Brack Souls (español) - Capítulo 29
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29: Capítulo 29 – El herrero 29: Capítulo 29 – El herrero Al abrir de nuevo mis ojos vi que estaba otra vez en el bosque sagrado.
El dolor se había ido, disipado como un mal recuerdo empujado por el viento.
Pero, de alguna forma, había regresado a este lugar… y la única explicación posible era que había muerto de nuevo.
Ese pensamiento me golpeó como una roca arrojada desde un acantilado.
Me puse de pie con torpeza, todavía confundido, y me dirigí hacia el río de inmediato, con la esperanza ingenua de que el bote siguiera allí, esperándome como un perro fiel.
Pero no.
No había bote.
No había nada.
Solo el agua fría corriendo con indiferencia absoluta.
Me quedé completamente sorprendido: no entendía qué estaba pasando.
La vez anterior que morí, el tiempo retrocedió, como si alguien hubiera tomado la historia y la rebobinara desde el inicio de la escena.
Pero esta vez no… ¿por qué?
Tal vez, pensé, la razón era que había muerto solo.
La vez anterior, en cambio, morí junto a Leaf y Victoria.
Quizá la muerte en compañía funcionaba diferente, quién sabe; en este mundo, incluso la lógica parecía una broma interna que los dioses compartían a mis espaldas.
Mientras trataba de ordenar mis pensamientos, la hada de cabello amarillo se deslizó flotando hacia mí.
No miró el agua.
No miró el cielo.
Me miró directamente a mí, como quien ve al culpable obvio de un desastre anunciado.
— Oye, oye… ¿y el bote que te di?
— Lo siento —tragué saliva, tratando de sonar convincente—, me caí al río mientras luchaba contra una enorme bestia con muchos ojos.
— Oh, ya veo… así que has perdido el bote.
Bueno, entonces te haré otro, pero no mientas, ¿sí?
No podía creerlo.
¡No me creía!
Yo, enfrentándome a monstruos absurdos cada día, escapando de la muerte como si fuera un deporte olímpico, y ella…
dudando.
Pero discutir no tendría sentido: parecía un poco molesta, como quien presta un libro y se lo devuelven mojado.
Mejor dejarlo así.
Mientras caminaba por el bosque, aún pensativo, noté la ausencia de la vendedora de almas, Elisabeth.
Ella siempre estaba sentada en aquel banco siempre bajo la sombra de aquél árbol.
La busqué un poco, y finalmente la encontré en la parte norte del bosque.
Estaba muy ocupada observando el suelo con una expresión de preocupación.
Sostenía su sombrilla rosada con ambas manos, dándole golpecitos nerviosos al mango.
Decidí acercarme para ver qué estaba ocurriendo.
— ¿Estás bien, Elisabeth?
Ella levantó la vista, con sus ojos rojos oscuros brillando de angustia.
— ¿Qué debería hacer…?
Algo terrible me ha sucedido.
— ¿Qué te pasó?
— En un giro de acontecimientos de lo más desagradable, he perdido un anillo muy importante.
Un regalo de mi anterior marido.
Quizá lo dejé caer mientras pasaba por el bosque… Guardé silencio unos segundos.
No sabía cómo consolarla con palabras, pero sí podía ayudarla.
Tal vez, cuando volviera al Bosque de los Abandonados, podría buscar ese anillo.
Un objeto así no debería perderse en un lugar tan cruel.
Después de despedirme, bajé de nuevo hasta llegar al sitio donde antes había visto al pequeño grupo.
Todo indicaba que, para llegar al lugar que buscaban, debieron haber bajado por aquellas escaleras cercanas.
Suficientemente cerca, de hecho, como para que yo también pudiera ir.
Sin pensarlo más, decidí adentrarme.
Descendí por las escaleras de piedra.
Parecían conducir a un sótano antiguo.
La luz danzaba en las paredes gracias a las antorchas clavadas en la roca, y una puerta de madera azul destacaba en el lateral.
Al abrirla, me encontré con un largo pasillo de barrotes.
Celdas.
Una prisión enorme.
Vieja.
Silenciosa.
Y a un lado de la entrada estaba Leaf, explorando el lugar con esa curiosidad suya que oscilaba entre lo adorable y lo aterrador.
Me acerqué.
— Hola, Leaf… ¿sabes qué es este lugar?
Ella sonrió con una sombra traviesa.
— ¿Esto?
Es una prisión, por supuesto.
¿Entiendes para qué sirve, verdad?
Jijiji.
No necesitaba una explicación.
Lo entendí al instante.
— ¡Oye adónde vas!
Jijiji.
Preferí no responder.
Di media vuelta y salí del recinto, dejando atrás esa risa inquietante que reverberó un segundo más en los barrotes.
Seguí por el pasillo.
Al final del mismo había una puerta de hierro cerrada que parecía conducir a un lugar desconocido.
La abrí con mi llave maestra, ese pequeño milagro que jamás me fallaba.
Me adentré.
El camino descendía en forma de “S”, serpenteando como una espiral infinita.
Cada vez que giraba una esquina, aparecían nuevas escaleras de piedra que bajaban un poco más, y otro pasillo estrecho que seguía hacia la siguiente curva.
Repetí ese patrón seis o siete veces, hasta que finalmente llegué a una sala inmensa.
El aire era cálido.
Metálico.
Había materiales de herrería por todas partes: yunques, martillos, cajas con minerales de diferentes colores, espadas sin terminar.
Y allí, en el centro, un enorme monstruo de piel verde y un solo ojo me observó con curiosidad.
Pero no me atacó.
Habló.
— Eh… ¿quién eres tú?
Me detuve, sorprendido.
— Hola, solo soy un caballero que pasaba por el lugar.
¿Y tú quién eres?
El gigante soltó una carcajada que hizo vibrar el suelo.
— ¿Yo?
¡Yo soy el herrero Lops!
¿Quieres arma más fuerte?
Entonces dame material y yo haré tu arma más fuerte.
Sus palabras tenían una mezcla de entusiasmo y torpeza encantadora.
Asentí.
— Entonces, por favor, refuérzame mi arma.
Le entregué mi espada dragón.
Lops la sostuvo con manos enormes, examinándola como si leyera un libro escrito en runas antiguas.
— Para reforzar esta arma necesito tres fragmentos de mineral.
— Oh, ya veo… está bien.
Saqué mi bolsa y le di los fragmentos que había conseguido en la Mina Abandonada.
Lops se puso manos a la obra inmediatamente.
Sus golpes sobre el metal resonaban como truenos domados.
Cuando terminó, me habló de nuevo.
— Si quieres reforzarla más, dame tres minerales grandes y seis trozos de mineral.
— ¿En serio puedes reforzarla aún más?
Entonces ten.
Rebusqué en mi bolsa.
Por suerte, siempre guardaba todo lo que encontraba.
Esa bolsa era una bendición: nunca pesaba más, aunque estuviera llena.
Como si el espacio en su interior desafiara toda ley natural.
Lops fundió los minerales con destreza, golpeó, moldeó y recitó palabras extrañas que parecían cantos de forja rituales.
Mi arma brilló con un resplandor nuevo, como si despertara de un largo sueño.
Finalmente, el herrero suspiró con satisfacción.
— Listo, he terminado.
Podría seguir reforzando, pero no creo que tengas una losa mineral… ¿o sí?
— Ehh… no, eso sí no tengo.
— Entonces toma tu arma.
Ahora es nivel cuatro.
Cuando tengas más minerales, vuelve.
¡Hacerla más fuerte!
Yo siempre espero.
Tomé mi arma.
Era hermosa.
Poderosa.
Vibrante.
Como si un dragón hubiera decidido vivir dentro de ella.
Miré alrededor y noté una hoguera en el suelo.
La encendí con incendiato para regresar más rápido cuando necesitara mejorar mi arma.
Un pequeño ancla de fuego en medio de aquel santuario subterráneo de hierro y ecos.
Y así, con mi espada reforzada y un nuevo punto de descanso, el camino hacia adelante se abría otra vez ante mí.
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