Brack Souls (español) - Capítulo 23
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23: Capítulo 23 – Maestra y alumno 23: Capítulo 23 – Maestra y alumno Miré a mi alrededor mientras mi cabeza giraba como un carrusel descompuesto.
El mareo no era solo físico; era como si mi alma misma tambaleara dentro de mí.
Caminé unos pasos después de entregarle la medicina al hombre, pero al darme media vuelta sentí que mis piernas ya no obedecían.
Mantener el equilibrio era una hazaña imposible, como caminar en un sueño donde el suelo se inclina sin avisar.
Tenía unas ganas absurdas de vomitar, y al mismo tiempo sentía cómo todo mi cuerpo quería rendirse y desplomarse allí mismo, en el frío suelo de la mina.
Por puro instinto, extendí la mano y logré sostenerme de la pared antes de caer de rodillas.
El hombre, al verme, abrió los ojos como si hubiera presenciado un fantasma.
—Oye… oye, caballero, ¿de verdad te ves bien?
Te noto… indispuesto —dijo con una voz temblorosa.
—Tranquilo, tranquilo… estoy completamente bien… No pude decir nada más.
Mi cuerpo entero convulsionó como si una corriente eléctrica me recorriera por dentro, y caí rendido al suelo.
Un ardor infernal me consumía desde la piel hasta los huesos.
Aunque había regresado unos minutos atrás, mi cuerpo todavía recordaba el dolor indescriptible del dragón arrancándome la carne.
Cada fibra de mi ser ardía como si siguiera atrapado bajo esas garras colosales, incapaz de huir.
En medio de esa oscuridad sentí que me hundía en un pozo sin fondo.
Entonces las escuché.
Cuatro voces.
Cuatro figuras.
Todas diferentes, pero a la vez vestidas con una moda extraña, casi idéntica entre sí.
Sombras humanas en un vacío sin forma.
Sus rostros estaban manchados con rayones y tachones, como si alguien hubiera intentado borrarlos del mundo.
No podía reconocerlos ni entender lo que me decían.
Sus palabras eran murmullos distorsionados, como si se filtraran a través de agua negra.
Excepto una.
Una figura habló con claridad helada, tan real que la sentí detrás de mi oído, como un secreto prohibido.
—¿Dónde está Alicia?
Y al escuchar ese nombre, algo en mí se quebró.
La visión se fragmentó y desperté con un jadeo.
Estaba acostado en el suelo.
Encima de mi pecho, sobre la armadura, Leaf dormía plácidamente, respirando suave, como si flotara en un sueño sin preocupaciones.
No sabía cuándo había llegado, pero maldita sea… había venido en el peor momento posible.
No podía llevarla conmigo a esa batalla.
No quería verla morir otra vez de forma cruel.
Me incorporé despacio para no despertarla, mientras ella seguía abrazada a mí como si fuera un cojín tibio.
El hombre seguía apoyado en la esquina, pero ahora podía moverse un poco; las hierbas comenzaban a hacer efecto.
—Oye, caballero… —dijo con voz más firme— Te veo aún cansado.
Toma ese escudo a mi lado, te ayudará más que a mí.
Volteé a mirarlo.
A su lado había un escudo de hierro de mano, prácticamente nuevo, casi sin un rasguño, como si jamás hubiera visto batalla.
—Pero… no puedo aceptar esto.
¿Y si viene una bestia?
Al menos el escudo te serviría para defenderte.
—Tranquilo, caballero —respondió con una sonrisa cansada—.
Mira, tengo mi espada, y soy muy bueno usándola.
No te preocupes.
Lleva ese escudo y sigue tu viaje.
Yo te alcanzaré luego.
Solo… ve.
Respiré profundo.
Aquella determinación no era fingida.
—Está bien… muchísimas gracias.
Tomé el escudo apoyado en la pared.
Al levantarlo me sorprendió lo liviano que era.
No pesaba nada.
Como si la metalurgia misma obedeciera a un propósito mágico.
Lo equipé en mi mano izquierda justo cuando Leaf empezaba a despertar.
—Ohhh, ya estás despierto~ —dijo con su vocecita alegre—.
Cuando llegué te encontré tirado en el suelo y respirabas muy, muy rápido.
Te di de beber unas pociones mágicas para que te recuperaras, no me lo agradezcas jijiji.
—Gracias, Leaf… de verdad.
No sabría qué hacer sin ti.
Leaf dio una vuelta graciosa en el aire, girando con sus alas extendidas como una bailarina diminuta llena de luz.
—Jijiji.
Bueno… yo me tengo que ir ya, se me hizo muy tarde.
Ya dormí contigo lo suficiente por hoy~.
Duraste como cinco horas inconsciente, así que por favor cuídate.
No te esfuerces tanto~ Al despedirse, agitó su mano y su diminuto cuerpo comenzó a brillar.
En un destello verde se teletransportó al Bosque Sagrado usando la hoguera.
Y así, me quedé completamente solo en la mina abandonada.
Respiré profundo.
Sabiendo que tenía que seguir.
Caminé por el mismo sendero que había recorrido con Leaf antes del ataque del dragón.
Todo estaba igual… demasiado igual.
La oscuridad, los escombros, el olor a humedad y hierro.
El eco de mis pasos parecía burlarse de mí, recordándome la muerte que ya había sufrido allí.
Finalmente llegué al lugar.
Ese maldito lugar.
El dragón estaba allí, tal como lo recordaba.
Gigante, imponente, su piel negra brillando como carbón ardiente, sus ojos rojos clavados en mí con un odio instintivo que no conocía límites.
Desenvainé mi espada sin pensarlo, levanté el escudo y me preparé para la lucha.
El dragón rugió.
El aire vibró.
Un sonido tan profundo que me atravesó el pecho.
Y entonces se lanzó.
Un proyectil colosal de músculos, escamas y furia.
Llegó a mí como un tren de guerra, intentando aplastarme contra la pared.
Rodé a un lado apenas a tiempo.
El suelo tembló con el impacto.
Mi espada comenzó a brillar.
No era un brillo débil; era un estallido de luz amarilla ardiente, como un fuego divino despierto después de siglos.
Al cortarlo, descubrí su verdadero poder: cada tajo liberaba una llamarada feroz que se adhería a las escamas del monstruo, quemándolo desde dentro.
El dragón rugía, pero yo también gritaba, más por dolor que por valentía.
Cada golpe suyo contra mi escudo me mandaba varios centímetros hacia atrás.
Era demasiado fuerte, demasiado pesado.
El escudo comenzaba a doblarse.
Se agrietaba.
Estaba a punto de partirse.
Mis brazos temblaban.
Sentía que mis huesos eran ya poco más que palillos sostenidos por determinación.
No podía seguir así.
Tenía que pensar.
Y entonces la recordé.
A Dorothy.
Mi maestra.
Ella podría acabar con esto.
Con un hechizo suyo bastaba para borrar al dragón del mapa.
Mientras esquivaba otro zarpazo, reuní fuerzas y pronuncié su nombre: —¡Dorothy, te necesito!
El aire se rasgó detrás de mí y Dorothy apareció en medio de un destello azul.
Miró al dragón, luego a mí, luego otra vez al dragón.
—Pero qué mierda es esta cosa… —dijo con absoluta calma—.
Bueno, si dejamos a esta cosa viva, no terminará nada bien.
Mejor lo matamos aquí mismo.
Y… ya era hora de mostrarte un poco de mi poder, alumno.
Lo he incrementado hace poco, así que no te duermas o te desmayes.
Su voz era afilada, pero en sus ojos brillaba un orgullo travieso.
Comenzó a preparar un hechizo.
Yo me puse frente a ella, levantando el escudo destrozado, recibiendo los golpes del dragón para darle tiempo.
—¡Lo siento, monstruo!
—gritó Dorothy— Pero tengo que enseñarle a mi alumno lo que es la magia de verdad.
¡MAGIA NUCLEAR!
Al levantar la mano, un pequeño círculo mágico apareció al lado del dragón.
Un círculo diminuto, casi adorable… hasta que explotó.
Una luz blanca devoró la oscuridad.
Una explosión gigantesca arrasó el túnel entero.
Yo habría muerto si Dorothy no hubiera extendido otro círculo protector que nos cubrió como una burbuja celestial.
El dragón gritó, un rugido desgarrador que llenó la caverna.
Cuando la luz se disipó, su cuerpo estaba destrozado, lleno de heridas humeantes.
Dorothy sonrió, orgullosa como una niña mostrando un dibujo recién hecho.
—Jijiji.
¿Ves, aprendiz?
Este es el verdadero poder de la magia.
Cuando regreses, vas a empezar a aprenderla en serio, porque monstruos como este te van a aplastar si no te pones las pilas.
—Tienes razón, maestra… —respiré agitado—.
¿Puedes rematarlo?
—Mmm… está bien.
Todavía respira.
Dorothy creó otro hechizo, esta vez un círculo más grande.
Una explosión final sacudió la cueva y el dragón cayó, sin vida, finalmente derrotado.
Dorothy chasqueó los dedos con satisfacción.
—Bueno, el trabajo aquí terminó.
Ahora sigue con lo tuyo.
Invócame de nuevo si estás en problemas.
Adiós~ Y con un destello azul se teletransportó, dejándome solo entre piedras humeantes y el eco de una batalla brutal.
De verdad… era una mujer complicada.
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