Brack Souls (español) - Capítulo 8
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8: Capítulo 8- Las tres casas 8: Capítulo 8- Las tres casas Llegamos a un lugar donde tres casas, cada una de un estilo distinto, se levantaban en ruinas, una era de paja otra de Madera y la última de ladrillos.
Las paredes estaban resquebrajadas, los techos hundidos, y los restos de madera y piedra se mezclaban con el polvo y las sombras.
Nadie sabía cómo o por qué habían sido destruidas, pero el ambiente pesaba como si algo terrible hubiera ocurrido allí.
El viento soplaba suave, arrastrando hojas secas y un olor a hierro viejo, como si la sangre hubiera empapado alguna vez la tierra.
No se escuchaban pájaros ni grillos.
Solo el crujido de nuestros pasos sobre los escombros.
Mientras avanzábamos con cautela, noté un leve movimiento en el techo de la casa de ladrillos.
Al principio creí que era una ilusión, un reflejo de la luz, pero no.
Algo enorme estaba allí.
Un rugido desgarró el silencio, tan fuerte que las paredes temblaron.
Desde lo alto del tejado saltó una criatura de tamaño colosal: un hombre lobo, cubierto de un pelaje gris oscuro y con ojos dorados que brillaban con odio puro.
Su aliento era espeso, caliente, como vapor mezclado con podredumbre.
Apenas tuve tiempo de reaccionar.
Leaf se puso en guardia de inmediato, sus manos rodeadas de un leve resplandor azul, preparándose para conjurar algo.
Yo desenfundé mi espada, pero antes de que pudiera hacer un movimiento, el monstruo rugió y se lanzó contra mí.
Su patada fue brutal.
Sentí cómo el aire escapaba de mis pulmones antes de salir volando por los aires.
Mi cuerpo chocó contra la pared destrozada de la casa de madera, y el impacto me arrancó un gemido de dolor.
El mundo giraba.
Mi casco se agrietó, y una línea de sangre descendió por mi rostro.
—¡Leaf!
—grité, tratando de reincorporarme.
Ella ya estaba en apuros.
Con voz temblorosa pero firme comenzó a recitar un hechizo, mientras el hombre lobo, con un movimiento salvaje, se abalanzaba sobre ella a una velocidad aterradora.
Leaf retrocedió, tropezando con un pedazo de muro.
El miedo en sus ojos me atravesó como una lanza.
No sabía qué hacer, así que giró y comenzó a correr entre las casas destruidas, mientras la bestia la perseguía sin descanso.
Yo traté de incorporarme.
Mi cabeza daba vueltas, la visión se me nublaba, pero no podía quedarme allí tirado.
No podía dejar que ese monstruo la alcanzara.
No otra vez, no puedo dejar que alguien más muera por mi culpa.
Respiré hondo.
El aire sabía a polvo y a sangre.
Me apoyé en mi espada para mantenerme en pie, tambaleante, mientras un hilo rojo caía desde mi boca hasta el suelo.
Vamos…
no te rindas…
Reuniendo fuerzas, eché a correr.
Sentía el temblor en mis piernas, pero el fuego dentro de mí era más fuerte que el dolor.
La escena ante mis ojos era caótica: Leaf esquivaba zarpazos, rodando por el suelo, lanzando pequeñas ráfagas de energía mágica que apenas rozaban al monstruo.
El hombre lobo rugía, furioso, destrozando trozos de madera a su paso.
En un momento de distracción, cuando la bestia levantó su garra para un golpe final, corrí lo más rápido que pude y, con todas mis fuerzas, hundí mi espada en su costado.
El filo atravesó carne y hueso.
Un alarido inhumano resonó entre las casas.
Aproveché ese instante de dolor y, con un segundo movimiento, giré mi cuerpo, elevando la espada hacia su brazo izquierdo.
La hoja cortó con un chasquido seco.
El miembro cayó al suelo, goteando sangre negra.
El monstruo reaccionó de inmediato, girando hacia mí con un zarpazo que apenas alcancé a bloquear.
El impacto fue tan fuerte que mis brazos vibraron hasta los huesos, y tuve que retroceder varios pasos, jadeando.
Leaf, viendo la oportunidad, cerró los ojos y levantó ambas manos.
Su energía cambió: la luz azul se tornó en un resplandor etéreo, casi blanco.
Una flecha comenzó a formarse en el aire, hecha de pura esencia mágica.
—¡Flecha del alma!
—gritó, y disparó.
El proyectil silbó en el aire y se clavó justo en el ojo izquierdo del hombre lobo, atravesándole el cráneo.
El monstruo quedó rígido unos segundos, soltando un gemido gutural, antes de desplomarse pesadamente contra el suelo.
El silencio regresó.
Solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas.
Me dejé caer de rodillas, exhausto.
Sentía el cuerpo entumecido, el corazón golpeando con fuerza dentro del pecho.
A mi lado, Leaf también cayó, respirando con dificultad, el rostro cubierto de sudor y polvo.
Saqué de mi bolsa dos frascos de matraz con hierbas curativas.
Le tendí uno a Leaf y me bebí el otro de un trago.
El líquido amargo descendió por mi garganta como fuego líquido, pero al instante comencé a sentir cómo mis heridas se cerraban lentamente.
—Toma… —le dije con voz ronca—.
Te hará bien.
Ella asintió y bebió con cuidado.
En unos minutos, el color regresó a su rostro.
Su mirada ya no estaba perdida, sino más serena.
El cuerpo del hombre lobo comenzó a desintegrarse frente a nosotros.
De su cadáver emanaron luces, pequeñas almas que flotaron en el aire antes de dirigirse hacia mí, atravesando mi cuerpo como una brisa cálida.
Cuando todo terminó, solo quedó en el suelo un libro.
Tenía una tapa rosada, igual que aquel que encontramos antes con los dos hermanos.
Lo tomé entre mis manos.
En su cubierta se leía: “Los tres cerditos y el lobo feroz.” Lo observé en silencio.
Era como si cada uno de esos cuentos se uvieran convertido en cuentos retorcidos por la oscuridad que nos rodeaba y si era así entonces no quería imaginar cuántos más hablan.
Leaf soltó una risita débil.
—Jijiji… esta vez casi no lo contamos, ¿eh?
—Tienes razón —respondí con una media sonrisa cansada—.
Pero debemos subir de nivel.
Aún somos demasiado débiles.
Si ese golpe me hubiera dado un poco más fuerte… o si te hubiera alcanzado un ataque… tal vez habrías muerto por mi culpa.
Ella bajó la mirada, su expresión se suavizó.
—Tranquilo.
No cargues con la culpa.
Estas cosas pasan… Solo hay que aprender de ellas y seguir adelante.
—Pero si… si hubieras muerto, Leaf… —mi voz se quebró sin querer—.
¿Qué habría hecho?
No puedo imaginarlo.
No puedo… Ella se acercó despacio y puso una de sus diminutas manos sobre mi hombro.
—Tranquilo, tranquilo… ya pasó.
Sonríe, que esto solo fue una de muchas victorias.
Jijij~ Su risa ligera disipó un poco la tensión que aún flotaba en el aire.
La miré de reojo, tratando de devolverle una sonrisa sincera.
El sol comenzaba a filtrarse entre las nubes grises, tiñendo de dorado las ruinas de las tres casas.
El viento volvió a soplar, y por primera vez en horas, no olía a muerte.
Leaf se estiró y señaló hacia adelante.
—Mira, mira eso.
Más adelante hay otro camino.
Tal vez deberíamos seguir por ahí.
Seguí su dedo y vi un sendero estrecho cubiertos de huecos.
Negué con la cabeza.
—No… mejor dejémoslo para después.
Vamos a cumplir el encargo de Dorothy primero.
Necesitamos hacernos más fuertes.
Nos servirá para pelear mejor, o… algo muy malo podría pasarnos, Leaf.
Ella me observó unos segundos, como si dudara, y luego asintió con una sonrisa tranquila.
—Está bien… te haré caso, por ahora.
—Gracias —le respondí con un suspiro.
Comenzamos a caminar de regreso por el mismo camino por donde habíamos llegado.
El suelo estaba cubierto de fragmentos de madera y ladrillos, y el aire se había vuelto más sereno.
Mientras avanzábamos, Leaf iba unos pasos delante de mí.
A veces volteaba la cabeza, mirando una y otra vez hacia aquel camino que habíamos decidido no seguir todavía.
Su curiosidad era como una chispa que nunca se apagaba.
Yo, en cambio, no podía dejar de pensar en el libro rosado que guardaba en mi bolsa.
Quizá el mundo en el que estábamos era una historia que alguien más había escrito, y nosotros solo éramos personajes atrapados en ella.
Sacudí la cabeza, intentando borrar ese pensamiento.
El sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de tonos rojizos.
A lo lejos, el bosque susurraba, lleno de ecos y secretos.
Leaf tarareaba una melodía suave, algo alegre, intentando levantar el ánimo.
Y yo, aunque el dolor aún ardía en mis costillas y el miedo se negaba a desaparecer del todo, me permití un respiro.
Después de todo, habíamos sobrevivido.
Cada batalla nos acercaba un poco más a la verdad de este mundo roto.
Y aunque aún no sabíamos lo que nos esperaba más adelante, algo dentro de mí me decía que este solo era el comienzo de algo mucho más grande… y mucho más oscuro.
Así, sin mirar atrás, Leaf y yo nos internamos nuevamente en el sendero de la granja, dejando atrás las tres casas y al monstruo que las custodiaba.
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