Brack Souls (español) - Capítulo 21
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21: Capítulo 21– La Mina de Jacob 21: Capítulo 21– La Mina de Jacob A mirar el mapa vi que tenía que pasar de nuevo por el Rancho Behemoth, así que agarré mi espada y me dirigí hacia allá una vez más.
No quise utilizar la hoguera: aún necesitaba matar más monstruos para subir de nivel, porque casi no me quedaban almas.
Mi bolsa estaba tan ligera que parecía burlarse de mí con cada paso.
A caminar por el bosque sagrado regresé al lugar donde antes había visto aquel puesto de madera y a la pequeña hada que jugaba a lo lejos.
Sin embargo, esta vez el puesto no estaba solo.
Dentro de él, acomodando unas botellas de cristal brillantes, estaba la mujer-pájaro que yo había salvado en aquella ocasión.
Ella, al verme, me saludó con una sonrisa cálida que parecía iluminar incluso la neblina oscura del bosque.
—Ah, hola, caballero.
¿Viniste aquí también?
—Por supuesto —respondí mientras me acercaba—.
Este lugar es demasiado seguro, además es perfecto para descansar cuando uno está agotado… pero dime, ¿qué estás haciendo?
Ella rió bajito, moviendo un par de plumas que tenía en el cuello como si fueran un collar natural.
—¿Qué estoy haciendo?
Pues mirá… este es un banco de almas.
Parpadeé un par de veces.
—¿Tu puesto… es un banco de almas?
—Sí, exactamente —dijo orgullosa—.
Si tienes miedo de perder tus almas, me las puedes confiar.
Las cuidaré bien.
Tal vez, quién sabe, en medio de tu viaje las pierdas… así que puedes dejarlas aquí sin preocupación.
Confía en mí, no te defraudaré.
Me crucé de brazos.
La idea era lógica… y también tentadora.
—Bueno, está bien.
No creo que seas una mala persona, al final tú… bueno, me ayudaste.
Así que mira, dejaré todas mis almas.
Son un total de ciento cincuenta.
—Ohh, perfecto —dijo ella con alegría mientras extendía sus manos emplumadas—.
Ahora mismo las guardo.
Por favor, pasa por ellas cuando puedas.
¡Jajaja!
Te las cuidaré como si fueran mías.
Al entregarle las almas que me quedaban, sentí una extraña sensación de alivio, como si me hubiese quitado un peso de encima.
Después de despedirme de ella, me adentré de nuevo en el Rancho Behemoth, listo para explorar otra vez en busca de enemigos y experiencia.
Avancé por los pastizales silenciosos durante un buen rato.
El aire tenía un olor particular aquí: a hierba vieja y humedad, mezclado con algo metálico, como si el ambiente mismo recordara las batallas que se habían librado en este sitio.
Antes de cruzar el segundo puente —aquel que estaba cerca del lugar donde había salvado a Goose— escuché el crujir de ramas bajo mis botas.
El bosque parecía observar cada uno de mis movimientos, como si me evaluara.
Sabía que en cualquier momento podía aparecer un monstruo nuevo, más fuerte, más extraño o más hambriento que los anteriores.
Al pasar entre dos árboles retorcidos, me interné en lo que parecía un pequeño bosque encerrado, un espacio más denso y oscuro que el resto.
Aquí la neblina era más gruesa, casi sólida.
Caminé despacio, atento a cualquier ruido, hasta llegar a una pequeña casa apenas visible entre la bruma.
La pintura estaba desgastada, las ventanas rotas y la puerta colgaba de una bisagra oxidada, pero aun así había algo… acogedor en ella.
Al lado, clavado en un tronco, había un pequeño letrero de madera: “Banda animal de fama mundial.
Músicos de Bremen, actuación en primicia.
Quien sea que eres, por favor visita.” El mensaje era tan absurdo como intrigante.
Sin pensarlo más, empujé la puerta y me adentré en la casa.
Dentro reinaba un olor a polvo viejo, paja y humedad.
Mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra.
Cuando lo hicieron, vi algo que me hizo fruncir el ceño.
Cuatro animales estaban cantando.
Un gato.
Un gallo.
Un perro.
Y sobre una enorme mesa, como si fuera un escenario improvisado, un burro los dirigía con movimientos teatrales.
Los tres del suelo imitaban su ritmo, siguiendo un “compás” que solo ellos parecían comprender.
Continuaron cantando sin darse cuenta de mi presencia.
Tal vez la neblina ya los había vuelto locos, tal vez la canción era la única cosa que los mantenía cuerdos… o quizá era su manera de espantar aquello que habitaba en los rincones del bosque.
Pero cuando pasaron unos segundos y yo no salí, el burro finalmente me vio.
Sus ojos se abrieron demasiado, como si dentro de ellos se hubiera encendido una chispa de locura pura.
Alertó a los otros tres con un rebuzno distorsionado, y de inmediato todos se lanzaron a atacarme.
No pensé: actué.
Saqué mi espada y canalicé la magia.
El filo brilló con un resplandor rojizo antes de liberar un potente Sismo Dragónico.
Un rugido brutal brotó de la hoja, estremeciendo las paredes podridas de la casa.
El ataque dejó a los cuatro animales totalmente aturdidos, tambaleándose como sombras temblorosas.
Aproveché la apertura.
Corrí hacia ellos y los golpeé a todos a la vez, cortando cuerpos, cercenando cabezas, dándoles una muerte rápida y sin dolor.
No era su culpa estar locos.
Era culpa de la maldita niebla.
Cuando cayeron, los cuerpos se disolvieron en motas de luz, dejando atrás un Cuento de Hadas: Los Músicos de Bremen.
Lo recogí y lo guardé con cuidado en mi bolsa.
Exploré la pequeña casa.
En un rincón, casi escondido entre cajas rotas, había un cofre de madera.
Lo abrí con cuidado y dentro encontré un libro de hechicería con el título Omnigolpe.
Al tocarlo, una corriente de conocimiento se abrió paso en mi mente: pasos, movimientos, patrones mágicos.
En cuestión de segundos supe cómo usarlo.
Guardé el libro, respiré hondo y salí de la casa.
Seguí explorando entre árboles torcidos y rocas cubiertas de musgo hasta llegar a un enorme corral.
El olor era muy fuerte, una mezcla de heno, humedad y leche.
En el centro, moviendo la cola de forma lenta, había una criatura inmensa que parecía una vaca, aunque su piel tenía manchas grises y sus ojos brillaban con una serenidad casi humana.
A su alrededor había montones de botellas vacías.
Supuse que los antiguos habitantes habían pasado por aquí para abastecerse… o quizá alguien más.
Me acerqué con calma.
La criatura me miró, pero no reaccionó agresiva.
Así que tomé unas cuantas botellas y comencé a ordeñarla.
El sonido del líquido cayendo dentro del vidrio fue extrañamente relajante.
Llené unas treinta botellas, suficientes para el camino.
Al lado de la criatura también había minerales de distintos colores y brillos.
Los recogí y los guardé en mi bolsa, pensando que podrían servirme más adelante.
Con los suministros listos, emprendí el camino nuevamente.
Decidí explorar la ruta que no había revisado cuando vencí al enorme hombre lobo.
Recordaba bien aquel combate: la tierra temblando bajo sus pasos, la bestia rugiendo, mis golpes chocando contra su piel dura como piedra.
Esa parte del bosque estaba llena de enormes huecos en el suelo, como heridas abiertas por antiguas explosiones o caídas de criaturas gigantes.
Avancé con cuidado, saltando grietas y esquivando raíces salidas.
La neblina se hacía más espesa con cada paso, y el aire se volvía más frío.
Mi respiración formaba pequeñas nubes.
Y entonces la vi.
Entre dos pilares de piedra erosionada, custodiada por sombras inclinadas como figuras vigilantes, estaba la entrada a una mina inmensa.
Oscura.
Antigua.
Respirando un silencio que parecía demasiado pesado para ser natural.
En el mapa aparecía con un nombre claro: La Mina de Jacob.
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