Brack Souls (español) - Capítulo 5
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5: capitulo 5- la bruja 5: capitulo 5- la bruja Al morir los dos monstruos, estos comenzaron a desvanecerse; sus cuerpos se disolvieron como humo.
Donde habían caído, sobre el suelo frío y manchado, apareció un objeto que no pertenecía a la habitación: un libro extraño.
Sin entender bien para qué serviría, lo recogí y lo guardé.
Comencé a mirar por toda la casa, inspeccionando con más calma cada rincón, buscando objetos que pudieran servirnos para el viaje.
La sala principal olía a especias rancias y a cera vieja; sobre una mesa había frascos, una tetera abollada y figuras pequeñas que parecían amuletos.
Mis dedos rozaron telas polvorientas, y en una repisa encontré un frasco con líquido que, por intuición, preferí no abrir.
Leaf zumbaba en torno a mi cabeza, curiosa y hambrienta de detalles; su luz iluminaba los lugares donde mis ojos no querían mirar.
Pasados unos segundos, y gracias a la insistencia luminosa de Leaf, encontramos varias almas dispersas por el suelo: almas de ceniza, almas púrpuras y otras de un blanco puro que brillaban tenuemente como luciérnagas en frascos invisibles.
Las recolectamos con cuidado; cada alma que tocaba se integraba en mí con la misma facilidad con la que una palabra encaja en un poema.
Leaf aleteaba y celebraba con pequeñas risas, como si cada alma fuera una figurita nueva para su colección.
Seguimos investigando el primer piso.
Revisamos la cocina —donde encontré cucharas sin uso y una olla con restos petrificados—, abrimos cajones cubiertos de moho y hallamos vendas, hierbas secas y una llave que pensé podía servir más adelante.
La casa parecía un museo de olvidos: objetos que alguna vez tuvieron propósito y ahora solo eran testigos.
Cuando por fin subimos al segundo piso, la atmósfera cambió; el aire estaba más denso, y cada paso por el pasillo parecía despertar ecos longevos.
Al subir, caminamos por el pasillo hasta que llegamos a una habitación donde una mujer estaba sentada, inmóvil, leyendo un libro.
No la noté al principio: su silencio era una capa que la camuflaba con el mobiliario.
La mesa frente a ella estaba cubierta de objetos raros: viales con líquidos destellantes, huesos pulidos, y pequeños amuletos que olían a humo y a romero.
Había un aura cualquiera entre lo mágico y lo cotidiano; ella parecía parte de esa mezcla, tan calmada que resultaba inquietante.
—¿Ah?
¿Quién eres tú?
¿Qué pasó con los mocosos de abajo?
—dijo apenas al verme.
Volteé a mí alrededor por unos segundos, evaluando.
No estaba seguro de cuánto sabía Leaf, que parecía haberse quedado abajo, quizá enroscada en el sillón como un farolito cansado.
Tomé aire, y respondí con la verdad, corta y áspera: —Yo los maté.
Ella levantó la mirada con desdén leve y, tras una pausa que olía a aburrimiento, habló como quien explica algo que ya se sabe: —Ah… los mataste.
No me importan.
No los conocía; eran lamentables.
Les dejé jugar hasta su último aliento… al final, morirían tarde o temprano.
Mi estómago se cerró.
No por la crueldad de sus palabras, sino por la confirmación de algo que sospechábamos: aquello no eran simples bestias sin nombre.
Las respuestas que llegó a dar después abrieron una herida nueva: —Esos monstruos de abajo —continuó—, en realidad eran niños.
La niebla los volvió locos y los transformó en lo que viste.
La sala pareció encogerse.
Hice un gesto instintivo con el libro oculto en mi bolsa; el peso de su contenido, ahora, se sentía más ominoso.
Ella, sin perder un segundo, dejó de leer y se acercó con pasos silenciosos hasta que sus dedos tocaron la cubierta de mi libro.
—Oye, ¿me dejas ver eso un momento?
—dijo, señalando con voz plana.
Se lo entregué sin protestar; de nada me servía ahora retener algo que podía ofrecer respuestas.
Ella lo hojeó con una indiferencia que era, a la vez, profesional y peligrosa.
Sus ojos se movieron rápido entre las páginas, y su respiración se volvió un poco más profunda cuando comprendió qué tenía entre manos.
—Parece un cuento de hadas para niños —murmuró al principio—, pero en realidad es un libro de conjuros de invocación.
Lo suficientemente complejo como para que ni siquiera yo pueda usarlo.
—¿Eso qué significa?
—pregunté, husmeando entre las palabras que la bruja dejaba escapar.
—Significa que los convocados vuelven a su libro después de ser derrotados.
Nunca escuché de nadie que convocara bestias demoníacas de esta manera… En cualquier caso, quien esté invocando no planea nada bueno.
Podría ser una de las princesas demoníacas… o alguien aún peor.
Me devolvió el libro como quien suelta un objeto caliente.
Hizo una pequeña pausa, como si meditara si seguir hablando o no.
Finalmente, con una voz que parecía juntar hastío y conocimiento, dijo: —No puedo decir más.
Si ya terminaste, vete de aquí.
Su frialdad no me detuvo.
Necesitaba más, necesitaba nombres, caminos, algo que apuntara a una salida de esta pesadilla.
—¿Sabes cómo llegar al Imperio Perdido?
¿O cómo hacer que la niebla desaparezca?
—pregunté directo, sin rodeos.
Ella me miró fijamente un instante.
—Espera… eres un no muerto, ¿no?
—Sí —respondí.
—Mmm… pensé que vuestra especie ya había sido cazada.
No sé qué buscas en ese castillo demoníaco, pero olvídalo: solo serás atrapado y convertido en juguete para las princesas demoníacas.
La mención golpeó.
Pregunté con más fuerza quiénes eran esas princesas y qué buscaban, pero ella esquivó como quien evita una puñalada que haría más daño por la respuesta que por la herida.
—Ah, las princesas demoniacas son las responsables de esto… pero no voy a detenerte.
Si quieres ir, vete.
Toma esto, te será útil.
Extendió la mano y me entregó una llave maestra, Acepté sin pretender agradecer demasiado; la llave tendría un valor práctico y, quizás, simbólico: una puerta menos que temer.
Antes de marcharme, un pensamiento cruzó mi mente: ¿y si, siendo bruja, ella pudiera enseñarme magia?
Si pudiera aprender a usarla, quizá tendría ventaja en las peleas, Decidí arriesgarme —¿Podría ser tu aprendiz?
—pregunté, sin adornos.
Ella me miró de arriba abajo, como evaluando carne y voluntad.
Luego soltó una risita oscura.
—¿Mi aprendiz?
—replicó—.
Bueno, tu magia parece decente.
Está bien.
Te enseñaré, pero te haré trabajar hasta los huesos.
¿Estás listo para eso?
Kukukuku… Se presentó entonces, por primera vez con un nombre: —Puedes llamarme Dorothy.
Apenas salí de la habitación, con la llave en el bolsillo y el libro aún resonando en mi cabeza, sentí que algo había cambiado.
Dorothy no prometía soluciones fáciles, pero había abierto una puerta —literal y figuradamente— y me había puesto una guía: una misión.
—¿Cómo será el entrenamiento?
—pregunté, ya ansiando una tarea que dirigiera mi furia hacia algo útil.
—No será fácil —dijo ella con calma—.
Quiero que mates a ciertas bestias demoníacas: el espantapájaros, el hombre hojalata y el león.
Si me preguntas dónde estarán, no lo sé.
Encuéntralos; es parte de tu entrenamiento.
Creo que están cerca… ellos son mis… no, olvídalo.
Acepté.
La ambigüedad en sus palabras era una invitación al peligro, y al peligro no se le puede decir que no cuando arde la necesidad de saber.
Mientras bajaba las escaleras, vi a Leaf descansando en el sillón de la sala.
Parecía haber dormido todo ese tiempo, como si la batalla y la casa hubieran sido apenas un sueño para ella.
—Leaf, despierta —le dije con voz firme—.
Tenemos una nueva misión que hacer.
Al decir esas palabras, Leaf de inmediato se despertó, aún profundamente dormida.
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