Brack Souls (español) - Capítulo 42
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42: Capítulo 42 – Madre, ¿acaso eres tú?
42: Capítulo 42 – Madre, ¿acaso eres tú?
Al llegar al bosque sagrado, el bote se deslizó lentamente hasta tocar la orilla.
El sonido suave del agua chocando contra la madera fue lo único que se escuchó durante unos segundos.
Caperucita Roja fue la primera en bajar, seguida de Poro, quien saltó con torpeza y cayó de pie, como si ya conociera bien ese lugar.
Yo bajé después, con más calma, observando todo a mi alrededor.
Caperucita observaba a todos los presentes con atención, pero su rostro mostraba algo claro: no le importaban.
No parecía interesada en nadie, ni en las miradas curiosas ni en los murmullos.
Al verla así, me di cuenta de que estaba comenzando a adaptarse.
No completamente, pero al menos ya no parecía tan perdida como antes.
Pensé que lo mejor sería dejarla sola por un momento.
Tal vez necesitaba espacio.
Tal vez, sin mí cerca, podría animarse a hablar con alguien más o simplemente ordenar sus pensamientos.
Di un paso atrás, listo para irme.
—Espera… espera.
Su voz me detuvo antes de que pudiera alejarme del todo.
—¿Qué pasa?
Dime —respondí, girándome hacia ella.
Caperucita dudó.
Su mirada se movía de un lado a otro, hasta que finalmente señaló con cuidado hacia un punto específico del bosque.
—E-ella… aquella mujer… ¿es acaso…?
Seguí la dirección de su dedo y entonces la vi.
Elizabeth.
Estaba sentada en el mismo lugar de siempre, bajo la sombra de un árbol, leyendo un libro grueso como si el mundo a su alrededor no existiera.
Su postura era elegante, tranquila, como si nada pudiera alterarla.
—Ah… ella es Elizabeth —dije—.
Es una compañera también.
—Oh… ya veo —murmuró Caperucita, pero su voz tembló un poco—.
Pero… ¿sabes algo?
Ella es mi madre.
Sus palabras me tomaron por sorpresa.
—¿Tu madre…?
—repetí, sin poder evitarlo.
—Sí —asintió—.
Pero aun así… no sé qué hace aquí.
No sabía que estaba en este lugar.
La miré con atención.
Sus ojos mostraban confusión, y algo más profundo.
—Espera… ¿me estás diciendo que Elizabeth es tu madre?
—pregunté, solo para asegurarme de haber escuchado bien.
—Sí… —respondió—.
Pero no sé qué hacer.
¿Debería intentar hablar con ella?
¿O… o tal vez fingir que no la conozco?
Me quedé en silencio por unos segundos.
Pensé en todo lo que podía salir mal.
En palabras duras, en rechazos, en recuerdos dolorosos.
Pero también pensé en la posibilidad, aunque pequeña, de que algo bueno ocurriera.
—Creo que deberías hablar con ella —dije al final—.
Tal vez te reconozca.
Tal vez pase algo bueno.
No lo sabrás si no lo intentas.
Caperucita respiró hondo.
—Está bien… gracias por tu ayuda.
Voy a pensarlo un poco más.
Aún se notaba insegura, pero al menos ya no estaba paralizada.
Y aunque habían pasado muchos años sin verse, sentía que madre e hija necesitaban ese encuentro.
Decidí entonces acercarme yo primero a Elizabeth.
Caminé hasta donde estaba sentada.
Al notar mi presencia, cerró su libro con calma y lo dejó a un lado, mirándome directamente.
—Dime —dijo con una sonrisa tranquila—.
¿Qué te trae por aquí?
—Elizabeth… tengo una pregunta —comencé—.
¿Tú tienes hijos?
Al escuchar eso, su expresión no cambió demasiado.
No parecía molesta ni sorprendida.
De hecho, habló con cierto orgullo.
—Claro que sí —respondió—.
Tengo muchas hijas.
Todas nobles, hermosas… salvo una.
Su tono cambió ligeramente.
—Esa es fea, estúpida.
Hubiera sido mejor no haberla parido.
Sentí un nudo en el pecho.
—Elizabeth… por favor no digas eso —le dije—.
Es tu hija, al fin y al cabo.
Ella desvió la mirada, claramente molesta.
Estaba a punto de ignorarme por completo cuando, de pronto, algo llamó su atención.
Giró el rostro otra vez y sus ojos se abrieron ligeramente.
A lo lejos, Caperucita Roja estaba de pie, acariciando la cabeza de Poro sin darse cuenta de que estaba siendo observada.
—Esa… esa chica… —murmuró Elizabeth—.
¿Acaso no es…?
Su expresión cambió por completo.
Ya no era orgullo ni desprecio.
Era confusión.
Negación.
—No… eso es imposible —dijo—.
Ella no puede ser.
Tal vez solo se le parece.
Yo guardé silencio.
No podía decirle la verdad.
No era mi lugar.
Esa conversación debía ser entre ellas.
Sin decir nada más, me alejé lentamente.
Sentía que, si me quedaba, algo terminaría explotando.
Me dirigí hacia la hoguera.
Necesitaba irme de allí.
Necesitaba ocupar mi mente en otra cosa.
De inmediato me teletransporte, y en un instante, aparecí frente a la herrería.
El calor me golpeó de inmediato.
El sonido del metal y el fuego llenaba el lugar.
Lops, el herrero, levantó la vista al verme.
—Oh, has vuelto —dijo—.
Dime, ¿conseguiste el mineral que te pedí?
—Sí —respondí—.
Aquí lo tengo.
¿Puedes reforzar mi espada otra vez?
—Claro que sí.
Pásame el mineral y la espada.
Se los entregué.
Lops comenzó a trabajar sin perder tiempo.
El metal chocaba, las chispas volaban, y yo a la vez observaba en silencio, dejando que el ruido ahogara mis pensamientos.
Pasaron varios minutos hasta que finalmente terminó.
Me entregó la espada, ahora más pesada, más firme aunque su color rojo ardiente no cambió para nada.
—Aquí tienes, caballero —dijo con una sonrisa—.
Ahora tu espada es una verdadera máquina de matar.
Ve y acaba con algunos monstruos.
—Gracias —respondí—.
Creo que continuaré mi viaje.
Guardé la espada en su vaina, asentí a modo de despedida y salí por la puerta.
Mi próximo destino estaba claro: encontrar a las otras dos princesas.
Para matarlas… o intentar hacer un pacto con ellas, si aún era posible.
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