Brack Souls (español) - Capítulo 31
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
31: Capítulo 31 – La Iglesia 31: Capítulo 31 – La Iglesia Subí las escaleras que se alzaban justo frente a mí, como un puente gris que conducía a un destino inevitable.
Cada peldaño crujía bajo mis botas, como si la misma piedra quisiera advertirme algo que yo—tonto, testarudo, terco como un demonio recién coronado—preferí ignorar.
El viento del cementerio se filtraba entre columnas quebradas, cargado con un olor a humedad vieja y secretos guardados bajo tierra.
Al final del camino apareció ella: la Iglesia.
Una mole silenciosa, un templo oscuro que se erguía como la garganta abierta de un monstruo antiguo.
Su puerta era gigantesca, altísima, casi viva, como si respirara una fe que llevaba siglos podrida.
Sin pensarlo demasiado—porque pensar siempre me retrasa—empujé la puerta.
Crujieron como gigantes ancianos, quejándose mientras me permitían entrar.
Dentro, el aire estaba tan quieto que parecía preso.
Una tenue luz azulada caía desde vitrales rotos, proyectando sombras que se movían como si tuvieran voluntad.
Camino entre las estatuas alineadas a ambos lados.
Todas en actitud de rezo, congeladas en mármol blanco.
Su belleza era fría, afilada.
Parecía que me observaban, que juzgaban cada uno de mis pasos mientras avanzaba entre ellas como si recorriera un laberinto espiritual… uno diseñado para que los pecadores se perdieran.
Seguí andando hasta llegar a la zona donde deberían estar los bancos donde la gente escucha al sacerdote… pero el lugar había dejado de ser sagrado.
Sangre.
Mucha.
Demasiada.
Charcos oscuros y cuerpos mutilados esparcidos como flores marchitas.
Las paredes estaban arañadas, marcadas por garras enormes.
El olor a muerte era tan fuerte que me quemaba la nariz.
Me obligué a respirar despacio.
Ya había visto la muerte antes, pero nunca una tan… desesperada.
Aquí había dolor, terror, fuga.
Y ninguna escapatoria.
Entonces lo escuché.
Una voz temblorosa, rota.
—Patrasche… Soy yo.
Nello, ¿ves?
Me puedes reconocer, ¿verdad?
Está bien.
Todo se acabó.
Ya no queda nadie para restringirnos… Atrévido, avancé entre sombras para ver de dónde provenía.
Y ahí estaba él: un chico de aspecto débil, casi transparente por la pérdida de sangre.
Estaba frente a un perro gigante de tres cabezas, una bestia monstruosa que emanaba calor y hambre.
Las fauces de sus tres rostros goteaban saliva roja.
Era el guardián del infierno con piel de animal doméstico.
El chico seguía hablando, como si su corazón aún pudiera salvar a la criatura.
—Incluso si te convertiste en una demonbestia… todavía eres mi querido amigo.
Creo en ti, Patrasche.
No tiembles.
Viviremos juntos… lejos, muy lejos, en el filo del mundo.
Y encontraremos un lugar pa… No alcanzó a terminar.
El perro lo devoró.
Tal cual.
Un solo movimiento.
Un bocado perfecto.
La cabeza del chico desapareció entre colmillos, y el resto del cuerpo cayó como un muñeco sin hilos.
Me quedé quieto, mirando desde lejos como un idiota.
Sí, lo sabía.
Sabía que iba a pasar, pero aun así me quedé de brazos cruzados.
Quizá por miedo, quizá por la costumbre de ver la tragedia repetirse… o quizá por esa parte de mí que todavía no comprendía qué significaba ser un “héroe”.
El monstruo dejó escapar un gemido grave.
—N-nello… Grrrr… Las tres cabezas se sacudieron, como si pelearan entre sí por culpa, por hambre, por dolor.
Aquella bestia sufría.
Lo noté de inmediato.
Sufría por un compañero que había amado más que a su propia vida.
Y aun así… Saqué mi espada.
No podía permitir que siguiera destruyendo todo lo que amaba.
El sonido metálico alertó al perro.
Sus tres cabezas se giraron hacia mí, los ojos llameando con una mezcla de rabia, tristeza y locura.
Dio un paso hacia adelante, luego otro, acechándome despacio.
Las cabezas laterales vigilaban cada flanco, anulando cualquier ataque sorpresa.
Era un cazador perfecto.
No había tiempo de estrategias.
No había tiempo de lamentos.
Solo quedaba pelear.
Corrí hacia él, espada en alto.
Cuando la hoja rozó su piel, el corte se multiplicó.
Y ahí entendí: el anillo de Rampuzer estaba funcionando.
Cada corte que hacía se duplicaba unos centímetros más arriba, repitiendo el daño como un eco mortal.
El perro gruñó, herido, pero aún así lanzó un zarpazo que me mandó volando.
Mi espalda chocó contra una columna.
Sentí las costillas temblar como ramas recién cortadas.
La vista se me nubló un instante.
—Tss… —escupí sangre—.
Está bien, grandote… si quieres jugar así, jugaremos.
Activé una habilidad de la Espada Dragón.
La hoja comenzó a emitir un brillo rojo intenso.
Cada corte que hiciera ahora se cubriría de llamas y quemaría al enemigo desde adentro.
Pero aun así, luchar solo seguía siendo una locura.
Tres cabezas, seis ojos, una visión de batalla perfecta.
Cada vez que me acercaba, me estampaba contra una pared, como si fuera un insecto molesto.
No iba a ganar solo.
Así que grité: —¡Leaf, te invoco!
Una luz verde envolvió el aire y ella apareció.
Pequeña, radiante, con su expresión típicamente juguetona.
—Oooooh —dijo al ver a la bestia—.
No quiero preguntar por qué esta demonbestia tiene tres cabezas… pero wow, qué fea está.
Soltó una risa traviesa.
Incluso en momentos como este, esa duendecilla sabía cómo salvarme un poco el ánimo.
Sin perder tiempo comenzó a bailar.
Un movimiento circular, elegante, como un remolino de pétalos.
La magia brotó de ella en forma de chispas verdes.
—Baile de Hada —cantó—.
Y… Beso de Hada, para que no mueras tan rápido ♡ La energía me envolvió.
De pronto mi cuerpo se volvió más resistente, más rápido, más fuerte.
Una sensación extraña, como si mis músculos despertaran después de años dormidos.
Y fui.
Moviéndome como sombra entre columnas.
Cortando como viento afilado.
Saltando entre las garras que querían romperme en dos.
Corté la primera cabeza.
Un chorro de sangre caliente me bañó el rostro.
Corté la segunda cabeza.
La bestia aulló con dolor, intentando defender lo que quedaba.
La tercera cabeza se movió desesperada, pero mis pies ya no tocaban el suelo: estaba impulsado por magia, fuego y furia.
Un solo movimiento.
Un corte perfecto.
Y el monstruo cayó, lentamente, como si el mundo mismo le pesara.
Sus patas golpearon el suelo con un estruendo que silenció toda la iglesia.
Del cadáver surgió un libro de tapa rosada.
“El Perro de Elixir”.
Lo recogí y lo metí en mi bolsa.
Después subí al altar, donde había una mesa destruida y, en el suelo, otro libro: uno de hechicería.
“Brillo de Alma”.
Lo abrí, lo leí, y la magia se grabó en mi mente como si siempre hubiese sido mía.
Me di la vuelta para marcharme.
Leaf me esperaba sobre una de las estatuas, balanceando sus piernas mientras sonreía como una niña que guarda un secreto siniestro.
—¿Sabes?
—comenzó—.
Un chico y un perro siempre estaban juntos.
Dormían juntos, comían juntos, corrían por todos lados… inseparables.
Pero un día, unos cultistas extraños los separaron.
El chico lloró durante días.
El perro también.
El chico buscó a su amigo hasta sangrar.
Y el perro, soportando experimentos horribles, pensaba en su dueño cada día… en esa fruta dulce que siempre compartían.
Su razón se fue desvaneciendo.
Y un día… cuando volvió a ver al chico… lo devoró.
Con amor, devoción… y apetito.
Y todos vivieron felices… por siempre jamás.
Jijiji… eso dice el libro que encontraste… ♡ Me quedé callado unos segundos.
—Eso… se escucha demasiado triste —dije, mirando hacia la salida, incapaz de sostener la mirada, se podía sentir el silencio del lugar.
Salí de la iglesia.
El eco de nuestros pasos quedó atrapado dentro del templo, junto con el último lamento de una amistad rota.
Y el silencio se quedó guardado allí… para siempre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com