Brack Souls (español) - Capítulo 25
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25: capitulo 25– la princesa rampuzer 25: capitulo 25– la princesa rampuzer Antes de continuar mi camino, al lado mío apareció Leaf, brillando con una luz suave y danzante que iluminaba las sombras del lugar como si fuera una pequeña estrella extraviada.
—Hola… mm, este lugar está completamente destrozado —dijo mientras observaba los escombros esparcidos por todas partes—.
¿Qué haces por aquí?
—Hola, Leaf —respondí sin detenerme—.
Estoy buscando a una princesa.
Necesito hacer un pacto con ella… y si no puedo, tendré que matarla para entrar al castillo del Imperio Perdido.
Leaf abrió los ojos con sorpresa, su brillo onduló como una llama sacudida por el viento.
—Ohhh, ya veo… pero, ¿estás seguro de que este lugar es para una princesa?
Parece como si se estuviera cayendo bajo tus pies.
¿Realmente hay una princesa aquí?
A simple vista, parece que nunca ha limpiado esta torre.
Debe odiar la limpieza con todo su corazón.
—Tienes razón —admití—, pero primero debemos hablar con ella.
Debe encontrarse subiendo las siguientes escaleras de piedra.
Señalé las escaleras que teníamos enfrente, apenas a unos diez pasos.
Estaban agrietadas, cubiertas de polvo y con un aire tan antiguo que parecían a punto de desmoronarse con solo mirarlas.
Leaf suspiró, flotando un poco más arriba.
—Bueno… yo debo irme.
Tengo cosas que hacer.
Buena suerte —dijo, moviendo la mano para despedirse antes de desaparecer como un destello que se disolvió en el aire.
Me quedé solo, con el eco de su despedida.
Respiré profundo y comencé a subir las escaleras.
El primer tramo era largo, empinado y resonaba con cada paso como si caminara sobre huesos huecos.
Al llegar arriba descubrí, para mi sorpresa, otro conjunto de escaleras que serpenteaba hacia lo que parecía un cuarto piso.
Sin pensarlo más, continué subiendo.
Cuando finalmente llegué al final, me encontré en un corredor largo, estrecho, y al lado de este había dos enormes habitaciones… sorprendentemente ordenadas, en contraste total con el resto de la torre.
Entré primero en la habitación de la izquierda.
Brillaba tanto que por un momento tuve que cubrirme los ojos.
Todo ahí era oro.
Montañas de oro.
Montículos de polvo dorado, lingotes perfectamente apilados, estatuas talladas con precisión obsesiva.
Parecía la guarida de un dragón codicioso o el sueño de un rey paranoico.
El aire mismo olía a metal caliente.
Seguí avanzando por el pasillo hasta llegar a la segunda habitación, aunque antes de entrar noté algo: junto a la primera puerta, justo donde no había mirado, un enorme camaleón me observaba fijamente.
Tenía casi mi tamaño y quizá un poco más.
Pero lo más sorprendente era que… podía hablar.
—¡Oye, tú!
¿Quién demonios eres?
—rugió inclinando el cuerpo hacia delante—.
¡La Dama Rapunzel reside a continuación!
Me quedé quieto.
El aire se espesó.
—No estás calificado para ver a la Dama Rapunzel —continuó con voz exigente—.
¡Pero sería otra historia si pagases un tributo de treinta mil almas!
—¿En serio… treinta mil almas?
—pregunté, tragando saliva.
—Así es.
Si no las tienes, vete y no regreses.
Respiré hondo.
Demonios… menos mal que derroté a tantos monstruos de camino hasta aquí.
Tenía justo esa cantidad… pero si pagaba, no me quedaría absolutamente nada.
Ni un alma para defenderme.
Ni una para comerciar.
Ni una para sobrevivir.
Pero debía hacerlo.
—Está bien, cálmate.
Las tengo.
Ya te las entrego —dije.
El camaleón abrió una enorme bolsa de piel oscura, y deposité ahí todas mis almas.
Verlas desaparecer me dolió más que cualquier herida que había recibido hasta entonces.
—Hmph… ¡Ricoh!
—gruñó finalmente—.
Ve entonces.
¡Y no seas grosero con la dama!
—Sí, señor… muchas gracias —respondí con una reverencia precipitada.
El camaleón se apartó lentamente, dejando libre la entrada a unas escaleras estrechas que conducían a lo más alto de la torre.
Subí, paso tras paso, con el corazón golpeando en mis costillas.
En cuanto alcancé la cima, la luz dorada me cegó por segunda vez.
Estaba allí: Rapunzel.
Rampuzer para algunos.
La princesa demoníaca.
Sentada en un enorme trono, con vista directa al abismo del exterior.
A su alrededor, montañas de materiales dorados brillaban como si el sol habitara dentro de esa torre.
Rapunzel tenía la apariencia de una chica normal a primera vista… pero todo en ella gritaba que no lo era.
Sus ojos verdes parecían esmeraldas vivas, su piel blanca se veía que era más suave que la seda, y su cabello rubio era tan largo, tan impecable, tan brillante, que descendía hasta sus pies y aún se extendía más allá, como una cascada infinita.
Su flequillo ocultaba su ojo derecho, dándole un aire de misterio que hacía difícil apartar la vista.
Para ser una princesa, su atuendo era… mínimo.
Apenas tres tiras de tela negra, delgadas como suspiros: Una rodeaba su pecho.
Las otras dos se cruzaban en “X” sobre su cintura y su pelvis.
Lo único más convencional era la gorra negra que llevaba en la cabeza, decorada con una insignia amarilla de un ave extendiendo sus alas y una cruz negra grabada en su cuerpo.
Era hermosa.
Demasiado hermosa.
Las historias que hablaban sobre ella no habían exagerado.
Su belleza era una trampa mortal, un canto prohibido capaz de detener el corazón de cualquier hombre.
—¿Quién eres tú y cómo has llegado aquí?
—preguntó sin moverse de su trono—.
¿Qué hizo Camaleón para dejarte ingresar?
—Ehh, bueno… el… No me dejó terminar.
—Bueno, no importa —dijo con un gesto desinteresado—.
Estoy de buen humor y te perdono.
Además… ¡Behemoth, la bestia más fuerte de todas, llegará pronto para convertirse en mi mascota!
Su entusiasmo era tan grande que casi podía verlo vibrar a su alrededor.
Pero algo estaba mal.
Behemoth… esa bestia era la misma que yo había enfrentado en la mina.
No podría llegar aquí jamás.
Tenía que decir algo.
Tenía que llamar su atención.
—Ah… qué envidia —susurré, haciendo que mi voz sonara cargada de admiración.
Rapunzel sonrió de inmediato, una sonrisa tan dulce como peligrosa.
—Lo sé, lo sé.
Me alegra que lo entiendas… ¿Pero por qué no ha llegado aún Behemoth?
¡Qué frustrante!
Esos cerdos inútiles… quizá es hora de que se conviertan en pienso.
—Luego me miró fijamente—.
¿Deseas más de mi atención?
Ahí estaba.
Mi oportunidad.
—Sí, mi señora Rampuzer… deseo más de tu atención.
¿Sería mucho pedir hacer un pacto contigo?
Rapunzel soltó una risa larga y musical, casi burlona.
—¿Así que quieres entrar en un pacto conmigo?
¡Jojojojo!
¿No sabes que soy la princesa demoníaca Rapunzel?
Prohibo la locura.
—No me importa, mi dama Rampuzer —dije, sin apartar la mirada—.
Estoy dispuesto a hacer lo que sea para tener un pacto contigo.
Sus ojos brillaron, evaluándome.
—Huh… ¿así que hablas en serio?
—susurró, apoyando el codo en su rodilla y la barbilla en su mano—.
De acuerdo, me entretendré hasta que Behemoth llegue.
Entraré en un pacto contigo… parece que tienes una buena cantidad de almas contigo.
Pero hay una condición.
Se inclinó hacia delante, su cabello cayendo como un río dorado.
—En el sur… en el desierto Helsa, hay una hermosa rosa llamada Rosa del Desierto.
Debes traérmela.
Solo entonces te reconoceré como un hombre digno de pactar conmigo.
Tráemela antes de que Behemoth llegue.
Mis ánimos cambian rápido.
—Está bien, mi dama Rampuzer —afirmé con determinación—.
De inmediato voy a traerte la rosa.
Sin perder tiempo, me di la vuelta.
Sabía que esta misión sería difícil… pero también era la primera puerta hacia un pacto con una de las princesas demoníacas.
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