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Brack Souls (español) - Capítulo 38

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  3. Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 – Blancanieves
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38: Capítulo 38 – Blancanieves 38: Capítulo 38 – Blancanieves De inmediato me dirigí hacia el castillo de Blancanieves.

No perdí tiempo en dudar ni en observar demasiado el exterior.

Algo en mi interior me decía que no debía retrasarme, que cada segundo que pasaba hacía ese lugar más peligroso.

El castillo era grande, silencioso y cubierto de hielo.

Sus torres parecían hechas de cristal helado, y el aire a su alrededor era tan frío que dolía al respirar.

Cada paso que daba hacía eco, como si el lugar estuviera vacío… o esperando.

Comencé a buscarla por los pasillos principales, cruzando salones congelados y corredores largos.

No había rastros de vida normal.

No se escuchaban risas, pasos ni conversaciones.

Solo el sonido del hielo crujiendo de vez en cuando.

Finalmente encontré a uno de los guardianes del castillo.

Estaba quieto, casi inmóvil, con una mirada perdida.

Al acercarme y hablarle, reaccionó lentamente.

Su voz sonaba apagada, como si estuviera cansado desde hacía años.

Me dijo que Blancanieves se encontraba en el sótano.

Que llevaba mucho tiempo allí.

Que casi no salía.

Que nadie se atrevía a seguirla.

Agradecí la información y seguí mi camino.

En una esquina del castillo vi unas escaleras de piedra que descendían hacia la oscuridad.

Eran antiguas, desgastadas, y estaban cubiertas por una fina capa de hielo.

Sin pensarlo más, comencé a bajar.

Con cada escalón, el frío aumentaba.

Al llegar abajo, sentí como si hubiera entrado en una nevera gigante.

El aire era tan helado que mi respiración se volvía visible.

Las paredes estaban hechas de enormes bloques de hielo, perfectamente tallados, como si alguien los hubiera colocado con cuidado.

El suelo también era de hielo, liso y brillante.

Caminar sobre él daba la sensación de que podía romperse en cualquier momento.

Aun así, el piso era grueso, y aunque crujía bajo mis pasos, no se rompía.

Ese sonido constante me ponía nervioso, como si el lugar estuviera vivo.

Avancé con cuidado, manteniendo la mano cerca de mi espada.

El pasillo parecía no tener fin, pero finalmente llegué a una habitación amplia.

Al entrar, mis ojos se abrieron con sorpresa.

Había siete pequeños enanos allí.

Estaban quietos, formando una especie de círculo, como si protegieran algo.

Sus miradas eran serias, duras, y parecían dispuestos a atacar en cualquier momento.

Frente a ellos, a unos metros más arriba, subiendo unas escaleras de hielo, se encontraba una figura conocida.

Blancanieves.

Subí los escalones lentamente, sin bajar la guardia.

Ella estaba de espaldas, frente a un espejo grande pegado a la pared.

Ella llevaba un vestido sencillo, con un botón de color aguamarina claro, cuello blanco y mangas cortas e hinchadas su cabello azúl claro que llegaba hasta sus hombros.

Entonces la escuché hablar.

—Espejito, espejito… ¿quién es la más hermosa… quién…?

Su voz sonaba tensa, casi rota.

Esperé una respuesta del espejo, pero no escuché nada.

No sabía si el espejo realmente hablaba o si ella solo estaba perdiendo la razón por el frío y la soledad.

Blancanieves quedó en silencio durante un largo rato.

Tan largo que comencé a pensar que no volvería a hablar.

Pero entonces lo hizo.

—Aún… aquí… mis enemigos… esto es inaceptable… debo eliminarlos a todos.

Había odio en su voz.

Rabia contenida.

Me acerqué un poco más y decidí hablar.

—¿Blancanieves?

Al escuchar mi voz, se volteó bruscamente.

Sus ojos eran fríos, sin rastro de calidez.

Me miró como si yo fuera un insecto.

—¿Quién eres?

—preguntó.

—Lo siento, no me he presentado aún —respondí con calma—.

Soy un caballero que pasaba por aquí.

Solo quería preguntarte si podrías hacer un pacto conmigo, si no fuera mucha molestia.

Ella me observó en silencio.

Luego sonrió de forma extraña.

—¿Un pacto… conmigo?

Ya veo… —dijo tras una breve pausa—.

Quieres entrar al Imperio Perdido.

No respondí.

Ella cerró los ojos durante unos segundos, como si pensara con cuidado cada palabra.

—Está bien —continuó—.

Pero con una condición.

Mi cuerpo se tensó.

—Tendrás que matar a las otras princesas demoníacas: Rapunzel, la Sirenita y la Rana.

A esas tres tendrás que matarlas.

No solo te daré el pacto, sino que también seré tu esposa.

Sus palabras cayeron como un golpe.

Me quedé en silencio.

No… no podía hacer eso.

No podía simplemente ir y matarlas.

Ninguna me había hecho daño.

Rapunzel solo me pidió una rosa.

No parecían monstruos sin corazón.

Lo que Blancanieves me pedía era demasiado.

Apreté mi espada con fuerza, sintiendo el metal frío bajo mis dedos.

—Lo siento, princesa Blancanieves —dije finalmente—, pero no puedo cumplir con sus expectativas.

Así que tendré que matarte en este momento para entrar al Imperio Perdido.

Por un segundo, el silencio lo cubrió todo.

Luego, Blancanieves comenzó a reír.

Su risa era fuerte, fría, casi loca.

Resonó por toda la habitación.

Los enanos reaccionaron de inmediato.

Se movieron rápido, colocándose frente a ella, dispuestos a protegerla con sus vidas.

No dudé.

Saqué mi espada y activé mi habilidad.

Rugido de Dragón.

Un poder intenso recorrió mi cuerpo.

Mi espada brilló con fuerza mientras avanzaba.

En un solo movimiento rápido y preciso, ataqué a los enanos.

El corte fue limpio, poderoso.

Todos cayeron al suelo al mismo tiempo.

El silencio volvió.

Ahora solo quedábamos Blancanieves y yo.

Ella levantó las manos y comenzó a usar magia de hielo.

El aire se volvió aún más frío.

Fragmentos de hielo volaron hacia mí, pero me moví rápido, esquivándolos.

Aproveché la distancia corta y la ataqué, cortándola en todo el pecho.

Cayó al suelo.

Por un momento pensé que había terminado.

Pero entonces su cuerpo comenzó a moverse.

El hielo a su alrededor se rompió.

Su forma cambió, creciendo, retorciéndose, hasta que se transformó en un enorme dragón de hielo.

Rugió con tanta fuerza que las paredes temblaron.

Abrió la boca y lanzó un aliento helado directo hacia mí.

Envolví mi espada en fuego y bloqueé el ataque.

El choque entre fuego y hielo llenó la sala de vapor.

La ataqué una y otra vez, pero sus escamas eran duras, casi imposibles de romper.

Mientras luchaba, observé con atención.

Entonces lo vi.

Su cuello era más frágil.

Esperé el momento justo.

Con un movimiento rápido, concentré toda mi fuerza y lancé un corte directo.

La espada atravesó su cuello.

La cabeza cayó al suelo.

El cuerpo del dragón se desplomó, y un fuerte grito de lamento llenó el lugar antes de desaparecer a la vez también dejándo un libro de cuentos de hadas y como siempre unas cuantas almas.

Todo quedó en silencio.

Me dirigí hacia la salida.

Al subir las escaleras, noté que las personas que antes estaban atrapadas en bloques de hielo ya no estaban.

Solo quedaban charcos de agua en el suelo.

Salí del castillo y caminé hacia la hoguera.

Al llegar a ella, me teletransporté de inmediato al bosque sagrado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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