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Bleach:detective - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 capitulo 6 El sabor de lo normal
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6: capitulo 6: El sabor de lo normal 6: capitulo 6: El sabor de lo normal El teléfono negro de “El Veredicto” permaneció inactivo durante tres días.

Para León, fueron setenta y dos horas de una tensión peculiar, como la calma antes de una tormenta que solo él podía sentir.

Cumplió con su turno en la comisaría, redactó informes de robos menores, y escuchó a Russo quejarse del calor y de la nueva directiva sobre el uso de papel.

La normalidad era una máscara incómoda.

Cada vez que entraba en la sala de archivos, su mirada se iba instintivamente a la carpeta oculta donde acumulaba sus “casos inexplicables”.

Ahora, sabía que una organización con recursos reales los consideraba dignos de investigación.

La idea era a la vez vindicadora y aterradora.

El tercer día, mientras salía del turno, Russo lo detuvo con una mano en el hombro.

Oye, cerebrito Mañana es el cumpleaños de Marta, mi mujer.

Hace una lasaña que podría resucitar a un muerto.

Y mis chicos… bueno, la niña quiere conocer al “detective joven que lee mentes”.

Russo gruñó, incómodo.

Vamos, no me hagas rogar.

Te hará bien comer algo que no venga en una caja.

León parpadeó.

Una invitación a una cena familiar.

Era el tipo de gesto humano, desordenado y cálido, que existía en un universo paralelo al suyo.

Un universo que estaba a punto de abandonar por completo.

No quiero ser una molestia dijo, la respuesta automática.

Ya eres una molestia en el trabajo, un poco más en mi casa no hará diferencia bromeó Russo, pero su tono era sincero.

A las ocho.

Dirección en el block de notas.

Y no lleves nada, solo tu estómago vacío.

Esa noche, León no hizo su rutina de ejercicio.

Se quedó sentado en el borde de su cama, mirando los revólveres Colt y el teléfono negro en silencio sobre la mesa.

Eran los polos de su existencia: el legado de un misterio familiar y la llave a un mundo de sombras institucionales.

La cena en casa de Russo era un punto intermedio absurdo, un respiro que no sabía si necesitaba o si le haría más daño.

La casa de los Russo era un bungalow de estilo rancho en un barrio residencial.

Olía a hierba recién cortada, a tierra húmeda de riego y, al acercarse a la puerta, al rico aroma a tomate, queso y hierbas que salía de dentro.

Era un olor a vida, a rutina, a algo sólido.

La puerta la abrió una mujer de rostro cansado pero sonriente, con el pelo recogido en un pañuelo y un delantal con manchas de salsa.

Marta Russo tenía los mismos ojos astutos que su marido, pero en ellos había una calidez que Anthony había perdido (o escondido) hace años.

¡Debes ser León!

Pasa, pasa.

Anthony solo habla de tu “cerebro de supercomputadora”.

Ya veremos si aguantas el caos dijo, guiñándole un ojo.

El “caos” eran dos niños: Gina, una niña de unos ocho años con trenzas rebeldes y una curiosidad insaciable en los ojos, y Marco, un adolescente de catorce años sumido en su teléfono que solo levantó la cabeza para un murmullo de saludo.

La cena fue un espectáculo de normalidad abrumadora.

Gina le hizo preguntas sin filtro sobre cadáveres y huellas dactilales.

Marco discutió con su padre sobre las reglas del toque de queda.

Marta sirvió lasaña, contó anécdotas de cuando Russo era un patrullero novato y se perdía en su propia ruta.

El vino tinto era barato pero honesto.

La conversación era ruidosa, superpuesta, llena de interrupciones y risas genuinas.

León observaba, más que participaba.

Era como un antropólogo estudiando un ritual ajeno, Este era el mundo por el que la gente normal luchaba, el mundo que él, desde su nueva posición en “El Veredicto”, estaba supuesto a proteger desde las sombras.

Pero sentado allí, con el sabor de la lasaña casera en su boca y el sonido de una discusión sobre videojuegos de fondo, le resultaba increíblemente distante, casi abstracto.

Así que, León dijo Marta, sirviéndole más pan Anthony dice que tienes un don.

Que ves cosas donde otros no.

No es un don respondió él, sincero.

Es solo… prestar atención a los detalles que no encajan.

Como un rompecabezas donde la gente solo ve piezas sueltas.

¡Como Sherlock Holmes!

exclamó Gina.

Algo así asintió León, con una leve sonrisa que le salió más natural de lo esperado.

¿Y los casos más raros?

preguntó Marco, bajando por fin el teléfono, interesado.

¿Como fantasmas y eso?

Russo lanzó una mirada a su hijo.

No hay fantasmas, muchacho, Solo gente haciendo cosas malas y otras inventando excusas.

Pero la pregunta hizo que León pensara en el archivo que esperaba en su mesa: “¿Interferencia Parapsicológica o Homicidio en Serie Encubierto?” “El Veredicto” no creía en fantasmas, pero sí en anomalías.

En patrones de muerte que desafiaban las explicaciones forenses convencionales: cadáveres encontrados en estados de descomposición acelerada sin causa biológica, testigos que hablaban de “fríos repentinos” y “sombras con hambre”, suicidios en cluster en lugares con historial de tragedias.

Para ellos, era un posible arma psicotrónica no registrada, o experimentos con infrasonidos.

Para León, que había sentido ese frío y escuchado esos susurros, la explicación se sentía más primitiva, más visceral.

Como si algo antiguo y hambriento se estuviera filtrando por las grietas del mundo.

A veces dijo León, eligiendo sus palabras la gente ve o siente cosas que no pueden explicar.

No son fantasmas, pero… son señales.

De que algo está mal en un lugar.

Como un animal que huele el peligro antes de la tormenta.

La mesa se quedó callada por un momento.

Russo lo miró con una expresión extraña, como si por primera vez vislumbrara la profundidad de la mente de su compañero.

Bueno, espero que tú huelas las tormentas antes de que nos mojen a todos dijo finalmente, levantando su vaso de vino en un brindis torpe.

Al terminar la cena, mientras ayudaba a Marta a llevar los platos a la cocina, ella le puso una mano en el brazo.

Anthony es un gruñón, pero es un buen hombre.

Y habla bien de ti.

Dice que tienes… un peso.

Algo que cargas.

Sus ojos, inteligentes y bondadosos, lo estudiaron.

Este trabajo… se lleva pedazos de ti.

No dejes que se lleve todo, ¿vale?

A veces, una buena lasaña y el ruido de unos niños son el mejor antídoto.

León asintió, sin palabras.

La sencillez de su consejo era tan abrumadora como la complejidad de los casos que investigaba.

En el camino de regreso a su apartamento, conducía en silencio.

Por primera vez en días, no pensaba en patrones, en asesinos o en conspiraciones.

Pensaba en el sabor del queso derretido, en la risa estridente de Gina, en la mano callosa de Russo llenando su vaso.

Era un recordatorio de lo que estaba en juego, sí.

Pero también era un recordatorio de lo que él, en su camino elegido, probablemente nunca tendría.

Al abrir la puerta de su apartamento, la oscuridad y el silencio lo recibieron como un manto familiar, La normalidad había sido un paréntesis agradable, pero irreal.

Aquí, en su espacio espartano, rodeado de sus armas y sus archivos prohibidos, era donde pertenecía.

El teléfono negro vibró sobre la mesa, una sola vez, iluminándose con una luz azul fría.

No era una llamada.

Era un mensaje de texto, de un número encriptado.

“Caso 001 activado.

Archivos completos cargados en servidor seguro.

Credenciales: MERCER-01.

Código de acceso: UMBRAL.

Reunión de inicio mañana, 04:00, ubicación segura Alpha.

Asistencia obligatoria.

– E.” La Ejecutora.

El paréntesis había terminado.

León dejó el teléfono, se acercó a la ventana y miró el callejón oscuro.

Esta vez, no hubo susurros.

Solo el silencio expectante de la noche, roto por el leve zumbido del teléfono.

Al día siguiente, a las cuatro de la mañana, se adentraría en las sombras para investigar muertes que el mundo atribuía a fantasmas o locura.

Pero antes de eso, por última vez, respiró hondo y recordó el olor a lasaña y el sonido de una risa familiar.

Era el sabor de lo que protegía.

Y el sabor de lo que dejaba atrás.

Se volvió de la ventana, se sentó frente a su computadora e ingresó las credenciales.

La pantalla se llenó de fotografías de archivo, informes forenses aberrantes y mapas con marcadores rojos.

El primer veredicto esperaba.

El detective León Mercer se había ido a dormir.

El perito Mercer-01 comenzaba su turno.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES CAMALEON les agradecería demasiado si donarán una piedra de poder

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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