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Brack Souls (español) - Capítulo 18

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  3. Capítulo 18 - 18 Capítulo 18 – El hombre de la lanza
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18: Capítulo 18 – El hombre de la lanza 18: Capítulo 18 – El hombre de la lanza Me teletransporté al Bosque Sagrado y, apenas mis pies tocaron el suelo, sentí que la mente se me partía en dos.

No sabía qué hacer.

No supe qué debía hacer.

Y de pronto me encontré hundido en un silencio espeso, como si el mundo entero hubiese decidido respirar hondo para observarme fallar.

La barrera seguía ahí, erguida como un muro hecho de pura desesperanza en la entrada de aquél castillo.

Había intentado cruzarla tantas veces que todavía sentía entumecidos los brazos.

No había manera… ni siquiera una pequeña rendija, una grieta minúscula, una esperanza escondida entre las sombras.

Nada.

Aquella niebla resplandeciente era absoluta.

Caminé sin rumbo por el Bosque Sagrado, dejando que mis pensamientos se arremolinaran como hojas arrastradas por el viento.

El bosque era un murmullo vivo: ramas que crujían, hierba que susurraba, pequeñas luces que parpadeaban entre las raíces.

A lo lejos, sentado sobre un tronco caído, había un hombre con una lanza enorme apoyada a su lado.

No se movía.

No hablaba.

Su postura tenía el peso de alguien que ya se había rendido demasiado temprano o demasiado tarde.

Y aun desde lejos se notaba en su mirada: una melancolía afilada, como si cargara un mundo que nunca pidió.

Me acerqué despacio, y antes de que siquiera abriera la boca, él comenzó a hablar.

—Una pregunta, no-muerto… —dijo con una voz que temblaba entre cansancio y resignación—.

¿Has alcanzado el Imperio Perdido?

—Sí, acabo de llegar de allí.

—¿De verdad?

—Su ceja se arqueó con incredulidad, pero enseguida suspiró—.

Bueno, no importa.

De todas formas, la puerta está bloqueada por una barrera.

Es imposible pasar a través.

Te diré algo… para entrar necesitarás las almas de las cuatro princesas demoníacas.

—Clavó la mirada en el suelo—.

Eso fue lo que me rompió, ¿sabes?

Darme cuenta de cuán inútil fue todo.

Perder a mis amigos.

Luchar.

Sangrar.

Llegar tan lejos sólo para descubrir que nada valió la pena….Será mejor que te detengas ahora.

Pero si quieres continuar —alzó la vista con una chispa de algo parecido a esperanza— yo te apoyo.

—Espera un momento —dije—.

¿Cómo así que princesas demoníacas?

¿Puedes explicarme?

—Bueno… —Se pasó una mano por el cabello despeinado—.

Las princesas demoníacas son las mujeres que intentan crear un reino de demonbestias.

Nunca las he visto, pero se rumorea que son tan hermosas como crueles.

Ahora cinco de ellas reinan en este país.

Una de ellas tiene un cabello que crece desde una torre que toca el cielo.

Otra canta una rapsodia eterna bajo el mar.

Una juega con ranas en el Lodazal Mancillado.

Otra busca belleza eterna en un castillo congelado.

Y la última… la primera y más fuerte… aguarda en el trono del Imperio Perdido.

Dicen que quienes son llamados a bailar por ella jamás regresan con vida.

—Sabes bastante al respecto.

Gracias por la información.

—¿Yo?

¡No!

—Se rió, apagado—.

Todo eso lo escuché de un amigo, un hechicero.

Él dijo que había dos formas de romper la niebla.

La primera: si todas las princesas mueren, la barrera desaparecerá.

La segunda: hacer un pacto con cada una y matar a la princesa del trono.

Así el mundo se salvará… supuestamente.

Pero es imposible para mí… —Apretó con fuerza la lanza, como si le doliera—.

Soy demasiado débil.

Pero tú… tal vez tú seas capaz.

Te deseo suerte, amigo no-muerto.

No supe qué decir.

A veces las palabras no sirven para mirar el dolor de frente.

Así que simplemente asentí.

Agradecía la información más de lo que podía expresar.

Tomé el mapa que a quel hombre me estaba dando.

Lo abrí.

Mis ojos vieron todo los bosques, pantanos, montañas, mares y torres que tendría que atravesar para encontrar a cada princesa demoníaca.

Era un viaje que prometía arrancarme la piel, la cordura y quizá hasta el alma.

Pero al mismo tiempo… sentí un impulso chispeante, una pequeña emoción infantil que decía: adelante, arriésgate, el mundo está hecho para los tercos.

Caminé un buen tramo, dejando al hombre de la lanza atrás.

Los árboles se fueron haciendo más ordenados, más cuidadosos, como si hubieran sido cortados y vueltos a crecer por una mano delicada.

Entonces la vi.

Sentada sola en una banca de piedra, había una mujer.

Su presencia resaltaba tanto que casi pensé que el bosque se había vestido para recibirla.

Parecía de unos veinte años.

Su piel era blanca, impecable, casi luminosa.

Los ojos, rojos como gemas recién talladas.

Su cabello rubio claro caía en dos puntas largas, sujetas atrás con lazos negros; dos mechones rectos enmarcaban su rostro como si custodiaran su belleza.

Por la espalda, su cabellera descendía en rizos amplios hasta la mitad del cuerpo, ondeando suavemente con la brisa.

Su vestido negro, suelto y elegante, dejaba los hombros al descubierto.

Las mangas largas, adornadas con volantes blancos, tenían movimiento propio.

El vestido comenzaba sobre el pecho y terminaba sobre los muslos, mostrando unas medias negras de muslo alto, también con volantes.

Guantes negros, zapatos rojos Mary Ann, un pañuelo negro con volantes blancos en el cuello… y un aura refinada, casi aristocrática, como si la hubieran tallado para existir en silencio y belleza.

Me acerqué, aún cautivado por su presencia.

Ella levantó la mirada y sonrió con una cortesía exquisita.

—Ah… encantada.

Es un gusto conocerte.

Su voz sonó suave, elegante, casi musical.

—Puedes llamarme Elisabeth.

Me perdí hace mucho tiempo, pero después de muchas penurias finalmente alcancé este pequeño puerto seguro.

Aunque debo decir… —bajó la mirada con cierta travesura— estas experiencias no me ocurren muy seguido.

Creo que debería descansar aquí un rato más.

Aparte de eso, tengo un pequeño hobby: coleccionar diversas almas.

Si quieres, estaría encantada de venderte algunas.

Y si posees un alma valiosa, también puedes traerla para negociar conmigo.

Ohohoho… Tapó su boca con una mano enguantada mientras reía con una gracia que solo alguien demasiado elegante podría permitirse.

—Ya veo… así que vendes almas.

¿Qué tipo de almas tienes, Elisabeth?

—Oh, casi de todo tipo —dijo moviendo la mano como si desestimara algo trivial—.

Pero principalmente almas que incrementan resistencia, poder mágico y ataque.

Solo dime cuál deseas y te la venderé.

Cada una tiene un precio de diez mil almas.

Y a cambio recibirás estas almas de colores.

—Entiendo… —dije mientras revisaba mis bolsa—.

Por ahora compraré tres almas rojas, para aumentar mi poder de ataque.

—Mm, decisión interesante.

Aquí tienes —respondió, entregándomelas con un gesto delicado—.

Parece que son de tu agrado.

Vuelve cuando quieras.

Le entregué las almas que pedía a cambio de las tres almas rojas.

Sus dedos rozaron brevemente los míos; fríos, suaves, imposiblemente tranquilos.

Y por un instante sentí que había tocado un secreto que no debía conocer.

Deslicé las tres almas rojas en mi inventario, y su brillo intenso iluminó por un momento el aire, como brasas escondidas en la niebla.

Al levantar la mirada, Elisabeth seguía observándome.

—Espero que tus pasos te lleven lejos —dijo con una sonrisa misteriosa—.

Y que tus decisiones no sean tan pesadas como las que otros han cargado antes.

Una parte de mí quiso preguntarle qué quería decir con eso… pero otra parte prefirió no saberlo.

Y así, con las almas en mi poder, con la advertencia del hombre de la lanza en el corazón y con el mapa vibrando con posibilidades, seguí caminando entre los árboles, sintiendo que cada paso me acercaba a un destino que aún no entendía… pero que ya esperaba por mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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