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Brack Souls (español) - Capítulo 32

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32: Capítulo 32 – ¿Madre… acaso eres tú?

32: Capítulo 32 – ¿Madre… acaso eres tú?

Las heridas aún abiertas bajo mi armadura ardían como brasas vivas.

El metal rozaba mi piel cada vez que me movía, recordándome que mi cuerpo era un mapa de cortes, quemaduras y golpes mal sanados.

La lluvia no ayudaba: cada gota que lograba filtrarse por alguna grieta se volvía un puñal helado, chisporroteando contra la carne expuesta.

Era como si la tormenta quisiera colarse dentro de mí solo para demostrar que todavía quedaba dolor por experimentar.

Cada paso era un recordatorio de que estaba al borde de derrumbarme.

Avancé tambaleante, respirando con dificultad.

La noche era fría, tan fría que parecía capaz de congelar incluso los pensamientos.

Y aun así, tenía que seguir moviéndome.

No podía detenerme allí, en medio de ese bosque oscuro donde cualquier criatura podía aparecer de entre las sombras para terminar de arrancarme la vida.

Con manos temblorosas saqué el pequeño frasco de cerilla de Incendiato, ese líquido ardiente que compré días atrás.

Lo sujeté como si fuera un tesoro sagrado.

Las yemas de mis dedos temblaban, no sabía si por dolor, frío o simple cansancio acumulado.

El tapón estaba más firme de lo que recordaba, así que lo destapé con los dientes.

Y lo bebí de un trago.

El efecto fue inmediato.

Un fuego cálido recorrió mis venas, cerrando heridas abiertas, fortaleciendo músculos debilitados, recuperando un poco de mi magia.

Podía sentir cada fibra de mi cuerpo reacomodándose, reparándose, absorbiendo esa energía como si fuese un bálsamo divino.

Era como si una brasa sagrada hubiera encendido mis entrañas, reparándome desde adentro.

—Elma sí que vende cosas útiles… —murmuré con una media sonrisa cansada.

Si esa poción me salvaba la vida, entonces no había duda: necesitaba más.

Y tal vez —solo tal vez— su madre había regresado del trabajo.

Me alegraría verla sana, atender la tienda, regañar a Elma por dormirse durante el día… esas cosas simples que uno da por sentadas hasta que dejan de ocurrir.

Así que tendría que emprender camino hacia el Burgo Podrido.

Al este.

Respiré hondo, sintiendo cómo el aire húmedo entraba en mis pulmones como una cuchilla helada.

El cielo estaba cubierto de nubes negras tan gruesas que la luna parecía una prisionera detrás de un muro gris.

De vez en cuando, un relámpago silencioso iluminaba los árboles secos que se alzaban a mi alrededor, contorsionados como dedos de una criatura muerta.

El lugar estaba oscuro.

Los árboles se alzaban retorcidos, cubiertos de musgo húmedo, y la luna apenas lograba colarse entre las ramas para iluminar mi ruta.

El silencio era tan profundo que casi podía oír mi propia respiración.

Era un silencio extraño, profundo, cargado de algo más.

Sentía que si hablaba demasiado fuerte, algo en el bosque me respondería.

Leaf, quien había estado acompañándome desde que la invoqué en la iglesia, se movía ligera como un susurro a mi lado.

Su figura etérea se mezclaba con las sombras, apenas visible con los destellos lunares.

Parecía un espíritu más que una compañera.

—Oye… —me dijo en voz baja, casi un murmullo— siento que… una hoguera debe estar cerca.

Su voz era suave, pero había un matiz extraño.

Algo preocupado.

Algo inquieto.

Ella señaló un sendero casi invisible entre las raíces.

Era un camino que cualquiera pasaría por alto si no estuviera prestando atención.

La seguí sin dudar, confiando en su instinto.

Y allí estaba: una pequeña hoguera apagada, rodeada por piedras mojadas.

El olor a ceniza reciente se mezclaba con el aroma a tierra mojada.

Alguien había estado allí hace poco, pero ya no había señales de vida.

Solo brasas extinguidas y silencio.

Aproveché el lugar y reavivé la llama para activar el punto de teletransporte hacia el Burgo Podrido.

El fuego volvió a nacer, danzando en tonos naranjas y rojos, proyectando sombras largas sobre los árboles.

Pero cuando la hoguera encendió… Leaf ya no estaba.

Su ausencia fue tan repentina que casi se sintió como un mal presentimiento hecho realidad.

Había vuelto al Bosque Sagrado sin que yo lo notara.

Suspiré, resignado, y me encaminé solo.

El calor de la hoguera me envolvió por unos segundos, pero no me detuve más tiempo del necesario.

El Burgo Podrido me esperaba.

Al llegar avance por las zonas plagadas de monstruos, los fui eliminando sin detenerme.

Cada criatura que caía dejaba un aroma metálico en el aire.

La sangre oscura se mezclaba con el lodo, formando charcos espeso que olían a hierro y podredumbre.

Mis pasos resonaban entre ruinas colapsadas y charcos rojos.

Finalmente llegué a la tienda.

El silencio en esa calle era más inquietante que cualquier rugido.

Las ventanas estaban cerradas, las luces de las velas estaban apagadas, y el aire cargado de un olor extraño.

Dulzón.

Antinatural.

Empujé la puerta con suavidad… y el olor me golpeó de lleno.

Un hedor espeso, viscoso, una mezcla entre carne húmeda, perfumes rancios y algo mucho peor.

No era humano.

No era normal.

No era de este mundo.

—…¿Madre?

—escuché la voz temblorosa de Elma dentro— ¿Qué te sucede?

Estás… ¿rara?

Mi corazón se detuvo un segundo.

Tragué saliva.

Allí estaba Elma, en el suelo arrodillada frente del mostrador, retrocediendo lentamente.

Sus ojos estaban grandes de miedo, brillando con lágrimas a punto de caer.

Frente a ella… una criatura enorme, serpentina, con escamas opacas y ojos hundidos en un brillo febril.

Una lamia.

Pero no cualquier lamia.

Era como si alguien hubiera tomado el cuerpo de una mujer serpiente y estirado su esencia hasta romperla.

Su piel, antes brillante, era ahora apagada, cubierta de manchas oscuras, como veneno extendiéndose por sus escamas.

Su rostro… su rostro era el más perturbador: una sonrisa torcida, unos ojos que parecían no entender lo que veían, un gesto entre ternura y locura.

—Elma… ah, mi pequeña Elma… —dijo la criatura con una voz rota, como si estuviera imitando un recuerdo distante—.

Estaremos juntas ahora… tú y madre… Lady Cenicienta me invitó al baile… Elma estaba paralizada.

Confundida.

Destrozada.

—Mamá… eso no… no tiene sentido… —balbuceó, mientras intentaba retroceder hacia atrás.

Pero la lamentable criatura seguía avanzando, arrastrando su largo cuerpo por el suelo, dejando un rastro viscoso.

Sus movimientos eran lentos al principio… hasta que dejaban de serlo.

—Tranquila, tranquila… te llevaré conmigo.

No te sentirás triste nunca más… Y entonces atacó.

La lamia arremetió hacia ella con una velocidad aterradora, los colmillos listos para desgarrar carne, los ojos brillando con un hambre antinatural.

Elma gritó.

Pero yo ya estaba encima.

Mi cuerpo se movió solo, por puro instinto.

Desenvainé mi espada en un destello y la clavé directamente en la cola de la criatura, atravesando carne dura y escamas corrompidas.

La lamia lanzó un chillido agudo, tan poderoso que me perforó los oídos.

Sentí la sangre vibrar dentro de mi cráneo.

Sus ojos se clavaron en mí, llenos de furia ciega.

—¿¡Quién eres!?

—gruñó entre espasmos— ¡Estoy educando a mi hija!

¡No dejaré que un desconocido se interponga!

Sus palabras eran como golpes.

Cada sílaba cargada de una emoción distorsionada, como si realmente creyera que aquel acto era algo maternal.

La “madre” de Elma intentó sacudirse con violencia.

Su cola tembló como un látigo gigante, intentando arrancarme.

La fuerza era brutal, tanto que mis brazos se tensaron al límite para mantenerme firme.

Pero yo no iba a permitir que tocara a Elma.

Con un movimiento rápido saqué mi espada y la impregnó de llamas de Incendiato.

El acero brilló en rojo intenso, y de inmediato corté, quemé y abrí heridas ardientes en su cuerpo.

Tres cortes profundos.

Tres quemaduras letales.

El grito de la lamia se volvió un sonido ahogado y monstruoso.

Su piel empezó a chamuscarse, y el fuego la devoró desde la herida hacia el resto del cuerpo.

El olor era asqueroso: carne quemada, veneno evaporándose, escamas reventando.

Cayó.

Retorciéndose.

Muriendo lentamente.

Elma estaba en el suelo, tapándose los oídos, temblando, llorando sin control.

Su cuerpo entero temblaba como una hoja.

No podía soportar ver —ni escuchar— lo que estaba pasando.

—А-aah… m-madre… n-no… —sollozó, su voz hecha pedazos.

Di un paso para acercarme, para tomarle el hombro y tranquilizarla, pero apenas estiré la mano… —¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOO!!

Su grito rompió el aire.

Elma se levantó de golpe, empujó la puerta y salió corriendo.

Huyó despavorida, con los ojos llenos de terror, como si yo fuera el monstruo.

Como si el asesino allí hubiese sido yo.

—¡Elma!

—grité— ¡Espera!

Corrí detrás de ella, saltando sobre escombros y restos de la batalla.

Mis botas chapoteaban en sangre y lodo.

A lo lejos, entre sombras, vi su silueta bajar las escaleras hacia las alcantarillas.

Me lancé tras ella.

El olor allí era pesado, húmedo, cargado de sufrimiento.

Las paredes rezumaban agua negra.

Pero cuando llegué al último escalón… desapareció.

Ni rastros.

Ni huellas.

Nada más que eco, humedad, y oscuridad.

La busqué por cada túnel, por cada pasillo, por cada recoveco maldito de las alcantarillas.

Mi respiración rebotaba en las paredes, mezclándose con el goteo constante del agua.

Cada esquina me hacía pensar que la encontraría allí, hecha un ovillo, llorando… pero no.

Elma ya no estaba allí.

Finalmente salí otra vez al bosque, empapado, cansado, frustrado.

Llegué hasta la pequeña casa de Dorothy y me senté en los escalones, empujado por el peso invisible de la derrota.

Miré la puerta cerrada.

Y por primera vez en mucho tiempo… Me sentí solo.

Y culpable.

Muy culpable.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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