Brack Souls (español) - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capitulo 4- La casa en medio del bosque
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4: Capitulo 4- La casa en medio del bosque 4: Capitulo 4- La casa en medio del bosque Entonces leaf y yo nos dentramos en el bosque los caminos eran cada vez más angostos y estaban llenos de basura por todo lados y también objetos que nos servían para más adelante y en batalla como plantas medicinales y muchos otros objetos que nos fuimos encontrando ella me decía por donde debería ir pero aún así ella también no podía recordar muy bien el camino así que talves nos perderíamos en vez en cuando El aire se volvió más pesado conforme avanzábamos.
Las copas se cerraban como manos que ocultan el cielo; la luz se filtraba en cuchillas, recortando sombras en el suelo.
A cada paso los senderos se estrechaban, y el bosque nos obligaba a escoger, como si fuese un laberinto hecho de raíces y objetos olvidados.
Entre la maleza había restos de vidas anteriores: sillas podridas, marcos sin cuadros, cucharas dobladas y libros con las hojas pegadas por la humedad.
Todo eso flotaba en el silencio como una ciudad enterrada que no quería ser encontrada.
Leaf zumbaba a mi lado, brincando de un lado a otro, recogiendo fragmentos de brillo y señalando lo que podría servirnos.
A veces se detenía y fruncía el ceño —sí, Leaf fruncía el ceño—, intentando recordar alguna bifurcación que, según decía, “olvidó el mapa”.
Su memoria era un rompecabezas con piezas faltantes, así que nuestras rutas se volvían una mezcla de certezas y conjeturas.
Nos perdíamos a veces, nos reíamos, nos peleábamos con silencios y nos volvíamos a encontrar.
Era agotador y hermoso a la vez.
Leaf me decía, con su voz entusiasmada, los nombres de las criaturas que habitaban esos senderos: Mandragora, hadas oscuras y aquellas plantas llamadas Alameda Alraune.
Sonaban como apodos sacados de un libro para asustar a los niños; en realidad, eran amenazas reales y dispuestas.
Los tres monstruos que asechaban el bosque se llamaban Mandragora,hadas oscuras y unas plantas llamadas Alameda Alraune No había poesía entre esos nombres la primera vez que enfrentamos a la Mandragora.
Era una criatura de raíz y boca, una planta que cantaba con un tono viejo y grueso; su lamento era capaz de entumecer las piernas de un guerrero.
Las hadas oscuras, pequeñas y veloces, parecían luciérnagas que habían aprendido a morder; te rodeaban y te robaban la calma como quien hurta una cartera.
Las Alameda Alraune eran trampas vestidas de belleza: flores que atraían con perfume y luego apretaban como manos de hierro.
Con cada choque, con cada caída, recogíamos almas; esas almas, como había dicho Leaf que me ayudarían a subir de nivel gracias al conejo.
Luchamos con cada una de éstas una y otra y otra vez, haciendo que recogiera almas por el camino gracias a estos monstruos La repetición no era tediosa: era aprendizaje.
Aprendimos a leer los movimientos de la Mandragora y a no acercarnos cuando comenzaba su canto.
Aprendimos que las hadas oscuras eran rápidas Peró a la vez muy débiles a los ataques físicos y que las Alameda Alraune desprendían un aroma dulce antes del ataque, y que la paciencia y la postura eran más valiosas que la ferocidad.
Leaf reía mucho con mis errores, lo que me enfurecía y me tranquilizaba a la vez; sus risas eran afiladas pero tiernas, como quien lanza una broma para cubrir el miedo.
Tras varias peleas llegamos a un lugar más amplio dentro del bosque, un basural que parecía una sala de espera para cosas rotas.
Ropas, mesas volteadas, lámparas colgando con cables pelados; todo formaba un paisaje que me recordaba a un sueño que no termina.
Apenas se podía caminar sin tropezar con algo.
Entre tanta basura, descubrimos provisiones: bolsas con hierbas secas que olían a vida, vendas dobladas con hilos de plata, frascos con líquidos verdosos que prometían sanar y curar.
Guardamos lo útil con la sensación de quien recoge tesoros entre ruinas.
Fue allí, entre un montón de cojines mugrientos, donde lo vi sentado: un hombre que parecía desaparecer en un viejo sofá, como si su cuerpo se hubiese adherido a la tela.
Al acercarme, noté que respiraba con dificultad, que su voz era áspera como papel viejo.
Solo me acerqué un poco para hablar pero el averme de una tomo la iniciativa —Oh, un aventurero?
No puedo respirar bien en este bosque lleno de basura pero perdona mi gloseria.
Me llamo Adaman de andor.
Acepta esto como una muestra de nuestro encuentro…
Su hablar era abrupto, pero había una honestidad en sus palabras que olía a verdad.
No quiso que la conversación se alargara; con un movimiento lento sacó de una bolsa un fragmento de mineral grande: pesado, oscuro, con vetas brillantes.
Me lo ofreció como si fuese una moneda.
Agradecí de forma torpe, incómodo por las formalidades.
—Muchas gracias, no tenías que hacer esto, solamente somos desconocidos —le dije.
Adaman negó con la cabeza mientras guardaba silencio otra vez.
Tenía la mirada perdida en ninguna parte, como si observara la memoria y no el presente.
Leaf revoloteó alrededor de él, haciendo preguntas rápidas que él ignoró con una sonrisa triste.
El intercambio fue breve; su gesto se sintió como un presagio: personas que aparecen y desaparecen en el bosque como si fuesen piezas de un ajedrez abandonado.
Seguimos caminando, recogiendo migas de pan que alguien o algo había dejado tiradas.
Era extraño, como si un niño hubiera pasado por allí con prisa —o como si alguien quisiera marcar un camino para los que vinieran detrás.
Las migajas nos condujeron hasta una hoguera apagada.
Algo en mi pecho me dijo que me acercara; no sabría explicar qué, solo una sensación, una pulsión cálida.
Era raro ver tal cosa pero a seguirlas y recoger las pude ver por un pequeño camino antes de seguír siguiendo las migajas otra Hoguera apagada pero por alguna razón sentía que debería prender la o hacercarme por lo mínimo asi que decidí acercarme y cuando estaba cerca de esta y tocará de nuevo está se prendió automáticamente sola como si solamente mi existencia fuera suficiente para que está de prendiera de inmediato La llama saltó con un susurro, sin pedir permiso.
Me senté y dejé que el calor llegara a mis manos.
Leaf, con gesto solemne, se posó cerca como quien se prepara para un ritual.
La hoguera parecía reconocer la necesidad: no era simple calor; era confirmación.
Respiré y por primera vez en mucho tiempo sentí que no era solo un ciclo de muerte mecánica; había dirección, aunque tenue.
Leaf habló con ese tono de niña sabia que tiene cuando quiere dar lecciones: —Sabes, has recogido algunas señales muy importantes, ¿no?
Pobres niños, nunca encontrarán el camino de regreso a casa.
—¿De qué estás hablando, Leaf?
—le pregunté—.
En este lugar tan peligroso no debe haber niños.
Ella se encogió de hombros y soltó una risita extraña.
Sus chistes eran raros a veces, y sus observaciones, aún más.
A pesar de eso, su presencia me daba confianza; era la brújula que sonreía aunque la aguja estuviera rota.
Continuamos, siguiendo las migas hasta que nos topamos con una enorme casa de dos pisos, medio devorada por la niebla.
La bruma se pegaba a la madera y nos obligó a tocarla para atravesarla.
Al llegar a la puerta tocamos un par de veces pero Nadien respondió pero se podía escuchar un poco de ruido a través de esta así que decidimos pasar y ver que estaba sucediendo y cuando entramos en la sala principal se encontraban dos enormes monstruos en la sala principal uno era de color rojo y el otro de color azul que por alguna extraña razón podían hablar normalmente La escena dentro era macabra y grotesca, como un cuento trágico.
El monstruo azul fue el primero en hablar, con una voz que sabía a mantequilla derretida y metal oxidado: —¿Qué quién eres tú..?
No permitimos que nadie entre a nuestra casa..
Su rostro era un poema desfigurado; sus ojos brillaban con sorpresa y codicia.
No tardó en comprender lo que éramos: carne fresca, objetivo fácil.
—Ohh ya entendí~…
Debés ser nuestro poste!
¡Es casi demasiado bueno para ser verdad!
—dijo el otro, el de rojo, con una sonrisa enorme y dientes que no conocían el cepillo.
Gretel, el rojo, parecía menos parlanchín, pero la alegría en su tono me puso la piel de gallina.
—Hihihi…Dios, ¡Gracias por la comida que tenemos ante nosotros!
¡Somos felices!
¡Es hora de comer!
No pude permitirme escuchar más.
El azul alzó su enorme hacha, el rojo desenfundó una espada curvada como media luna.
Leaf invocó su magia con un grito de luz; apareció en la sala como un destello.
No comprendía del todo cómo la llamaba, solo que con decir su nombre, ella acudía.
Era, entre sus virtudes, la más cómoda de todas: confiaba en mi voz para llegar.
El azul —que se presentó luego como Hansel en un gruñido— atacó el primero.
Su hacha se hundió en el suelo con un golpe que remeció la sala.
Gretel avanzó con paso pesado, oliendo cada movimiento como si fuera carne en oferta.
Leaf lanzó una descarga, pequeña y juguetona, que apenas rozó a Gretel.
Su piel era dura; mi espada se encontraba con resistencia de piedra.
Agarré mi espada y me moví rápido, trazando arcos que perfilaron la habitación.
Di una vuelta rápida y logré colocarme detrás de Hansel; intenté un corte profundo en su espalda, pero mi acero apenas había hecho una mella.
Su sangre, cuando surgió, parecía fría y lenta.
En un giro repentino, Hansel se volvió con ojos de un rojo enfermizo y, en ese mismo instante, Gretel lanzó un golpe que yo esquivé por poco.
La suerte quiso que Hansel recibiera la carga completa del ataque; su brazo quedó herido, casi arrancado por la fuerza de la espada amiga.
Vi la oportunidad: los dos no estaban sincronizados; no confiaban el uno en el otro lo suficiente.
Aproveché lo único que podía: su discordia.
—Leaf, necesito que esos dos se lastimen mutuamente; nuestra espada y magia no son nada contra ellos dos —le dije, jadeando.
—Entiendo, ¿cómo lo hacemos?
—preguntó mientras ya se colocaba detrás de una cortina de polvo que ella misma levantaba.
—Los enfrentaremos entre sí —dije con la claridad de quien ve una única salida—.
Si logramos que en lugar de atacarnos se ataquen entre ellos, podremos desgastarlos.
No importa cómo, sólo intentémoslo o moriremos aquí.
Leaf asintió y volvió al combate con más determinación.
Empecé a provocarlos, usando movimientos ampulosos y falsos ataques para que la furia les nublara la vista.
Leaf, desde el aire, comenzó a atraer a Gretel con juegos de luz, mientras yo, con golpes calculados, empujaba a Hansel hacia su compañero.
La estrategia fue simple: crear confusión y pasión.
Cuando los dos estuvieron lo suficientemente cerca, lancé un ataque directo al abdomen de Hansel.
El golpe, como siempre, fue menor, pero el efecto se sintió en la coreografía de la pelea.
Ambos alzaron sus armas al mismo tiempo, y en esa proximidad, en lugar de herirme, sus armas se encontraron —hierro contra hierro— y la fuerza los traicionó.
talves a ser unos monstruos su inteligencia avía bajado mucho haciendo que los dos se cortarán profundamente muriendo al mismo tiempo
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