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CADENAS - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Doble mascara
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11: Doble mascara 11: Doble mascara El bosque de bambú a las afueras de Bamburashi respiraba con un ritmo propio, lento y constante.

Los tallos se mecían con un sonido hueco, semejante a un murmullo antiguo, y el viento parecía recorrerlo con una voz que venía desde siglos atrás.

A través del verde profundo se filtraba la luz del amanecer, un resplandor tenue que apenas tocaba la tierra húmeda.

En algún punto del bosque, entre raíces gruesas y sombras quietas, se levantaba el campamento del Ejército de Liberación.

El lugar no tenía orden militar, sino una armonía caótica: tiendas de lona oscura sostenidas por cañas, fogatas pequeñas que arrojaban humo blanco al amanecer, herramientas, espadas y trozos de armadura apilados junto a tablones que servían de mesas.

Los rostros que se movían entre las sombras eran silenciosos, curtidos, algunos jóvenes, otros con cicatrices que contaban batallas pasadas.

En el aire se mezclaban los olores del sudor, el metal y el bambú recién cortado.

Dentro de una de esas tiendas, Somi estaba sentada sobre una cama improvisada de mantas dobladas.

Llevaba el torso vendado, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros y la mirada perdida en la lona que temblaba con el viento.

Había dormido por horas después de que le curaran las heridas.

El sonido distante del campamento se sentía lejano, amortiguado.

Un chasquido cerca de su oído la sacó de ese trance.

—¿Me estás escuchando?

—dijo Nezu, con tono seco.

Somi parpadeó, sobresaltada.

—Ah… sí, perdón.

Estaba distraída.

Nezu suspiró.

Se inclinó un poco y apoyó los dedos sobre su frente, comprobando si aún tenía fiebre.

—Estoy bien —dijo ella, bajando la mirada.

Nezu se apartó con un gesto casi imperceptible.

—No es necesario que participes en todo esto —dijo—.

Puedes quedarte aquí.

Ayudar con los heridos o con los suministros.

No tienes que involucrarte.

Somi lo miró un instante, luego esbozó una pequeña sonrisa cansada.

—Tranquilízate.

Sabía en lo que me estaba metiendo cuando te pedí que me llevaras contigo.

—Lo sé —respondió Nezu, desviando la vista—, pero quizás esto es demasiado.

—No te preocupes.

—Somi se recostó ligeramente contra la pared de lona—.

Ahora, vuelve a explicarlo desde el principio.

Nezu suspiró otra vez, resignado, y se sentó sobre una caja al lado de la cama.

—Bamburashi es una ciudad enorme —empezó—.

Está dividida en ocho distritos, cada uno separado por murallas internas.

Cada distrito tiene su propia clase social y una función específica dentro del sistema del reino.

Hace algunos años hubo una guerra civil ahi.

Su voz sonaba controlada, como quien repite algo que ya pensó demasiadas veces.

—Esa guerra la ganó el ejército del rey.

El Ejército de Liberación fue disuelto.

Algunos de sus miembros escaparon de la ciudad, otros permanecieron escondidos con nombres falsos o entre la servidumbre.

El ruido del viento contra la lona llenó el silencio entre frases.

—Hace unos meses —continuó—, los grupos dispersos dentro de la ciudad volvieron a reunirse.

Así renació el Ejército de Liberación.

Comenzaron otra guerra contra el rey, mientras pedían apoyo a facciones rebeldes fuera del país.

Somi lo escuchaba en silencio, sus ojos fijos en el suelo.

—El ejército dentro de la ciudad —dijo Nezu— tiene la mision de abrir el camino para los refuerzos externos, derribar las murallas y permitir el avance hacia el castillo.

Ya destruyeron tres distritos, pero aún queda el distrito central.

Allí está el palacio.

Se quedó callado unos segundos antes de añadir: —Los grupos que estan afuera de la ciudad tienen la tarea de ayudar en el asedio final.

Somi asintió lentamente, mirando las vendas en su abdomen.

—¿Qué les dijiste a ellos sobre nosotros?

—preguntó Somi, apoyando la mano en el borde de la cama y mirándolo a los ojos.

Nezu apoyó la espalda contra la caja y exhaló despacio.

—Les aclaré que no somos los refuerzos que esperan —respondió—.

Pero les dejé claro que compartimos objetivo: asesinar al Rey Somi frunció el ceño.

—¿Lo tenemos?

—No —dijo Nezu sin rodeos—.

Para mi plan no nos conviene que el rey muera ahora mismo.

Podemos usar el caos de la guerra civil para forzar una ruptura entre el rey y Luxoria; que declare la guerra y cierre cualquier opción de negociación.

Somi se quedó en silencio un segundo, tragando la idea.

—¿Y si uno del Ejército de Liberación lo mata por su cuenta?

—susurró— ¿Qué pasaria en esa situacion?

Nezu clavó la mirada en la lona, como si ahí estuviera la respuesta.

—Tenemos que evitarlo.

De alguna forma.

Solo nosotros debemos entrar al palacio y ejecutar lo que planeamos.

Si ellos lo matan por su lado, todo se vuelve impredecible.

—¿Y la misión del ejército?

—insistió Somi—.

¿Qué pasara con ellos?

—Debe fracasar en lo esencial —contestó Nezu—.

Escuché que los refuerzos que vienen solo tienen capacidad militar de asedio.

Cuando fallen el ejercito nuevamente se dispersara…y los que no lo logren escapar…

Somi tragó saliva.

Miró sus vendas, la marca seca en su costado, y por un instante pareció pesarle el mundo.

—¿Estás seguro?

—preguntó al fin.

Nezu no sonrió, apenas asintió.

—Es mi mejor apuesta.

Ella lo miró, aceptó la decisión con un movimiento lento y se incorporó.

Nezu se tensionó para detenerla, pero Somi le apoyó la palma en el pecho.

—Deja de preocuparte tanto —dijo con voz suave—.

Es solo una herida superficial.

Antes de que él pudiera replicar, Somi se volvió hacia la entrada de la tienda.

—Otra vez tienes esa mirada —murmuró antes de salir.

Somi cruzó la lona y el campamento la recibió con su ruido habitual: martillos, órdenes bajas, risas cortas.

Caminó entre las tiendas observando caras curtidas, mapas clavados en tablones, bolsas abiertas con provisiones.

Todo el lugar se movía con una economía de pasos calculados.

Volvió a ver la máscara azul entre la multitud: el hombre al que llamaban Sol conversaba con otros enmascarados.

Somi se acercó.

—No he tenido oportunidad de hablar con usted —dijo, presentándose con la naturalidad de quien no teme preguntar—.

Soy Somi.

El hombre alzó la mirada y, en un gesto corto, le ofreció la mano.

Tenía la máscara azul que ya conocía; su apretón fue firme pero mesurado.

—Es cierto —contestó—.

Solo hablé con tu compañero.

Me llaman Sol.

Somi devolvió el apretón, curiosa por el nombre.

Él sonrió apenas y extrajo de su bolsa una máscara similar a las que llevaban los demás: blanca, la sonrisa roja y el ojo pintado.

Pero esta, en vez de azul como la que tenia el o roja como las demas, tenía un tono naranja brillante en la cuenca del ojo.

—Toma —dijo Sol—.

Todos en el Ejército de Liberación llevan una.

Somi la sostuvo entre las manos, examinando el detalle del color.

—¿Por qué es diferente?

—preguntó.

—Porque perteneces al grupo especial —respondió Sol, señalando hacia una tienda grande y más reforzada que las demás—.

Ve allí en unos minutos.

Conocerás al resto.

Termino unas cosas y también iré.

Somi miró la tienda que Sol señalaba: lona más gruesa, un símbolo cosido que no había visto antes.

Entre sus costuras se adivinaba movimiento y voces apagadas.

—¿Grupo especial?

—repitió ella, casi para sí—.

¿Qué es eso?

Sol inclinó un poco la cabeza.

—Somos los que lideran el avance —contestó con sencillez—.

Ve, y no te tardes.

La lona interior olía a humo, aceite y polvo.

Al entrar, Somi notó que la tienda había sido convertida en una especie de sala de operaciones improvisada: una mesa ancha con mapas claveteados, faroles colgando de cuerdas, una mesa auxiliar con vendas, cuchillas y piezas de armadura, y varias sillas dispuestas en semicírculo como si fueran butacas de un consejo de guerra.

La luz era cálida, pero el aire, tenso.

Dos hombres en extremos opuestos de la tienda.

Ambos eran altos, pero distintos en cómo llenaban el espacio.

El primero tenía el cabello gris peinado hacia atrás, la mirada lánguida y un gesto que parecía siempre a medias entre el aburrimiento y el cálculo.

Sus dedos jugaban con la máscara que sostenía: blanca, con la cuenca del ojo pintada de blanco.

El segundo estaba sentado en una silla, inquieto; su cabello era de un azul oscuro como tinta, y una máscara negra colgaba de su cadera como si fuera una herramienta más que un símbolo.

Sus ojos recorrían la tienda con impaciencia contenida.

—Hola.

—Somi se quedó en la entrada un segundo, vacilante, y dio un paso adelante—.

Soy Somi.

El de cabello gris ni siquiera levantó la vista.

Solo murmuró con voz sin urgencia: —Zen.

El otro dejó de juguetear con la correa de la máscara y la vista se fijó en ella con una indiferencia mordaz.

—Nox, —dijo, como si su nombre fuera poco más que una ficha en un tablero.

Somi sintió un ligero impacto por el desinterés, respondió en voz baja: —Encantada.

En ese instante Nezu cruzó la lona con paso serio, la máscara en la mano y el ojo pintado de un verde profundo asomando por encima de la empuñadura.

Se acercó sin hacer ruido.

—¿Ya conociste a todos?

—preguntó, breve.

—Algo así, —contestó ella, aún un poco en guardia.

Unos pasos después, una palmada ligera anunció la llegada de Sol, que apareció animado, aplaudiendo con esa energía que lo definía.

—¡Por fin!

—exclamó—.

Ya es hora.

Este grupo por fin está completo.

Un murmullo recorrió la tienda.

Todos se miraron en orden: Zen dejó la máscara sobre la mesa con cuidado; Nox se acomodó la correa al costado; Nezu respiró hondo y la dejo sobre la mesa.

Por inercia, como quien completa un rito, Somi dejo su mascara sobre la mesa.

Nox se acerco hasta la mesa donde el mapa de Bamburashi ocupaba todo el centro, alfombrado con marcas y anotaciones.

El papel crujió bajo las manos de Sol, que ya estaba en el centro de la acción.

—Es el momento de comenzar con la primera operación, —dijo Sol, con una voz que mezcla calma y ansia.

Los pasillos del centro de operaciones de bamburashi olían a cera y tinta.

Kael avanzaba con paso firme, la capa ondeando apenas tras él, y el zumbido de las conversaciones se abría a su paso como una cortina que se corría.

Detrás, un joven de cabello amarillo corría con la respiración agitada, llamándolo a intervalos.

—Señor Kael —dijo, recuperando el aliento—.

Señor Kael.

Kael se volvió con la paciencia de quien no tolera interrupciones inútiles.

—¿Qué pasa, Cristopher?

—Ion… —arrancó el muchacho—.

Ion fue herido de gravedad por los insurgentes.

Kael no se detuvo.

Siguió caminando, como si la noticia no mereciera sorpresa.

—¿No puedes traerme una noticia buena de vez en cuando?

—musitó—.

Cristopher se apresuró a continuar, clavando los ojos en el suelo.

—La operación Rompecabezas fue un éxito —dijo—.

El cuerpo de la chica, alias Synthe, está siendo trasladado aquí.

Kael arqueó una ceja y soltó una risita corta, casi despreciativa.

—¿Quién le puso ese nombre ridículo?

—preguntó sin esperar respuesta.

Cristopher guardó silencio.

En la expresión de Kael ya se leía la orden que venía.

—Quiero que su cuerpo sea expuesto —dijo Kael con voz baja y cortante—.

Que lo vean todos los rebeldes.

Que sepan lo que les espera si se atreven.

—Sí, señor —respondió Cristopher, con la voz hueca.

Kael se detuvo un instante delante de una puerta reforzada, mirando al joven con dureza.

—Envía también un mensaje a Vira y a Sea —ordenó—.

Trasládense de inmediato a la muralla exterior norte.

—Sí, señor —repitió Cristopher, ya girando para cumplir la orden.

El muchacho casi había dado un paso cuando Kael añadió, seco: —Y no te olvides de venir tú también.

Cristopher vaciló, sorprendido.

—¿Yo?

—balbuceó.

Kael lo miró con esa calma fría que no admitía excusas.

—No me decepciones.

Sin esperar más, Kael empujó continuó con su marcha por los pasillos, dejando a Cristopher con la orden resonando en los oídos y la responsabilidad clavada en el pecho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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