Brack Souls (español) - Capítulo 37
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37: Capítulo 37 – Las palabras del conejo 37: Capítulo 37 – Las palabras del conejo Pero me detuve… no podía moverme.
No era miedo exactamente, o tal vez sí, pero no de ese miedo que hace gritar o huir.
Era algo más pesado, como si el aire mismo se hubiera vuelto espeso alrededor de mi cuerpo.
Mis pies estaban clavados al suelo, pero al mismo tiempo mis piernas comenzaron a moverse solas, dando pasos lentos, casi torpes, como si no me pertenecieran.
La duda y la intriga luchaban dentro de mí.
Una parte quería retroceder, darse la vuelta y salir corriendo de ese lugar extraño.
La otra parte, en cambio, sentía una curiosidad imposible de ignorar.
Algo me decía que debía seguir, que si retrocedía ahora perdería algo importante, aunque no sabía qué.
El lugar era silencioso, demasiado silencioso.
El viento apenas se movía entre los árboles, y el pasto bajo mis pies parecía suave, pero frío.
Frente a mí había varios conejos repartidos por el lugar.
Algunos estaban quietos, otros se movían despacio, como si todo el tiempo del mundo les perteneciera.
Al darme cuenta, sin pensarlo demasiado, me acerqué a uno de los conejos.
Era blanco, pequeño, con ojos negros que parecían observarme más de lo normal.
En ese momento lo entendí: estos conejos no eran normales.
No eran simples animales.
Entonces comprendí que podían hablar, igual que el conejo negro del bosque sagrado.
Ese recuerdo me atravesó la mente como un relámpago.
Aquel encuentro había sido extraño, inquietante, y aún así ahora estaba aquí otra vez, frente a criaturas similares, como si el mundo se empeñara en llevarme por el mismo camino.
De pronto, varios conejos comenzaron a hablar al mismo tiempo.
Sus bocas se movían, pero las palabras no tenían sentido.
Sonaban como frases rotas, ideas incompletas, murmullos sin orden.
Algunos decían cosas que parecían importantes, otros simplemente movían los labios sin emitir sonido alguno.
Intenté concentrarme, entender lo que decían, pero por alguna razón mi mente no lograba unir las palabras.
Era como escuchar un idioma que conocía, pero olvidado.
Como un sueño que se desvanece al despertar.
Sentí un ligero mareo.
Llevé una mano a mi pecho, intentando calmar mi respiración.
Fue entonces cuando uno de los conejos se separó del grupo.
Era un poco más oscuro que los demás, con el pelaje manchado y una mirada distinta.
Al verme, comenzó a acercarse lentamente.
Cada paso que daba parecía calculado, como si supiera exactamente qué hacer y cuándo hacerlo.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó la cabeza y comenzó a susurrar.
Su voz era baja, casi un murmullo, pero clara.
Instintivamente incliné un poco el cuerpo hacia él, prestando toda mi atención.
—Esto tan solo es entre tú y yo —dijo—.
En serio, lo vas a oír, y si lo vas a hacer, presta mucha atención y escucha.
Tragué saliva.
—Está bien… dime.
El conejo se acercó un poco más, como si temiera ser escuchado por los demás.
—Sabes, yo creo que ya debes conocer el nombre, o al menos haber escuchado el nombre de Mary Sue.
Pero no es un simple nombre.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Ella es quien mueve los hilos —continuó—.
Ella lo planeó todo.
Que Alicia se fuese… todo, todo fue obra suya.
Cada palabra se sentía como una advertencia.
—Mary Sue es una enorme mujer, ¿entiendes?
Ten cuidado.
Nos observa en todo momento.
Antes de que pudiera preguntar algo más, antes siquiera de reaccionar, el conejo terminó de hablar.
Y entonces ocurrió.
Sin ninguna explicación, sin aviso alguno, el pequeño cuerpo frente a mí estalló en miles de pedazos.
No hubo sonido, solo una explosión seca y repentina.
Fragmentos de carne y sangre salieron despedidos en todas direcciones.
Me quedé paralizado.
La sangre cayó sobre el suelo verde, manchándolo de rojo.
Algunas gotas alcanzaron mis botas.
No pude decir nada.
No pude gritar.
No pude moverme.
El silencio regresó de golpe, más pesado que antes.
Mi mente tardó en reaccionar.
No entendía qué acababa de pasar, ni por qué.
Sentía un nudo en la garganta y un vacío extraño en el estómago.
Respiré hondo varias veces, intentando recuperar el control de mi cuerpo.
Sin entender nada, y aún sin poder procesar lo ocurrido, comencé a caminar.
Mis pasos eran lentos, inseguros.
Me alejé del lugar del incidente y avancé hacia la enorme casa que se alzaba frente a mí.
Al acercarme, la criatura se levantó del suelo.
Su tamaño era intimidante.
Se movió y se impuso justo frente a mí, bloqueando el camino.
Me observó durante unos segundos que parecieron eternos.
Entonces comenzó a hablar.
O al menos eso creí.
Las palabras salían de su boca, pero no lograba entenderlas.
Sonaban como frases sueltas, ideas sin conexión.
A ratos parecía contar una historia; a ratos, hacer una pregunta.
Todo se mezclaba, como un acertijo sin respuesta.
Intenté concentrarme, pero mi mente seguía atrapada en la imagen del conejo estallando frente a mí.
En sus palabras.
En ese nombre.
Mary Sue.
La bestia siguió hablando durante un rato, y luego, de pronto, se quedó en silencio.
Un silencio absoluto.
Me miraba, esperando algo.
Pero yo no respondí.
No porque no quisiera, sino porque no sabía qué decir.
No estaba seguro de haber escuchado todo correctamente, o siquiera de haber entendido algo.
Los segundos pasaron.
La criatura seguía allí, inmóvil, observándome.
Para mi sorpresa, una especie de sonrisa apareció en su rostro.
Parecía feliz, satisfecha por alguna razón que yo desconocía.
Finalmente, rompió el silencio.
—Bien, bien… me agradas.
Bienvenido al País de las Maravillas.
Se hizo a un lado, despejando la entrada.
Respiré hondo y avancé.
Crucé la puerta esperando encontrar una casa, pero lo que vi me dejó sin palabras.
No era una casa.
Era una biblioteca enorme, gigantesca, mucho más grande de lo que el exterior sugería.
Los estantes se elevaban hasta donde alcanzaba la vista, pero estaban vacíos.
No había muchos libros en ellos, solo polvo y silencio.
Aquello me resultó inquietante.
Caminé por un largo pasillo que conducía hacia el centro del lugar.
Allí se encontraba una mesa de madera enorme y larga.
Tan grande que parecía hecha para gigantes.
A lo lejos, sentada en una de las sillas, vi a una mujer.
Sobre la mesa había un libro abierto.
Sus manos descansaban sobre él con cuidado, como si se tratara de algo muy valioso.
A su lado, una vela encendida luchaba contra la oscuridad, iluminando su rostro y las páginas.
Algo dentro de mí se agitó.
Sentía que la conocía.
Ese vestido.
Ese delantal blanco en la parte frontal.
Esa postura tranquila.
Todo me resultaba familiar, aunque no podía recordar de dónde.
Mis pies comenzaron a moverse por sí solos otra vez, acercándome lentamente.
Con cada paso, mi corazón latía más fuerte.
El aire se volvía más pesado, y una ansiedad creciente apretaba mi pecho.
Algo no estaba bien.
La sensación se volvió insoportable.
El latido en mis oídos ahogaba mis pensamientos.
Sin pensarlo más, me di la vuelta y salí corriendo.
Corrí tan rápido como pude, dirigiéndome hacia la hoguera.
En cuanto la alcancé, sentí cómo mi cuerpo era envuelto por una fuerza conocida.
Y de inmediato, me teletransporté hacia afuera del castillo de Blancanieves.
Quedando otra vez en el jardín de nieve.
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