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Brack Souls (español) - Capítulo 1

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1: capitulo 1- El inicio 1: capitulo 1- El inicio —¿Dónde estoy?

Esas fueron las primeras palabras que salieron de mi boca al recuperar la conciencia.

Mis ojos, aún pesados, se abrieron lentamente, revelando un mundo oscuro, húmedo y silencioso.

Al mirar alrededor, comprendí que estaba encerrado en lo que parecía ser una celda… una celda vieja, abandonada, cubierta de moho y herrumbre.

Me incorporé del suelo con torpeza; el frío del lugar me calaba los huesos.

Al observarme, noté que llevaba una armadura puesta, una vieja armadura corroída por el tiempo, y un casco que me cubría todo el rostro.

No recordaba nada: ni quién era, ni cómo había llegado allí.

Solo una sensación: el eco de algo perdido.

Me acerqué despacio hacia las gruesas varillas de hierro que me impedían salir.

La puerta estaba a un lado, oxidada, silenciosa, pero aún firme.

Intenté abrirla con fuerza, empujando y tirando con desesperación, pero era inútil.

Estaba cerrada con llave.

Afuera, a través de las sombras, pude ver algo… una criatura deforme, mitad hombre, mitad cerdo.

Su piel colgaba en pedazos, su respiración era ronca y húmeda.

Vigilaba la celda como si yo fuera una presa valiosa.

Entonces escuché pasos.

Alguien se acercaba lentamente.

Tal vez otro guardia.

¿Acaso hacía su ronda habitual?

Antes de que llegara a mi celda, un sonido cortó el aire: el filo de una espada desgarrando carne.

Un grito —no sabía si de cerdo o de hombre— resonó en la oscuridad.

En un instante, una figura veloz apareció entre las sombras.

El guardia fue lanzado contra la pared con tal fuerza que su cráneo se partió al impactar.

Su cuerpo cayó justo al lado de mi celda, tan cerca que podía oler la sangre caliente derramándose sobre el suelo.

Me quedé inmóvil.

El silencio regresó… solo interrumpido por un goteo constante.

Entonces la vi.

Una mujer de pie, frente a mí.

Su cabello era de un dorado brillante que reflejaba la tenue luz del pasillo.

Llevaba una armadura blanca que resplandecía con una pureza casi celestial.

Sus ojos me miraban con una mezcla de juicio y compasión.

—Eres un no-muerto extraño —dijo con voz firme—.

Aún hay luz de vida en tus ojos.

Si escuchas la voz de Dios, muévete… y trae de nuevo la luz a este mundo.

Dicho eso, giró sobre sus talones y se alejó, desapareciendo en el pasillo como si nunca hubiera estado allí.

Me quedé en silencio, sin comprender del todo sus palabras.

Miré el cuerpo del guardia-cerdo.

Al acercarme, noté que en su cinturón pendía una llave dorada, de un brillo enfermizo.

La tomé sin dudarlo.

Al introducirla en el cerrojo, escuché un clic metálico: la puerta se abrió.

Salí con cautela, respirando por primera vez el aire pesado del corredor.

Caminé entre otras celdas oscuras, y en una de ellas vi algo brillante.

Me acerqué, metí la mano entre los barrotes y toqué el objeto: un pequeño círculo verde, luminoso, como una esmeralda viva.

En cuanto lo toqué, desapareció… absorbido por mi cuerpo.

Sentí una energía recorrerme, un calor extraño en el pecho, pero no entendí qué había ocurrido.

Seguí avanzando.

El pasillo terminaba en una esquina, y al doblarla encontré a otro guardia-cerdo dormido sobre un tronco.

Sus ronquidos eran grotescos.

Pasé despacio, sin hacer ruido, conteniendo la respiración.

Cuando crucé sin ser notado, me adentré en una gran sala.

Era un cuarto enorme lleno de ataúdes rojos, cada uno marcado con una cruz amarilla.

El aire allí era denso, olía a muerte y cera derretida.

Avancé despacio entre ellos, y al fondo encontré unas escaleras que ascendían.

Subí, con cada paso temiendo que algo despertara entre los féretros.

Al salir, la luz del día me cegó por un instante.

Y entonces la vi otra vez.

La mujer de armadura blanca estaba frente a mí, esperándome.

—Sorprendente —murmuró—.

¿Será esto una guía divina también?

Hizo una breve reverencia.

—Mi nombre es Jeanne d’Arc.

Soy de Orleans.

No me dio oportunidad de hablar; continuó con voz solemne: —El mundo está en crisis.

La niebla que emana del Castillo del Imperio Perdido se expande sin control.

Los humanos… se están convirtiendo en bestias demoníacas.

Este país, que alguna vez fue rico y pacífico, se ha podrido desde adentro.

Vine para investigar la causa de la niebla, para entender qué ha sucedido.

—No lo sé… —respondí, mi voz temblaba bajo el casco—.

Pero todo suena como una misión inquietante.

—Lo es —dijo ella, sin apartar la mirada del horizonte—.

Pero no temas.

Por ahora, protegerte será mi prioridad.

Más abajo está la fortaleza de Ivern.

Fuera de la ciudad del castillo se hallan las tierras de las hadas.

Te acompañaré hasta allí.

Vámonos, antes de que los enemigos noten que has escapado… y que yo estoy aquí.

Desenvainó su espada con un sonido limpio y metálico.

Su presencia imponía respeto.

Luego me entregó otra espada, vieja pero resistente.

—Tómala.

Tal vez te sirva.

Quizás perteneció a otro como tú.

Comenzamos a descender.

En el camino, un guardia-cerdo bloqueaba nuestro paso.

—Oye —dijo Jeanne, mirándome de reojo—.

Quiero ver cómo luchas.

Te di esa espada, así que demuestra que no la llevas en vano.

Eres un caballero, ¿no?

Usa tu fuerza.

—Está bien… si no hay otra opción.

Me lancé hacia el enemigo.

Él gruñó y atacó con su garrote, pero yo esquivé y contraataqué con un golpe rápido, cortándole desde el pecho hasta el abdomen.

La criatura cayó, convulsionando, hasta quedar inmóvil.

El aire se llenó de un hedor nauseabundo.

—Bien hecho —dijo Jeanne, asintiendo—.

Pero no podemos confiar en la suerte.

Si luchamos contra todos, terminaremos exhaustos.

—Entonces… ¿mejor pasar desapercibidos?

—pregunté.

—Exacto.

Muévete en silencio.

Sigamos hasta encontrar un lugar seguro.

Avanzamos con cautela, subiendo unas escaleras enormes cubiertas de polvo.

A la izquierda, un pasillo vacío se abría ante nosotros.

Jeanne lo señaló: —Por ahí.

Es el camino hacia las tierras de las hadas.

Nadie patrulla ese tramo.

El suelo estaba ennegrecido, como si antiguas llamas lo hubieran carbonizado.

La ceniza se pegaba a nuestras botas.

Seguimos caminando hasta llegar a un estrecho corredor.

Jeanne se detuvo y levantó la vista hacia el cielo gris.

—El viento aquí es… espeluznante, ¿sabes?

—dijo con un suspiro—.

Aun ahora, innumerables personas sufren por culpa de las bestias demoníacas.

Salvarlas es mi deber como caballero.

Pero no puedo hacerlo sola.

Quiero que me ayudes.

Incluso un no-muerto puede convertirse en un héroe… estoy segura.

Sus palabras me golpearon, pero no supe qué responder.

Me quedé mudo, mirando el vacío.

Ella notó mi silencio.

—Perdóname —dijo con un tono triste—.

No debí preguntarte eso tan de repente.

Dejemos esta charla para después.

Entonces empezó a bajar las escaleras que seguían más adelante.

Fue en ese instante que lo sentí: un rugido que hizo temblar la tierra.

Giré y lo vi.

Un dragón.

Gigante, de escamas negras y ojos rojos como brasas encendidas.

Su sombra cubrió todo el lugar.

—¡Jeanne, cuidado!

—grité con todas mis fuerzas.

Ella volteó, confundida… y el dragón escupió fuego.

El mundo ardió.

Las llamas envolvieron a Jeanne en un segundo.

Su armadura blanca se tiñó de rojo y luego de negro.

Su grito fue breve, humano, desgarrador.

—¡Aaahhhh!

¡No!

¡No, no, no…!

¡Todavía no puedo morir!

¡No quiero morir!

¡Ayúdame… Dios…!

Y luego… silencio.

Solo cenizas.

Jeanne d’Arc, la mujer que me había liberado, se desvaneció frente a mis ojos.

El dragón rugió, triunfante, su aliento todavía humeante.

Yo, arrodillado, temblaba.

Pero algo en mí ardió más fuerte que el miedo.

No podía quedarme quieto.

No después de verla morir así.

Desenvainé mi espada.

El dragón me miró con desprecio y rugió de nuevo.

El sonido me atravesó los oídos como agujas, haciéndome sangrar.

Corrí hacia él.

Sus garras bajaron como un trueno; esquivé por poco.

La tierra tembló bajo sus pasos.

Intenté atacarlo, pero su cola me golpeó el pecho, lanzándome contra una roca.

El aire se escapó de mis pulmones.

El dragón abrió su boca, y el fuego volvió a nacer.

Intenté levantarme, pero la llamarada me alcanzó.

El calor me devoró, mi carne ardió bajo la armadura.

Y luego… nada.

Solo oscuridad.

Cuando abrí los ojos, ya no estaba allí.

Me encontraba acostado sobre unos arbustos suaves, rodeados de un campo desconocido.

El cielo era azul, el sol resplandecía con fuerza.

El aire olía a hierba, no a ceniza.

Me incorporé lentamente.

A mi lado había un conejo marrón, observándome en silencio.

Detrás de él, un poste de piedra solitaria.

A unos pasos, noté una Hoguera apagada.

No sabía por qué, pero me resultaba familiar.

Me acerqué y extendí la mano hacia ella.

En cuanto la toqué, el fuego brotó con vida.

Una llama dorada, pura, cálida.

Sentí algo dentro de mí.

El dolor se había desvanecido apenas tocar la Hoguera.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES número_cero Hola, soy Numero-cero, y esta es la primera vez que escribo un fanfic.

Elegí esta historia de este juego porque me gusta mucho, y ya he completado ambas entregas.

La verdad es que quería rendirle un pequeño homenaje creando algo parecido a una novela ligera, pero narrada a través de nuestro protagonista.

Espero que les guste esta historia y que se queden conmigo hasta el final Number-cero

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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