Brack Souls (español) - Capítulo 47
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47: Capítulo 47– Salva 47: Capítulo 47– Salva Caminé de nuevo hacia la hoguera, aunque sentía que mi cuerpo empezaba a acostumbrarse al dolor que lo recorría de pies a cabeza.
Era extraño.
El dolor ya no era una sorpresa.
No era algo que me hiciera detenerme.
Estaba ahí, constante, profundo, como si cada músculo, cada hueso y cada parte de mí gritara al mismo tiempo… pero en silencio.
Como si mi propio cuerpo se hubiese resignado a sufrir.
Cada paso se sentía pesado.
Mis botas rozaban el suelo con un sonido seco.
Podía escuchar mi respiración, un poco irregular, pero firme.
A veces me preguntaba cuánto más podía resistir.
No era solo el dolor físico.
Era el cansancio mental.
La sensación de estar atrapado en algo que no entendía.
Al llegar a la hoguera, ese pequeño punto de luz en medio de la nada, intenté teletransportarme.
Como siempre.
Como tantas otras veces.
Cerré los ojos y pensé en un lugar concreto.
En un sitio seguro.
En algún rincón que me diera una respuesta.
Nada ocurrió.
Abrí los ojos.
Lo intenté otra vez.
Nada.
Sentí una pequeña presión en el pecho.
Volví a concentrarme, esta vez pensando en distintos lugares.
En todos los que conocía.
En el castillo.
En el bosque.
En la ciudad destruida.
En la torre.
Nada.
Absolutamente nada funcionaba.
Era como si el mundo mismo me estuviera negando la salida.
Mi respiración comenzó a volverse más pesada.
No por esfuerzo físico, sino por frustración.
“¿Por qué ahora?”, pensé.
Entonces recordé la enorme biblioteca.
Ese lugar siempre había sido diferente.
Extraño.
Casi como si no perteneciera del todo a este mundo.
Pensé en ella con claridad.
Y esta vez sí ocurrió.
De inmediato fui teletransportado hacia ese lugar.
Pero algo estaba mal.
No aparecí frente a una hoguera, como debería haber sido.
Estaba dentro de la enorme biblioteca.
El aire era frío.
Más frío de lo normal.
No había ese leve calor que solía sentirse cerca del punto de guardado.
Levanté la vista.
La puerta que daba hacia la salida —donde deberían estar los conejos blancos— estaba cerrada.
Completamente cerrada.
Sin ninguna razón aparente.
Me quedé observándola durante unos segundos.
Esperaba que se abriera sola.
Que apareciera alguna señal.
Algo.
Nada.
El silencio era tan profundo que podía escuchar el leve eco de mi propia respiración.
Comencé a caminar con cautela por aquella biblioteca silenciosa.
Mis pasos resonaban suavemente contra el suelo.
El lugar estaba más oscuro de lo normal.
Las lámparas apenas iluminaban los estantes.
Las sombras parecían más largas.
Más densas.
Era como si la luz hubiese decidido no entrar del todo.
Fue entonces cuando lo vi.
Un charco de sangre.
Me detuve.
No era pequeño.
Se extendía por el suelo como un largo camino rojo que marcaba una dirección clara, como si alguien hubiera sido arrastrado.
Sentí un nudo en el estómago.
Mis manos empezaron a temblar de inmediato.
No sabía qué estaba cerca.
No sabía qué me rodeaba.
No sabía si lo que había hecho eso seguía aquí.
Tragué saliva.
Podía sentir el latido de mi corazón en mis oídos.
Aun así, comencé a caminar siguiendo el rastro.
Cada paso era más pesado que el anterior.
La sangre reflejaba débilmente la luz, formando un sendero que parecía no terminar nunca.
El silencio era insoportable.
Hasta que lo escuché.
Una mujer tarareaba una canción.
Me detuve en seco.
La melodía era alegre.
Feliz.
Repetitiva.
Demasiado feliz para ese lugar.
Demasiado fuera de lugar.
—¿Hay alguien ahí?
—pregunté, avanzando lentamente hacia el sonido.
Mi voz no sonó tan firme como esperaba.
La voz respondió con tranquilidad.
—Eh… ¿hay alguien por acá?
¿Quién es?
¿Acaso eres alguien que conozco o eres nuevo?
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
Había algo extraño en su tono.
No era miedo.
No era agresividad.
Era… curiosidad.
—Tal vez no me conoces.
Llegué aquí por error.
Hubo un pequeño silencio.
—Oh… ya veo.
Así que estás perdido.
Mmm… ¿acaso sabes quién soy?
Mi mente empezó a trabajar rápido.
No reconocía esa voz.
No era alguien que recordara.
¿Una princesa?
¿Una sobreviviente?
¿Alguien atrapada como yo?
—No.
Como te dije, no te conozco.
Otra pausa.
Más larga esta vez.
—Eh… ¿en serio?
Mmm… pero… tu voz… se me hace conocida… Fruncí el ceño.
Un leve malestar recorrió mi pecho.
—¿Qué dices?
No terminé de reaccionar.
De repente, una silueta gigante, completamente negra, se lanzó hacia mí estirando sus enormes brazos.
Todo ocurrió en un instante.
El aire se volvió pesado.
Intenté tomar mi espada.
Pero no pude.
Mis brazos no reaccionaron a tiempo.
Era como si mi cuerpo se hubiera quedado congelado.
Lo siguiente que supe fue que estaba en el aire.
Mis pies ya no tocaban el suelo.
Una presión brutal envolvió mi cabeza.
Sus manos.
Sentí cómo me aplastaban con una fuerza abrumadora.
El dolor fue inmediato.
Insoportable.
Como si mi cráneo estuviera siendo comprimido desde todos los ángulos.
Mis ojos comenzaron a arder.
Mi boca se llenó de un sabor metálico.
La sangre empezó a salir sin control.
Podía sentirla correr por mi rostro.
Intenté gritar, pero apenas salió un sonido.
Apreté los dientes con todas mis fuerzas.
Mis manos intentaron apartar las suyas.
Pero era inútil.
Su fuerza era demasiado grande.
Seguía apretando.
Más fuerte.
Más fuerte.
—De nuevo… de nuevo… de nuevo… de nuevo… lo has olvidado.
¿Cuándo aprenderás a cambiar tu destino?
¿Cuándo?
¿Cuándo?
¿Cuándo?
¿Cuándo?
¿Cuándo?
Su voz vibraba dentro de mi cabeza.
No solo la escuchaba.
La sentía.
¿De qué estaba hablando?
—Recuerda… recuerda cuántas veces has repetido lo mismo.
Una y otra vez.
Y otra vez.
Los mismos pasos.
Las mismas palabras.
Las mismas decisiones.
Algo dentro de mí tembló.
Imágenes borrosas cruzaron mi mente.
Fragmentos.
Conversaciones que parecían repetirse.
Miradas que ya había visto antes.
Muertes.
Errores.
—Las personas de este mundo están destruidas por dentro.
¿Acaso nunca te has dado cuenta de que nada ha cambiado?
Mi respiración era cada vez más débil.
Sentía que el aire no llegaba a mis pulmones.
—Te ayudaré.
Te ayudaré a recordar.
Aunque sea un poco.
Para que puedas terminar este maldito ciclo que se repite una y otra vez.
Mi corazón latía con violencia.
Algo en sus palabras no sonaba como amenaza.
Sonaba… desesperado.
—Es tu única oportunidad.
Tienes que enfrentarlo.
Tienes que hacerlo.
Cuando recuperes una parte de tus recuerdos, no soportarás la carga.
Tal vez pierdas un poco de tu estabilidad mental.
Mi visión comenzó a nublarse.
Las estanterías se deformaban ante mis ojos.
—Así que aguanta… por favor.
Por favor.
Esa palabra no sonó cruel.
Sonó humana.
De inmediato sentí cómo mi cuerpo se volvía cada vez más frío.
Como si algo estuviera drenando el calor desde dentro.
Mis manos dejaron de responder.
Mis piernas colgaban sin fuerza.
El mundo empezó a desvanecerse.
Los sonidos se alejaron.
La presión aumentó.
Y entonces… Mi cabeza fue aplastada como una uva.
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