Brack Souls (español) - Capítulo 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: capitulo 2- Bosque Sagrado 2: capitulo 2- Bosque Sagrado Al prender la hoguera me senté un rato frente a esta por alguna razón me sentía un poco más..calmado dejándome pensar con más calma —Yo…
yo no pude hacer nada para ayudarla.
Ella murió por mi culpa…
Me dije a mí mismo mientras apretaba el puño hasta que me dolieron los nudillos.
—Si tan solo hubiera sido un poco más fuerte, la habría ayudado y ella no tendría que haber muerto de esa forma tan cruel…
No puedo permitir que más personas mueran por culpa de los monstruos de este país.
Debo ayudar.
Debo ayudar porque ella siempre ayudaba a los demás, como lo hizo por mí.
Así que honraré su muerte ayudando a cuantas personas pueda.
Al pronunciar esas palabras en voz baja, me levanté lentamente del suelo y comencé a mirar alrededor.
El lugar estaba rodeado por un bosque inmenso; los árboles eran columnas antiguas que susurraban secretos.
Desde donde estaba, percibía tres caminos que se abrían entre la maleza como venas en la tierra.
Al acercarme a uno de ellos, vi a la derecha unas escaleras semiocultas por lo que había sido una casa: sólo quedaban tres paredes gigantes.
Me aproximé, la madera de lo que era el suelo crujía y algo en mí me dijo que mejor no entrar a aquel lugar.
Estaba oscuro y el silencio dentro olía a ceniza.
Regresé al lugar donde había encendido la hoguera.
La llama, extrañamente, parecía negarse a morir; un resplandor persistente que me ofrecía calor y compañía.
Bajo el poste, estaba aquel conejo que había visto antes.
Seguía allí, inmóvil, como si estuviera anclado a ese punto.
No sabía qué hacer, así que me acerqué con cautela.
Había algo en su mirada, una chispa irónica, como si supiera más de lo que aparentaba.
—Oye, ¿tú también viniste aquí?
El conejo me miró y, para mi sorpresa, habló con una voz grave y afable.
—Nah, supongo que te trajeron, como a los demás.
—¿Qué…
qué dices?
—balbuceé, sin entender.
—Lo siento, es sólo una manera de decirlo.
No te preocupes: esto no es el infierno.
Es un lugar para quienes se convirtieron en errantes.
Da el primer paso.
—¿Qué quieres decir?
No entiendo nada.
—Ya veo.
Parece que hay algo que deberías hacer, ¿verdad?
Tal vez salvar el mundo, o gobernar a toda la humanidad.
Me da igual.
Pero si tienes almas te ayudaré a subir de nivel.
Pasa el tiempo que necesites en este bosque; está bien.
Pero debo advertirte: hay bestias demoníacas acechando en las afueras.
Trata de no morir.
Ah, pero como eres un no-muerto eso es algo que no tienes que preocuparte, ¡jajaja!
—¿Que no puedo morir?
—pregunté, medio atónito, medio esperanzado.
—Mmm…
eres un no-muerto extraño, lo sé.
Pero entiéndelo como quieras.
Ah —dijo, y por un instante su tono se volvió más suave—, encuentra a Leaf antes de partir.
Ella no es como las demás hadas; estoy seguro de que te ayudará.
Si sigues el camino hacia arriba la encontrarás; le gusta dar paseos a veces.
—Ah…
listo.
Gracias, muchas gracias.
Iré entonces, señor conejo.
—De nada.
Ten cuidado en tu viaje.
El conejo siguió igual de quieto en aquella posición frente aquel poste.
Yo me dirigí entonces hacia la parte alta por donde el bosque parecía comenzar en serio.
El sendero se angostaba y se perdía a ratos entre niebla y hojas.
La humedad olía a tierra fresca y a hierro viejo; cada paso levantaba pequeños fantasmas de polvo que brillaban.
Llegué a un punto donde el camino se partia por la mitad separándose.
Hacia la derecha, un hombre estaba parado junto a lo que parecía una estatua; sus palabras flotaban, roncas, en el aire.
—Malditos sean…
no pudieron escapar, imposible…
juicios negros…
Cuando lo escuché, giré la cabeza y el hombre se desvaneció en un parpadeo, como si alguien hubiera borrado su existencia con un gesto seco.
El frío me recorrió la espalda.
El sendero de la derecha se convertía en un callejón sin salida; no había más que unos troncos que no dejaban seguir el camino.
Decidí coger el camino izquierdo.
Mientras caminaba, empecé a escuchar una canción, una melodía ligera que se colaba entre los árboles.
—La-la-la-lalala —canturreó una voz.
A lo lejos distinguí una figura diminuta que danzaba entre las sombras: una criatura leve, casi hecha de luz y hojas.
No pude resistir el impulso de saludar; quedarme a mirarla me habría hecho sentir ridículo.
—¿Hola?
—llamé.
—¿Hmm?
¿Quién puede ser?
—respondió, y dejó de cantar.
Ella se dio la vuelta; su silueta era pequeña, con alas que vibraban como pétalos.
Sonrió con picardía.
—Oh…
eres tú.
Me desconcertó que supiera de mí con tanta facilidad.
—Fufufuf.
Debes estar desconectado con tantas cosas ocurriendo una tras otra, ¿verdad?
Está bien.
El bosque está protegido por una barrera sagrada; es seguro aquí.
Mi nombre es Leaf.
¿Puedes decirme el tuyo?
Nombre…
coño —pensé—.
No recuerdo mi nombre.
Un dolor punzante me atravesó la sien; intenté escarbar en la memoria, pero en lugar de recuerdos vinieron voces: un coro de fragmentos que se superponían hasta volverse ruido.
Nombre…
un nombre que es mío y sólo mío, pero no podía alcanzarlo.
¿Lo habría olvidado?
¿Se había roto dentro de mí como una cuerda?
Decidí improvisar.
Si no era capaz de recuperar lo propio, me daría un nombre prestado hasta que la memoria volviera.
El viento sopló; las ramas se agitaron con un susurro como si la naturaleza contuviera la respiración.
Pronuncié lo primero que surgió.
—Mi nombre es…
G****.
Leaf me miró con ojos que contenían estrellas y travesura.
—Bonito nombre.
¿Te diriges acaso al Imperio Perdido?
¿Verdad?
—rió entre dientes—.
Bueno, eres libre de ir a donde quieras…
pero es peligroso ir solo.
Déjame prestarte mi ayuda: si me invocas cuando estés en combate, te apoyaré con lo mejor de mis habilidades.
Si quieres invócame seguido, ¿de acuerdo?
~ —Está bien, lo pensaré.
—Bueno, pero eres libre, lo digo en serio.
Si no te gusta alguien, siéntete libre de matarlo.
Si hay una chica que quieras, no dudes en llevártela a la fuerza.
Este país está destinado a perecer y desaparecer de todos modos, ¿verdad?
…es broma…
es broma, jijiji.
Nos vemos pronto.
¡Adiós!
Leaf remontó el aire en una danza de risas y desapareció entre los helechos, su canción quedando como un eco alegre.
Aquellas palabras, insensibles en apariencia, se clavaron en mi cabeza como espinas.
¿Debía hacer lo que quisiera, incluso si eso significaba hacer daño?
La duda crepitaba, y con ella la llama de mi intención: proteger, ayudar, reparar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com