Brack Souls (español) - Capítulo 9
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9: capitulo 9- la misión 9: capitulo 9- la misión Llegamos finalmente a la hoguera y, tras un breve descanso, nos teletransportamos hacia el Bosque Sagrado.
Apenas puse un pie en el suelo cubierto de hojas, noté cómo mis heridas se cerraban lentamente, y mi armadura, antes golpeada y abollada, volvía a su estado original, reluciente y firme.
La luz del fuego sagrado nos envolvió un instante antes de desvanecerse, dejando solo el susurro del viento y el crujir de la madera bajo nuestros pasos.
Leaf me miró de reojo, sin decir palabra.
Ambos sabíamos que no había tiempo que perder.
Dorothy nos había encomendado una misión: eliminar a las tres personas marcadas por su voluntad.
Así que, sin demoras ni dudas, emprendimos nuestro camino hacia el Bosque de los Abandonados.
A medida que nos adentrábamos, la niebla se espesaba, y el aire se volvía pesado, cargado de un olor a tierra húmeda y podredumbre.
A los pocos minutos de caminar, empezamos a verlos: docenas de espantapájaros clavados en el suelo, algunos destrozados, otros intactos, observándonos con sus ojos vacíos hechos de botones negros.
Avanzamos con cautela.
No tardamos en notar algo extraño: uno de aquellos espantapájaros destacaba entre los demás.
Era más grande, mucho más alto, y aunque estaba colgado en una cruz de madera, su presencia imponía respeto.
Parecía casi… vivo.
No quise correr riesgos.
Desenvainé mi espada sin dudar y me lancé al ataque.
El sonido del acero cortando el aire rompió el silencio del bosque.
Mi golpe dio en el blanco, pero el espantapájaros no cayó; sus brazos de paja se movieron con una fuerza inesperada, y sus ojos vacíos se iluminaron con un fulgor amarillento.
—¡Leaf!
—grité mientras retrocedía para esquivar su contragolpe.
El espantapájaros arremetió con torpeza, lanzando zarpazos erráticos.
Sus movimientos eran lentos, como si una energía oscura lo controlara desde dentro, pero aun así, el peso de cada golpe era brutal.
Leaf reaccionó de inmediato, levantando sus manos y su voz resonó con autoridad mientras conjuraba un hechizo.
—¡Descarga espiritual!
Un rayo de energía azulada se disparó desde sus manos, impactando de lleno en el pecho del monstruo.
El espantapájaros retrocedió tambaleante, parte de su cuerpo comenzó a quemarse, y su voz —si puede llamarse así al ruido seco de la paja al arder— resonó por todo el bosque.
Sin embargo, seguía de pie.
—¡No cae!
—dije, frustrado.
Corrí hacia él, impulsado por la adrenalina, y clavé mi espada justo en su cuello de trapo.
Con un giro violento, le rebané la cabeza.
Esta cayó al suelo, rodando hasta quedar inmóvil entre las hojas secas, su cuerpo se desmoronó poco a poco, deshaciéndose en una nube de polvo y cenizas oscuras.
Cuando la niebla se disipó un poco, noté como de costumbre en el suelo había quedado un libro.
Lo recogí con cuidado y lo guardé en mi bolsa sin abrirlo; sabía que Dorothy sabría qué hacer con él.
—Uno menos —dije, limpiando la sangre seca de mi espada.
—Dos más —respondió Leaf con una sonrisa ligera.
Nos dirigimos entonces hacia aquella puerta que antes habíamos visto detrás de la casa de Dorothy, pero que hasta ese momento no habíamos cruzado.
Era vieja, de madera carcomida, con un gran candado oxidado que parecía tan antiguo como el bosque mismo.
—Leaf, ¿tienes una llave maestra?
—pregunté mientras palpaba mis bolsillos—.
Creo que… olvidé la mía.
Ella soltó una risita traviesa.
—Jijijiji, no sé qué harías sin mí.
Se las compré al conejo.
Toma.
Me entregó seis llaves maestras, todas relucientes y recién forjadas guardé cinco en mi bolsa, por si acaso, y utilicé una para abrir la puerta.
El sonido del cerrojo cediendo retumbó como un trueno.
Dentro nos esperaba una escena inesperada., en una esquina, temblando de miedo, estaba el león.
Su pelaje estaba sucio, lleno de barro y hojas, y sus ojos mostraban una desesperación que me golpeó directo al alma.
Caminaba en círculos, respirando rápido, como un animal acorralado.
Cuando nos vio entrar, dio un salto hacia atrás.
Intentó huir, pero el lugar era demasiado pequeño; terminó acurrucado contra la pared, temblando.
—Oye, Leaf… me da pesar matarlo —dije con voz baja—.
No parece un enemigo.
—Tranquilo —respondió ella sin emoción—.
Esto terminará rápido.
Solo observa.
Levantó de nuevos sus manos.
El aire comenzó a vibrar alrededor de ella, y por primera vez vi un hechizo que nunca antes había usado.
—Descarga de alma —susurró.
salieron cuatro flechas de energía pura que se clavaron en el pecho del león, una tras otra, en un instante.
El rugido que soltó hizo temblar las paredes.
—Mmm… creo que no murió —dijo Leaf con un gesto de duda.
El león, herido y jadeante, levantó la mirada.
Su voz temblaba cuando habló: —Por favor…ayuda alguien… quien sea… no quiero morir.
Sus palabras me atravesaron.
Durante unos segundos dudé.
Mis manos temblaban sobre la empuñadura de la espada.
Pero su cuerpo seguía moviéndose, intentando esquivar nuestros ataques, y entendí que no podíamos detenernos.
Leaf apretó los dientes.
—Este ahora sí es tu fin… ¡Brillo de alma!
El cielo se abrió.
Cientos de flechas luminosas descendieron como una lluvia divina, atravesando el cuerpo del león una y otra vez.
Su rugido se apagó lentamente hasta volverse un suspiro su cuerpo al momento cayó sin vida al suelo.
Durante un instante, el silencio fue total.
Solo se escuchaba el goteo del agua cayendo del techo.
Leaf bajó sus manos, y un nuevo libro apareció junto al cuerpo del león.
—Bueno… parece que tenemos el segundo—dije, intentando sonar firme.
—Solo falta el hombre de hojalata —respondió Leaf con su tono habitual, como si nada hubiera pasado.
—Esto está siendo demasiado fácil, ¿no crees?
—Jijijiji… no cantes victoria todavía Exploramos los alrededores del lugar, pero no encontramos nada más que unas viejas escaleras que descendían hacia las profundidades.
Desde allí subía un olor insoportable, mezcla de hierro, moho y carne en descomposición.
Era, sin duda, una entrada a las alcantarillas.
Nos asomamos solo un poco.
Las paredes estaban cubiertas de musgo y un líquido verdoso corría por los canales.
Decidimos no bajar.
Leaf arrugó la nariz y dijo: —Ni por todo el oro del mundo bajo ahí.
—Totalmente de acuerdo —respondí, riendo.
Así que dimos media vuelta y tomamos el camino de regreso al rancho Behemoth.
El viaje fue silencioso, solo interrumpido por el sonido de los pasos sobre el barro.
La niebla empezaba a regresar, espesa como una cortina.
Cuando llegamos al rancho, lo vimos: en uno de los corrales, de pie y completamente inmóvil, estaba el hombre de hojalata.
Pero ya no era un hombre.
No era siquiera de hojalata.
Era un gigantesco robot de metal.
—¿Qué demonios…?
—murmuré.
—Debe ser la niebla.
Lo ha transformado —dijo Leaf, frunciendo el ceño.
No hubo tiempo para más.
El coloso se movió con una velocidad aterradora, levantando su enorme brazo mecánico y golpeando el suelo con tal fuerza que la tierra tembló.
Una onda de choque me lanzó varios metros atrás.
—¡Leaf, cuidado!
—grité mientras me levantaba.
Ella corrió alrededor de la bestia, invocando sus hechizos uno tras otro.
Descargas de flechas impactaban contra el metal, dejando marcas incandescentes, pero no lograban atravesar su armadura.
Yo, por mi parte, me lanzaba de frente, buscando puntos débiles, pero era inútil: cada golpe de mi espada sonaba como si chocara contra una montaña.
El monstruo rugió, lanzando un golpe directo hacia mí.
Lo esquivé por poco, y el impacto destrozó parte del suelo, levantando una nube de polvo y piedras.
—¡Leaf!
—grité—.
¡Su punto débil debe estar adentro!
Mientras ella lanzaba otro hechizo, noté algo: una pequeña rendija en el centro de su pecho, por donde salía un brillo azul.
¡Su núcleo de energía!
—¡Ahí!
¡Dispara ahí!
—le señalé con la espada.
Leaf entendió al instante.
Su cuerpo se llenó de luz.
—¡Descarga de Alma!
—exclamó.
Una flecha de energía pura salió disparada, impactando justo en el núcleo del hombre de hojalata.
El estallido fue brutal.
Un rugido metálico llenó el aire mientras el coloso se tambaleaba.
Las piezas comenzaron a caer una tras otra, hasta que finalmente, su cuerpo se derrumbó con un estruendo que retumbó por todo el rancho.
El silencio que siguió fue abrumador.
El polvo flotaba en el aire como una neblina dorada.
Entre los restos humeantes, apareció el tercer libro, cubierto de ceniza y aceite.
Lo tomé entre mis manos.
—Los tres libros… —dije con alivio.
Leaf sonrió, limpiándose el sudor de la frente.
—Misión cumplida.
Nos quedamos allí unos segundos, contemplando el horizonte gris.
La neblina comenzaba a moverse otra vez, como si la tierra respirara.
Cada paso que dábamos hacia la casa de Dorothy se sentía más pesado, como si algo nos observara desde las sombras del bosque.
Pero no dijimos nada.
Solo caminamos en silencio, con los tres libros guardados, sabiendo que nuestra tarea porfin había acabado.
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