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CADENAS - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Martes Otra vez
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1: Martes Otra vez 1: Martes Otra vez El olor a madera húmeda y especias suaves se quedaba atrapado en las telas colgadas del techo.

La tienda era angosta, hecha de ladrillos viejos, con estantes de madera que crujían bajo el peso de frascos y cestas.

Mermeladas, clavos oxidados, cebollas trenzadas como coronas secas.

Todo parecía estar ahí desde hacía demasiado tiempo.

Somi pasaba un trapo por el mostrador, con movimientos lentos y circulares.

La tela se arrastraba sobre la superficie pulida sin quitarle realmente el polvo.

No importaba.

Nadie iba a notarlo.

Un rayo de sol entraba por la ventana sucia y se apoyaba en su cuello.

El calor la obligaba a girar la cabeza hacia la sombra.

El cabello se le pegaba a la piel: mechones gruesos, teñidos por naturaleza o por capricho, entre rojo apagado y rosa sucio.

Como fruta madura a punto de pasarse.

La campanilla de la puerta no sonó.

Nadie entró.

Nadie había entrado en toda la mañana.

Estiró los hombros.

El delantal se le desacomodaba cada vez que respiraba hondo.

Apretado en la espalda, suelto en la cintura.

Siempre había odiado ese nudo.

Miró los frascos alineados en el estante del fondo.

¿Qué hacían todos esos productos ahí si nadie los compraba?

Demasiado silencio.

Otra vez.

Contó los pasos hasta el taburete y se dejó caer con un suspiro.

Otra vez lunes.

O martes.

O lo que fuera.

Da igual.

La madera de la puerta crujió al abrirse.

Sin campanilla, sin anuncio.

Solo ese sonido seco que rompía el encierro.

Un hombre alto se encorvó para no golpearse con el marco.

Cargaba un saco en el hombro, otro en la mano libre.

Tenía la ropa pegada al cuerpo por el sudor y los brazos descubiertos mostraban músculos marcados por el trabajo.

Stefan.

El carnicero, el repartidor, el que siempre tenía algo que cargar.

Se sacudió el polvo de los pantalones con un gesto automático.

—Ayúdame con lo de afuera —dijo, sin mirar mucho.

Somi alzó la cabeza desde el taburete.

Parpadeó una vez.

Luego, como si acabara de resolver un misterio antiguo: —Entonces es martes.

No hubo respuesta.

Stefan ya estaba dejando caer uno de los bultos sobre el suelo de la tienda.

Ella se levantó sin apuro, estirando los brazos hacia arriba, como si acabara de salir de una siesta que nunca empezó.

Empujó la puerta con la cadera y salió al sol.

La luz era más fuerte de lo que recordaba.

Siempre lo era.

La carreta estaba mal estacionada, una de las ruedas medio sumida en el barro seco.

Había cajas de madera abiertas, sacos sin cerrar y un cubo de herramientas a medio caer.

Somi agarró uno de los sacos.

No era muy pesado, pero lo arrastró con lentitud, paso a paso, como si estuviera subiendo una colina invisible.

—No es arena movediza, ¿sabes?

—la voz de Stefan le llegó desde dentro—.

Si te mueves más lento vas a echar raíces.

Ella no respondió.

Bajó la cabeza y empujó el saco con el pie hasta que logró meterlo en la tienda.

Luego volvió a por el siguiente.

Un poco más rápido.

Un poco.

El último saco cayó con un golpe sordo junto al estante de los frascos.

Somi se limpió las manos en el delantal suelto que aún colgaba de su cintura.

Stefan se frotó el cuello, como si acabara de terminar algo importante, y se giró para irse, pero se detuvo justo en el umbral.

La miró de lado, sin suavidad.

—Deberías moverte más —dijo—.

No sé… ayudar a Rina con los cultivos.

Al menos eso.

Somi se encogió de hombros mientras caminaba de regreso al mostrador.

—Muy aburrido.

Repetitivo.

Stefan frunció el ceño, como si eso no tuviera sentido alguno.

—La mayor parte de la vida es así.

Aburrida.

Repetitiva —se apoyó contra la puerta—.

Pero si no haces nada, ni siquiera vas a notar cuando algo cambie.

Te vas a quedar aquí mientras todos siguen avanzando.

No era una crítica.

Era una constatación.

Como decir que el cielo estaba nublado.

Stefan salió de la tienda sin cerrar del todo.

El marco quedó entreabierto, dejando entrar una corriente leve de aire cálido.

Somi se acercó al mostrador y apoyó los codos, lista para dejar caer el peso del cuerpo, como una piedra buscando fondo.

Pero antes de tocar la madera, la puerta se abrió sola.

No del todo.

Apenas unos centímetros.

Suficiente para que la luz cambiara.

El exterior era el mismo de siempre: las casas viejas, el camino polvoriento, la sombra de un burro atado junto al pozo.

Pero dentro de la tienda, justo en medio del pasillo, flotaba algo.

Una hoja.

No de árbol, sino de papel fino.

Desgastado en los bordes, doblado en espiral como si girara sin fin.

Brillaba.

No con fuerza, pero lo suficiente para ser vista.

Como si reflejara un sol que no existía.

Somi frunció los labios y caminó hacia ella, despacio.

El piso de madera crujía en cada paso.

La hoja giró una vez más y se alejó, apenas un metro.

Lo justo para seguir siendo alcanzable, lo justo para molestar.

Ella se detuvo, alzó una ceja, dio otro paso.

La hoja retrocedió, casi con intención.

—¿En serio?

—murmuró.

Avanzó otro tramo, ahora más rápido.

El papel se deslizó hasta la puerta.

Somi soltó un suspiro largo.

Se giró para volver al mostrador.

Dormir.

Pero no dio dos pasos cuando volvió a mirar sobre el hombro.

La hoja seguía ahí.

Esperando.

Dio media vuelta.

Sin pensarlo demasiado fue tras ella.

Afuera de la tienda, Stefan bajaba los bultos de la carreta y ya había comenzado a recoger la soga cuando el ruido lo interrumpió.

Un golpe seco, como si algo se hubiera caído adentro.

Luego otro.

Frascos temblando.

Estanterías que crujían.

Un ruido sordo contra el suelo.

Más movimiento del que cabía en esa tienda vacía.

Frunció el ceño.

—¿Qué diablos…?

Se enderezó, pasándose la mano por la frente sudada.

Tal vez había sido muy rudo.

O demasiado directo.

Somi tenía ese tipo de energía rara, explosiva sin previo aviso.

Se acercó a la puerta.

—¿Ahora tienes problemas de ira o qué?

—murmuró justo antes de poner la mano en la manija.

La puerta se abrió de golpe, sin advertencia.

Lo golpeó en el hombro con tal fuerza que tuvo que retroceder dos pasos para mantener el equilibrio.

—¡Mierda, Somi!

—alcanzó a decir, frotándose el brazo—.

Esa puerta se abre hacia adentro.

Ella ni lo miró.

Tenía los ojos muy abiertos, la respiración desordenada.

Se movía como si buscara algo que acababa de perder de vista.

Giró la cabeza a ambos lados, pasos cortos y rápidos, como un animal desorientado.

Stefan volvió a fruncir el ceño.

—¿Qué pasa?

Pero Somi ya había fijado la mirada en algo.

Una dirección específica, más allá de los muros de la tienda, más allá del polvo en suspensión.

Se lanzó hacia la calle con zancadas torpes pero decididas.

—¡¿Somi?!

—Stefan apenas alcanzó a llamarla.

La hoja giraba sobre sí misma unos metros más adelante, suspendida a poca altura.

Nadie más la notaba.

Ninguno de los vecinos que pasaban por la calle parecía verla.

Un niño con una cuerda ni siquiera se inmutó cuando ella pasó corriendo junto a él.

Somi aceleró.

La hoja flotó con calma, manteniendo la distancia.

Cada vez que parecía al alcance, se elevaba, giraba o descendía como burlándose.

Atravesó el callejón de las casas azules, esquivó un carro medio volcado, saltó un charco seco que aún olía a humo.

El aire se volvía más fresco conforme avanzaba.

El pueblo terminaba justo ahí: el último pozo, la última casa encalada, la valla baja de madera que marcaba el límite sin defenderlo.

Y al otro lado, el bosque.

No una masa de árboles cerrada y oscura, sino un sendero de tierra oscura flanqueado por raíces nudosas, bajo ramas altas que temblaban con la brisa.

Al costado, como un perro dormido, la herrería aún echaba humo pálido por la chimenea, pese a que nadie martillaba a esa hora.

Somi alargó la mano.

La hoja giró una vez más y se alejó, flotando en dirección a la herrería.

Voló bajo, como si supiera el camino, y se coló por una de las ventanas abiertas justo antes de tocar el suelo.

Somi no dudó.

Cruzó el umbral de la herrería sin llamar, sin anunciarse.

El calor del lugar la golpeó de inmediato: metal caliente, carbón viejo, el eco hueco del trabajo interrumpido.

—Vaya, qué sorpresa —dijo una voz desde el fondo—.

Hace mucho que no te veía por aquí, Somi.

¿Necesitás algo?

La herrera dejó lo que tenía entre las manos.

Era una mujer de espalda ancha, con un mandil de cuero salpicado por años de hollín.

No había martillo en sus dedos, solo un trapo húmedo y un gesto de bienvenida que se fue congelando poco a poco.

Somi no respondió.

Caminó despacio por el interior, los ojos fijos en cada rincón, como si buscara algo más allá del polvo y los filos.

La hoja no estaba a la vista.

Debía haberse ocultado.

—¿Te mandó el señor Wan?

—preguntó la herrera, con cierta incomodidad—.

¿Hay algún encargo pendiente?

Nada.

Somi siguió su ruta por el taller, sin prisa, sin hablar.

Se detuvo junto a un barril, miró hacia el techo, y luego se inclinó para tomar una de las espadas de madera que colgaban en el costado.

Ligera, desbalanceada.

Suficiente.

La herrera ya no sonreía.

—¿Entonces fue Stefan?

¿Trajiste algo para él?

Una corriente de aire agitó las telas colgadas en lo alto.

La hoja descendió con elegancia desde una viga, flotando en espiral.

Bajó en silencio, con el mismo movimiento de una mariposa sin rumbo.

Se deslizó hasta quedar justo frente al mostrador.

—Qué bonita —susurró la herrera, entornando los ojos.

Pero no llegó a decir más.

La sombra de Somi se alzó.

La espada de madera descendió con un golpe seco, brutal.

El mostrador tembló bajo el impacto.

Un crujido rompió la armonía del taller, y la hoja salió despedida por el aire, girando como un ave asustada.

La herrera dio un paso atrás, sin comprender.

—¡¿Qué estás haciendo?!

La hoja cruzó la herrería en un giro más veloz que los anteriores, como si ya no quisiera ser alcanzada.

Salió por la puerta abierta y se elevó al exterior, empujada por un viento que nadie más sentía.

Somi la siguió de inmediato, sin mirar atrás.

Pero justo cuando alargó la mano para atraparla, algo la detuvo con brusquedad.

Un tirón seco en la cintura, dos brazos envolviéndola con fuerza.

—¿Qué te pasa?

—dijo Stefan, con el rostro a centímetros de su nuca.

Ella no respondió.

Solo miró la hoja alejarse, danzando sobre el aire.

Cruzó el camino y se internó entre los árboles como una señal, como una invitación.

Somi se retorció, buscando soltarse.

Stefan ajustó la presión.

—Ni lo pienses —gruñó—.

No voy a dejar que te metas ahí sola.

¿Estás loca?

Los brazos de él eran fuertes, duros como ramas.

Pero entonces sintió algo inesperado.

Somi no intentó zafarse.

Se aferró a sus antebrazos, bajó ligeramente el cuerpo, y con un movimiento seco se inclinó hacia adelante.

El peso de Stefan se despegó del suelo por un instante.

Solo un instante.

Lo suficiente.

Cayó de espaldas al barro, soltando una exclamación ahogada mientras veía el cielo girar por encima.

Tardó dos segundos en reincorporarse.

El polvo se pegaba a su camisa.

Miró hacia el camino.

Somi ya estaba corriendo.

Su figura se alejaba, envuelta entre la luz del bosque, siguiendo algo invisible para los demás.

—¿Desde cuándo es tan fuerte?

—susurró, aún sin entender.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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