CADENAS - Capítulo 14
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14: Peon perfecto 14: Peon perfecto Vira llegó hasta Kael con los hilos aún vibrándole en los dedos, la respiración apenas agitada pero con el pulso vivo después del tirón.
El aire a su alrededor seguía temblando por la explosión rosa que había iluminado el cielo segundos antes; el humo rosado todavía flotaba sobre el campo y se enroscaba entre las piedras de la muralla.
Sus botas se hundieron un poco en el lodo fresco cuando se detuvo a su lado, limpiándose un mechón de cabello húmedo de la frente mientras observaba el caos que seguía desarrollándose abajo.
—Buen trabajo —dijo sin adornos.
Kael asintió, limpiando el filo de su espada con un gesto automático.
Sea se estiró el cuello, harto.
—Ya estaba cansado de esos cañones —murmuró—.
Y aun así… —miró el campo de batalla, la ola insurgente todavía empujando contra la muralla— ¿no deberían retirarse?
Ya no tienen ninguna posibilidad.
—Nunca la tuvieron —respondió Vira, cruzando los brazos—.
Solo son unos suicidas.
Y mientras lo decía, vieron cómo Nox volvía a abrirse paso entre los soldados del reino, su avance una línea de sangre y empuje brutal que cortaba la formación.
Sea soltó un suspiro incrédulo.
—Aunque ya ganamos, cada muerte de ahora en adelante será una pérdida evitable.
Kael observó la escena unos segundos, sin emoción.
—Encárguense de los menos patéticos —dijo—.
Cuando ellos mueran, el resto se irá.
—Luego añadió, sin alterar el tono—: Y dejen que mi hermano venga por mí.
Vira giró la cabeza apenas, una sonrisa torcida en los labios.
—Bien.
Yo ya tengo al mío.
Y sin esperar respuesta, salió corriendo hacia el caos.
—¿En serio…?
— alcanzó a decir Sea, pero Vira ya era una sombra moviéndose entre cuerpos.
Sea se quedó allí un momento, mirando cómo desaparecía entre la mezcla de antorchas y acero.
Luego caminó, sin prisa, dejando que el caos se acomodara a sus sentidos.
Kael lidiaba con su hermano más adelante; era un choque a gran escala —dos fuerzas ignorando el resto del mundo—.
De Vira no se veía ni rastro.
Hasta que un brillo de agua lo obligó a detenerse.
Zen corría hacia él.
Sea levantó una ceja.
—Supongo que serás tú —dijo, acomodando la postura para recibir el ataque.
Pero Zen se detuvo a una distancia segura.
No cargó.
No tensó la postura.
No hizo nada.
Se quedo quieto, inmovil, mirandolo a través del cabello gris azulado que caía sobre un ojo.
Sea frunció el ceño.
—Hazlo…ataca.
Zen no respondió.
El silencio entre ellos se sintió fuera de lugar en medio de la guerra.
Sea suspiró.
—Esto es aburrido.
Se lanzó con una estocada limpia, perfecta, directa al corazón.
Del filo de Zen brotó una corriente suave —como el corte de un río tranquilo— que desvió el ataque sin esfuerzo, empujando el acero de Sea hacia un lado.
El impacto dejó una onda húmeda en el aire.
Zen clavó la espada en el suelo, el agua resbalando por la hoja.
—Aún no es el momento.
Sea retrocedió apenas, irritado… pero también interesado.
Mientras tanto, en el otro extremo del campo, Nezu avanzaba hacia la muralla con pasos afilados, derribando soldados con precisión quirúrgica.
No mataba: los noqueaba, desarmaba, los hacía caer por desequilibrio.
Somi iba detrás, cortando huecos, desviando lanzas, cubriéndolo cuando un movimiento lateral podía arrinconarlo.
Cada tanto se giraban para asegurarse de que ninguno quedara gravemente herido.
Pero cuando terminaron con un grupo y volvieron a correr, Somi torció la boca bajo la máscara.
—Hacerlo así toma demasiado tiempo.
Nezu no dejó de avanzar.
—No voy a matar —respondió sin mirar atrás.
—Lo sé, lo sé —dijo Somi, levantando ambas manos un segundo—.
No estaba pensando en eso.
—Volvió a ponerse en posición—.
Quiero decir… pensaba en esquivarlos.
Nezu consideró la idea apenas un instante.
Y no pudo responder.
Porque una figura se plantó frente a ellos, recortada contra las antorchas, la piel marcada de cicatrices, los hilos serpenteando desde sus dedos como bestias contenidas.
Vira sonrió con esa mezcla de burla y certeza.
—Sabía que volverías.
Nezu dio un paso adelante, luego otro.
La mirada fija.
La mano en la empuñadura.
—Lo que dijiste podría funcionar —murmuró, sin apartar los ojos de Vira.
Y entonces, sin girarse hacia Somi, dijo en un tono firme: —No importa lo que pase… corre a la muralla.
Somi quedó congelada medio segundo.
Pero Nezu avanzó directo hacia Vira sin avisar, pero ella se impulsó antes, las puntas de sus dedos envueltas en hilo tensado brillando como cuchillas.
Los filamentos enrollados por toda su mano le daban la rigidez de una espada bien forjada.
Atacó con ese impulso, directo a la cara de Nezu.
Él logró agacharse en el último segundo; el golpe silbó sobre su cabeza y Vira pasó de largo, clavando las uñas-hilo en el suelo para girar sobre sí misma y volver a lanzarse contra él con un segundo ataque, más rápido.
Esta vez Nezu ya estaba preparado.
Bloqueó sus golpes, retrocediendo lo justo, midiendo su ritmo.
Pero Vira extendió la mano envuelta en hilos, atrapó la espada de Nezu por el filo y la acercó hacia sí mientras echaba una mirada rápida hacia Somi, que corría hacia la muralla entre cuerpos y humo.
—No dejaré escapar ninguna plaga —escupió.
Con la mano libre formó un nuevo hilo, grueso, y lo lanzó como un látigo al suelo frente a Somi.
El impacto cortó piedra y tierra en una línea limpia que pasó apenas frente a ella.
Nezu había logrado sostener el brazo de Vira y desviar su trayectoria.
—¡Sigue corriendo!
—gritó él, sin soltarla.
Vira apretó con más fuerza la espada atrapada entre sus hilos.
Forzó, tiró, y terminó arrebatándosela.
Sin perder tiempo, la lanzó lejos con un movimiento seco.
Luego intentó golpear a Nezu con la otra mano, pero él retrocedió dos pasos justos, midiendo la distancia.
Desde el rabillo del ojo buscó dónde había caído la espada.
Ese instante fue suficiente para que Vira se impulsara hacia Somi como una bestia suelta.
Pero Nezu se lanzó contra ella, tacleándola antes de que alcanzara demasiada velocidad.
Ambos rodaron por el suelo entre polvo y gritos de guerra.
La primera en levantarse fue Vira; se alzó con una fluidez casi animal y, con Nezu todavía en el suelo, bajó la mano para golpearlo.
Nezu apoyó ambas manos contra el piso, arqueando el cuerpo, y con las garras metálicas de sus botas dio un tajo hacia arriba.
El golpe chocó contra la mano envuelta en hilos.
Los hilos se deshicieron al contacto y el filo de la bota también se partió.
—¡Nezu!
—la voz de Somi llegó desde atrás.
Ella le lanzó su propia espada.
Nezu la atrapó al vuelo.
—Pero tú… —alcanzó a decir.
Somi no se detuvo.
Siguió corriendo hacia la muralla sin mirar atrás.
Vira respiró hondo, los ojos brillándole con esa mezcla de burla y predatorio interés.
Empezó a envolver ambas manos con nuevos hilos, aún más densos y tensos que antes.
—Eres muy inteligente —dijo con una sonrisa que mostraba todos sus dientes Nezu respiró pesado.
Ajustó la postura, bajó la altura, contrajo los hombros y se hizo más pequeño.
Una posición defensiva, compacta, lista para redirigir en vez de bloquear.
Vira avanzó con velocidad.
Su mano descendió trazando un arco perfecto… pero fue desviada en el último instante.
Y al mismo tiempo, un corte limpio apareció en su mejilla.
La sangre bajó en una línea delgada.
Vira retrocedió dos pasos, sorprendida primero.
Luego sonrió, amplia, casi emocionada.
—Veamos cuánto tiempo puedes durar.
Somi corría directo hacia la muralla, esquivando ataques de soldados como podía.
Una lanza pasó rozando su cabeza; un hachazo chocó contra el suelo donde había estado un segundo antes.
A pesar del caos, logró llegar al pie de la muralla.
Extendió las garras del antebrazo del traje, las clavó contra la piedra y empezó a escalar antes de que el ejército la alcanzara.
Subía tan rápido como podía.
Nezu alcanzó a verla trepando… pero también vio cómo Kael ignoraba a Nox por completo y se lanzaba hacia la misma dirección, directo hacia Somi.
Vira movió la mano y un hilo salió volando como un látigo, golpeando el suelo justo donde Nezu estaba.
Él dio un salto atrás para esquivarlo.
La piedra se partió delante de el.
—No te distraigas —dijo Vira,con tono frio.
—Tengo mi atención puesta en lo importante —respondió Nezu.
Metió la mano en su bolsa y sacó el cristal rosado, lo lanzó por encima de la cabeza de Vira.
Ella apenas lo vio por el rabillo del ojo.
Nezu avanzó con una estocada.
Vira atrapó la espada con una mano envuelta en hilos.
—Esa fue una pesima distracción —dijo, y con la otra mano se preparó para atravesarlo.
Pero Nezu tomó su hombro, soltó la espada y de inmediato giró sobre él mismo saltando sobreVira, usando su propio cuerpo de apoyo para impulsarse hacia atrás sosteniendose de ella.
Vira lo siguió con la mirada cuando Nezu uso su espalda de apoyo, sorprendida por un instante.
—Este tipo…
es un peon perfecto.
El cristal caía justo frente a Nezu.
Mientras daba la vuelta en el aire, lo pateó con fuerza.
El impacto hizo que el cristal comenzara a chispear, vibrando, encendiéndose.
Y su trayectoria apuntaba directo hacia el punto donde Kael había saltado para alcanzar a Somi.
Kael lo notó justo antes del impacto.
Levantó la espada para cubrirse.
El cristal tocó el metal de la espada y explotó en un destello rosa que iluminó todo el cielo nocturno, la onda lo envolvió por completo y de su humo el cuerpo de Kael caía.
Nezu cayó de espaldas contra el cuerpo de Vira, y antes de que pudiera moverse, Vira lo atrapó contra su pecho, rodeándolo con sus brazos reforzados en hilo, inmovilizándolo por completo.
Lo sostuvo con una fuerza que parecía crecer cuanto más forcejeaba él.
Vira inclinó un poco la cabeza, su sonrisa apenas visible entre la sombra y el polvo rosado de la explosión.
—Eres muy bueno…
pero no eres el único especial en este campo.
El cielo se iluminó otra vez, esta vez con un destello amarillo: Ion.
Se desplazaba como un rayo, directo hacia Somi.
Pero en medio del trayecto una corriente de agua ascendió desde el suelo, formando un camino líquido que hizo vibrar el aire.
Zen apareció al final de ese camino entre el agua.
—Este es el momento —dijo.
El cielo estalló en gotas de rocío y chispas cuando ambos chocaron.
Los dos, Ion y Zen, se detuvieron un segundo en el aire, suspendidos por el choque de energías, antes de comenzar a caer.
Ion intentó un ataque final, cargando toda su fuerza.
Zen solo levantó la guardia.
El impacto lo empujó hacia atrás, pero en vez de caer, usó la fuerza del golpe para impulsarse hacia la muralla.
Chocó contra ella, hundiendo las garras de su traje para detenerse, clavado a varios metros de altura.
Zen avanzaba por la muralla de salto en salto incrustando las cuchillas del traje en la muralla, el agua que lo rodeaba dejando un rastro fino, casi invisible, sobre la piedra mojada por el rocío de la explosión rosa.
Alcanzó a Somi justo cuando ella ya había logrado subir al borde superior, su respiración acelerada y los dedos aún tensos por el esfuerzo.
—Dame la mano —dijo Zen.
Somi asintió sin entender del todo, se la dio y abrió la boca para preguntar: —¿Cuál es el pla—?
No alcanzó a terminar.
Zen ya había tensado el brazo, y en un movimiento seco la lanzó por encima de la muralla haciendole llegar a la cima, como si fuera un proyectil humano.
Somi apenas logró soltar un jadeo sorprendido mientras volaba hacia el interior.
Abajo, entre cadáveres y polvo, Sea caminó hacia Ion, que estaba levantándose con dificultad después de haber caído desde la mitad de la muralla.
—Tienes que subir —dijo Sea—.
A la cima, ahora.
Ion no respondió.
Le temblaban un poco los brazos, pero comenzó a cargar su afinidad, electricidad trepándole por la piel como raíces blancas listas para dispararlo hacia arriba.
Pero no alcanzó.
La espada de Nox atravesó su abdomen antes de que Ion siquiera diera el primer paso.
Ion soltó un gruñido, la energía dispersándose como chispas huérfanas.
Nox, con la mirada apagada y un aire casi aburrido, lo empujó con el pie para sacarlo de su hoja.
—Todos son tan despistados —dijo.
Sea lo observó unos segundos, sin tensión, sin sorpresa.
—Me estaba preguntando cuándo aparecerías.
—Ya perdieron —respondió Nox, sin levantar su voz.
—Tienes razón —Sea dio media vuelta con una calma insultante—.
Nos vemos en unos minutos.
Y se alejó caminando hacia la puerta de la muralla como si el campo de batalla fuera un pasillo cualquiera.
Vira seguía encima de Nezu, presionándolo contra su pecho, sujetándolo con ambos brazos envueltos en hilo.
—Es mi culpa por confiar en el imbécil de Ion —bufó decepcionada, alzando una mano para rematarlo.
Pero antes de que su palma pudiera descender, una patada la golpeó de lleno en la mandíbula y la envió rodando por el suelo.
Sol aterrizó entre ellos, la máscara azul brillando entre el polvo.
—Está bien, está bien —dijo Vira, levantando ambas manos mientras retrocedía—.
Ustedes ganan esta.
Y en un segundo ya estaba corriendo hacia la puerta de la muralla, perdiéndose entre los soldados que se retiraban.
Sol se inclinó hacia Nezu y lo tomó del brazo para ayudarlo a ponerse de pie.
—¿Estás bien?
—Sí… —Nezu se sacudió el polvo, respirando con dificultad—.
Sí.
Alzó la cabeza y vio cómo, en la cima de la muralla, Somi y Zen aparecían entre las sombras, habiendo alcanzado el borde sin que nadie lograra detenerlos.
Las enormes puertas de la muralla empezaron a abrirse desde dentro.
El ejército del reino comenzó a retirarse en formación, rápido, casi desesperado por escapar.
Sol metió la mano en su bolsa y sacó un pequeño cristal verde.
Le dio un golpe con una piedra y el cristal empezó a chispear de inmediato.
Sol lo lanzó al aire.
—Es solo una pequeña victoria…
—murmuró.
El cristal estalló en el cielo y lo tiñó de chispas verdes.
El Ejército de Liberación, al ver el destello, detuvo el ataque en seco.
Todos dejaron de perseguir al ejército del reino y observaron su retirada, sin cruzar la línea invisible que ahora marcaba el final de la batalla.
Nezu frunció el ceño.
—¿No deberíamos presionar?
—Ellos ya terminaron con su parte —respondió Sol, poniéndose la máscara con ambas manos mientras lo miraba de reojo—.
De aquí en adelante… todo nos toca a nosotros.
Nezu suspiró, agotado, mirando de nuevo la cima donde habían desaparecido Zen y Somi.
—Vamos rápido —dijo finalmente.
Recogió del suelo ambas espadas, la suya y la de Somi, y comenzó a correr hacia la muralla con todas sus fuerzas.
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