Brack Souls (español) - Capítulo 30
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30: Capítulo 30 – El Anuncio 30: Capítulo 30 – El Anuncio Me dirigí asía la puerta de afrente a hablirla salí a un lugar completamente diferente a revisar el mapa vi que estaba en el pueblo cementerio elixir El lugar era completamente diferente a como los otros lugares que avía visto este lugar era completamente de noche y a la vez mantenía lloviendo sin parar Mi armadura se empapó completamente por la lluvia que no parecía cesar pero aún así continue caminando y viendo a los alrededores asta que vi que las personas del lugar ya estaban completamente locas Algunas era como esqueletos andantes cubiertos en llamas rojas que cubrían todo su cuerpo éstos eran llamados Ghast y también habían otros tres monstruos diferentes por aquél lugar un chupasangre un ghoul y por último un necrofago que era lo mismo que el ghoul solo que versión de mujer El olor a humedad, tierra mojada y carne vieja impregnaba el ambiente.
Cada respiración que hacía parecía filtrarse por un velo frío que se quedaba pegado en mis pulmones.
El sonido constante de la lluvia hacía eco en las lápidas, los techos de las casas abandonadas y los árboles que aún resistían la ruina.
Todo el pueblo parecía atrapado en un sueño oscuro del cual jamás despertaría.
Mientras caminaba, noté que el terreno estaba plagado de huellas deformes.
Algunas parecían de animales, otras de criaturas bipedas… y otras, mezclas imposibles de entender.
La tierra estaba marcada por garras y pisadas que se hundían profundamente en el barro.
Aquello no era el paso casual de un monstruo solitario; era una migración constante, un desfile eterno de seres que ya no pertenecían al reino de los vivos.
Me acerqué a una casa derrumbada cuyo techo había colapsado.
Había señales de lucha: astillas clavadas en las paredes, marcas de sangre seca y un olor putrefacto que parecía levantarse desde el suelo.
En medio de aquella escena vi a uno de los Ghast, inmóvil.
Las llamas rojas seguían ardiendo sobre sus huesos, como si la lluvia jamás pudiera apagarlas.
Cada gota que caía sobre él generaba un pequeño siseo, como si la criatura escupiera odio incluso en la quietud.
No me acerqué demasiado.
Sabía que los Ghast podían despertar al menor estímulo, y su única razón de existir era consumir todo lo que se moviera.
Continué por el sendero principal, donde la oscuridad se volvía aún más pesada.
Más adelante, una hilera de postes de madera sostenía antorchas apagadas.
Había marcas de garras en los troncos, como si alguien hubiera intentado trepar desesperadamente.
En el lodo cercano había restos de ropa: trapos rotos, zapatos sin dueño, un pequeño sombrero infantil cubierto de barro.
Lo levanté con cuidado.
El tamaño no dejaba duda: perteneció a un niño.
Ese simple objeto fue suficiente para estremecerme más que cualquier monstruo.
Seguí avanzando.
Noté que las casas aumentaban en número, pero cada una estaba peor que la anterior.
Ventanas rotas, puertas colgando de una sola bisagra, techos hundidos, paredes manchadas de algo que no quería examinar demasiado.
No había señales de vida humana.
Nada.
Solo el eco distante de los monstruos y la lluvia incansable.
vi unas tumbas.
Eran varias.
Algunas estaban alineadas con precisión militar, otras habían sido destruidas o abiertas desde dentro.
Me acerqué a una tumba medio derruida.
El nombre estaba casi borrado por el tiempo y la lluvia, pero aún podía distinguir un trozo de la inscripción: “Que su alma encuentre descanso eterno…”.
Pero allí no había descanso.
Nada en ese pueblo lo tenía.
Me quedé observando los pinos altos que rodeaban todo el cementerio.
Su copa apenas se movía, pero sus troncos negros parecían inclinarse hacia mí, como si escucharan mi presencia.
El viento arrastraba un murmullo tenue entre sus ramas, un susurro que no lograba descifrar pero que me hacía sentir observado.
Y entonces, a lo lejos, vi la estatua.
Era una figura de piedra enorme, representando a una mujer con los brazos extendidos hacia el cielo.
Su rostro había sido erosionado por el tiempo; los ojos, inexistentes; la boca, torcida en una forma que no sabía si era dolor o súplica.
Frente a ella estaba aquel anciano arrodillado.
Su cuerpo temblaba, ya sea por la lluvia, el frío o la desesperación.
No sabía si acercarme, pero algo en su postura —esa mezcla de resignación y locura— me obligó a hacerlo.
Al llegar a su lado, escuché sus palabras como un mantra roto.
—Ratas… ratas… No olvidéis la destrucción que el Flautista trajo… La plaga de las ratas nos mató a todos… Su voz era un susurro quebrado, pero también una advertencia.
Me acerqué un poco más, intentando no sobresaltarlo.
—Señor… ¿está bien?
Levantó su rostro, empapado por la lluvia y marcado por arrugas profundas.
Pero sus ojos… sus ojos parecían vacíos, como si ya no pertenecieran al mundo físico.
—Aah… Mary Sue, la Creadora… Por tu gracia… al menos estamos registrados para siempre y más allá… Nunca había oído ese nombre.
Ningún dios, ninguna entidad de este mundo llevaba un título semejante.
¿Sería una deidad local?
¿Una figura antigua?
¿O quizás una creación de la locura del pueblo?
No obtendría respuestas allí.
Lo dejé, aún murmurando, y seguí mi camino.
Tomé el sendero norte, donde el pasto, aunque aún verde, estaba tan mojado que mis pasos producían un sonido pegajoso.
Llegué al puente de madera.
Era viejo, con tablones astillados y sogas desgastadas.
Pero resistió mi peso, llevándome a la otra orilla del río oscuro.
El sonido del agua era extraño.
No sonaba como un río común… sino como si algo se moviera bajo la superficie, siguiendo el flujo pero en dirección contraria.
Me quedé observando por un instante, pero no vi nada más que sombras quebradas por la lluvia.
Tras cruzar, me topé con una casa rodeada por una cerca metálica.
Intenté buscar una entrada, pero estaba cerrada con cadenas gruesas.
No tenía sentido perder tiempo allí, así que continué adelante.
Un desvío estrecho apareció en el camino.
Era casi invisible entre la maleza, pero mis pasos me guiaron hacia él.
Descendí con cautela.
El suelo resbalaba, y las ramas bajas me rozaban la armadura.
Al final del sendero encontré una entrada a otra casa.
Esta sí estaba abierta.
Entré.
La oscuridad era casi total.
Mis pasos resonaron sobre el suelo de madera quebrada.
El olor a humedad era intenso, mezclado con un hedor que solo puede venir de algo muerto hace demasiado tiempo.
Las paredes estaban cubiertas de raspaduras profundas, como si alguien hubiera intentado escapar.
Y allí, al fondo, lo vi.
Una figura quieta, inmóvil, pero cuya presencia llenaba toda la habitación.
Su capucha azul ocultaba su rostro por completo, pero sus ojos rojos brillaban, intensos como carbones encendidos.
La guadaña que sostenía parecía tener vida propia: una hoja larga, curva, perfecta, que parecía querer cortar incluso el aire.
El ser inclinó la cabeza.
—Hmm… estás bien, ¿verdad?
Su voz era suave, pero cargada de un eco antinatural, como si hablara desde varios lugares a la vez.
—Sí… estoy bien —respondí.
—Ya veo… Si fueses un canalla, habría tomado tu alma… jujujuju.
Me tensé de inmediato.
—¿Qué demonios dices?
Él rió, una risa ligera pero perturbadora.
— oh lo siento no me eh presentado.
Soy el Árbitro Negro Hein.
Nosotros, el Juicio Negro, existimos para devorar las almas de pecadores y villanos.
Pero tranquilo… tú no eres un pecador… por ahora.
Nuestra tarea es mantener la armonía… ¿Lo entiendes?
—Sí… claro —mentí.
—Recuerda esto, caballero… Cuando tus pecados te alcancen, iremos por ti.
jujuju..Y si deseas comprar Almas Negras, puedo vendértelas a cambio de las tuyas… No quise prolongar la conversación.
Me despedí.
Aquel ser no parecía mentir.
Y eso era lo más aterrador de todo.
Afuera, dos monstruos custodiaban la salida.
Me enfrenté a ellos.
Sus movimientos eran rápidos y erráticos, pero mis habilidades ya habían crecido tanto que pude derrotarlos tras un breve combate.
Aun así, uno de ellos alcanzó a rozarme con sus garras, dejando una marca ardiente en mi armadura.
Seguí caminando.
La lluvia caía más fuerte, como si quisiera borrar cada huella que dejaba.
Y entonces lo vi: un letrero clavado con fuerza en el barro.
La madera estaba hinchada por la humedad, pero el anuncio se podía leer.
Me acerqué… y leí.
” Anunció público .
La enfermedad que trajeron las ratas se extiende.
Salvo instrucciones contrarias de la Iglesia, todos los residentes tienen prohibido salir de casa Chicos y chicas saludables serán inspeccionados regularmente por la Iglesia.
Obedeced las instrucciones y dedicad vuestros cuerpos a Dios Desobediencia y señales de enfermedad serán rápidamente purgados.
Por favor entendedlo.
-Catedral de Elixir ” Decía aquel anuncio no podía creer lo que avía pasado y las razones que talves llevaron a todas estas personas a la locura y también a la culpa de ver sus familiares morir sin poder hacer absolutamente nada
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