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Brack Souls (español) - Capítulo 12

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12: Capítulo 12– Burgo Podrido 12: Capítulo 12– Burgo Podrido Aquel hombre comenzó a caminar hacia donde estaban Leaf y yo.

Sostenía una enorme flauta dorada entre sus dedos huesudos, como si aquella pieza fuera una extensión natural de su alma torcida.

Su vestimenta era extraña, tan chillona y discordante como su sonrisa: parecía un bufón arrancado de un carnaval maldito, alguien que había olvidado lo que era la cordura y, aun así, la imitaba solo para burlarse del mundo.

El eco de sus pasos resonaba en las alcantarillas como un susurro burlón.

El aire apestaba a humedad, hierro y podredumbre.

Cada sombra se retorcía como si ocultara vida propia, y el agua estancada llevaba consigo ecos distantes—lamentos, chillidos.

—Oye, ¿sabes?

Molestas —dijo el hombre, sin dejar de caminar hacia nosotros—.

Vete de aquí rápido, antes de elegir ofenderme.

Hablaba como si su voz fuera un juguete con el que se entretenía, modulándola, retorciéndola, saboreando cada sílaba.

Mientras tanto, miraba a Leaf de reojo, con un brillo que me irritó profundamente.

Cuando terminó de hablar dio media vuelta sin más y se acercó a un cadáver tirado en el suelo, un cuerpo pequeño, deformado..

El hombre comenzó a manipularlo con movimientos extraños.

—Oye, ¿qué estás haciendo?

—pregunté, incapaz de contenerme.

Él no se detuvo.

Sus dedos bailaban sobre el cadáver, abriendo su vientre, acomodando los huesos retorcidos, dejando que la sangre corriera por las grietas del suelo.

—Como ves —respondió con un tono insultantemente casual—, estoy preparando cadáveres de pequeños demonios mimados para que las ratas se alimenten en esta maldita ciudad.

La iglesia controlaba todo, alegando herejía.

Incluso… incluso han matado a mi familia.

Pero tengo mi venganza.

Mis pequeños dioses de la muerte inundaron la ciudad y barrieron a todos los malditos mocosos.

No pensé que todo saldría tan bien.

Tal vez debería encontrar el reino de las ratas y gobernar como rey… aunque ahora que lo pienso, no sería muy bueno.

Kukukuku… Su risa se deslizaba entre los túneles como un veneno suave.

Leaf frunció el ceño a penas escuchar lo que dijo aquél hombre.

—Aunque digas todo eso —dije, sintiendo cómo la rabia crecía—, no puedo dejar que sigas matando inocentes.

No creo que todas las personas de esa ciudad merecieran morir así.

Tendré que detenerte ahora.

Él se detuvo.

La sombra de su cuerpo se distorsionó por la luz tenue que caía del techo.

Finalmente, giró la cabeza hacia mí, sonriendo con los dientes amarillentos, afilados como los de un animal enfermo.

—¿Oh?

¿Quieres matarme?

—preguntó con un tono melódico, casi divertido—.

No me tomas en serio.

Piensas que soy débil, ¿verdad?

Entonces… no te lo dejaré fácil.

Y, de todas formas, ¿por qué no?

Harás un buen forraje para las ratas.

Y yo, su Rey, te mataré.

Kukukuku… Dio unos pasos hacia atrás.

Levantó la flauta dorada.

La colocó en sus labios.

Y en cuanto sopló, una melodía retorcida, casi disonante, salió de ella, vibrando como un grito lejano.

De inmediato comenzaron a salir ratas de cada hueco, rendija y grieta de la alcantarilla.

Eran cientos.

Miles quizá.

Sus cuerpos eran verdes y pálidos, como si hubieran emergido de una tumba inundada.

Sus ojos brillaban con un destello enfermizo.

Saqué mi espada sin pensarlo.

Leaf levantó sus manos, los dedos temblándole ligeramente pero sus ojos firmes.

Comenzó a lanzar flechas de alma una tras otra.

Cada una impactaba con precisión, perforando cráneos.

El cielo ilusorio sobre nuestras cabezas se abrió brevemente para permitir que ella invocara más flechas desde lo alto.

Pero aun así… seguían saliendo.

Las ratas se multiplicaban con una rapidez inquietante.

Aunque las partiéramos en dos, aunque las quemáramos, aunque las aplastáramos, seguían cayendo desde arriba, arrastrándose desde abajo, inundando la zona como un océano vivo.

Corté cabezas, colas, patas, cuerpos enteros, haciéndome paso entre ellas mientras intentaba acercarme al flautista.

Él seguía tocando la misma melodía, sin variar el ritmo, completamente concentrado.

Hasta que al fin cambié su expresión.

Cuando estuve lo bastante cerca, él alteró la melodía de repente.

Las notas se volvieron más rápidas, más agudas, más frenéticas.

Las ratas brillaron de un verde enfermizo por un segundo, como si la magia vibrara dentro de ellas.

El flautista sonrió con locura.

Una de las ratas se abalanzó hacia mí.

Intenté cortarla como a las otras, pero esta se movió demasiado rápido.

Más rápido que cualquier animal normal.

Era como si cada fibra de su cuerpo estuviera reforzada por una magia ajena, oscura, hambrienta.

—Le mejoró los cuerpos… —murmure entre dientes.

Las ratas ya no eran simples ratas.

Eran monstruos con músculo mágico, con fuerza corrupta, con velocidad imposible.

Mis golpes parecían no hacerles nada.

Aunque las partiera, aunque las golpeara, sus colmillos atravesaban mi armadura, arrancando trozos de metal y piel.

Leaf seguía luchando, enviando flechas de alma sin cesar.

Pero comenzaba a temblar.

Su respiración era irregular.

La magia se le agotaba poco a poco, como un río seco.

No tenía opción.

Aunque las ratas me estaban devorando, debía cruzar.

Tenía que llegar al flautista.

Comencé a correr, a empujar, a cortar, a patear.

Cada movimiento se sentía desesperado.

Cada mordida ardía como fuego ácido sobre mi piel.

El dolor se acumulaba.

Mis piernas ya estaban cubiertas de sangre.

Pero aun así, seguí.

Apreté mi espada con fuerza.

Era mi última oportunidad.

Mi última carta.

La levanté.

Sentí que mis músculos protestaban.

Y con un rugido desesperado… la lancé directamente al pecho del flautista.

La hoja voló atravesando el aire.

Pero él, anticipándose, levantó un muro de ratas que saltaron para interceptarla.

Mi espada atravesó a varias, pero quedó clavada en el improvisado muro viviente.

El arma cayó al suelo, cubierta de sangre verde y negra.

El flautista se carcajeó, orgulloso de su grotesca defensa.

Sin embargo… El muro cayó un segundo después.

Y allí, detrás de él, Leaf, temblando, agotada, casi sin fuerzas… con la última chispa de energía que le quedaba.

Su flecha de alma brilló con una luz azul pálido.

Y voló.

El flautista apenas tuvo tiempo de girarse.

La flecha atravesó su garganta limpiamente.

Su música se quebró.

Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y terror.

Se llevó las manos al cuello mientras la sangre brotaba, oscura, espesa.

Se derrumbó al suelo entre arcadas y gorgoteos, muriendo ahogado en su propia sangre mientras su flauta rodaba hasta mis pies.

Las ratas que quedaban se detuvieron.

Miraron alrededor, confundidas, asustadas, huérfanas.

Luego huyeron en todas direcciones, perdiéndose en el laberinto de las alcantarillas.

Leaf cayó exhausta sobre mi hombro.

La abracé para sostenerla mientras mi propio cuerpo sangraba por todas partes.

Mi visión comenzaba a nublarse por la pérdida de sangre.

Mis pasos eran lentos, pesados.

Pero seguimos caminando juntos.

Un paso, luego otro, dejando un rastro de gotas rojas en el suelo húmedo.

Después de un rato que se sintió eterno, encontramos unas escaleras de hierro que ascendían hacia un nivel superior.

Eran antiguas, oxidadas, cubiertas de musgo.

Parecían conducir a un lugar desconocido, un sitio que aún no habíamos visto.

Subimos.

Y subimos.

Y subimos.

Cada escalón era una batalla.

Cada músculo ardía.

Pero no nos detuvimos.

Finalmente emergimos de las alcantarillas.

El aire cambió.

La luz también.

Lo que nos recibió fue un paisaje ruinoso, oscuro, envuelto en un viento extraño.

Habíamos llegado… Al Burgo Podrido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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