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Bleach:detective - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 capitulo 7 El primer veredicto
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7: capitulo 7: El primer veredicto 7: capitulo 7: El primer veredicto Ubicación Segura Alpha.

04:00 AM.

El lugar no era un búnker high-tech bajo tierra, ni una mansión aislada.

Era el almacén trasero de una funeraria en el barrio industrial.

El letrero descolorido decía “Florería Eterna”.

El contraste era macabro y perfecto: quién sospecharía de una organización que juzgaba la muerte, operando detrás de un negocio que la embellecía.

León fue recibido por un hombre anciano y enjuto, el dueño aparente, que lo guió en silencio a través de un pasillo lúgubre lleno de aromas a flores marchitas y formol.

Al fondo, una puerta de acero reforzado se abrió ante un escáner de retina del anciano.

Dentro, la sala era austera pero impecable.

Una mesa de acero rectangular, seis sillas.

Pantallas planas empotradas en las paredes, apagadas.

En el aire, el tenue zumbido de un purificador y el olor a café recién hecho.

Sentados ya, estaban El Assessor (el hombre del traje gris) y La Ejecutora.

Ella, como siempre, con su traje negro impecable y mirada de gélida evaluación.

Había otros dos: una mujer de mediana edad con gafas y pelo gris recogido en un rodete tenso, que revisaba una tableta con expresión de fastidio académico; y un hombre más joven, fornido, de cara redonda y expresión alerta, que parecía analizar cada movimiento de León al entrar.

Puntual dijo El Assessor, sin levantarse.

Bien.

Tome asiento, Mercer-01.

Conozca al equipo base.

La doctora Aris Thorne, nuestra analista forense y psicóloga de perfiles.

Y el agente Marcus Cole, nuestro especialista en logística y… recuperación de activos.

Cole asintió con la cabeza, una sonrisa tensa en los labios.

La doctora Thorne apenas levantó la vista.

Estamos aquí para el Caso 001 continuó El Assessor, y una pantalla se encendió detrás de él, mostrando un mapa de Los Ángeles con varios puntos rojos concentrados en un área.

“Los Susurros del Motel Eternal Rest”.

Siete muertes en catorce meses.

Todos los fallecidos fueron encontrados en la misma habitación, la 217, o en sus inmediaciones.

Causas oficiales: suicidio por ahorcamiento, sobredosis voluntaria, ataque cardíaco.

Las edades, géneros y perfiles no coinciden.

No hay conexión social entre las víctimas.

Las imágenes de las víctimas aparecieron en la pantalla.

Rostros congelados en fotos de archivo.

Un estudiante universitario, una enfermera, un taxista, una anciana.

La única conexión era el lugar.

Lo que une estos casos, más allá del lugar intervino la doctora Thorne, con una voz seca y clara son los testimonios residuales.

Los empleados del motel, los paramédicos, incluso un oficial de policía en el primer caso, reportaron anomalías sensoriales antes o después de encontrar los cuerpos.

Sensación de frío extremo y localizado, olores a “carne podrida” o “azufre” que desaparecían, y… sonidos.

Susurros dijo León, antes de que ella pudiera continuar.

Thorne lo miró por fin, levantando una ceja.

Exactamente.

Testigos describen un “cuchicheo” indistinto, como varias personas hablando a la vez en un idioma extraño, proveniente de habitaciones vacías o de las tuberías.

Ningún equipo de audio ha logrado captarlo.

La teoría operativa inicial dijo El Assessor fue un arma de control mental o un dispositivo de infrasonido dirigido, quizás probado por una corporación o un estado nación en un entorno urbano desatendido.

Pero cuatro equipos de limpieza previos no encontraron dispositivos.

Las lecturas ambientales son normales… excepto por picos esporádicos e inexplicables de actividad electromagnética de baja frecuencia, siempre precediendo o coincidiendo con una muerte.

La pantalla cambió a planos del motel, diagramas eléctricos, lecturas de sensores.

Nuestro trabajo concluyó La Ejecutora, hablando por primera vez no es probar la existencia de fantasmas.

Es determinar si existe un patrón de interferencia hostil no convencional y, de ser así, identificar su fuente y neutralizarla.

Su evaluación inicial, Mercer-01, es crucial.

Todos los ojos se posaron en él.

Era su prueba de fuego.

No le pedían que arrestara a un hombre, sino que diagnosticara una anomalía.

Necesito ver el lugar dijo León.

Y necesito los expedientes completos, no solo los resúmenes.

Diarios personales de las víctimas si los hay, historiales médicos, estados financieros, todo.

Y quiero las cintas de vigilancia de los días anteriores a cada muerte, no solo del momento.

Cole, el agente logístico, sonrió con aprobación.

Ya están en un disco seguro.

Y tengo el motel bajo vigilancia discreta desde hace una semana.

El dueño está… cooperativo, tras una persuasión adecuada.

Bien asintió El Assessor.

Tiene cuarenta y ocho horas para una evaluación preliminar.

La Ejecutora será su contacto.

Cole le proporcionará lo que necesite.

Doctora Thorne estará disponible para consultas psicológicas.

No contrate a la policía local.

Su cobertura en el departamento sigue intacta, úsela para desviar sospechas si es necesario.

La reunión terminó con la misma frialdad con la que comenzó.

No había camaradería, solo una eficiencia glacial.

Al salir, ya con la primera luz del amanecer tiñendo los edificios industriales de gris, La Ejecutora le entregó una llave y una dirección.

Un apartamento seguro, a tres cuadras del motel.

Equipado.

No se quede a dormir en el lugar de los hechos.

Las últimas dos personas que lo hicieron en la habitación 217 son parte del expediente.

El Motel Eternal Rest era exactamente lo que su nombre sugería: un lugar donde las esperanzas iban a morir.

Una estructura de dos pisos en forma de L, pintura descascarada, letrero de neón con varias letras muertas (“Ete al Rest”).

Cole había alquilado la habitación 216, adyacente a la infame 217.

El interior del 216 era austero y olía a humedad y desinfectante barato.

León dejó su bolsa y se dirigió directamente a la puerta que conectaba ambas habitaciones.

Estaba cerrada con llave, pero Cole le había dado una maestra.

Al abrirla, el aire que salió era varios grados más frío.

No era la impresión subjetiva del miedo; un termómetro digital que sacó de su bolso lo confirmó: 15°C, mientras en su habitación había 22°C.

No había ventanas abiertas, ni unidades de aire acondicionado visibles.

La habitación 217 era un clon decadente de la suya: cama hundida, televión de tubo, alfombra manchada.

Pero aquí, el silencio era diferente.

Era un silencio pesado, absorbente, como si las paredes estuvieran forradas con un material que se tragaba el sonido.

León comenzó su ritual.

Primero, el análisis objetivo: midió temperaturas en distintos puntos (más fría cerca del armario), revisó las paredes en busca de conductos de aire extraños, escaneó con un detector de radiofrecuencias que Cole le había provisto.

Nada inusual, excepto el frío persistente.

Luego, la inmersión.

No en la mente de un asesino, porque quizás no lo hubiera.

Sino en la escena misma.

Se sentó en el borde de la cena deshecha, cerró los ojos, y abrió sus sentidos, suprimiendo el análisis racional.

Buscaba la impresión, la huella emocional que los informes mencionaban.

Al principio, solo el zumbido de su propia sangre en los oídos.

Luego, gradualmente, llegó la sensación.

Vacío.

No paz, sino un vacío activo, hambriento.

Y luego, como un radio sintonizándose lentamente, los susurros.

No eran los de las almas atadas que a veces sentía, con su desesperación humana.

Estos eran diferentes.

Más guturales, superpuestos, un coro de voces roncas que parecían hablar en un lenguaje retorcido, lleno de siseos y chasquidos.

No decían palabras que pudiera entender, pero transmitían una intención clara: frustración, hambre, una rabia antigua y fría.

Y el frío se intensificó, palpitable ahora, rodeando sus tobillos como una corriente de agua helada.

León abrió los ojos.

No vio nada.

Pero sabía que algo estaba allí, en el rincón más oscuro de la habitación, cerca del armario.

Algo que no era sólido, pero existía.

Un patrón de intención maligna impregnado en el lugar, una cicatriz espiritual que atraía a los desesperados y amplificaba su desesperación hasta llevarlos al borde… y luego los empujaba.

No era un fantasma.

Era algo menos personal y más peligroso,Un punto de fuga, un lugar donde el velo entre lo establecido y lo… otro… era delgado.

Y algo del otro lado se asomaba, y su mera presencia envenenaba la psique de quienes estaban cerca.

Su teléfono negro vibró.

Un mensaje de La Ejecutora: “Reporte de progreso requerido en 12h.

Cole tiene nuevos datos.” León salió de la habitación 217, cerró la puerta de conexión y se apoyó contra la pared de su propia habitación, respirando profundamente.

El frío y los susurros se desvanecieron, pero la certeza permanecía.

No era un arma humana.

Era un fenómeno.

Y su veredicto, el primero para la organización que lo había reclutado, no sería sobre un culpable a arrestar, sino sobre un lugar a sellar, a aislar, como se aísla un pozo de radiación.

Abrió su computadora portátil y comenzó a redactar su evaluación preliminar, titulándola con el código del caso.

La primera línea fue clara: “Veredicto Preliminar: Fenómeno de localidad anómala (Clase-E).

Origen no humano/tecnológico identificable.

Efecto: influencia psicoespiritual corrosiva.

Recomendación inmediata: cuarentena del epicentro (Habitación 217) mediante procedimientos no convencionales.

La ‘interferencia’ no es un ataque dirigido; es una fuga.

Y algo está intentando pasar.” Al enviar el informe, supo que ya no había vuelta atrás.

Había dado su primer veredicto sobre lo imposible.

Y “El Veredicto” actuaría en consecuencia.

Lo que no sabía era si sus métodos serían científicos… o algo mucho más antiguo y oscuro.

El caso apenas comenzaba, pero León Mercer había encontrado su nicho: ser el perito de lo que nadie más admitía que existía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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