Brack Souls (español) - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Capítulo 36– El país de las maravillas
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36: Capítulo 36– El país de las maravillas 36: Capítulo 36– El país de las maravillas Al abrir de nuevo los ojos, lo primero que llegó a mí no fue la imagen… sino el sonido.
Una música de fondo.
Un ritmo repetido, casi infantil, como una melodía que se hubiera quedado atrapada en un bucle eterno.
No era alegre del todo, pero tampoco triste.
Simplemente estaba allí, repitiéndose una y otra vez, como si el lugar respirara a través de esa música.
El sitio en el que ahora me encontraba era extraño, incluso para los estándares de los lugares que ya había explorado.
A simple vista parecía un lugar colorido, casi inocente.
El suelo estaba cubierto por un pasto verde intenso, tan perfecto que parecía artificial, como si alguien lo hubiera pintado con cuidado.
Los arbustos que rodeaban el área no crecían de forma natural: eran altos, densos, alineados con demasiada precisión, formando paredes verdes que delimitaban el espacio.
No eran arbustos.
Eran muros.
El camino que se extendía frente a mí conducía hacia un punto más adelante donde el terreno parecía doblarse sobre sí mismo.
A la distancia, todo indicaba que aquello era un laberinto… o que ya me encontraba dentro de uno sin haberme dado cuenta.
Miré alrededor, intentando ubicar algún punto de referencia, algo familiar.
Fue entonces cuando vi un pequeño tablero de madera clavado en el suelo, inclinado como si alguien lo hubiera puesto allí con prisa o descuido.
Me acerqué.
Las letras estaban talladas de forma irregular, como si hubieran sido hechas con una herramienta poco adecuada… o por alguien que no tenía manos humanas.
“Una ronda de aplausos para el valiente caballero”.
Leí esas palabras en voz baja.
Y al hacerlo, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
No era miedo exactamente.
Era la sensación incómoda de ser observado.
Como si cada paso, cada respiración, cada pensamiento fuera registrado por algo que no podía ver.
El aire mismo parecía atento a mí.
Tragué saliva.
Sentía que el lugar sabía que estaba allí.
Sin siquiera pensarlo demasiado, decidí no seguir por el camino verde y colorido.
Algo en mi interior gritaba que avanzar sin entender sería un error.
Di media vuelta y me dirigí hacia las escaleras de piedra que había notado antes.
Subí los escalones con rapidez.
Pero en cuanto llegué al último… el mundo se dobló.
Un parpadeo.
Y estaba de nuevo en el mismo sitio.
El mismo pasto.
Los mismos arbustos.
La misma música repetida.
Mi corazón dio un salto.
Lo intenté otra vez.
Bajé, subí, giré, corrí incluso.
Nada.
Siempre volvía al mismo lugar.
Estaba encerrado en aquel sitio que no conocía, atrapado en un espacio que no obedecía reglas normales.
No importaba el camino que tomara: el resultado siempre era el mismo.
Respiré hondo, intentando calmarme.
Fue entonces cuando lo vi.
Un conejo.
Era de un color rosado extraño, casi artificial, como si no perteneciera al mundo real.
Daba vueltas sobre sí mismo, girando en círculos imposibles, como si su existencia fuera un error del lugar, un fallo que nadie se había molestado en corregir.
Me acerqué con cautela.
Cada paso que daba parecía alterar el entorno.
El pasto crujía de forma exagerada, la música subía apenas de volumen, como si reaccionara a mi presencia.
Extendí la mano.
Toqué al conejo.
Y desapareció.
No explotó, no huyó, no dejó rastro.
Simplemente se desvaneció, como si nunca hubiera estado allí.
En su lugar, cayó al suelo un pequeño frasco de cerilla que rodó unos centímetros antes de detenerse.
Lo recogí.
No tenía idea de qué demonios estaba pasando en ese lugar.
Nada seguía una lógica reconocible.
Era como estar dentro de un sueño que no era mío.
Sin mejores opciones, decidí avanzar por el camino frente a mí.
Caminé.
Y caminé.
Hasta llegar a un punto donde el sendero se dividía en dos direcciones claras: norte y oeste.
No había señales.
No había indicaciones.
Solo la decisión.
Sin pensarlo demasiado, elegí el oeste, siguiendo el instinto más que la razón.
Avancé por el camino elegido… solo para volver, minutos después, al mismo cruce.
Pero esta vez, solo había una dirección.
Norte.
Fruncí el ceño, molesto.
Di un paso hacia adelante.
Entonces, un conejo blanco apareció de repente frente a mí.
No era como el anterior.
Este tenía una postura agresiva, los ojos abiertos de par en par, el cuerpo tenso.
No dudé.
Saqué mi espada y, con un solo corte limpio, lo atravesé.
Murió al instante.
Pero al caer, algo ocurrió.
Demasiadas almas.
Muchas más de las que cualquier otro monstruo que hubiera enfrentado antes había dejado.
El flujo de poder fue tan intenso que me hizo retroceder un paso.
Eso no era normal.
Seguí explorando el lugar.
Cuanto más avanzaba, más me perdía.
El paisaje se repetía, pero nunca era exactamente igual.
Los arbustos cambiaban de altura, los caminos se estrechaban o se abrían sin aviso.
Conejos aparecían de la nada.
Los derrotaba.
Y siempre, siempre, me entregaban una cantidad absurda de almas.
Era como si el lugar quisiera tentarme, recompensarme por quedarme allí, por seguir avanzando sin preguntar.
Hasta que llegué a un sitio distinto.
Solo había un camino posible.
A un lado del sendero, ondeaban banderas extrañas, con símbolos que nunca había visto.
No reconocía los colores, no entendía los diseños.
Parecían observarme.
Avancé.
Y al hacerlo, sentí que el cielo cambiaba.
Rojo.
Azul.
Verde.
Los colores parpadeaban una y otra vez, como si el mundo estuviera siendo reiniciado constantemente.
Mi vista se mareó, mi estómago se revolvió, pero seguí adelante.
Al terminar el camino estrecho, llegué a lo que parecía ser… una fiesta.
Frente a mí había una hoguera encendida, situada en el centro de una figura hecha de flores que formaban una cruz perfecta.
Sentí, sin necesidad de pensar, que ese lugar era importante.
Mi boleto de salida.
Me acerqué y la encendí por completo.
Al observar mejor el entorno, vi una enorme mesa cubierta por un mantel blanco.
Estaba llena de tazas de café, algunas volcadas, otras intactas.
Todo parecía haber sido abandonado a mitad de algo.
Conejos estaban por todo el lugar, sentados, parados, observándome en silencio.
Al otro lado, vi una casa.
Extraña.
Colorida.
Demasiado viva.
En la puerta de esa casa había un animal de cuatro patas con una forma imposible, algo que no debería existir.
Sentí una presión en el pecho.
Sabía lo que tenía que hacer… y también lo que aún no podía.
Antes debía volver.
Hablar con la princesa Blanca Nieves… o matarla.
Necesitaba primero hacer un pacto con las princesas para terminar con aquella pesadilla.
Pero algo dentro de mí insistía.
Esa casa me llamaba.
Aun así, no era el momento.
Primero tengo que terminar lo que ya había empezado en el otro lugar.
Y con mis compañeras.
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