CADENAS - Capítulo 13
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13: Pez Gordo 13: Pez Gordo La guerra se había vuelto ruido puro.
Gritos, acero, explosiones rosas reventando contra piedra o carne.
El aire olía a humo, polvo y sudor; la tierra era lodo mezclado con sangre fresca, y cada choque de armas temblaba como si la noche misma estuviera respirando con dolor.
Entre ese caos, dos sombras avanzaban sin ritmo de ejército, sin la brutalidad del frente.
Somi y Zen se movían como dos fantasmas entre cuerpos, esquivando embestidas, pasando bajo espadas que no iban dirigidas a ellos.
Cuando un choque demasiado cercano sacudió la tierra, ambos se agacharon detrás de un montículo de escombros y un cadáver aún caliente.
Somi inhaló.
La máscara se le empañó un poco por dentro.
—¿Ya es el momento?
—susurró, sin atreverse a asomar la cabeza.
Zen seguía apoyado contra el suelo, mirando hacia la muralla como si buscara un destello entre la oscuridad.
—No.
Aún no baja el pez gordo.
—¿Y si no baja?
—preguntó Somi, sintiendo cómo el corazón le chocaba en las costillas.
Zen se encoge de hombros.
—No se, Sol pensara en algo.
El silencio que le siguió fue corto, apenas un respiro.
Somi miró sus guantes manchados de polvo, el temblor muy leve en sus dedos.
—¿Es mal momento para decir que… es mi primera vez en un campo de batalla?
Zen la observó unos segundos desde detrás de su máscara blanca, como si evaluara si debía tomarse la frase en serio o no.
—No te preocupes.
También es la primera vez para mí.
Somi se giró hacia él, sorprendida.
—¿En serio?
¿Y por que estas aqui?
Tú no pareces… —buscó la palabra— tan metido en todo esto.
No luces como alguien que le importe el destino del reino.
Zen encogió los hombros, casi perezoso.
—Podría decir lo mismo de ti.
Te ves bastante… ajena a todo esto.
—Pero yo pregunté primero —insistió Somi con una leve sonrisa que no se veía.
Zen soltó un pequeño resoplido, casi una risa.
—Estoy buscando inspiración —dijo—.
Algo que me encienda un poco.
—¿Por qué?
—Porque la vida es muy aburrida —respondió, sin dramatismo, como si fuera una verdad evidente.
Somi bajó la mirada.
Sonrió bajo la máscara, esta vez de verdad.
—Lo entiendo un poco.
Zen alzó la vista hacia los destellos rosados que iluminaban la muralla a lo lejos, las figuras moviéndose como sombras recortadas contra la luz.
—¿Y tú?
—preguntó, sin mirarla—.
¿Qué te trajo aquí?
Somi pensó un segundo.
—Por ahora… solo estoy acompañando a Nezu en su camino.
—¿Solo eso?
—Y también quiero… experimentar esta vida —continuó, la voz suave—.
Viajes, luchas, guerras.
Quiero entender por qué alguien abandonaría todo por esto.
Zen no respondió.
Su cabeza se inclinó apenas, como si procesara esas palabras.
Luego su vista se clavó en la cima de la muralla.
El brillo de los ojos rojos apareció por un instante entre las antorchas.
—Mierda —murmuró él—.
El pez gordo ya saltó.
Somi no necesitó más explicación.
Ambos se levantaron de golpe y empezaron a moverse entre el caos, tragados otra vez por la marea de guerra.
Nox seguía abriéndose paso entre los soldados del reino como si fueran maleza.
Cada tajo era un arco limpio, cada paso una embestida que dejaba cuerpos cayendo detrás de él.
Su respiración era profunda, rabiosa, y sus ojos solo buscaban un punto más adelante, más arriba.
La espada que chocó contra la suya lo detuvo de golpe.
El impacto resonó como un trueno breve.
Nox levantó la mirada y de ninguna forma logro ocultar la sorpresa en su voz.
—Kael… Los músculos de Nox se tensaron al instante.
Se lanzó hacia atrás con un empujón violento para separarse, mientras Kael apenas retrocedía un par de pasos, la postura casi relajada en medio del infierno.
—Apártate —dijo Kael —.
No tengo tiempo para ratoncitos en un sitio como este.
La calma en su voz provocó algo en Nox.
Lo encendió.
El rugido que salió de él fue animal, una mezcla de ira y humillación.
—¡Deja de hablar como si fueras alguien importante!
—gritó mientras lo atacaba con fuerza renovada.
Las espadas chocaron otra vez, chispas cortas escapando entre los filos.
Detrás de ellos, Vira seguía desviando los disparos rosados de los cañones.
Cada proyectil estallaba contra sus palmas reforzadas, mientras ella se balanceaba usando uno de sus hilos clavado en la muralla.
Su cuerpo se movía con un ritmo pulido, casi elegante, pese al caos.
—¡¿Cómo va todo ahí?!
—gritó Sea desde abajo, esquivando un destello que pasó demasiado cerca de su rostro.
—¡Cansándome!
—respondió Vira, empujando un proyectil hacia el suelo donde estalló—.
¡Esos idiotas no paran!
En el rabillo del ojo, algo cruzó su visión.
No un soldado.
No un animal.
Una sombra rápida, precisa… demasiado silenciosa para el ambiente en ruinas.
Vira frunció el ceño.
El cuerpo le advirtió antes que la mente.
—Sea —dijo, la voz repentinamente seria—.
¿Puedes cubrirme un momento?
—¿Qué?
¿Ahora?
—gritó Sea, sin entender.
—Creo que atrapé una presa.
Sea soltó un suspiro largo, casi resignado.
—No tardes.
Vira soltó el hilo de la muralla y cayó en picada, girando su cuerpo como un péndulo antes de dispararse hacia la sombra que ya trepaba por la piedra.
El ruido de la guerra la cubría; la oscuridad la escondía.
Pero ella lo había visto.
Los hilos se arrojaron como serpientes plateadas, rodearon la figura y la arrancaron de la pared.
Cayeron juntos sobre el suelo, pero solo uno se levantó con ligereza.
Vira sonrió, inclinando la cabeza.
—Lindo gatito escurridizo.
Nezu rompió el hilo con su espada en un solo movimiento, sin perder la distancia.
Su silencio era tan afilado como su hoja.
Vira chasqueó la lengua.
—¿Por qué tan callado?
No tengas miedo… La máscara de Nezu se quebró a la mitad, cayendo en dos pedazos sobre la tierra.
Su rostro quedó al descubierto, la respiración marcada.
—Pensé que lo había esquivado por completo… Vira entrecerró los ojos con una sonrisa suave, casi de orgullo.
—Me sorprende que lo hayas visto siquiera.
Nezu notó el movimiento de su brazo.
Cortó diagonalmente el aire frente a él.
Un hilo cayó, partido, como una cuerda vieja perdiendo tensión.
Vira abrió los ojos un poco.
—Mira tú… —rió—.
Nada de ataques invisibles, ¿eh?
—No más —dijo Nezu, sin bajar la guardia.
Vira levantó ambas manos, en un gesto de burla pacífica.
—Está bien, está bien.
Tú mandas.
Nezu la sostuvo con la mirada un segundo.
Luego dio un giro brusco y corrió de vuelta al caos de la batalla, perdiéndose entre las sombras y los gritos.
Vira lo siguió con la mirada, la sonrisa volviendo apenas a su rostro.
—Vuelve pronto.
Kael y Nox chocaban una y otra vez, las espadas trazando líneas brillantes entre el polvo y los gritos.
Cada embestida de Nox era feroz, directa, empujando siempre hacia adelante; cada defensa de Kael era mínima, exacta, como si supiera de antemano en qué punto detenerlo.
Nox gruñía, empeñado en bloquearle el paso, decidido a no dejarlo avanzar ni un solo metro.
Fue entonces cuando, entre los cuerpos y los destellos, una figura salió disparada hacia Kael.
Zen.
Silencioso, limpio, su hoja apuntando al cuello del general.
Kael ni siquiera volteó a verlo.
El ataque chocó contra otra hoja: Cristopher, cubierto de tierra y sangre, sostenía la espada con ambas manos, temblando un poco, los ojos duros pese al tajo reciente en su pecho.
Nox lo miró como si estuviera viendo un fantasma.
—Tú deberías estar muerto… Cristopher no respondió.
Sus dientes estaban apretados demasiado fuerte.
Ese instante bastó.
Kael hizo una finta.
Movió el hombro como si fuera a atacar a Nox de frente, y en el momento exacto en que Nox preparaba el contraataque, Kael pivotó en torno a él, cruzando el cuerpo como una sombra rápida, ignorándolo por completo.
Nox apenas alcanzó a girar.
Kael ya avanzaba.
Pero no llegó lejos.
De entre la multitud surgió Somi, encendida por el impulso, cortando el aire hacia el pecho de Kael.
El general levantó la espada con precisión: golpeó el filo justo en el ángulo perfecto y la hoja de Somi salió volando de sus manos.
El impacto le entumeció los dedos.
—Siguen apareciendo como cucarachas —soltó Kael con desdén, alzando la espada para tajearle el cuello.
La hoja bajó… Y Somi fue arrancada hacia atrás de un tirón brusco por la parte superior del traje.
El tajo pasó justo por encima de su cabeza, cortando el aire.
Somi giró a medias para ver quién la había jalado.
Nezu.
Con el rostro ensombrecido y la respiración contenida.
Nox rugió: —¡Kael!
¡Aún no he terminado contigo!
Se lanzó desde el suelo, espada alzada.
Kael giró hacia él con calma.
Antes de que Nox tocara tierra, Kael golpeó el pomo de la espada del menor, desarmándolo en un latido.
Nox cayó de rodillas y, sin compasión, Kael le plantó una patada en el pecho que lo lanzó varios metros hacia atrás.
Nezu vio la apertura y cargó.
Pero Kael ya se estaba retirando, moviéndose con la rapidez de alguien que no desperdicia ni un paso.
Nezu lo persiguió entre el caos, pero Kael se deslizaba entre los insurgentes como si la batalla fuera un escenario organizado para él.
Llegó a los cañones primero.
Subió sobre uno con un salto, observó el cristal respirar luz rosada.
Frunció el ceño.
—Siguen siendo muy tibios.
El tajo que dio fue seco y definitivo.
El cañón de cristal se partió en dos, el brillo interno apagándose como una vela al morir.
Cuando Nezu y Nox, tambaleándose aún, llegaron a menos de diez metros, Kael levantó la mano.
Un hilo surgió desde la oscuridad: Vira lo había lanzado desde la base de la muralla.
El hilo de aura se enroscó en su brazo como un lazo perfecto.
Un tirón.
Y Kael fue arrancado del campo de batalla como si no pesara nada, elevado y arrastrado de vuelta a la puerta de la muralla, aterrizando de pie sin perder el equilibrio.
Nezu se detuvo, respirando rápido.
Nox apretaba los dientes con una furia que lo hacía temblar.
—Tu hermano es… asombroso —dijo Nezu, incapaz de no admitirlo.
Nox lo miró con furia.
—Cállate o te mato.
Señaló a los soldados del reino formados en la muralla, las antorchas iluminando sus armaduras.
—Ahora debemos convertir sus gritos de pasión… en sollozos.
Nezu respiró hondo.
—¿Tienes un plan?
Nox sonrió con ese filo suyo que no tenía nada de humor.
—Es momento del contraataque.
Del cuerpo de Zen brotó un murmullo de agua, casi imperceptible al principio, que pronto se enroscó alrededor de su espada como un hilo vivo.
El brillo húmedo recorrió el filo, tensándose a lo largo del acero.
Cristopher apenas tuvo tiempo de levantar los brazos.
La estocada lo golpeó directo en el pecho.
El impacto lo envió volando varios metros hacia atrás, arrastrando tierra y polvo antes de caer de rodillas, jadeando como si un martillazo lo hubiera partido por dentro.
Zen mantuvo el brazo estirado unos segundos, mirando el filo chorreante.
—Eso debería haberlo atravesado… Somi se acercó un paso, todavía recuperando el aire tras lo que ocurrió con Kael.
—¿A qué te refieres?
Zen bajó la espada, el agua goteando en silencio.
—Ese sujeto es bastante duro… —ladeó la cabeza—.
Literalmente.
Nox y Nezu llegaron al mismo tiempo, ambos respirando rápido, ambos frustrados.
Zen miró a Nezu con expresión neutra.
—Entonces… ¿el plan no funcionó?
Nezu negó con la cabeza, sin palabras.
Los disparos rosados apagados, la muralla intacta, Kael vivo y lejos: todo hablaba por él.
Somi tragó saliva.
—Entonces… ¿cuál es el plan ahora?
Nezu respiró hondo.
—Aun no lo se.
—Un ataque de frente —añadió Nox de inmediato, como si no existieran otras opciones.
Nezu lo miró de reojo.
—Intentemos pensar en algo más inteligente.
Nox abrió la boca, irritado, pero no dijo nada.
Solo desvió la mirada, haciendo rechinar los dientes.
Hubo un silencio extraño.
No era paz.
Era la clase de silencio que se forma cuando nadie quiere admitir que están contra la pared.
Aun así, pasó un minuto entero… que se sintió como una hora.
Zen terminó rompiéndolo.
—¿Entonces… será de frente?
Nezu dejó caer los hombros, resignado.
—Sí.
Su mirada se movió hacia Nox.
—Ve tú adelante.
Y encárgate de tu hermano.
Si abres el camino… podríamos tener una oportunidad.
Nox lo miró con un filo oscuro, sin terminar de decidir si le molestaba la orden o le encantaba.
—No me digas qué hacer —gruñó.
Pero al girar dio un paso… otro… y al tercero ya estaba corriendo hacia la muralla, gritando algo inentendible, pura furia.
—Eso era exactamente lo que tenía en mente —murmuró, perdiéndose entre los soldados.
Zen se ajustó el cabello húmedo y dio un pequeño salto para tensar las piernas.
—Iré detrás de él.
—Yo también —dijo Somi, ya inclinándose para avanzar.
Pero Nezu la tomó del brazo.
Somi se detuvo, desconcertada.
El ruido de la batalla llenaba todo, pero la voz de Nezu, cuando habló, fue firme y baja, imposible de ignorar.
—Ten más cuidado.
Y nunca luches sola—Guarda silencio por un momento— Especialmente contra ellos.
Somi lo miró a los ojos.Su mascara estaba llena de suciedad y la de Nezu habia desaparecido pero en ambas miradas había claridad.
Asintió.
Nezu la soltó, no sin dudar un segundo.
—Si no puedes mantenerte cerca de mí… quédate cerca de Zen.
—Sí… y lo siento —dijo ella, respirando hondo.
Nezu asintio suavemente y con un gesto serio, apenas inclinado hacia adelante, dijo: —Vamos.
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