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Bleach:detective - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 capítulo 5 El parásito en la mente
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5: capítulo 5: El parásito en la mente 5: capítulo 5: El parásito en la mente La puerta de la sala blanca se cerró detrás de León con un click suave y definitivo.

El aire dentro era estéril, filtrado, sin olor, Richard Morse levantó la vista.

Sus ojos, de un marrón deslavado, saltaron de León a la puerta, a sus propias manos, en un ciclo nervioso.

¿Quién es usted?

a voz de Morse era ronca, áspera por la falta de sueño.

No es policía.

Los policías usan corbatas baratas y huelen a café rancio.

León no respondió de inmediato.

Se sentó en la silla de metal frente a Morse, moviéndose con una calma deliberada.

Su blazer holgado ocultaba la tensión en sus hombros.

Observó: las uñas de Morse, mordisqueadas hasta la carne; un tic en el párpado izquierdo; la forma en que sus dedos dibujaban círculos en la mesa de metal, siempre en el sentido de las agujas del reloj.

“No estoy aquí para juzgarte”, había dicho.

Y era verdad Juzgar era para los tribunales.

Él estaba aquí para diseccionar.

Me llamo León dijo al fin, su voz un tono neutro, plano.

Y tienes razón, no soy policía.

Soy un… consultor.

Me interesa lo que pasó.

No el crimen, sino el mecanismo.

No recuerdo el mecanismo espetó Morse, con un destello de frustración genuina.

Un minuto estaba viendo la televisión en mi habitación, al siguiente… había gente gritando, sangre en mis manos.

Me dijeron lo que hice.

No lo siento.

¿Eso me hace un monstruo?

No sentirlo?

León asintió, como si fuera la pregunta más lógica del mundo.

La emoción es un residuo químico A veces, el proceso la elimina.

Dime, Richard, antes de ese día en el motel… ¿soñabas con agua?

La pregunta, aparentemente absurda, hizo que Morse se encogiera.

Parpadeó varias veces.

—¿C… cómo lo sabes?

No lo sé.

Es una hipótesis.

Las clínicas de “mejora de memoria” que frecuentabas… a veces usan técnicas de sugestión profunda.

Hidroterapia, cámaras de aislamiento sensorial que simulan flotar.

El agua es un símbolo poderoso del inconsciente.

De la limpieza.

Morse tragó saliva.

Me hacían flotar en un tanque… oscuro, silencioso.

Decían que así mis recuerdos traumáticos de la infancia “flotarían a la superficie” para ser curados.

¿Y qué pasaba después de flotar?

Me ponían… un casco.

Con luces y sonidos.

Y una voz.

León sintió que el patrón comenzaba a cristalizar.

No era amnesia.

Era sobrescritura.

Describe la voz.

Era… calmada, Sin género,Me daba instrucciones Sobre cómo organizar mis pensamientos, cómo dejar ir el estrés… Hizo una pausa, su mirada se perdió.

Y luego me daba… ejercicios.

Juegos mentales.

“Si ves una luz roja, aprieta este botón imaginario.” “Si escuchas esta secuencia de tonos, relaja todos tus músculos.” Cosas así.

León abrió la tableta que le habían dado.

Deslizó el dedo hasta los informes de las otras tres personas vinculadas a la clínica.

Todos tenían hobbies metódicos: uno era ajedrecista, otro resolvía rompecabezas lógicos, el tercero era programador.

Mentes ordenadas, susceptibles a la reprogramación.

Aquí fue donde hizo lo suyo.

No cerró los ojos, pero dejó que su conciencia analítica se desdoblara.

Dejó de ser León, el consultor.

Por un instante, fue el programador.

No el de la clínica.

El que estaba detrás de la clínica.

Soy el arquitecto.

Necesito sujetos de prueba.

No criminales; son impredecibles.

Necesito mentes ordenadas, obsesivas, con un fuerte deseo de “mejorar”.

Les ofrezco una solución a su ansiedad: purgar recuerdos, aumentar la disciplina mental.

Uso el aislamiento sensorial para ablandar sus defensas.

Luego, el casco de estimulación audiovisual para crear nuevas vías neuronales.

Y la voz… la voz siembra los comandos.

No son órdenes directas como “mata”.

Son interruptores lógicos.

“Cuando se den las condiciones X e Y, ejecuta la secuencia Z.” La secuencia Z es el homicidio.

Limpio, sin emoción.

Una prueba de concepto.

¿Puedo convertir a un ciudadano común en un arma autónoma, desechable y sin rastro?

Volvió a sí mismo.

Su respiración era un poco más rápida.

Haber entrado en esa mente, aunque fuera hipotéticamente, dejó un sabor metálico en su boca.

Era una maldad fría, de laboratorio.

Richard dijo León, volviendo a la voz calmada.

Esos “juegos mentales”… ¿la voz te dijo alguna vez qué pasaría si completabas un juego en el “mundo real”?

¿Si veías, digamos, un tipo específico de joyería en una mujer, o escuchabas una canción específica en un bar?

Morse palideció.

La… la pulsera.

La mujer en el motel… llevaba una pulsera de plata con un pájaro.

Yo… yo colecciono figurillas de pájaros.

La voz dijo una vez… “Cuando el pájaro de plata se encuentre con el ojo que no ve, el ejercicio final comenzará.

Y serás libre.” León miró los informes.

Las otras tres víctimas de los otros “pacientes” también llevaban o poseían un objeto vinculado a una obsesión inocente del asesino.

Un patrón de activación simbólica.

La clínica no borraba memorias.

Instalaba mecanismos de disparo en el subconsciente, usando las propias fijaciones de la persona como gatillo.

No eres un monstruo, Richard dijo León, y esta vez había una pizca de verdad en sus palabras.

Fuiste un campo de pruebas.

Alguien te pirateó.

La falta de emoción no es tu culpa; es una característica de diseño.

Te desactivaron la alarma moral para probar su juguete.

Morse comenzó a temblar, pero esta vez no era de miedo.

Era de rabia, una rabia pura y limpia que surgía al entender la violación.

¿Quién?

¿QUIÉN LO HIZO?

Esa dijo León, levantándose es la pregunta correcta Y no la responderé yo.

La responderán ellos Señaló con la cabeza el cristal opaco.

Al salir de la sala, el hombre del traje gris y la mujer de negro lo esperaban.

La mirada del hombre era intensa, evaluadora.

¿Su veredicto, detective Mercer?

No es un asesino declaró León, su voz firme.

Es una evidencia.

Un arma usada y descartada.

La clínica era una fachada para un programa de condicionamiento de alto nivel.

Busquen a los neurocientíficos o psicólogos operativos que hayan desertado de programas gubernamentales o corporativos en los últimos dos años.

Y revisen las compras: ese casco de estimulación no es tecnología de consumo.

Alguien con acceso a material militar o de inteligencia está jugando a ser Dios con cerebros ajenos.

El hombre asintió lentamente, una sonrisa delgada y fría en sus labios.

Exactamente.

Un análisis preciso y escalofriantemente rápido.

Confirmas nuestro perfil.

La clínica es solo la punta.

Hay indicios de que este “método” se ha probado en otras ciudades, con otras fachadas.

Y necesitamos a alguien que pueda rastrear no al asesino, sino al metodólogo.

Al arquitecto.

León lo miró fijamente.

¿Y ustedes quiénes son, realmente?

Dijo “independiente”.

¿Del gobierno?

¿De las agencias?

Somos un contrapeso respondió el hombre, eligiendo sus palabras con cuidado.

Una junta de evaluación formada por ex-miembros de la CIA, el FBI, el Pentágono, psicólogos forenses… personas que vieron cómo los límites éticos se doblaban y decidieron crear un tribunal secreto.

No tenemos autoridad para arrestar.

Tenemos autoridad para investigar lo que otros ocultan, y entregar veredictos que determinan si un asunto debe ser expuesto al mundo… o eliminado en silencio.

“El Veredicto” juzga a los jueces, detective Mercer.

Y a los verdugos que operan sin orden.

Era más grande de lo que imaginaba.

No era una simple unidad élite.

Era una conciencia crítica dentro del propio aparato de poder.

¿Y qué quieren de mí?

Queremos que vea los patrones que nadie más puede ver intervino la mujer por primera vez, su voz un filo de acero.

Casos como el de Morse.

Desapariciones inexplicables, asesinatos con firma sobrenatural, experimentos humanos encubiertos como terapia o progreso.

Usted tiene una… sensibilidad.

Una habilidad para conectar puntos en la oscuridad.

Trabajaría para nosotros, pero no como un empleado.

Como un perito de lo anómalo.

Su vida en el departamento seguiría siendo su cobertura.

Nosotros le daremos los casos que crucen el umbral.

León miró el cristal, donde Morse ahora lloraba de rabia y alivio.

Ese hombre era una víctima de un patrón oscuro y sofisticado.

Y había más.

Muchos más.

Su mente, que anhelaba orden y respuestas, vio la propuesta por lo que era: acceso ilimitado al rompecabezas más grande y peligroso del mundo.

¿Y si digo que no?

El hombre del traje gris se encogió de hombros, un gesto extrañamente humano en su fría elegancia.

Regresará a su departamento.

Seguirá resolviendo robos y asesinatos pasionales.

Y cada noche, mirará al callejón y escuchará los susurros, preguntándose qué significan, mientras nosotros limpiamos los casos que realmente importan.

La oferta es única.

Lo estaban manipulando.

Pero lo hacían con la verdad.

León sintió el peso de los revólveres de su padre, ausentes en sus sobaqueras pero presentes en su memoria.

Su padre había muerto investigando algo “que no debía ser visto”.

¿Estaba esta organización detrás de eso?

¿O eran la única forma de averiguarlo?

Tendré acceso a todo dijo, no como una pregunta, sino como una condición.

Archivos, recursos, información clasificada.

Y autonomía operativa.

No soy un soldado.

Soy un investigador.

El hombre intercambió una mirada breve con la mujer.

Luego asintió.

Dentro de los límites de la seguridad operativa, sí.

Y a cambio, sus informes, sus “veredictos” sobre los casos, serán definitivos para nuestra acción.

Era un pacto fáustico Conocimiento a cambio de la alma.

O al menos, de la paz.

De acuerdo dijo León.

Bienvenido a la sala del juicio, detective Mercer dijo el hombre, y por primera vez, usó un nombre.

Puede llamarme El Assessor.

Mi colega es La Ejecutora.

Ella será su enlace operativo.

Su primer caso oficial llegará en setenta y dos horas.

Disfrute sus últimos días de relativa normalidad.

La mujer, La Ejecutora, le tendió un teléfono delgado, negro, sin marca.

Solo un número programado.

Use códigos de limpiza estándar.

Sus Colt están en su apartamento.

Los encontramos… interesantes.

León tomó el teléfono.

Era el símbolo de su nueva vida.

Al salir del edificio, la luz del amanecer lo cegó.

La ciudad parecía la misma, pero ya no lo era.

Él ya no era el mismo.

Había cruzado un umbral y había aceptado ver el mundo no como un detective, sino como un perito de lo prohibido.

En su apartamento, los revólveres estaban sobre la mesa, exactamente donde los había dejado.

Junto a ellos, un nuevo sobre.

Dentro, un solo archivo.

El título: “Caso 001 para evaluación: Los Susurros del Motel ‘Eternal Rest’ – ¿Interferencia Parapsicológica o Homicidio en Serie Encubierto?” León sonrió, una expresión sin alegría.

Los susurros lo habían llevado hasta aquí.

Y ahora, finalmente, tenía los recursos para callarlos… o para escuchar lo que realmente decían.

La caza del patrón definitivo había comenzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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