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Brack Souls (español) - Capítulo 27

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27: capitulo 27– primer pacto 27: capitulo 27– primer pacto Así que me bajo de encima de mi compañero que acababa de conocer y me acerco a la hoguera y me teletransporto a la torre Ghotel donde de inmediato comienzo a subir las escaleras hasta llegar donde debería estar el lagarto, pero parece que se había largado del lugar.

Mientras subía las escaleras, en el mismo sitio estaba la princesa Rampunzel esperando impacientemente, cruzada de brazos y con un pie golpeando el suelo de piedra con evidente fastidio.

—He traído la rosa, mi dama Rampunzel.

Extendí la mano y le mostré la flor mágica que tanto había ansiado.

Sus ojos verdes se abrieron como platos y una sonrisa infantil, casi perversa, se dibujó en sus labios carnosos.

—¿Oooh?

¿Así que esta es…?

Es… indescriptiblemente hermosa.

Fufufu… Espléndido.

Eres digno de estar en un pacto conmigo… No, quizá incluso más que eso.

Me recorrió de arriba abajo con esa mirada felina que tenía, como si ya estuviera decidiendo cómo devorarme.

—Como prometí, estaremos unidos por un pacto.

Vamos a hacerlo sin demora.

La princesa Rampunzel se levantó con una gracia sobrenatural, haciendo que su larguísimo cabello dorado ondeara como una cascada viva hasta rozar el suelo.

El movimiento liberó un aroma dulce y embriagador que llenó toda la estancia.

—Realizarás el coito conmigo.

Lo dijo con total naturalidad, como quien pide una taza de té.

Yo me quedé petrificado, sin entender del todo lo que acababa de oír.

—¿…A qué estás esperando?

Desnúdate.

Ahora.

Ni siquiera me dio tiempo a reaccionar.

Con un gesto rápido y brutal, sus uñas negras rasgaron mi ropa como si fuera papel.

En un segundo estaba completamente desnudo y, antes de poder protestar, me empujó con fuerza contra el frío suelo de mármol negro de la torre.

Aunque aparentaba ser una delicada jovencita de rostro angelical, su fuerza era la de un demonio antiguo.

—Tranquilo, no te contengas.

Acabarás quedándote sin aliento debajo de mí de todas formas.

Sonrió con malicia mientras se quitaba lentamente su ya de por sí revelador vestido negro.

La tela cayó como una sombra líquida, descubriendo un cuerpo perfecto, pálido y curvilíneo que parecía esculpido por manos divinas… o infernales.

—Jijiji… ¿Estás embelesado con mi figura?

Yo nunca pierdo contra las otras princesas demoníacas.

Se irguió orgullosa, sacando pecho.

Y tenía razones para estarlo: sus senos eran pequeños pero perfectamente redondos, con pezones rosados que apuntaban desafiantes al techo.

Su cintura era tan estrecha que parecía imposible que sostuviera esas caderas anchas y ese trasero firme que ahora se mecía ante mis ojos.

—Lo entiendo muy bien… Ya quieres entrar dentro de mí, ¿verdad?

Sin esperar respuesta, abrió las piernas con descaro y separó sus labios vaginales con dos dedos, mostrándome su interior rosado interior palpitante, ya completamente mojado y reluciente.

El olor dulce y almizclado de su excitación me golpeó como una ola.

Tragué saliva con fuerza.

Mi pene, traidor, se puso completamente erecto en cuestión de segundos, apuntando al cielo como un soldado en posición de firmes.

—Me gusta la gente honesta… Son tan fáciles de leer… Sin más preámbulos, Rampunzel se agachó sobre mí y dejó caer todo su peso.

Su coño caliente y empapado se tragó mi miembro de una sola estocada hasta la base.

—Ohhh… Un gemido gutural escapó de sus labios al sentirme dentro.

Sus paredes internas se contrajeron con fuerza alrededor de mi grosor, como si quisieran ordeñarme desde el primer instante.

—Considerablemente… placentero.

Parece que tú también estás satisfecho.

Apretó más, moldeando su interior a mi forma.

Vi cómo sus caderas temblaban levemente, incapaz de ocultar del todo que yo también la estaba llenando por completo.

—¿Creo que no hay necesidad de esperar, cierto?

Entonces… me moveré.

No pude responder.

El placer era tan intenso, casi doloroso.

Sus caderas comenzaron a subir y bajar con una cadencia perfecta, primero lenta, luego cada vez más rápida.

Cada vez que descendía, sus nalgas chocaban contra mis muslos con un sonido húmedo y obsceno que resonaba en toda la torre.

—Fuhhnn… Ahh… Es irresistible ver cómo los hombres se rinden ante mí… Saltaba sobre mi pene con una energía imposible, como si su pequeño cuerpo no tuviera límite.

Su cabello dorado se agitaba salvajemente, rozando mi pecho y mi cara, envolviéndonos en una cortina privada de oro líquido.

Cada embestida era una avalancha de placer.

Su coño me masajeaba desde todos los ángulos: apretaba la base, luego succionaba la punta, luego volvía a tragárselo todo.

Era estrecho, caliente, vivo.

Sentía cómo sus jugos resbalaban por mis testículos y empapaban el suelo bajo nosotros.

—Ahh… mmm… Sí, dame más placer… ¡Haahnnah!

Sus gemidos se volvieron más altos, más desesperados.

Ya no era la princesa altiva de hace unos minutos; ahora era una hembra en celo perdida en la lujuria.

Sus uñas se clavaban en mi pecho mientras usaba mi cuerpo como un juguete.

Yo tampoco podía contenerme.

Empujaba hacia arriba con todas mis fuerzas cada vez que ella bajaba, chocando nuestras pelvis con violencia.

El sonido de carne contra carne era ensordecedor.

—Khh… aún no es suficiente… Más… déjame disfrutar más… ♡ Estaba completamente perdida.

Sus ojos verdes se habían vuelto vidriosos, la lengua le colgaba ligeramente por la comisura de los labios, y un hilo de saliva brillaba en su barbilla.

Ya no controlaba sus caderas: se movían solas, en círculos, de adelante hacia atrás, buscando el ángulo que más placer le diera.

Yo también estaba al límite.

Cada vez que su útero besaba la punta de mi glande sentía que iba a explotar.

—Mmhhaa… ¡AAahbieeen, bieeeen… ♡!

Sus gemidos ya eran gritos.

Todo su cuerpo temblaba, los músculos de su vagina se contraían espasmódicamente alrededor de mi pene, como si quisiera arrancármelo.

El ritmo se volvió salvaje.

Ella se inclinaba hacia delante, aplastando sus pequeños pechos contra mi pecho, mordiendo mi cuello mientras seguía rebotando como poseída.

Yo la agarré de las nalgas con ambas manos, abriéndola más, empujando más fuerte, más profundo.

—¿Se siente increíble, sí… ♡?

—Sí… se siente de maravilla… Mi voz salió ronca, apenas audible entre jadeos.

—¿Por lo que veo tú también estás al límite…?

Aaah… No hacía falta que lo dijera.

Mi pene palpitaba como loco dentro de ella, hinchándose aún más, preparándose para explotar.

—Jijiji… buena expresión… Si quieres eyacular tanto… hazlo.

Te lo permito… Y con eso, dejó caer todo su peso una última vez.

Su coño se cerró como un puño alrededor de mi base y apretó con fuerza demoníaca.

No pude aguantar más.

Con un rugido ahogado, descargué todo dentro de ella.

Chorros y chorros de semen caliente inundaron su útero, pintando sus paredes internas de blanco.

Sentí cómo ella también llegaba al clímax: su cuerpo se tensó, sus ojos se pusieron en blanco y un grito agudo y largo escapó de su garganta mientras su vagina palpitaba y se contraía alrededor de mi miembro, exprimiendo hasta la última gota.

Cuando terminamos, los dos temblábamos.

Ella se derrumbó sobre mi pecho, jadeando, con el cabello pegado a la cara por el sudor.

—Aahh… estoy satisfecha… Se acurrucó contra mí, sonriendo con una expresión de absoluta felicidad felina.

—Me alegro de estar contigo, mi querida dama Rampunzel.

—También me alegra estar contigo… más y más.

He llegado a quererte incluso más que a Behemoth.

¡He decidido que a partir de hoy serás mi esposo!

Nunca te alejes de mi lado.

Sin darme tiempo a procesarlo, sacó de la nada un delicado anillo de oro con una esmeralda enorme en el centro y me lo deslizó en el dedo anular de la mano izquierda.

Acto seguido, me dio un beso tierno en la mejilla.

—Con este anillo podrás esquivar los ataques de los monstruos mucho más fácil, así que por favor no te lo quites nunca, mi querido esposo.

—Está bien, mi dama Rampunzel… pero debo irme.

Todavía no he terminado mi aventura.

—¡No puedes hacer eso!

¡Eres mío!

¡No te permito irte sin permiso!

—Pero mi amada Rampunzel, realmente tengo que irme… Te prometo que siempre vendré a visitarte.

—Muuu… lo entiendo, lo entiendo… Está bien.

Vuelve sano y salvo.

Si mueres no te lo perdonaré.

Por eso te di mi anillo, que además demuestra que eres mi esposo… y tampoco… ¡No te permito que estés infatuado con nadie salvo yo!

—Está bien… Sonreí, le di un último beso en la frente y me levanté, aún con las piernas temblorosas.

Me vestí rápidamente con lo que quedaba de mi ropa destrozada (ella chasqueó los dedos y apareció un conjunto nuevo idéntico) A terminar de ponerme mi ropa comencé a bajar las escaleras de la torre.

Al llegar abajo, no me encontré nada más y nada menos que, escondido en un rincón, al guardián camaleón que parecía haber regresado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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