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CADENAS - Capítulo 12

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12: El Primer Destello 12: El Primer Destello La noche olía a metal caliente y bambú.

Las antorchas trazaban parpadeos amarillos entre los tallos y la silueta de los cañones de cristal quedaba recortada contra la penumbra: largos tubos translúcidos, nervios lumínicos dentro, ruedas poderosas y arbotantes listos para vomitar luz y romper piedra.

A su alrededor, el campamento se movía con un nervio alegre —cantos ahogados, órdenes murmuradas, manos que repasaban correas— como si la gente creyera que la muerte podía ser celebrada antes de llegar.

En un rincón apartado, donde el ruido era menos vivo, los integrantes de la unidad de cerco terminaban de vestirse.

Los trajes se ajustaban al cuerpo como caparazones pensados para la pared: botas con punta de metal afilada, placas flexibles en los muslos, y en los antebrazos con unas espuelas planas y largas diseñadas para clavarse en la piedra y sostener el peso del escalador.

Somi se ató la última hebilla con manos seguras.

Nezu la observaba, concentrado, y cuando ella ladeó la cabeza preguntando en voz baja, él deslizó la máscara sobre su rostro.

—¿Cómo me veo?

—preguntó Somi, medio en broma, medio en nervio.

Nezu no sonrió.

Su tono fue escueto.

—Como un soldado.

Somi sonrió de lado y, por costumbre, empezó a ayudarlo con los tirantes que cruzaban su pecho.

Nezu hizo el movimiento de ponérselos y se quedó un instante quieto; Somi lo miró y, sin pensar, dijo con liviandad: —Pareces un colibrí.

La respuesta de Nezu fue seca.

—No me llames así.

La insistencia en la broma le encontró un resquicio y, por un segundo apenas, sus manos mostraron un temblor.

Somi lo notó, y la sonrisa le duró más tiempo: había una curiosa ternura en verlo nervioso.

Nox terminó de ceñirse el arnés sin colocarse la máscara.

La dejó colgando en la cadera como una pieza inútil.

Zen, apoyado con la espalda en un barril y con la mirada siempre a medias entre el aburrimiento y la atención, lo señaló sin levantar mucho la voz: —Te falta la máscara.

Nox resopló, despreocupado.

—No la necesito.

Quiero que alguien me reconozca.

Zen rodó los ojos.

—Cuida la cabeza, entonces.

Somi, con la curiosidad fácil, se acercó un paso.

—¿Por quién quieres ser reconocido en un campo de guerra?

—preguntó.

Nox la miró con el filo en la mirada.

—No te metas.

Nezu, serio, clavó la vista en Nox.

—¿Y si lo encontramos nosotros primero con esa persona?

—preguntó— ¿Que pasara?

Nox se acercó lo suficiente para que su voz fuera un corte.

—Te mataré.

No fue bravata y no hubo risa.

La amenaza quedó suspendida, como una cuerda tensada entre dos cuerpos.

Nezu no se inmutó.

—¿Cómo sabremos quien es?

Nox consideró la pregunta y, finalmente, dejó la orden que sonó más a destino que a orgullo.

—Nadie ataque a Kael.

Él es mío.

Zen parpadeó, genuinamente desconcertado.

—¿A quién?

Nox señaló con un gesto corto, como si nombrar bastara.

—Kael.

Zen lo miro por un momento y volvio a dirigir su mirada a la nada.

— Si…

—¿Lo conoces?

—le preguntó Somi a Nezu, la voz baja, casi tímida.

Nezu negó con la cabeza sin apagar la seriedad.

—No.

Nunca he escuchado de el.

Nox frunció el entrecejo, atónito.

—¿Cómo es posible que no lo conozcan?

—escupió—.

¿Nunca oyeron hablar de Kael?

Somi inclinó la cabeza, curiosa y amable.

—¿Puedes describirlo?

—pidió—.

¿Cómo es?

Nox respiró hondo, como si fuera a recitar algo sagrado.

—Alto.

Cabello blanco.

Ojos rojos.

Rasgos finos.

Se parece a mí.

—La palabra quedó corta, afilada—.

Es mi hermano mayor.

Zen soltó una risa corta, más por costumbre que por diversión.

—Si eso es verdad, vaya par tienen en la familia.

—Su voz deslizaba una incredulidad cómoda.

Nox lo miró con molestia contenida y la amenaza volvió, apenas un filo.

—Cállate.

—Zen levantó las manos en gesto de inocencia y fingió no haber oído.

Somi tragó en seco, la pregunta siguiente asomando con peso.

—¿Por qué dos hermanos estarían en bandos contrarios?

—inquirió, suave.

Nox clavó la mirada en la oscuridad más allá de las antorchas.

—No me interesa la causa —dijo con brutal honestidad—.

Solo quiero pelear con Kael.

Así que no se metan.

Nezu, con la calma cortante que le era habitual, dejó la decisión en claro.

—Todo tuyo.

Sol llegó con un paso ligero, ya con el traje ajustado y la máscara colgando del cinturón.

Se plantó frente a ellos con esa energía suya, una sonrisa corta clavada en el rostro.

—¿Listos?

—preguntó.

Somi asintió sin dudar.

Los demás guardaron el gesto: un asentimiento seco, una mirada que no quiso decir más.

Sol sacó de la bolsa en su cadera cuatro cristales rosas, pequeños y brillantes como corazones de vidrio.

Los sostuvo un segundo contra la luz de las antorchas antes de repartirlos: uno para Somi, otro para Nezu, uno para Nox y el último para Zen.

Zen lo tomó con curiosidad infantil, girándolo entre los dedos.

—Bonito.

Somi acercó el cristal a la cara y lo miró embelesada.

—Es muy brillante.

—Lo guardó con cuidado en el bolsillo interior del traje.

Nox clavó la vista en el cristal, la voz baja y concisa.

—¿Esto es lo que lanzaremos al corazón de la muralla?

—preguntó.

—Sí —respondió Sol, serio por un instante—.

Sean extremadamente cuidadosos.

Es inestable; un mal manejo y esta cosa explotara.

Luego comenzaron a caminar hacia la entrada del campamento, el resto del ejército ya tomaba su lugar junto a los cañones de cristal, cadenas tensas, ruedas listas, miradas febriles.

—¿Cuándo partimos?

—preguntó Zen, sin aflojar la atención.

—En un momento—dijo Sol—.

Solo necesito encender un poco la chispa.

—Subió sobre uno de los cañones y se dirigio a todo el ejercito.— ¡Hoy empezamos el asalto!

Los preparativos han terminado.

Cada uno de nosotros va a arriesgarlo todo.

¡Debemos aprender a brillar para alcanzar la gloria!

—Hizo una pausa que cortó la noche—.Porque hoy no es nuestro fina ¡Es el comienzo de nuestra historia!

El campamento explotó en un rugido contenible: voces, golpes en los escudos, un coro de impulsos que sabía a vértigo y alegría absurda.

Eran muchos, y estaban dispuestos; eran jóvenes y viejos, heridos y envalentonados.

Se movieron como una sola sombra compacta entre el bambuzal, dirección a las murallas.

Nezu apretó el cristal contra la tela del traje, sintiendo el pulso distinto en la garganta.

Somi le lanzó una mirada breve —una mezcla de nervio y esa sonrisa que siempre le salía cuando todo olía a peligro—.

Nox se quedó mirando al frente, mandíbula apretada.

Zen, con el juguete en la mano.

El ejército se desplazó entre la oscuridad, ruedas de cristal raspando la tierra, cadenas resonando, y las figuras encapuchadas desvaneciéndose en la línea que llevaba a las murallas.

El viento soplaba con una fuerza constante sobre las murallas de Bamburashi, levantando el polvo y haciendo vibrar los estandartes del reino.

Desde lo alto, las antorchas parecían estrellas ancladas en piedra, marcando el contorno de la muralla exterior.

Abajo, frente a la gran puerta de hierro, una línea de soldados aguardaba firme: armaduras alineadas y lanzas erguidas.

Kael estaba de pie junto al parapeto, con el manto oscuro ondeando a su espalda.

Sus ojos rojos recorrían el horizonte sin emoción, buscando algo en la quietud del bosque que se extendía más allá de las torres.

El murmullo de órdenes y pasos metálicos llenaba el aire cuando Cristopher apareció, acompañado de dos figuras que avanzaban tras él con paso decidido.

—Señor Kael —dijo el joven, haciendo una breve reverencia—.

Sea y Vira ya han llegado.

Kael giró la cabeza.

Las antorchas iluminaron a los recién llegadas.

Sea era más bajo, delgado, con el cabello largo y violeta, atado con un listón que brillaba bajo la luz.

Su porte era refinado, casi elegante, aunque el estoque en su cadera y la dureza de sus ojos hablaban de precisión y peligro.

Vira, en cambio, tenía la fuerza grabada en la piel: más alta, cabello negro cortado al nivel de la mandíbula, varias cicatrices que atravesaban sus brazos y cuello como recuerdos mal cerrados.

—Tardaron mucho —dijo Kael con su habitual calma, mirando primero a una y luego a la otra.

Vira bufó.

—¿Acaso sabes el caos que hay en los distritos interiores?

La gente se está descontrolando y la paga que nos dan no compensa limpiarles el desastre.

Kael giró lentamente el rostro hacia ella, sin perder la serenidad.

—La paga es más que suficiente, si haces bien tu trabajo.

Sea cruzó los brazos, impaciente.

—Esto es una pérdida de tiempo.

Las murallas de Bamburashi no se rompen.

No se supone que son tan indestructibles como las que protegen el castillo?

—Precisamente por eso —respondió Kael—.

Si hay un lugar que deben atacar, será aquí.

Prefiero reforzar la seguridad en las murallas que lamentar un colapso en el corazón del reino.

—Sus ojos brillaron un instante—.

Además, tu fantasma no se va a ir a ninguna parte.

Sea lo miró con frialdad, la voz tensa.

—Los rumores son ciertos.

Marcus está reclutando insurgentes…

y probablemente fue él quien acabó con la chica genio,deberiamos enfocarnos en darle en caza.

Kael sostuvo su mirada.

—Mientras sean rumores, tu trabajo es obedecer, no especular.

El silencio que siguió solo fue roto por el sonido del metal golpeando piedra.

Kael desvió la mirada, observó a los soldados del parapeto y luego habló sin girarse: —¿Dónde está Azazel?

Cristopher se enderezó un poco.

—No lo sé, señor.

Pero Ion está abajo, ayudando con la defensa.

Vira soltó una carcajada seca.

—¿Ion?

¿Ese idiota no estaba herido o algo así?

—Se recuperó…

o algo así —respondió Cristopher con una mueca.

Kael la miró de reojo.

—Esta vez no empieces una pelea.

Vira chasqueó la lengua.

—Solo si ese imbécil no me provoca primero.

Sea, apartado del grupo, había apoyado una mano sobre el borde de la muralla.

Sus ojos seguían fijos hacia la oscuridad más allá del muro, donde el bosque de bambú se extendía como una mancha negra.

El viento movía las copas con un susurro irregular, y por un momento apenas perceptible, algo se agitó entre los tallos.

Su voz fue apenas un hilo.

—Viene gente.

Kael giró lentamente la vista hacia el horizonte.

Y, en la distancia, el bambú comenzó a temblar con un ritmo ajeno al del viento.

El bambú se agitaba como si algo enorme caminara bajo él.

Kael observó la línea oscura del bosque sin tensión en los hombros.

El murmullo crecía; el viento traía respiraciones, pasos, la vibración del metal.

Y antes de que un solo insurgente asomara entre los tallos, un destello rosa salió disparado desde la espesura.

El proyectil cortó la noche como un rayo líquido y explotó contra un grupo de soldados sobre la muralla.

Algunos cayeron sin un grito.

Kael apenas abrió un poco los ojos, sin sorpresa alguna.

—Cañones de cristal.

Otro destello venía directo hacia él.

No se movió.

Ni siquiera un paso hacia atrás.

Sea sí.

El joven ya tenía el estoque desenvainado; un solo corte seco, perfecto, deshizo el vórtice rosa en un remolino que se apagó en el aire como humo de color.

—Hmph —Sea guardó el arma con un clic suave.

Desde el bosque surgió entonces el rugido del Ejército de Liberación.

Voces roncas, tambores improvisados, pasos desordenados.

Salían corriendo de entre los tallos como una ola desbocada, mientras nuevos disparos rosados se dirigían esta vez hacia la tropa que esperaba en la puerta inferior.

Kael no les dio más de una mirada.

—Vira.

Desvía los disparos.

Y que nadie se acerque a la muralla.

Vira ya estaba reaccionando.

La piel de su brazo se tensó, y de ella brotaron hilos que se arremolinaron alrededor de su mano, endurecidos como cables de acero.

—Sí, ya lo se.

Saltó desde lo alto de la muralla.

Su mano se incrustó en la piedra, frenándola, y descendió deslizándose con un chirrido áspero.

Kael se volvió hacia Cristopher.

—Encárgate de los cañones.

—¡Sí, señor!

—Cristopher no dudó, y saltó también desde la muralla.

Vira lo recibió abajo sin voltear siquiera, desviando disparos rosados con su brazo reforzado.

Cada proyectil rebotaba como si golpeara una placa invisible.

Cristopher corrió hacia Ion, que observaba la batalla desde demasiado cerca de la línea enemiga para no estar haciendo nada.

—¡Ion!

Tenemos que destruir los cañones —urgió.

Ion seguía mirando a Vira, con expresión soñadora.

—Es linda —dijo, como si el mundo no estuviera explotando a su alrededor.

—Sí… —respondió Cristopher, derrotado por un segundo—.

Pero los cañones… Ion no lo escuchó.

—¿Por qué será tan mala conmigo?

—preguntó, genuino, dolido incluso.

Cristopher apretó los dientes.

—Quizá la sorprendas si te encargas de los cañones.

Ion abrió los ojos como si le hubieran revelado el secreto del universo.

—¡Buena idea!

Y sin aviso le dio un golpe en la cabeza a Cristopher.

—Después de todo sirves para algo.

Ion ya había desenvainado su espada.

Un trueno blanco lo envolvió un instante; luego desapareció, desplazándose como un relámpago hacia uno de los cañones.

Estuvo a centímetros de destrozarlo… cuando una patada lo lanzó en sentido contrario.

El impacto lo hizo rodar por la tierra, pero Ion se levantó rápido, frotándose el cuello y ajustando la postura.

Frente a él, con la máscara azul brillando bajo las antorchas, estaba el soldado al que pocos se atrevían a mirar directamente.

Ion sonrió, divertido.

—Esa fue muy buena, Sol.

Sol ladeó un poco la cabeza.

—¿Qué me delató?

Ion soltó una risa corta mientras giraba la espada en la mano.

—Muy simple… eres el único idiota que viene a una guerra sin armas.

Los dos ejércitos chocaron con un estruendo que hizo vibrar incluso la piedra de la muralla.

Las antorchas temblaron, las sombras se rompieron en un torbellino de figuras, gritos y acero.

Entre ese caos sin forma, Nox avanzaba como si el resto del mundo fuera lento, apartando cuerpos, empujando, esquivando, cortando.

Cristopher intentó interceptarlo con espada en mano.

—¡Alto traidor!

—gritó, aunque su voz se perdió entre miles.

Nox ni siquiera cambió de expresión.

Sus ojos estaban clavados en la muralla, buscando un solo rostro.

La colisión fue violenta: cuando Cristopher cruzó su hoja contra la de él, el impacto hizo que la espada saliera disparada de sus manos.

Nox giró el torso con una precisión animal y el tajo que soltó lo levantó del suelo.

Cristopher cayó de espaldas entre el lodo y el polvo, el aire expulsado de su pecho en un gemido.

—¡Traigan a alguien más fuerte!

—rugió Nox, rebanando a un soldado que intentó detenerlo—.

¡¿Dónde está Kael!?

En lo alto de la muralla, Sea observaba la marejada humana.

Su mirada se movió con rapidez profesional hasta encontrar la caída de Cristopher.

—Kael —dijo, sin quitar los ojos del frente—.

Acaban de matar a Cristopher.

Kael ni pestañeó.

—No te preocupes.

Es el tipo de persona que es difícil de matar.

Sea volvió su atención a la batalla, el ceño apenas fruncido.

—Tu hermano está causando problemas.

—Lo dejaré para después —respondió Kael, ajustando el guantelete—.

¿Ves a los otros con máscaras?

Sea entrecerró los ojos.

Incluso en la confusión, su percepción afinada buscaba patrones, movimientos fuera del ritmo común.

—Difícil… pero mínimo hay dos más.

No logro distinguirlos.

Kael soltó un breve suspiro.

—Demasiadas molestias.

—Están esos cañones —enumeró Sea—.

Sol, Nox, los otros dos.

Cristopher cayó.

Ion está peleando con Sol.

Y Vira está ocupada desviando disparos.

Estamos en desventaja, y tu hermano avanza rápido.

Kael observó el campo un momento.

La formación insurgente era un desastre: avanzaban sin orden, sin táctica, en una avalancha torpe pero agresiva.

—Este ataque es ridículo —dijo, casi molesto—.

¿Por qué harían un asalto frontal?

Sea se estiró el cuello, como si la pregunta lo aburriera.

—Tal vez sean así de tontos.

O tal vez preparan otra cosa.

Kael entrecerró los ojos y se enfocó en los cañones.

Cada disparo rosa iluminaba la noche con un sonido vibrante y seco que se incrustaba en el oído.

—Ese ruido me molesta.

Terminemos con eso.

—Adelante —respondió Sea.

Los dos dieron un paso hacia atrás, tomaron impulso y saltaron desde la muralla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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