Brack Souls (español) - Capítulo 20
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20: Capítulo 20– Un grupo de tres personas 20: Capítulo 20– Un grupo de tres personas Tras hablar un rato con Victoria, necesitaba aire.
Mi mente seguía ardiendo con pensamientos que no lograba poner en orden, así que me dirigí hacia la parte baja del bosque con la esperanza de despejarla un poco.
El viento allí siempre corría más fresco, como si hubiese aprendido a calmar almas inquietas desde tiempos remotos.
Mientras avanzaba entre los troncos altos y nudosos, un murmullo me obligó a frenar.
A un costado del sendero, casi ocultos por la sombra y una pequeña valla exterior de madera, distinguí a tres personas discutiendo.
Parecían aventureros: dos hombres y una mujer.
Llevaban armaduras ligeras, mochilas voluminosas y un aire de cansancio que solo se consigue viviendo en caminos peligrosos.
Sus voces eran bajas, tensas; parecían deliberar sobre algún asunto importante.
Pasé de reojo, fingiendo que no los había notado, y seguí caminando hasta entrar en una zona del bosque que todavía no había explorado.
La vegetación era más espesa, la luz más suave, casi plateada.
Y allí, justo al cruzar un arco natural hecho por dos raíces enormes, escuché el chapoteo del agua.
Frente a mí se extendía un pequeño lago, tan claro que reflejaba el cielo como un espejo recién pulido.
Y en su orilla, brincando entre el agua como una cría sin preocupaciones, había una figura pequeña y luminosa.
Me acerqué un poco más y entonces la vi bien: Leaf.
La diminuta hada estaba completamente mojada, riendo mientras se daba un baño improvisado, agitándose entre las ondas del lago.
—¿Hmm?
—murmuró de pronto al girar la cabeza.
Había notado mi presencia.
Me quedé congelado a unos metros, sin saber si avanzar o retroceder.
Ella, desnuda, con el cuerpo de una pequeña doncella y el brillo mágico que siempre la envolvía… bueno, llamaba demasiado la atención.
Tanto que aparté la mirada por reflejo, como si mis ojos ardieran.
Leaf me dedicó una sonrisa traviesa.
—¡Ohh, eres tú!
—exclamó, como si me hubiera estado esperando—.
¡El agua de este lago se siente súper bien!
¡Ven un rato!
¡Podemos jugar juntos!
Hablaba con esa inocencia que solo ella podía tener, sin imaginar que su aspecto mojado hacía que mi mente vacilara.
Por mucho que fuera un hada, su figura era demasiado… humana.
Demasiado femenina.
Me giré un poco, tratando de disimular.
—Jiji… ¿Qué pasa?
—preguntó con una voz cantarina—.
¿Acaso te excitaste al ver un hada desnuda?
—¡No, no, no!
Estás equivocada —respondí rápido, con las manos levantadas.
Pero eso solo encendió más su lado burlón.
—Travieso.
Lascivo.
Lujurioso.
Pervertido.
Peerrrvertido.
Peeeervertido~ —canturreó, balanceándose en el agua como si fuera la cosa más graciosa del mundo.
Sentí que era mejor huir antes de que la situación empeorara y alguien más escuchara esa lista de insultos eróticos.
—Ahhh, esperaaa~ —se quejó ella al verme retroceder—.
¿Te enojaste?
Jijiji… Por favor vuelve… Y yo que quería que me miraras más.
La escuché reír detrás de mí mientras escapaba del lugar, resbalando un poco entre las hojas húmedas.
Leaf seguía provocándome como si aquello fuera un juego, intentando convencerme de que me quedara.
Yo, por otro lado, solo quería evitar que se formaran rumores absurdos sobre “el no muerto que espía hadas desnudas”.
Cuando finalmente me alejé lo suficiente del lago, retomé el sendero principal y regresé hacia donde había visto al grupo de tres aventureros.
Quería hablar con ellos, conocer nuevas caras, y tal vez entender aquel tema del que discutían.
A medida que me acercaba, sus voces se hicieron claras.
—Hmm-hmm… Los hombres se convierten en demonbestias… incluso ahora suena increíble, ¿no lo creen?
—decía uno de ellos.
Parecía una conversación pesada, complicada, quizá llena de superstición… pero al escuchar mis pasos todos se callaron de inmediato.
El silencio cayó sobre ellos como una manta.
Me quedé frente al grupo sin saber del todo cómo saludarlos.
—Ehh… hola, mucho gusto… Los tres me observaron con una mezcla de curiosidad y cautela.
No supe si era por mi aspecto de no muerto o simplemente porque no esperaban compañía.
Uno de los hombres dio un paso al frente.
—Ahh, mucho gusto… no muerto —dijo con naturalidad.
Tenía unos ojos que parecían medirlo todo.
—Como ves, nosotros solo somos caballeros… guardianes, en realidad —continuó—.
Estamos protegiendo a la santa Catherine en su viaje.
Déjame presentarnos: la mujer a mi lado se llama Catherine, mi amigo aquí es Ox, y yo soy Belior… —Se detuvo, me observó de arriba a abajo y sonrió—.
Hey, viéndote… te ves muy capaz.
¿Qué te parece?
¿Quieres unirte a la escolta de la dama?
Me tomó desprevenido.
—Ehh… claro, por supuesto.
No creo que sea una mala idea si necesitan ayuda.
Belior estalló en risas a escuchar mis palabras.
—¡Jajaja!
Es broma, es broma.
Lo siento.
Mi dama, Ox y yo ya estamos unidos.
Nunca pediría que un desconocido se nos una.
Rodé un poco los ojos, sin saber si estaba intentando ser gracioso o simplemente extraño.
La mujer del grupo dio un paso para disculparse.
—Perdón por mi compañero —dijo con voz suave—.
Perdona su actitud, es que está muy feliz por completar esta misión.
La observé con más atención.
Tenía un largo cabello morado que caía hasta la parte superior de su espalda.
Sus ojos eran de un rojo claro, pero lo más llamativo eran sus pupilas: blancas, brillantes, como si guardaran luz dentro.
Era un rasgo poco común, casi divino.
Además, su figura era elegante y bien formada, especialmente en el pecho; un detalle difícil de ignorar aunque uno intentara.
Vestía una túnica blanca que cubría la totalidad de su cuerpo y un velo del mismo color, bordado con hilos dorados que enmarcaban su rostro.
En su cuello, un collar en forma de cruz reposaba sobre su piel como un sello sagrado.
Tenía presencia.
Una de esas que nacen de la calma y de la fe.
—No te preocupes, está bien, no hay problema —respondí.
Ella sonrió con alivio.
—Ya veo… gracias.
¿Verdad que este bosque es reconfortante?
Su tranquilidad cura el alma.
Como dijo mi compañero, soy Catalina.
Vengo de visita desde Alejandría.
¿A lo mejor has oído hablar de mí?
La verdad era que nunca había escuchado su nombre.
Y si lo había hecho, ya lo había olvidado por completo.
Pero decirle eso frente a sus ojos, tan llenos de brillo, me parecía cruel.
No tenía corazón para apagar aquella chispa.
—Ehh… claro, he oído hablar de ti —mentí con delicadeza.
Ella pareció iluminarse.
—Oh, me alegra escuchar eso.
Ciertamente quiero compartir las enseñanzas de Dios contigo algún día.
Pero ahora tengo prisa.
Tal vez cuando nos encontremos de nuevo… —Sí, por supuesto —asentí—.
Cuando nos veamos de nuevo escucharé las enseñanzas que tengas para mí.
Así que hasta luego.
Me despedí con una ligera inclinación y comencé a alejarme del grupo.
Mientras avanzaba por el sendero, pude escuchar cómo retomaban su práctica y sus conversaciones.
Mencionaron que se dirigirían a Elixir, la ciudad cementerio.
Ese nombre resonó en mi mente como un eco inquietante.
Y así, entre el murmullo del bosque y el recuerdo persistente del agua donde Leaf estaba completamente desnuda, seguí mi camino.
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