Brack Souls (español) - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 35 – La grieta de la pared
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35: Capítulo 35 – La grieta de la pared 35: Capítulo 35 – La grieta de la pared Comencé a caminar por el jardín nevado.
El crujido suave de la nieve bajo mis botas era el único sonido que rompía el silencio absoluto del lugar.
Cada paso lo daba con cuidado, no solo para evitar resbalar sobre la superficie endurecida por el frío, sino para no delatar mi presencia.
En un territorio así, cualquier ruido podía convertirse en una sentencia.
La nieve, aunque hermosa, no perdonaba errores.
Avanzaba despacio, con la mano cerca de la empuñadura de mi espada, sintiendo el frío colarse incluso a través de mi ropa y armadura.
No tenía prisa.
Este no era un lugar para correr sin pensar.
Quería observar primero, medir el terreno, entender qué tipo de enemigos podían aparecer.
Necesitaba evaluar su fuerza, su número, sus patrones.
Luchar a ciegas era una estupidez, y no pensaba cometerla.
Mientras avanzaba, el paisaje blanco se extendía ante mis ojos como un lienzo infinito.
Los árboles estaban cubiertos de escarcha, sus ramas pesadas, dobladas por el peso del hielo.
Algunas formaciones parecían esculturas naturales, estatuas congeladas por el tiempo, tan perfectas que resultaban inquietantes.
El silencio era tan profundo que parecía gritar, presionando mis oídos y mi mente.
Todo era hermoso… y peligrosamente inquietante.
Había algo antinatural en aquel lugar.
No era solo el frío, ni la nieve, ni el silencio.
Era la sensación de estar siendo observado, de que el bosque mismo estaba consciente de mi presencia.
Cada sombra parecía moverse un segundo más tarde de lo normal, cada reflejo del hielo parecía esconder algo más.
Seguía observando mis alrededores cuando, sin previo aviso, a mi lado se alzó un enorme gigante de hielo.
No escuché su llegada.
Simplemente estaba ahí.
Su cuerpo era una masa colosal de hielo compacto, translúcido, con grietas internas que brillaban débilmente.
Cada vez que se movía, su cuerpo crujía como un glaciar a punto de romperse, emitiendo sonidos secos y profundos que resonaban en el bosque.
Sus ojos, si podían llamarse así, eran dos luces azuladas incrustadas en su rostro amorfo.
Apenas tuve tiempo de reaccionar.
Di un salto hacia atrás mientras desenfundaba mi espada, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado.
El gigante alzó un brazo enorme y lo dejó caer donde yo había estado un segundo antes.
El impacto levantó una nube de nieve y fragmentos de hielo que salieron disparados en todas direcciones.
No hubo tiempo para pensar demasiado.
Con cada paso que daba por el bosque congelado, aparecían más y más gigantes.
Surgían de la nieve, se desprendían de los árboles, emergían del propio suelo como si siempre hubieran estado ahí, esperando.
Pronto me vi rodeado por esas figuras enormes, silenciosas y despiadadas.
Aun así, mantuve la calma.
Respiré hondo, ajusté mi postura y dejé que el entrenamiento hablara por mí.
Usando mi táctica y mi técnica con la espada, comencé a enfrentarme a ellos.
No atacaba sin sentido.
Apuntaba a las grietas, a los puntos donde el hielo era más frágil.
Un corte limpio, un movimiento preciso, un paso atrás antes del contraataque.
Uno por uno.
Los contaba mentalmente mientras luchaba.
Cada gigante que caía se rompía en cientos de fragmentos, estrellándose contra el suelo con un estruendo seco.
El combate fue largo y agotador.
Mis brazos empezaron a arder, mis piernas a pesar.
El frío se metía en las heridas, volviendo cada movimiento más doloroso que el anterior.
El tiempo perdió sentido.
No sabía cuánto había pasado cuando el último gigante cayó finalmente, desmoronándose en silencio.
El bosque volvió a quedar inmóvil, como si nada hubiera ocurrido.
Solo quedaban los restos de hielo esparcidos por el suelo y mi respiración agitada.
El frío, sin embargo, seguía ahí.
Era constante, implacable.
Se colaba por cada espacio, recordándome que aún estaba lejos de cualquier refugio.
Continué caminando hasta que divisé una hoguera casi enterrada bajo la nieve.
Parecía abandonada, olvidada por el tiempo.
Me arrodillé frente a ella y la encendí.
La llama tardó un poco en prender, pero cuando finalmente lo hizo, su luz anaranjada rompió la monotonía blanca del lugar.
El calor me permitió recuperar algo de sensibilidad en los dedos y aflojar un poco los músculos tensos.
Fue un alivio breve, pero necesario.
Entonces, sin previo aviso, Leaf apareció.
—¿Dónde estás y por qué hace demasiado fríoooooooo?
—gritó, exagerando cada palabra—.
¿Por qué no vuelves de una vez?
Elma ya despertó.
Suspiré, sin girarme de inmediato.
—¿Y entonces por qué estás aquí?
—respondí finalmente—.
Te dije que la cuidaras por mí, Leaf.
—Ahh, tranquilo, tranquilo —dijo, cruzándose de brazos—.
Ella está comiendo.
La dejé comiendo.
La pobre tenía mucha hambre.
Solo quería ver qué estabas haciendo… si no me querías ver, entonces me iré.
Antes de que pudiera responder, se dio la vuelta y se fue.
Su forma de irse dejaba claro que estaba molesta.
Lo supe de inmediato.
Leaf no era buena ocultando sus emociones.
Seguramente más tarde me pasaría la cuenta de una forma u otra.la mejor opción en ése momento era seguir con mi viaje.
Seguí caminando hasta que, finalmente, el castillo de Blancanieves apareció ante mí.
Sus torres blancas se alzaban contra el cielo gris, cubiertas de hielo y nieve, como si fueran parte del propio paisaje.
Era majestuoso… y aterrador.
Entré sin dudarlo.
El frío dentro era aún más intenso que afuera, como si el castillo concentrara el invierno en su interior.
El aire era pesado, difícil de respirar.
Las personas que deberían estar protegiendo el lugar se encontraban atrapadas dentro de enormes cubos de hielo, congeladas en el tiempo.
Sus expresiones eran serenas, tranquilas, como si no hubieran sentido dolor alguno.
Al acercarme a uno que estaba justo frente a la puerta, este giró ligeramente la cabeza.
—Bienvenido al castillo de Blancanieves.
Su voz era normal.
Demasiado normal.
Quise responder, pero decidí no hacerlo.
Algo en esa situación me erizaba la piel.
Subí de inmediato las escaleras que estaban frente a nosotros.
Al llegar arriba, vi un largo tapete rojo que se extendía hasta lo que parecía ser el trono de Rapunzel.
Estaba vacío.
A su lado había otras dos personas… también congeladas, inmóviles, como estatuas.
Comencé a investigar la planta.
Por el lado izquierdo parecía estar el lugar donde Blancanieves realizaba su trabajo como reina.
Sobre la mesa había una carta.
Al leerla, decía: “Invitación a Atlántica.” La guardé de inmediato en mi bolsa.
Bajé nuevamente por las escaleras y seguí explorando el castillo.
En cada habitación encontraba más personas congeladas.
Algunas estaban conversando, otras comiendo, otras sonriendo.
Todas parecían felices, atrapadas en un instante perfecto, eterno.
Llegué a la cocina.
Al hablar con uno de los presentes, me dijo que Blancanieves le tenía miedo a las manzanas debido a un trauma del pasado.
Lo dijo como si fuera un dato trivial, sin emoción alguna.
Seguí caminando un poco más.
Fue entonces cuando, al mirar dentro de un cuarto, vi una pequeña biblioteca.
Entre los estantes, algo se movía.
Al enfocar mejor la vista, pude distinguir lo que parecía ser… un conejo blanco.
Era pequeño, inquieto.
Se movía con rapidez, como si supiera que yo lo observaba.
Lo vi acercarse a una grieta profunda en la pared del castillo.
Sin pensarlo demasiado, lo seguí.
Al cruzarla, entré en un lugar oscuro.
El cambio fue abrupto.
El aire era distinto.
El suelo estaba cubierto de hongos rojos que brillaban débilmente, iluminando el lugar con una luz enfermiza.
Frente a mí había un letrero que decía: “Si caes, morirás.” Aquello hacía referencia a un enorme abismo que se extendía frente a mí.
Al acercarme un poco más, pude ver cómo la oscuridad parecía tragarse todo lo que caía en ese lugar, sin devolver nada.
No había fondo visible.
Solo vacío.
Lo pensé dos veces.
Mi corazón latía con fuerza.
Algo dentro de mí gritaba que retrocediera, que diera media vuelta y saliera de ahí.
Pero otra voz, más profunda, más insistente, me pedía dar un paso más.
Y sin decir nada más, me lancé hacia el inmenso abismo.
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