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Brack Souls (español) - Capítulo 26

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  3. Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 – Desierto Helsa
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26: Capítulo 26 – Desierto Helsa 26: Capítulo 26 – Desierto Helsa A bajar por las escaleras hasta llegar a la hoguera, me teletransporté al rancho Behemonth para ir hacia el sur, donde debería encontrarse el desierto para encontrar aquella extraña rosa.

Caminé por un enorme camino hasta llegar donde había una puerta de corral; al abrirla con una llave maestra seguí caminando por el camino hasta llegar a un puente de madera… Ese puente parecía haber sido construido sobre la furia misma de la naturaleza: un río correntoso que rugía como si quisiera devorar cualquier cosa que cayera en su cauce.

Las tablas crujían bajo mis botas.

El viento me golpeaba la cara, caliente y áspero, como si ya quisiera anunciarme lo que encontraría más adelante.

Al cruzar este puente seguí por el largo camino que parecía infinito, un sendero de polvo que se levantaba en espirales doradas.

No había sombra, no había sonido, no había descanso.

Solo yo, el eco de mis pasos y la misión de encontrar esa rosa.

Hasta que llegué a lo que parecía ser una casa.

Pero esta no tenía puerta, solo unos muros erosionados que no llevaban a nada.

El camino acababa abruptamente allí, como si alguien hubiera arrancado la continuación del mundo.

Sin embargo, en medio de aquella construcción incompleta, había unas escaleras que descendían hacia lo profundo.

Bajé las escaleras, y cuando descendí estaba en lo que parecía ser un paso subterráneo.

Estaba completamente vacío, silencioso como una tumba, apenas iluminado por unas grietas en el techo que dejaban pasar un hilo leve de luz dorada.

Solo había un estrecho camino a continuación, un corredor que se retorcía como la espina dorsal de una serpiente antigua.

Seguí caminando por unos minutos hasta llegar a otra habitación donde, en el centro, había otras escaleras de piedra.

Eran antiguas, desgastadas por cientos de pasos desconocidos.

Subirlas me provocó un estremecimiento: no sabía a dónde conducían, pero algo en mi interior me decía que aquello no era un simple pasadizo.

Era un umbral.

Al hacerlo, cuando subí, de inmediato me encontraba en un lugar completamente caluroso.

El cambio fue tan brusco que me mareé.

El aire era pesado, casi sólido, abrazándome con un calor que parecía querer arrancarme el aliento.

Estaba completamente confundido; ¿cómo podía haber llegado al desierto tan pronto?

Era como si aquel subterráneo fuera un portal antiguo, una grieta en la realidad.

Miré a mi alrededor: arena, dunas gigantescas, un horizonte ondulante como un espejismo vivo.

Y alrededor del lugar, unas paredes de piedra que parecían a punto de colapsar.

Grandes bloques desgastados que habían visto eras enteras pasar frente a sus grietas.

Comencé a explorar el alrededor de estas por un momento hasta que encontré a un animal peculiar.

Este era redondo, peludo, y su forma recordaba a un perro pequeño, aunque su cuerpo tenía algo de criatura desértica, una adaptación viviente.

Pero estaba completamente agotado; se retorcía sobre la arena caliente, jadeando desesperadamente, muriéndose de calor.

No podía verlo así.

Algo en su mirada me golpeó: una súplica silenciosa, un pedido de ayuda.

De inmediato decidí darle algo de beber.

Busqué en mi bolsa, pero lo único que tenía eran las botellas de leche que había equipado la vez pasada.

“Bueno, más vale esto que nada”, pensé.

Se las ofrecí.

El pequeño ser bebió con tal desesperación que parecía que su vida entera dependía de ese momento.

Y poco a poco, su cuerpo recuperó fuerza, brillo y entusiasmo.

Incluso su cola —o lo que fuera esa cosa esponjada— comenzó a moverse como una hélice feliz.

Cuando terminó de beber, brincó frente a mí con un aire juguetón y luego se agachó, ofreciéndome claramente su espalda.

Al principio dudé… pero parecía tan inocente, tan dispuesto a ayudar, que terminé subiéndome.

Y en cuanto lo hice, la criatura despegó como una flecha.

Corría como si las dunas fueran llanos cristalinos.

El viento me golpeó la cara, pero por primera vez ese día, el calor dejó de ser un tormento: la velocidad me refrescaba, me despertaba, me hacía sentir vivo.

Exploramos el desierto juntos, mi nuevo compañero y yo, avanzando hacia el norte.

Así llegamos a un pequeño lago en mitad de la nada, rodeado de palmeras que parecían guardianas silenciosas de aquel oasis.

El agua brillaba como un espejo azulado, un tesoro escondido en medio de un mundo de sequía.

Seguimos por el lugar, rodeando el lago, escuchando el murmullo suave del viento entre las hojas.

Y más adelante me encontré en un pastizal donde el pasto estaba increíblemente largo, moviéndose como un mar verde.

En medio del pasto, uno de los calameros que había encontrado antes graznó al verme, como si reconociera mi presencia.

Mi nuevo compañero siguió corriendo hacia arriba hasta que volvimos al punto donde le había dado la leche.

Era como si nos mostrara el territorio, como si quisiera comunicarme algo.

Así que decidimos explorar ahora en línea recta hacia la derecha.

Comenzamos a avanzar hasta llegar a unos muros hechos de arena endurecida y piedra, antiguos como las ruinas del imperio perdido.

En medio de estos muros había una hoguera apagada.

Sin pensarlo la encendí de inmediato.

Y como siempre… al momento, Leaf apareció.

— ¡Pero qué es este lugar!

¡Hace demasiado calor~~~!

—protestó, agitando las manos como si quisiera espantar al sol mismo—.

Vámonos de aquí.

No sé por qué estás en un desierto, pero mejor regresa al bosque sagrado al menos un rato.

¡Estoy demasiado aburrida sin ti!

— Lo siento mucho, Leaf, pero estoy en medio de algo.

Después de terminar lo que estoy haciendo juro que iré al bosque sagrado.

— Está bien… pero ¡odio los desiertos!

¡Estúpidos, grandes y vacíos!

¡Incluso los enemigos aquí son molestos!

Quien sea que inventó los desiertos debería secarse completamente y convertirse en momia… — Sí, sí, como digas.

Ella infló las mejillas, murmuró algo que no alcancé a entender y desapareció en un destello.

Con la hoguera activada, continué mi viaje sin rumbo fijo, avanzando a través de caminos de piedra, muros caídos y estructuras que parecían restos de una ciudad olvidada por todos.

Entre estas ruinas encontré una puerta de rejas; detrás de ella unas escaleras descendían hacia un lugar desconocido.

Se veía tentador, misterioso… pero no podía desviarme.

Aún no había encontrado la Rosa para Rumpuzer.

Así que seguí buscando.

Y en otro pastizal verde, hermoso, rodeado por cinco cactus altos como guardianes, la encontré.

Allí, en medio del suelo, descansaba la Rosa del Desierto.

Su color no era rojo ni rosa, sino un tono entre dorado y naranja, como si guardara en sus pétalos la luz eterna del atardecer.

Me agaché, la tomé con delicadeza y la arranqué del suelo con cuidado para no dañarla.

Con la misión cumplida, regresé con mi compañero hacia la hoguera que había encendido para teletransportarme hacia la torre de Ghotel.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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