Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Brack Souls (español) - Capítulo 34

  1. Inicio
  2. Brack Souls (español)
  3. Capítulo 34 - 34 Capítulo 34 – El lugar nevado
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

34: Capítulo 34 – El lugar nevado 34: Capítulo 34 – El lugar nevado En ese momento me acerqué lo suficiente para que Elma sintiera mi presencia.

No la toqué de inmediato; no quería asustarla ni romper ese frágil instante en el que el dolor aún flotaba en el aire como escarcha.

Ella volteó lentamente hacia mí, con los ojos aguados, rojos, hinchados de tanto llorar.

Sus manos temblorosas aún intentaban cubrir su rostro, como si esconder los ojos pudiera esconder también la tristeza.

—… Madre… madre se ha ido… y padre también… —murmuró con la voz rota—.

Elma… Elma está completamente sola en este momento… no hay nadie al lado de Elma… Cada palabra cayó como una piedra en mi pecho.

Quise decir algo.

De verdad quise.

Busqué frases, promesas, consuelos heroicos… pero no encontré nada.

Porque no había palabras capaces de llenar un vacío así.

No había discursos que pudieran devolverle lo que había perdido.

En ese instante entendí algo cruel: a veces el dolor no necesita respuestas, solo compañía.

Así que, sin saber qué hacer, sin pensar más, extendí mis brazos.

La envolví en un abrazo firme, sincero, como si con eso pudiera sostenerla para que no se rompiera.

Al principio su cuerpo se tensó, pero poco a poco fue cediendo.

Sus hombros comenzaron a temblar y, finalmente, todo lo que había contenido salió de golpe.

Lloró.

Lloró sin vergüenza, sin freno, empapando mi armadura con sus lágrimas.

Yo no me moví.

No dije nada.

Solo me quedé ahí, siendo un refugio improvisado.

—Ahh… ¿sí fui una buena hija…?

Lo dijo entre sollozos, con la voz tan pequeña que dolía escucharla.

Sus manos se aferraron con fuerza a la parte trasera de mi armadura, como si temiera que yo también desapareciera si soltaba.

No respondí.

No porque no quisiera, sino porque cualquier respuesta habría sido insuficiente.

En cambio, apreté un poco más el abrazo, esperando que ese gesto hablara por mí.

El tiempo pasó lento.

El llanto se fue apagando, transformándose en respiraciones irregulares.

Elma, agotada emocional y físicamente, terminó por quedarse dormida ahí mismo, acurrucada contra mí, vencida por el cansancio.

Cuando me aseguré de que dormía profundamente, con cuidado la recosté bajo aquel árbol cubierto de escarcha.

Acomodé su cuerpo para que estuviera lo más cómoda posible, protegiéndola del frío con mi capa blanca.

Entonces llamé en voz baja.

—Leaf, necesito un favor tuyo.

—¿Sí?

Dime, ¿para qué me necesitas?

Jiji —respondió apareciendo con su habitual energía, aunque al ver a Elma bajó el tono.

—Necesito que cuides a Elma.

Está demasiado cansada mentalmente por la muerte de su madre… así que cuídala, por favor.

Yo ya vuelvo.

Solo iré a explorar el lugar.

Leaf asintió con la cabeza, seria por una vez, y se sentó junto a Elma, vigilándola mientras dormía.

Con el corazón aún pesado, me alejé del lugar.

Me dirigí hacia la hoguera para teletransportarme nuevamente al desierto.

Había algo que no había explorado la última vez, una sensación incómoda, como una espina clavada en la mente que me decía que aún quedaba algo importante allí.

Al llegar, la transición fue inmediata.

Lo cálido se transformó en calor seco.

Apenas puse un pie en el desierto, mi viejo amigo apareció: la bestia peluda.

Aún no sabía qué clase de animal era exactamente, pero se había convertido en un compañero invaluable.

Subí a su lomo y, gracias a él, comencé a explorar mucho más rápido.

Le daba botellas de leche de vez en cuando, y cada vez parecía más contento, más veloz, como si ese pequeño gesto fortaleciera nuestro extraño pacto.

Exploré sin detenerme, recorriendo dunas, ruinas semi enterradas y restos de construcciones antiguas, hasta que algo enorme apareció ante mí.

Una pirámide.

Colosal.

Antigua.

Amenazante.

El aire a su alrededor se sentía pesado, como si el lugar no quisiera ser perturbado.

Mientras rodeaba la estructura, una presencia hostil se manifestó.

Una enorme bestia de cuatro patas emergió entre la arena.

Tenía alas deformes, garras gigantescas y un cuerpo cubierto de escamas ásperas.

Era horrible, una abominación nacida para matar.

No dudé.

Salté del lomo de mi compañero y desenvainé mi espada de dragón.

Ataqué de inmediato, liberando las llamas de la hoja.

El fuego envolvió a la criatura… pero no le hizo daño.

Apenas reaccionó.

Esquivaba sus ataques por poco, cada golpe suyo levantando columnas de arena.

—Sismo dragónico… y brillo de alma.

Activé ambos ataques al mismo tiempo.

La tierra tembló, la espada brilló con una luz intensa, y finalmente la criatura mostró signos de dolor.

Rugió con furia y comenzó a perseguirme sin descanso.

Por suerte, la bestia en la que montaba era increíblemente veloz, permitiéndonos esquivar una y otra vez.

Aun así, el enemigo era resistente, casi imparable.

La batalla se prolongó.

Golpe tras golpe.

Habilidad tras habilidad.

Mis brazos ardían, mis piernas temblaban, pero no me detuve.

Hasta que vi la oportunidad.

Las heridas provocadas por el filo ardiente de la espada hacían que la criatura se moviera con dificultad.

Aproveché ese instante, me lancé por debajo de su cuerpo con rapidez y alcé la espada.

Un solo corte.

Brutal.

Preciso.

Le abrí por completo las entrañas.

Las tripas cayeron al suelo y la bestia murió al instante.

Su cuerpo comenzó a desvanecerse, como siempre, dejando atrás un objeto.

Un libro.

Lo recogí.

Era un cuento de hadas.

El título decía: Aladdín y la lámpara maravillosa.

Lo guardé de inmediato en mi bolsa.

Continué avanzando hasta llegar al lugar donde antes había visto unas escaleras bloqueadas por una reja de acero.

Ahora, con una de mis llaves maestras, forcé la entrada.

Descendí.

El pasaje subterráneo era el mismo que conectaba el desierto con la granja.

Caminé por el largo y estrecho túnel hasta que, sin ninguna razón aparente, el entorno comenzó a cambiar.

La arena desapareció.

El suelo se cubrió de nieve.

El aire se volvió helado.

Subí unas escaleras cubiertas de escarcha y, al llegar arriba, lo entendí.

El lugar que antes era un desierto… ahora era un campo completamente nevado.

Saqué el mapa con el ceño fruncido.

Entonces lo vi.

Estaba en el Jardín de Nieve, cerca del castillo de Blancanieves.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo