Brack Souls (español) - Capítulo 40
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40: Capítulo 40 – Una casa destruida 40: Capítulo 40 – Una casa destruida Al terminar de hablar con Elma, sentí que mi mente por fin se calmaba un poco.
Habían pasado demasiadas cosas en poco tiempo, y mi cuerpo aún estaba cansado, pero no podía permitirme descansar demasiado.
Aún tenía asuntos pendientes, y uno de ellos era Dorothy.
Necesitaba aclarar lo ocurrido antes, aunque solo fuera para evitar problemas más adelante.
Me dispuse a moverme cuando, de pronto, al voltear la vista, noté que Elisabeth me hacía señas con su mano derecha.
Sus movimientos eran elegantes, tranquilos, como si no tuviera ninguna prisa.
Parecía indicarme con toda naturalidad que me acercara a donde ella estaba.
Suspiré suavemente y cambié de dirección.
Me acerqué lo suficiente y, apenas estuve frente a ella, comenzó a hablar con una voz calmada y refinada, muy propia de alguien acostumbrada a mantener siempre la compostura.
—Sabes… en este momento estoy muy agradecida contigo.
Ya sabes, por haberme ayudado a recuperar mi anillo.
Ciertamente quiero recompensar tus esfuerzos, pero por más que lo pensé, no logré encontrar algo adecuado.
Así que, si hay algo que desees de mí, estaré encantada de ayudarte.
Sus palabras eran sinceras.
No había arrogancia ni obligación en su tono, solo un deseo genuino de devolver el favor.
Al escucharlas, muchas ideas cruzaron mi mente casi al mismo tiempo.
Podría pedirle ayuda directa en combate, conocimiento mágico, almas para fortalecerme… incluso pensé en cosas más egoístas.
Pero algo dentro de mí se negó.
No quería que me viera como alguien que solo se acerca a otros para sacar provecho.
Ya bastante complicado era este mundo como para convertirme en alguien así.
—No, no hay problema —respondí con sinceridad—.
De verdad, no tienes que agradecerme.
Elisabeth me observó con atención.
Sus ojos parecían brillar con cierto interés, como si mi respuesta la hubiera tomado por sorpresa.
Una sonrisa suave se dibujó lentamente en su rostro.
—Oh… qué altruista eres, ¿no?
—dijo—.
No me desagrada eso.
No, de hecho… me gusta bastante.
Aun así, no recompensarte sería manchar mi honor.
Hmm… veamos qué podría hacer.
Miró a su alrededor, pensativa.
Llevó una mano a su rostro, apoyando suavemente un dedo en su mejilla, mientras con la otra seguía sujetando su paraguas con firmeza.
Permaneció en silencio unos segundos, como si estuviera ordenando sus ideas.
—¡Ah!
¿Por qué no se me ocurrió antes?
Ya sé —dijo de pronto, animándose—.
Estoy bastante confiada en mi dominio de la hechicería.
Permíteme ayudarte en tus batallas.
Así podré presenciar almas encantadoras… y tú obtendrás apoyo.
Un acuerdo beneficioso para ambos, ¿no crees?
La propuesta era razonable.
No solo no me pedía nada a cambio inmediato, sino que además su ayuda podía marcar la diferencia en situaciones complicadas.
—Entonces será un placer trabajar contigo, mi dama Elisabeth —respondí, inclinando un poco la cabeza en señal de respeto.
—Fufufu… el placer será todo mío.
Después de llegar a ese acuerdo, me despedí de Elisabeth y retomé mi camino.
Sentía que, poco a poco, las piezas comenzaban a encajar, aunque aún no entendía del todo el panorama completo.
De regreso a la hoguera, el ambiente volvió a sentirse más familiar.
El sonido del fuego, el olor de la madera quemándose y la calma del bosque me ayudaron a relajarme un poco.
Fue entonces cuando noté que la pequeña hada que antes jugaba con Victoria se acercaba flotando hacia mí.
—Hola… ¿cómo has estado?
—me dijo con una sonrisa—.
Mira, ya arreglé otra vez el barco de madera.
Ya puedes intentar cruzar el río si quieres.
Al escuchar eso, asentí sin pensarlo dos veces.
Había esperado ese momento.
—Gracias —respondí, dirigiéndome de inmediato hacia el bote.
Ahora sí podía cruzar el río sin problemas, ya que el monstruo que antes bloqueaba el paso había sido derrotado por mi.
Me subí al barco y tomé los remos, comenzando a avanzar lentamente por el agua.
Mientras remaba, atravesé los mismos lugares por los que había pasado antes.
Sin embargo, esta vez el ambiente se sentía distinto, más pesado, como si algo invisible observara desde la distancia.
El cielo se fue oscureciendo poco a poco y el viento comenzó a soplar con más fuerza.
Tras un buen rato, llegué a una zona donde la lluvia caía sin parar, golpeando la superficie del río con fuerza.
Al costado, casi escondida entre los árboles, había una casa de madera.
Me acerqué y bajé del bote.
La casa se veía vieja y desgastada, como si el tiempo hubiera pasado sin piedad sobre ella.
Algunas tablas estaban rotas y el techo parecía a punto de colapsar en cualquier momento.
Caminé hasta la entrada y empujé la puerta con cuidado.
Por dentro, el lugar estaba sucio y casi destruido.
El polvo cubría el suelo, y el aire tenía un olor a humedad y abandono.
Todo daba la impresión de que nadie había vivido allí en mucho tiempo.
Aun así, decidí explorar.
Al fondo encontré unas escaleras de piedra que conducían al segundo piso.
Comencé a subir lentamente, prestando atención a cada paso para evitar hacer ruido.
Al llegar arriba, noté un espejo colgado en la pared del pasillo.
Su superficie estaba borrosa y agrietada, reflejando mi imagen de forma distorsionada.
Más adelante había dos habitaciones.
Una de ellas estaba completamente vacía, salvo por una cama rosada, un suelo azul y una estantería llena de libros antiguos.
Parecía una habitación infantil, pero abandonada.
Al entrar en la otra habitación, vi a alguien durmiendo en la cama.
Era una mujer con una capucha roja.
Su respiración era tranquila, y parecía estar profundamente dormida.
Me acerqué con cuidado; ella no parecía haberse dado cuenta de mi presencia.
Dudé por un momento, pero al final decidí despertarla.
Al hacerlo, abrió los ojos lentamente, aún confundida.
Sin embargo, al verme, no mostró sorpresa ni miedo.
—Oh… cierto, tengo que darle de comer a Poro —murmuró con voz apagada.
Se levantó de la cama de inmediato y salió de la habitación sin decir nada más, como si yo no estuviera allí.
Me quedé quieto unos segundos, completamente confundido.
No sabía quién era ella ni quién —o qué— era ese tal Poro.
Sin muchas opciones, decidí seguirla.
Al bajar las escaleras, escuché ruidos provenientes de la cocina.
Me acerqué con cautela, y lo que vi hizo que mi cuerpo se tensara al instante.
La mujer estaba dándole de comer a un lobo gigantesco.
—Ya está, ya está, Poro… eres un buen chico, ¿cierto?
—decía con una voz sorprendentemente tierna—.
Oh, ¿sabes qué?
Algún día vayamos de picnic.
Cuando deje de llover, podremos ir cuando queramos.
Siempre estaremos juntos… es una promesa.
Sí, viviremos en este mundo.
El lobo levantó la cabeza y me vio.
De inmediato comenzó a gruñir con fuerza, mostrando los colmillos.
Claramente no le agradaba mi presencia, y no podía culparlo.
Yo era un completo extraño para ellos.
La mujer se giró lentamente para mirarme.
Su rostro no mostraba ninguna emoción.
—Ah… sigues aquí —dijo con calma—.
Como puedes ver, estoy ocupada.
Por favor, ¿podrías volver luego?
No había rechazo ni hostilidad en su voz, solo una clara falta de interés.
Comprendí que no tenía sentido insistir.
Así que me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta.
Al salir, la lluvia seguía cayendo con fuerza, empapando todo a su alrededor.
Pensé en irme en el bote, pero al observar el río comprendí que ese era el final del camino.
No había forma de avanzar más por allí; solo podía regresar.
Sin embargo, antes de hacerlo, decidí explorar los alrededores de la casa.
Fue entonces cuando noté un sendero apenas visible, oculto entre la vegetación, que parecía conducir hacia otro lugar.
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