CADENAS - Capítulo 15
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15: Yo estoy aquí 15: Yo estoy aquí El interior de la muralla era un desorden vivo.
Órdenes gritadas que se pisaban unas a otras, botas resbalando sobre piedra manchada de sangre, soldados arrastrando cuerpos entre columnas agrietadas mientras la luz de las antorchas temblaban como si el lugar estuviera a punto de colapsar.
El aire olía a metal caliente, a ozono quemado y a miedo mal contenido.
El cuerpo de Kael fue llevado primero.
Cuatro soldados lo sostenían como podían, uno de ellos con el brazo temblándole por el esfuerzo.
La explosión rosa lo había lanzado como un muñeco; tenía la ropa rasgada, la cabeza ladeada y el hombro colgando en un ángulo antinatural.
Aun así, respiraba.
Un poco más atrás venía Ion.
O almenos lo que quedaba de el.
Su torso estaba empapado de sangre oscura, el abdomen atravesado, la energía que solía recorrerle la piel reducida a chispas erráticas que morían antes de formarse.
Dos soldados lo llevaban casi arrastrando, dejando un rastro rojo sobre la piedra.
—¡Aparten!
¡Dejen espacio!
—¡Traigan vendas!
—¡No, no ahí, idiota!
El caos se partió en dos cuando una voz seca cortó el ruido.
—Quítense.
Vira avanzó entre los soldados sin frenar el paso.
Los hilos aún le vibraban en los dedos, tensos, inquietos, como si su cuerpo no hubiera terminado de salir del combate.
Nadie discutió.
Se hicieron a un lado de inmediato.
Vira se detuvo frente a Ion.
Lo observó unos segundos, en silencio.
Ion abrió los ojos a medias.
Su respiración era irregular, húmeda.
Alzó una mano temblorosa, manchada de su propia sangre, intentando tocarle el rostro.
—¿Ya… ya llegué al cielo…?
Vira le apartó la mano de un golpe seco.
—Si te vas a morir, hazlo rápido —dijo sin suavizar la voz—.
No tengo tiempo para estupideces.
Ion dejó escapar una risa ahogada que terminó en un gemido.
La mano de Sea se posó sobre el hombro de Vira.
Ella giró la cabeza apenas, lo justo para mirarlo con fastidio.
—¿Qué?
Sea no dijo nada.
Solo sostuvo la mirada.
Vira chasqueó la lengua.
—…Está bien.
Se arrodilló junto a Ion con brusquedad.
Los hilos brota.dron de sus dedos como nervios expuestos, finos, brillantes, vivos.
Los introdujo en la herida abierta con precisión cruel, empujándolos entre carne y músculo, cerrando desde dentro.
Ion gritó.
Un grito largo, desgarrado, que rebotó contra las paredes.
—¡CÁLLATE!
—le espetó Vira, tirando de los hilos para tensarlos—.
Si te mueves, te abro más.
El grito se convirtió en un sollozo ahogado.
El cuerpo de Ion se arqueó mientras los hilos cosían, cerrando vasos, juntando tejido a la fuerza.
La sangre dejó de brotar a chorros y pasó a gotear lentamente.
Vira trabajaba sin cuidado aparente, pero cada movimiento era exacto.
Cristopher apareció junto a Sea, cubierto de polvo y sangre seca.
Su respiración aún estaba agitada.
—¿Y ahora qué hacemos?
—preguntó—.
¿Cuáles son las órdenes?
Sea lo miró en silencio durante varios segundos.
Cristopher frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Sea habló al fin, con el ceño apretado.
—Juraría… que te vi morir.
Cristopher parpadeó, desconcertado.
Antes de que pudiera responder, una voz ronca se elevó desde el suelo.
—Cállense todos.
Kael se incorporó lentamente, llevándose una mano a la cabeza.
Respiró hondo, como si cada inhalación le costara trabajo.
El mundo parecía girarle un segundo… luego se estabilizó.
Cristopher se acercó de inmediato.
—¿Está bien, señor?
—No —respondió Kael sin rodeos.
Con un movimiento seco, se acomodó el hombro dislocado.
El chasquido resonó en la sala.
Kael apretó los dientes, pero no hizo ningún sonido.
Alzó la vista.
—¿Dónde está Azazel?
Uno de los soldados dio un paso al frente.
—Ya llegó, señor.
Está en la parte superior de la muralla.
Kael asintió despacio.
—Al menos algo está saliendo bien.
Se sacudió el polvo de la ropa, se acomodó el abrigo rasgado y recuperó postura, como si el dolor fuera solo un detalle menor.
—Protejan el núcleo —ordenó a los soldados—.
No se separen de él bajo ninguna circunstancia.
Luego giró hacia Vira y Sea.
—Cuando terminen aquí, acompáñenme.
Tenemos que ayudar a Azazel.
Sea asintió.
—Está bien.
Vira tiró de los últimos hilos y se levantó.
—Ya terminé.
La herida de Ion quedó cerrada a medias, aún roja, aún temblorosa.
Ion respiraba… apenas.
Kael la miró un segundo, pero no dijo nada.
Se giró hacia Cristopher.
—Reúne a todos los soldados disponibles.
Diles que se concentren en proteger el núcleo.
Ahora.
—Sí, señor.
Cristopher salió corriendo sin mirar atrás.
En la cima de la muralla, el ruido de abajo llegaba amortiguado, desde ahí arriba se podía ver la gran inmensidad del bosque de bambú y la extensa ciudad de Bambúrashi.
Zen se estiró con tranquilidad, mirando hacia el interior del reino.
—Eso fue muy fácil.
Somi no respondió de inmediato.
Estaba de rodillas, una mano apoyada en la piedra fría, la otra cerrada con fuerza.
La respiración le temblaba, rápida, y por un momento el mundo parecía inclinarse bajo sus pies.
El estómago le dio una vuelta brusca.
—Necesito… un segundo —murmuró—.
Todo me está dando vueltas.
Zen se giró hacia ella, ladeando la cabeza.
—¿Cómo te sientes?
Somi dejó escapar una risa corta, sin humor.
—Horrible —dijo primero.
Se incorporó poco a poco, apoyándose en la muralla, cerrando los ojos un instante para estabilizarse.
Luego volvió a hablar, con la voz más firme.
—Pero a la vez… fue increíble.
Abrió los ojos.
Había algo distinto en su postura ahora, una electricidad contenida bajo la piel.
Zen la observó con atención.
—Te tengo envidia —admitió—.
Ojalá pudiera sentir eso.
Somi respiró hondo antes de responder.
Se tomó un segundo,buscando las palabras correctas.
—Fue como… —empezó— tenía muchísimo miedo.
Sentía que en cualquier momento iba a morir.
Apretó los puños.
—Pero al mismo tiempo… me sentía como un dios.
Zen se quedó quieto.
Pensó en esas palabras más de lo que aparentó.
El viento le movió el cabello húmedo, y por un instante su expresión perdió la ligereza habitual.
—Quiero sentir eso —dijo al fin.
Se giró de golpe.
—Creo que tenemos compañía.
Somi siguió su mirada.
Desde el extremo de la muralla, una figura avanzaba corriendo hacia ellos con pasos pesados y seguros.
Su silueta se recortaba contra las antorchas: Azazel.
Zen frunció apenas el ceño.
—Este es fuerte.
Somi llevó la mano a la empuñadura.
—Prioriza la misión —dijo, con urgencia— Encuentra el núcleo.
Ella dudo aunque fue solo un instante.
Luego asintió y salió corriendo en dirección contraria, perdiéndose entre las estructuras de la muralla.
—Está bien.
Azazel sonreía.
Una sonrisa enorme, torcida, llena de emoción, mientras cargaba directo hacia Zen.
Zen saltó.
Giró sobre sí mismo en el aire, y su espada trazó un arco amplio.
El agua brotó del filo formando una media luna brillante que cortó el viento con un murmullo profundo.
El tajo descendió.
Azazel lo detuvo con el brazo.
El impacto fue seco, brutal.
El filo chocó contra la carne como si hubiera golpeado acero.
El agua se dispersó en gotas finas que cayeron sobre la piedra.
Azazel ni siquiera retrocedió.
—Buena técnica —dijo, divertido—.
Te doy siete puntos.
Zen cayó al suelo y dio un paso atrás, separando la espada del brazo de Azazel, sin perder la guardia.
—Tu actuación fue mediocre —respondió—.
Cero puntos.
Azazel soltó una carcajada abierta.
—Eres un juez bastante injusto.
Azazel extendió la palma.
De ella brotó un orbe irregular, casi circular, de un rojo intenso, pulsante, como si tuviera un latido propio.
La luz bañó su mano y, antes de que Zen pudiera decir una sola palabra, el orbe se deformó, alargándose, envolviéndose alrededor de la palma de Azazel.
Tomó forma de espada.
Azazel la blandió sin ceremonia y lanzó el corte directo al cuello.
Zen reaccionó por reflejo.
Su espada, envuelta en agua, chocó contra el filo rojo en un impacto pesado, distinto a cualquier metal.
El choque hizo vibrar el aire.
—Cinco puntos —dijeron ambos al mismo tiempo.
Azazel sonrió más ancho.
Siguió atacando.
Cada tajo era una extensión de su propio brazo, la palma-orbe cortando con una fluidez brutal.
Zen bloqueaba, desviaba, retrocedía, el agua de su espada estallando en pequeñas ondas a cada impacto.
El ritmo se volvió agotador.
Zen frunció el ceño.
Clavó la espada en el suelo.
El agua explotó hacia afuera como una ola repentina, una masa líquida que surgió desde la piedra y arrastró a Azazel varios metros hacia atrás, dejándolo deslizarse sobre la muralla antes de detenerse.
Azazel se rió mientras se incorporaba.
—Seis puntos.
—Cállate —respondió Zen.
Y se lanzó hacia él.
No alcanzó a dar dos pasos.
Otro orbe apareció frente a su rostro, más brillante, más concentrado.
La luz roja estalló de golpe.
Zen sintió el impacto… pero no en la piel.
No hubo quemadura.
No hubo sangre.
El daño le atravesó el pecho como un puño invisible y se expandió hacia adentro, profundo, retorciendo algo que no tenía forma física.
Los pulmones se le cerraron.
El corazón se le desacompasó.
El mundo se le dobló.
Cayó de rodillas.
—¿Qué… qué fue eso?
—alcanzó a decir, jadeando.
Azazel caminó hacia él con calma, el orbe deshaciéndose en partículas rojas alrededor de su mano.
—¿Conoces el alma?
—preguntó, casi curioso.
Zen levantó la vista, respirando mal.
—Si vas a dar una explicación aburrida… mejor no hables.
Azazel soltó una carcajada corta.
—Como quieras.
Otro orbe se formó alrededor de su mano libre.
La luz roja iluminó la muralla.
—¿Listo para el segundo round?
Zen lo miró, todavía aturdido, y negó con la cabeza.
—Arruinaste el momento.
Desde el borde de la muralla, dos figuras emergieron al mismo tiempo.
Nezu y Sol.
Sol no perdió tiempo.
Corrió directo y lanzó una patada potente al rostro de Azazel.
Él se cubrió con el brazo-orbe, retrocediendo medio paso, ya atento.
Nezu llegó junto a Zen y lo sostuvo del brazo para ayudarlo a levantarse.
—¿Estás bien?
—Solo… dame un segundo —dijo Zen, apretando los dientes—.
Eso fue raro.
Nezu asintió y alzó la voz.
—¡Sol, vamos!
—¡No se vayan!
—rió Azazel, abriendo los brazos—.
Apenas estaba empezando a divertirme.
Pueden venir todos a por mi, así sería más entretenido.
Sol retrocedió un paso y miró por encima del hombro de Azazel.
Kael, Sea y Vira se acercaban.
Sol chasqueó la lengua.
—Vayan por el núcleo —dijo con firmeza— Les ganaré tiempo.
Zen frunció el ceño.
—Ese tipo es bastante duro.
—Lo sé —respondió Sol sin apartar la vista de Kael.
Sacó un cristal y lo lanzó hacia Nezu.
Él lo atrapó al vuelo.
Sol se señaló el pecho con el pulgar, confiado.
—Yo estoy aquí así que no pasarán, confíen en mí.
Zen y Nezu intercambiaron una mirada breve.
Asintieron.
Y corrieron por el otro lado de la muralla, dejando atrás la luz roja, el agua dispersa… y la sonrisa de Azazel esperando su siguiente juego.
Sol se quedó mirando a Azazel un instante más de lo necesario.
Pensó.
No en tácticas aprendidas ni en órdenes pasadas, sino en sí mismo.
En la versión idealizada que tenía de lo que debería ser en una pelea como esta… y en la versión real, limitada, cansada, humana.
Buscó el punto medio entre ambas.
El lugar exacto donde podía pararse sin mentirse.
Y lo encontró.
Las chispas recorrieron su cuerpo como nervios expuestos.
No era dolor, no era placer: era foco.
Todo lo que no fuera combate comenzó a apagarse, como luces innecesarias.
El ruido de todo el lugar se volvió lejano.
El mundo se redujo a solo el y sus enemigos.
—Siete minutos… —murmuró para sí.
Azazel ya venía hacia él.
El primer golpe fue rapido, directo, buscando partirlo en dos.
Sol lo desvió con la palma abierta, el impacto vibrándole hasta el hombro.
Retrocedió un paso, luego otro, siempre exacto, siempre lo justo.
Cada ataque de Azazel encontraba una mano, un giro, un vacío.
Azazel cambió el ritmo.
Sus palmas-orbe cortaron el aire, buscando rebanarlo.
Sol esquivó cada tajo por centímetros, el filo rojo pasando tan cerca que calentaba la piel.
Azazel lanzó una estocada final, más rápida, más desesperada.
Sol atrapó su brazo.
Y le dio un golpe seco en la mandíbula.
Azazel trastabilló, la sonrisa torciéndose mientras luchaba por mantenerse consciente.
—Eres… un insecto escurridizo… —gruñó.
No tuvo tiempo de recuperar el aliento.
Kael llegó.
Sin palabra alguna, desenvainó y cortó directo al cuello.
Sol saltó hacia atrás, esquivando el filo por pura inercia.
Aterrizó, rodó, volvió a ponerse de pie.
Kael no le dio respiro.
Atacó de nuevo, una y otra vez, cada golpe preciso, sin desperdicio.
Sol bloqueó, desvió, hasta que vio la apertura.
Lanzó una patada directa al mango de la espada.
El arma voló de las manos de Kael.
Sea apareció desde un costado con una estocada limpia.
Sol giró el torso; el filo le rasgó la ropa del abdomen, apenas la tela, sin tocar piel.
Sol atrapó el estoque con sus manos y, usando su piernana, lo partió en dos.
Desde más atrás, Vira gritó, irritada: —¡Apártense!
¡No puedo atacar si están todos juntos!
Kael recuperó su espada y esta vez no dudó.
El tajo fue directo al hombro de Sol.
El impacto lo hizo retroceder, la sangre manando de inmediato.
—Ya basta —dijo Kael, respirando hondo para calmarse.
Se giró hacia los otros.
—Sea.
Vira.
Busquen a los demás.
Azazel y yo nos encargamos de este.
Sea miró a Sol una última vez.
—No pierdan.
Y se fue.
Vira no dijo nada.
Solo le lanzó a Sol una mirada larga, evaluadora, antes de desaparecer con Sea entre los pasillos de la muralla.
Kael se acercó a Azazel.
—¿Por qué tardaste tanto?
Azazel se tocó la mandíbula, sonriendo.
—Me quedé dormido.
Kael frunció el ceño.
—Eres un desastre.
Azazel soltó una risa suave y miró a Sol.
—Más importante… ¿qué le pasa a este tipo?
—ladeó la cabeza—.
No se supone que sea tan fuerte.
—Es complicado —respondió Kael sin apartar la vista de Sol—.
Digamos que se saltó varios pasos en el camino para hacerse más fuerte.
Sol respiraba con dificultad, pero su voz salió tranquila.
—Hablas con mucha seguridad… sabiendo que no puedes vencerme.
Kael caminó hasta colocarse al lado de Azazel, sin dejar de hablarle a Sol.
—No seas tonto.
Mientras tenga a Azazel, mi victoria está asegurada.
—Me harás sonrojar —bromeó Azazel.
Kael lo tomó del cuello del uniforme y lo miró de frente.
—¿Estás lo suficientemente loco como para seguirme el paso?
Azazel sonrió, los ojos brillándole.
—¿Estás pensando en algo divertido?
—Claro que sí.
Kael lo empujó.
Azazel cayó fuera de la muralla.
Sol lo vio de reojo, sorprendido, y volvió la mirada a Kael.
—Acabas de desechar tu carta de triunfo.
Kael soltó su espada.
El metal cayó al suelo con un sonido seco.
—Te voy a demostrar que no hay atajos en este camino —dijo—.
Además… solo necesito ganar una vez.
Corrió hacia Sol.
Sol ya estaba listo.
Cada músculo preparado para atacar, desviar, bloquear, contraatacar.
Esperó el golpe… y lanzó el suyo primero.
Kael se detuvo en el momento exacto.
El puño de Sol pasó frente a su rostro.
Kael atrapó su brazo y, en un solo movimiento, giró a su espalda y lo inmovilizó con una llave perfecta.
Sol abrió los ojos.
¿Cómo…?
¿Cómo lo supo?
¿Cómo se hizo más rápido?
Kael alzó la vista hacia el vacío donde había caído Azazel.
—¿Estás listo, demonio?
Una sombra ascendió.
Azazel se elevó por encima de la muralla, dos orbes rojos desplegados como alas a su espalda.
—Claro que sí.
Azazel se impulsó desde el aire.
Kael soltó a Sol y lo lanzó directo hacia la trayectoria del ataque.
Azazel embistió con todo.
Sol solo alcanzó a pensar, mientras su vista se nublaba y el mundo se alejaba a una velocidad imposible: Aún no he perdido… Un intento más… por favor… Y su cuerpo desapareció, arrojado muy lejos de la muralla, tragado por la noche y el vacío.
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