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CADENAS - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Desconcierto
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10: Desconcierto 10: Desconcierto Bamburashi, la capital del Reino Olivo, era una fortaleza vestida de verde nacida en el corazón de un bosque de bambúes tan antiguo que el viento parecía hablar su idioma, la ciudad se extendía en niveles y círculos, cada uno rodeado por muros tan altos que ocultaban el sol en ciertos puntos del día.

Las murallas no solo separaban barrios, sino también destinos: cuanto más cerca del centro, más densa la riqueza, más limpio el aire y más fría la mirada de sus habitantes.

En el corazón de todo, protegido por tres muros concéntricos, se alzaba el castillo real.

Sus torres sobresalían entre el mar de bambú como lanzas de piedra apuntando al cielo, símbolo de una autoridad que se aferraba al orden incluso cuando el caos respiraba bajo sus cimientos.

En el distrito judicial —un pequeño conjunto de calles pulcras y silenciosas donde los tribunales, los cuarteles generales y las prisiones compartían muros— el aire olía a humedad, tinta y resignación.

Bajo esas calles, en la prisión subterránea sección A, la oscuridad era tan espesa que parecía devorar los sonidos.

Allí, un joven de rostro sereno y mirada fría caminaba con paso firme por el pasillo de piedra.

El brillo metálico de su uniforme revelaba su rango sin necesidad de palabras.

Uno de los guardias en la puerta lo reconoció de inmediato.

—¡Señor Kael!

—dijo con nerviosismo—.

Es un gusto verlo.

¿Qué lo trae por aquí?

Kael lo miró sin emoción, con ese desprecio contenido que no necesitaba expresarse.

—Necesito hablar con Azazel.

El guardia tragó saliva, dudando.

—No hemos recibido ninguna orden sobre una visita… Kael dio un solo paso al frente, y bastó.

La presencia del joven era una orden en sí misma.

El guardia titubeó, bajó la vista y comenzó a abrir los múltiples cerrojos.

Cada clic metálico sonaba como una sentencia.

Cuando la última cerradura se abrió, Kael entró.

La celda estaba iluminada solo por una lámpara tenue.

En el fondo, encadenado a la pared, un hombre alzaba la vista con una sonrisa que parecía de burla y aburrimiento a la vez.

Su cabello caía desordenado sobre el rostro, y sus ojos —color ámbar apagado— reflejaban una calma antinatural.

—Vaya… parece que un ángel vino de visita —dijo con voz rasposa—.

¿Cómo está el clima allá afuera?

Kael cruzó los brazos.

—Logramos proteger las murallas exteriores.

Ningún enemigo las superó.

Pero tres distritos han caído.

Azazel soltó una risa leve.

—¿Tres distritos?

Hm… parece un clima asombroso.

—Alzó la mirada, curioso—.

Dime, ángel, ¿a qué se debe tu visita?

Kael suspiró.

—El objetivo del ejército rebelde es tomar el castillo.

Pero ya no tienen el ejército para hacerlo.

Es probable que estén esperando refuerzos… refuerzos que vendrán de fuera de Bamburashi.

Azazel arqueó una ceja.

—¿Un ejército extranjero?

—Probablemente.

Un brillo peligroso cruzó el rostro del prisionero.

Su sonrisa se ensanchó, revelando unos dientes afilados.

—Qué emocionante.

Kael desenvainó su espada.

El guardia dio un paso atrás, alarmado, pero antes de que pudiera hablar, el filo cortó las cadenas.

El sonido metálico retumbó en la celda mientras Azazel caía de rodillas, libre por primera vez en meses.

Kael extendió la mano hacia él.

—Demonio… —dijo, con una calma que ocultaba intención—.

Quiero tus alas.

Hagamos que todo su esfuerzo no sirva de nada.

Azazel lo miró durante un largo segundo, y luego sonrió con una ferocidad casi infantil.

Su mano encadenada, ahora libre, tomó la de Kael con fuerza.

—Hagámoslo, ángel.

A varios kilómetros de las murallas exteriores de Bamburashi, el bosque de bambú se alzaba como un océano verde.

El viento susurraba entre los tallos, arrastrando el polvo del camino.

El sol caía filtrado entre las hojas, dejando manchas de luz que parpadeaban sobre la tierra húmeda.

Por el estrecho sendero caminaban dos figuras: Nezu al frente, con paso constante y mirada fija; y detrás, Somi, arrastrando los pies, con el rostro cansado y el cabello pegado al cuello por el sudor.

—¿Podemos descansar un poco?

—preguntó ella, jadeando.

Nezu ni siquiera volteó.

—Tú puedes descansar.

Pero te voy a dejar tirada.

—¡Eres malo!

—protestó, inflando las mejillas.

—Tú decidiste venir —replicó él, seco.

—Lo sé, lo sé —murmuró, levantando las manos—.

Pero al menos podrías decirme cuál es el objetivo de venir a la capital.

—Atentar contra el rey.

Somi se detuvo en seco, parpadeando.

—¿Qué?

¿No decías que no matabas?

—No dije matar.

—Nezu se detuvo también, su voz se endureció—.

Dije atentar.

Somi abrió la boca para responder, pero él levantó la mano, silencioso.

—Desenfunda.

Ella lo hizo, confusa.

—¿Por qué?

—Estamos rodeados.

El bambú se agitó.

Un destello metálico cruzó el aire y, frente a ellos, apareció un hombre con una armadura plateada grabada con el emblema de Bamburashi y el símbolo de la Sección de Protección de las Murallas.

Su presencia imponía: joven, alto, de cabello corto, con una sonrisa confiada en el rostro.

—Siempre es agradable tener turistas —dijo con voz relajada—.

Pero lamentablemente, escuché sus planes… así que debo acabarlos, por el bien del país.

Desenvainó su espada con un sonido limpio.

La hoja reflejó la luz del sol como un relámpago.

Nezu, en silencio, imitó el gesto.

El suelo vibró.

Antes de que Somi pudiera reaccionar, el guardia se movió como un rayo.

En un parpadeo, estaba frente a Nezu.

Su espada descendió en un tajo brillante, cargado de electricidad.

El golpe resonó como un trueno.

Nezu alcanzó a cubrirse, pero la energía lo impulsó con violencia hacia un costado, arrojándolo contra el suelo y levantando una nube de polvo.

—Electricidad… —murmuró, rodando hasta ponerse de pie.

Giró, y vio cómo entre los árboles surgían más figuras.

Cinco hombres con la misma armadura, rodeándolo con precisión.

Nezu apretó la empuñadura de su espada.

—Ataquen rápido.

Mientras tanto, Somi se quedó frente al guardia que había iniciado el ataque.

Él la miraba con interés, bajando ligeramente su espada.

—Eres una completa hermosura —dijo con una sonrisa amable—.

Soy Ion.

Un placer conocerte.

Somi, todavía con la espada temblando en sus manos, lo miró sin saber qué decir.

—¿Está… bien?

¿No deberíamos pelear?

Ion sonrió más ampliamente, inclinando un poco la cabeza.

—Jamás golpearía a una mujer.

Eso sería… desvergonzado.

Somi lo miró, entre confusa y molesta.

—Perfecto…Esto complica las cosas El aire olía a ozono y bambú quemado.

El suelo todavía vibraba levemente por los restos de las descargas que Ion dejaba en el aire, mientras Somi, con el corazón acelerado, mantenía su espada frente a él.

Ion ladeó la cabeza, aún sonriendo.

—¿No vas a decirme tu nombre?

Somi respiró hondo y comenzó a acercarse con pasos lentos, medidos.

Ion arqueó una ceja, divertido.

—¿Me lo vas a susurrar?

La sonrisa en su rostro se congeló un instante después: la espada de Somi cortó el aire, un destello rápido y preciso.

Ion desapareció con un trueno seco, y en el siguiente parpadeo estaba detrás de ella, riendo suavemente.

—Una chica linda no debería jugar con algo tan peligroso.

Somi, sin voltearse, giró el arma entre sus manos y lanzó una estocada hacia atrás.

El filo rozó el aire, y un hilo de sangre se dibujó en la mejilla de Ion.

Él dio un paso atrás, sorprendido.

Tocó la herida con los dedos, miró la sangre y sonrió con una mezcla de asombro y deleite.

—Dulzura… ahora me hiciste enojar.

El trueno volvió a rugir.

Ion desapareció y reapareció frente a ella, arremetiendo con una estocada relampagueante.

Somi rodó por el suelo hacia un lado, esquivando el golpe que levantó polvo y hojas.

—Es más rápido que Nezu… pero sus movimientos son más obvios— pensó mientras recuperaba el equilibrio.

Ion se lanzó de nuevo, una estocada tras otra, los relámpagos iluminando el bosque con cada paso.

Somi esquivó, retrocedió y en un instante se inclinó hacia atrás, dejando que la punta del arma rozara su cabello.

Contraatacó con un tajo ascendente, pero Ion retrocedió con la misma agilidad.

Ambos se midieron.

Somi empezó a caminar despacio, observando cómo él aumentaba la velocidad a cada ataque.

—Eres una chica muy rápida —dijo Ion, apareciendo frente a ella una vez más.

Somi saltó hacia arriba, girando sobre sí misma.

Pasó sobre su cabeza y, en el aire, intentó cortarle el cuello con un giro invertido.

Pero Ion desapareció con otro trueno, y volvió a aparecer a varios metros, sonriendo.

—También eres una chica peligrosa… pero así me gustan.

Somi aterrizó con el ceño fruncido, jadeando.

—Me encantaría seguir jugando —continuó Ion, girando su espada entre los dedos—, pero parece que tu compañero le está dando problemas a los míos.

Somi apenas alcanzó a oír el sonido del trueno.

El siguiente instante fue cortada, un destello blanco, y un ardor profundo cruzándole el torso.

Su cuerpo se dobló.

La espada se le escapó de las manos y cayó de rodillas, presionándose el abdomen.

—¿En… qué momento…?

—murmuró, sintiendo la sangre caliente entre los dedos.

Ion limpió su espada y suspiró, mirando hacia otro lado.

—Ya terminé aquí.

Dio media vuelta para marcharse, pero la voz de Somi lo detuvo.

—¿A dónde crees que vas?

—gritó, tambaleante—.

¡Aún no he perdido!

Ion giró, desconcertado.

—¿Cómo sigues viva?

Estoy seguro de que te atravesé.

¿Reduciste el daño de alguna forma?

Somi levantó la espada con ambas manos, apretando la empuñadura con fuerza.

No respondió.

Solo lo apuntó.

Ion suspiró.

—No importa.

—Desapareció una vez más.

El trueno resonó justo frente a ella.

Su espada ya estaba al nivel de su rostro, lista para partirla en dos.

Pero antes del impacto, otra espada cruzó el aire.

Un destello metálico, un golpe seco: la hoja de Nezu c que fue lanzada chocó con la de Ion, desviándola apenas lo suficiente.

El filo del guardia rozó la mejilla de Somi, dejando una línea delgada de sangre.

Aprovechando ese instante, Somi giró el cuerpo y atravesó el abdomen de Ion.

El guardia retrocedió de un trueno, tambaleante.

Una mano presionaba su herida, la respiración temblaba.

La electricidad en su cuerpo crepitaba de forma irregular.

Nezu se acercó, tomó su espada y la alzó en guardia frente a Somi.

—¿Cómo estás?

—Apenas puedo moverme —respondió ella con voz débil—.

Me… cortó.

—No te esfuerces más —dijo Nezu sin mirarla, sus ojos fijos en Ion.

El guardia levantó la vista, observando los destellos que se acercaban desde la distancia.

Varias sombras avanzaban rápidamente entre los bambúes.

Ion maldijo, y antes de que Nezu pudiera moverse, desapareció con un trueno final.

Nezu se puso en guardia.

Se inclinó ligeramente sobre Somi, preparado para cubrirla.

Los pasos se acercaron.

Entre el bambú surgieron algunas figuras, todas vestidas con trajes de cuero oscuro y malla, sus rostros cubiertos por máscaras blancas con una sonrisa roja y un solo ojo pintado en el centro.

Formaron un círculo perfecto alrededor de ellos.

Nezu contó rápido.

—Doce… De entre ellos avanzó uno distinto: su máscara era azul, del mismo diseño, pero con un brillo metálico.

Caminó hacia ellos con calma y extendió la mano.

—Somos del Ejército de Liberación —dijo con voz firme—.

Es un alivio que los refuerzos estén llegando.

Nezu y Somi se miraron, confundidos.

—¿Refuerzos?

—murmuró ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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