerza bruta.
Usó precisión.
Esquivó un golpe desesperado, le aplicó una llave de brazo, luego lo derribó con una patada baja en la rodilla.
El hombre cayó, y Tatsuki aprovechó para activar la carga eléctrica de su tonfa, aplicándolo en su espalda.
Un choque controlado.
El asesino se convulsionó y quedó inconsciente.
El final… y el regalo.
Ataron al hombre con cables plásticos reforzados.
B.
B.
revisó sus pertenencias: encontró un diario detallando sus crímenes, fotos de otras posibles víctimas, y herramientas de tortura.
La policía lo encontrará aquí, con las pruebas, dijo B.
B.
“Será vinculado a los casos anteriores.
Tú nunca estuviste aquí.” “¿Y él hablará de nosotros?” “No recordará detalles.
Los tranquilizantes tienen un efecto amnésico leve.” Mientras se preparaban para irse, Tatsuki miró el tonfa en sus manos.
“Esto… funcionó.” “Está diseñado para ti.” B.
B.
hizo una pausa.
“Quédatelo.
Nunca se sabe cuándo podrías necesitar defenderte otra vez… de algo que no sea un fantasma.” Tatsuki asintió, guardando el arma.
“Gracias, B.
B.” “No hay de qué.” Sus ojos rojos se encontraron con los de ella.
“Solo recuerda: la fuerza no está solo en los puños.
Está en saber cuándo usar qué herramienta.” Se despidieron en la calle, cada uno por su lado.
Tatsuki se fue con el tonfa oculto en su mochila, sintiendo el peso de lo que había pasado.
BB.
desapareció en la noche, regresando a su apartamento seguro.
Epílogo frío.
León se quitó la ropa de B.
B., lavó la sangre ajena de sus nudillos, y revisó las grabaciones de los microcámaras que había ocultado en el almacén.
Tenía un registro completo del asesino, de sus habilidades, de su energía espiritual distorsionada.
Un nuevo dato para sus archivos: humanos con sensibilidad espiritual podían caer en la locura y usar su percepción para el mal.
Se miró en el espejo.
Por un momento, vio el reflejo de BB.
—seguro, carismático, protector— superponerse al suyo.
Esa máscara había sido útil.
Y, quizás, había disfrutado trabajar junto a Tatsuki.
No por emociones, sino por la eficiencia del equipo.
Pero ahora la Rebelión de las Zanpakutō estaba en marcha.
Los Shinigami pronto regresarían.
Y el verdadero enemigo, Aizen, seguía al acecho.
BB.
tendría que descansar un tiempo, El Espectro pronto necesitaría volver a la acción y León Mercer, el hombre detrás de todas las máscaras, seguiría observando, calculando, y preparándose para el momento en que las máscaras ya no fueran suficientes.
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