Brack Souls (español) - Capítulo 17
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17: Capítulo 17– La Barrera 17: Capítulo 17– La Barrera Antes de seguir avanzando por aquel sendero quebrado, Leaf me sujetó suavemente del brazo.
Su diminuto rostro, siempre lleno de brillo y travesura, ahora estaba marcado por una pequeña preocupación que intentaba ocultar detrás de una sonrisa.
—Oye… lo siento, pero tengo unas pequeñas cosas que atender —dijo bajando la mirada—.
Si me necesitas, ya sabes que puedes invocarme… De verdad lo siento por irme así, pero debo ocuparme de las demás hadas.
Al final, yo soy quien debe velar por su seguridad.
No puedo dejarlas solas por mucho tiempo… Suspiró, como si la culpa la pinchara más que cualquier flecha enemiga.
Yo me agaché un poco y acaricié su cabeza, haciéndole un suave desorden en su cabello verde.
—Tranquila, lo entiendo perfectamente.
Ve al Bosque Sagrado.
Más tarde te alcanzaré —le dije con una sonrisa.
Leaf levantó el rostro; la culpa se transformó en alivio y ternura.
Me abrazó brevemente y luego, con el brillo característico de su magia, se elevó en el aire.
Su silueta luminosa bailó un instante antes de desaparecer rumbo al Bosque Sagrado.
Cuando su luz se apagó, me quedé solo otra vez.
Pero no era la primera vez que caminaba en soledad… ni sería la última.
El camino seguía y yo debía avanzar, sin importar cuántas sombras o ecos quisieran detenerme.
Respire hondo, apreté el mango de mi espada y avancé.
Seguí caminando por aquel sendero grisáceo hasta que, finalmente, la tierra se elevó y el camino se transformó en una enorme escalinata de piedra.
Con mi experiencia en estas tierras, sabía perfectamente que subirlas era la única opción.
Si bajaba, regresaría inevitablemente al lugar donde desperté por primera vez en este mundo.
Así que comencé a subir.
Los peldaños eran antiguos, resquebrajados, algunos cubiertos de musgo y sangre seca.
A cada tramo aparecían enemigos— caballeros, otros con escudos y lanzas criaturas que alguna vez fueron humanos y que ahora apenas recordaban su nombre—pero yo no me detenía.
Avanzaba, cortando, esquivando, respirando profundo entre cada ataque.
El cansancio intentaba morder mis piernas, pero el deseo de seguir me empujaba como una antorcha encendida en la oscuridad.
Tras derrotar a los últimos enemigos, llegué a un punto donde la escalera desaparecía y solo quedaba un largo camino recto.
El suelo, sin embargo, estaba destruido en varios tramos, como si un gigante hubiese pasado pisoteándolo sin cuidado.
Caminé con precaución.
A veces los escombros bloqueaban el paso, pero rodeándolos podía continuar sin mayores problemas.
Hasta que la vi.
Allí, de pie, a unos metros frente a mí, había una mujer cuya belleza parecía diseñada para engañar al viajero más desconfiado.
Poseía un cuerpo curvilíneo cubierto por una túnica blanca que reflejaba la luz como un espejismo.
Su cabello era una melena rubia que caía en ondas perfectas, combinando ferozmente con su rostro, dulce y malvado al mismo tiempo, como si cada gesto suyo fuera una mezcla entre tentación y amenaza.
Sus ojos azules brillaban con un fulgor frío, y parte de su frente quedaba oculta bajo un flequillo que le daba un aire aún más enigmático.
No parecía humana… ni tampoco completamente demoníaca.
Ella se dio la vuelta al sentir mi presencia.
Sus ojos me recorrieron con un desprecio tan intenso que casi podía palparse.
—¿Un asqueroso no-muerto…?
—escupió, como si su voz fuera veneno—.
Vuestro tipo no es bienvenido en el baile de Lady Cenicienta.
Los no-muertos no están vivos… No podéis bailar con las demonbestias.
No me dio tiempo a responder.
En el momento en que giró para marcharse, la magia a su alrededor estalló como un eco.
Con un simple gesto invocó a un enorme caballero de armadura y, junto a él, seis arqueros aparecieron alrededor, distribuidos sobre los angostos caminos de la Torre.
La batalla había comenzado.
Los arqueros, obedeciendo la señal del caballero, tensaron sus arcos de inmediato y lanzaron una lluvia de flechas.
Yo reaccioné instintivamente: esquivé hacia un lado, corté dos flechas en el aire y mantuve mi guardia alta.
El caballero, enorme y pesado, avanzó hacia mí con pasos que hacían vibrar las piedras.
Las flechas no se detuvieron ni un segundo.
Yo debía moverme y atacar a la vez.
Sin Leaf para apoyarme, estaba completamente solo en esta batalla.
Apreté los dientes.
Bien.
Solo era un desafío más.
Corrí directo hacia el caballero, pero cuando intenté atacar con la espada que Leaf me había regalado… esta se quebró al instante contra la armadura.
El impacto me sacudió.
Sentí cómo el aire escapaba de mis pulmones y mi cuerpo perdía equilibrio, cayendo hacia atrás.
El mundo se inclinó.
El sonido metálico del caballero preparándose para rematarme retumbó como un trueno.
Pero antes de tocar el suelo, mi mano encontró la espada que había recogido del dragón.
La desenvainé, caí rodando y logré detener mi caída de rodillas justo en el momento en que el caballero lanzó un golpe brutal hacia mi cabeza.
Levanté la espada y detuve el ataque, pero la fuerza del impacto casi me entierra en la piedra.
El caballero rugió detrás del casco, empujando con fuerza suficiente para partirme en dos.
La espada del dragón respondió.
Un brillo recorrió su filo, como si despertara de un largo sueño.
El metal vibró en mis manos con un pulso casi vivo.
—Vamos… si tienes un poder, ahora es el momento… —susurré.
Una energía cálida, feroz, reptó por mis brazos.
Era magia, pura y ardiente, concentrándose en la hoja.
El filo se iluminó con un resplandor rojo-dorado, como si estuviera absorbiendo mi magia y alimentándose al mismo tiempo.
Un rugido… no mío, no del caballero… sino de la espada misma, resonó dentro del metal.
Entonces grité: —¡Sismo dragónico!
La tierra tembló.
El aire se quebró.
Y la espada lanzó un rugido que no pertenecía a este mundo.
Un rugido de dragón.
El sonido fue tan poderoso que los arqueros cayeron al piso, agarrándose la cabeza.
Un dolor insoportable los rompió desde adentro.
Sus oídos sangraron, luego sus ojos… y finalmente sus cráneos estallaron como burbujas aplastadas.
El caballero resistió unos segundos más.
Aun de pie, su cuerpo temblaba.
Luego, como un árbol sin raíces, cayó pesadamente y se hundió en la tierra.
La armadura se agrietó.
Se abrió.
Y de su interior salieron cinco gatos blancos, pequeños y silenciosos, que corrieron inmediatamente en diferentes direcciones, como si su libertad hubiera estado encerrada durante años.
En el lugar donde la armadura se desintegró quedó un libro.
Me acerqué y lo recogí, guardándolo sin abrirlo aún.
Respiré hondo.
El eco del rugido aún vibraba en mis huesos.
Cuando me recompuse, seguí avanzando por las escaleras.
A cada paso sentía la tensión aumentar, como si algo enorme me esperara al final.
Subí hasta llegar a una amplia plataforma donde se alzaba una gran entrada de castillo.
Sus puertas eran gigantes, Frente a la entrada había una hoguera apagada.
La encendí de inmediato.
Su luz me devolvió un poco de calor al cuerpo.
—Bien… ahora entremos —murmuré.
Pero apenas toqué la puerta, algo invisible me lanzó como si fuera una bala de cañón.
Mi cuerpo voló varios metros hasta estrellarse contra una lápida cercana, rompiéndole una esquina.
El golpe me dejó mareado.
Un zumbido punzante llenó mis oídos.
No sabía qué había ocurrido.
Me levanté con dificultad… y entonces lo vi.
Por un par de segundos, una barrera casi transparente brilló frente a la puerta, como una membrana de energía pura que cubría toda la entrada e impedía el paso a cualquier intruso.
Su luz parpadeó, silenciosa, imponente… y luego volvió a hacerse invisible.
Y ahí terminaba mi intento de entrar al castillo.
Una barrera desconocida… imposible de atravesar.
Y yo, solo, nuevamente frente al desafío que me esperaba.
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