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CADENAS - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Dos Puntos
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16: Dos Puntos 16: Dos Puntos El silencio que quedó tras la caída de Sol fue breve.

El viento arrastraba polvo y ceniza por la cima de la muralla, y el eco lejano de la batalla llegaba apagado, como si el mundo debajo ya no importara demasiado.

Kael permaneció inmóvil unos segundos, respirando con calma medida, observando el vacío donde el cuerpo había desaparecido.

Detrás de él, algo se movió.

Azazel se acercó caminando, las botas resonando suave sobre la piedra, los dos orbes rojos aún flotando a su espalda como alas deformes, pulsando lentamente, Sonriente.

—Entonces… —dijo, ladeando la cabeza— ¿qué puntaje me das?

Kael no lo miró de inmediato.

Recogió su espada del suelo, pasó el pulgar por el filo para limpiarlo de sangre y polvo, y recién entonces habló.

—Dos puntos.

Azazel se detuvo en seco.

—¿Dos?

—abrió los brazos exageradamente—.

¿Por qué tan bajo?

Eso fue una actuación impecable.

Kael encajó la espada en su mano con firmeza.

—Lo que importa no son las pequeñas buenas actuaciones —respondió con frialdad—.

Importa el resultado total.

Azazel lo observó unos segundos, evaluándolo.

Luego sonrió aún más.

—Entonces no pararé hasta llegar al diez.

—Hazlo —dijo Kael sin emoción—.

Necesito que te encargues de los otros que escaparon.

Azazel inclinó la cabeza con teatralidad.

—Sí, señor.

Los orbes se expandieron, deformándose, y las alas rojas se desplegaron por completo.

En un solo impulso, Azazel se elevó en el aire y desapareció más allá de la muralla, dejando tras de sí un rastro de luz carmesí que se apagó lentamente.

Kael no lo siguió con la mirada.

Se dio la vuelta y comenzó a avanzar por la cima de la muralla, sus pasos firmes, directos.

Llegó a una abertura estrecha entre dos estructuras de piedra reforzada: una entrada al interior.

Descendió.

El interior de la muralla era un laberinto vertical de pasillos angostos, escaleras incrustadas en la piedra y columnas reforzadas con metal antiguo.

La luz verde de cristales menores corría por canales tallados en las paredes, pulsando con una cadencia artificial que hacía vibrar el aire.

Todo olía a energía contenida, a algo que no debía fallar.

Soldados del reino se movían apresurados, algunos heridos, otros dando órdenes a media voz.

Kael pasó entre ellos sin detenerse.

Nadie se atrevió a hablarle.

Avanzó hasta llegar a una puerta alta, reforzada con placas de metal y sellos de cristal.

Dos soldados custodiaban la entrada.

Kael se detuvo frente a ellos.

—Ninguno entra —dijo sin alzar la voz—.

Si alguien cruza esta puerta… le corto la cabeza.

Los soldados tragaron saliva y asintieron de inmediato.

Kael empujó la puerta.

El interior era una sala amplia, circular, excavada directamente en el corazón de la muralla.

En el centro, suspendido por estructuras de contención, estaba el núcleo.

Un cristal enorme de luz verde.

Desde afuera parecía estable, sólido, casi bello.

Pero de cerca se notaban las grietas finas que recorrían su superficie como venas fracturadas.

En su interior, algo latía.

Una luz morada.

No constante.

No uniforme.

Palpitaba.

Kael se acercó despacio.

Alzó la mano y apoyó la palma contra el cristal.

El núcleo reaccionó.

La luz verde se intensificó de golpe, y las grietas brillaron con más fuerza, revelando la energía violeta moviéndose inquieta en su interior.

Kael cerró los ojos un instante.

—Mierda… Retiró la mano y exhaló con frustración.

—Sal —dijo al aire, sin levantar la voz—.

Sé que estás aquí.

El silencio duró apenas un segundo.

Luego, una figura se separó de las sombras detrás de una de las columnas.

Somi.

Apareció despacio, sin prisa, con la respiración todavía agitada por la carrera, pero con la mirada firme.

Observó el núcleo un momento antes de hablar.

—Esa cosa… —dijo— es bastante resistente.

Kael la observó durante unos segundos largos, evaluándola como si intentara encajar una pieza fuera de lugar.

—¿Cómo hiciste para agrietar el núcleo?

—preguntó al fin.

Somi ladeó un poco la cabeza.

—Con lo mismo que te explotó en la cara.

Kael no reaccionó de inmediato.

La miró fijo, procesando.

Luego asintió apenas.

—Entiendo… Sus ojos recorrieron la sala una vez más.

—Entonces… ¿eres la única aquí?

¿O hay alguien más escondido por ahí?

Somi no respondió.

El silencio se estiró.

Kael comenzó a caminar despacio alrededor del núcleo, los pasos resonando suaves sobre la piedra pulida.

—Se nota —dijo, sin mirarla— que no estás acostumbrada a este tipo de… ambiente.

Somi lo siguió con la mirada.

—Te ves bastante bien —respondió— para alguien que recibió una explosión en la cara.

Kael soltó una exhalación breve, casi una risa seca.

—Se necesita mucho… mucho más que eso para derribarme.

—Tienes mucha confianza —dijo Somi.

Kael se detuvo.

—La confianza se gana —respondió—.

Y yo me gané la mía después de muchas batallas.

Somi dudó apenas un segundo antes de hablar.

—Entonces… ¿estás satisfecho con tu vida?

Kael la miró de reojo.

—¿Estás intentando ganar tiempo?

Somi alzó ambas manos lentamente, sin amenaza.

—No soy muy buena luchando —dijo con honestidad—.

Y ahora ni siquiera tengo mi arma.

Puedes acabar conmigo en cualquier momento… o podemos seguir hablando.

Kael frunció levemente el ceño.

—¿Y por qué seguiría hablando contigo?

Somi inclinó la cabeza, mirándolo directo a los ojos.

—Entonces… ¿por qué me seguiste la charla desde el inicio?

Kael no respondió.

El silencio volvió a caer, pesado.

Finalmente habló.

—Curiosidad.

Somi parpadeó.

—¿Curiosidad?

Kael la miró de frente ahora, sin rodeos.

—Me sorprendiste cuando te vi —dijo—.

Esa figura que parecía tan indefensa, con los ojos temblando de miedo… —hizo una pausa— sorteó a mis hombres y casi destruye aquello que intento proteger.

Somi soltó una risa baja, breve, que resonó extraña en la sala.

Kael la observó, confundido.

—¿Qué es tan gracioso?

—Lo siento… lo siento es que estoy realmente aterrada —dijo Somi, llevándose una mano al pecho—.

Pero… muchas gracias.

Kael frunció el ceño.

—¿Por qué?

Somi lo miró, todavía sonriendo un poco.

—Porque sí estaba ganando tiempo.

El cambio fue instantáneo.

Kael desenfundó.

El movimiento fue limpio, directo, sin advertencia.

La hoja fue hacia el pecho de Somi.

Pero ella rodó hacia un lado justo a tiempo.

El acero atravesó el aire donde ella había estado un segundo antes.

Y entonces la puerta explotó.

La estructura reforzada estalló hacia adentro entre polvo y fragmentos de metal.

Los cuerpos de los soldados que la custodiaban cayeron junto con los escombros, bañados en sangre fresca.

Entre el humo y los restos de piedra, una figura se incorporó.

Cubierto de sangre.

Respirando con rabia contenida.

Nox.

Se enderezó lentamente, espada en mano, y se plantó frente a Kael.

Los dos hermanos quedaron cara a cara.

Kael lo observó sin sorpresa.

—Hermano —dijo con calma—.

¿Tienes algo que decir?

Nox no respondió.

Ni una palabra.

Su cuerpo se lanzó hacia adelante como si el silencio fuera la única respuesta posible.

La espada descendió con violencia directa, sin fintas ni cuidado, un ataque tras otro cargado de rabia acumulada.

Kael retrocedió.

No bloqueó de inmediato.

No contraatacó.

Solo mantuvo la distancia, pasos cortos y precisos, girando alrededor del núcleo sin perderlo de vista, dejando que cada tajo de Nox pasara a centímetros de su cuerpo.

El metal silbaba en el aire.

—¡Nox!

—gritó Somi desde atrás, todavía agachada cerca del cristal—.

¡Tírame el cristal!

Nox no la escuchó.

O no quiso.

Atacó de nuevo, más rápido, empujando a Kael hacia un costado.

El golpe habría partido a otro en dos; Kael apenas inclinó el torso y dejó que la hoja pasara rozándole el abrigo.

—¡Nox!

—volvió a gritar Somi—.

¡El cristal, ahora!

Nada.

Nox seguía avanzando, respirando pesado, los ojos fijos solo en su hermano.

Cada ataque era más desesperado que el anterior, como si el tiempo no existiera fuera de ese espacio entre ambos.

Somi apretó los dientes.

Intentó llamar su atención una vez más, alzando la voz por encima del eco de los golpes.

—¡Nox, mírame!

Kael aprovechó ese instante para cambiar el ángulo, empujando a Nox lejos del núcleo con un giro limpio, sin siquiera tocarlo directamente.

Nox volvió a cargar.

Somi cerró los ojos un segundo.

—Mierda… —murmuró.

Por el otro lado de la muralla, lejos del núcleo, Vira y Sea avanzaban a toda velocidad por los corredores exteriores, saltando escombros, empujando soldados rezagados que ni siquiera alcanzaban a reaccionar.

Más adelante, entre sombras y antorchas rotas, las siluetas de Nezu y Zen se perdían y reaparecían como fantasmas en movimiento constante.

Vira chasqueó la lengua, irritada.

—Solo están corriendo —dijo—.

¿Siquiera tienen un plan?

Sea no respondió.

Seguía avanzando con el gesto serio, la mirada fija al frente, el paso firme pero tenso.

Vira lo miró de reojo.

—Oye —insistió—.

Insúltalos, di algo, lo que sea.

¿Qué te pasa?

Sea tardó unos segundos en hablar.

—No he podido hacer nada —dijo al fin, sin detenerse.

Vira frunció el ceño.

—No empieces.

Saltó un tramo de piedra caída y volvió a mirarlo.

—Ya llegará tu momento… además —añadió con desdén—, a ti ni siquiera te importa toda esta mierda de la guerra.

Ya nos pagaron.

Sea apretó la mandíbula.

—No es eso.

Respiró hondo antes de continuar.

—Es solo que… esos tipos no son nada comparados con Marcus.

El nombre quedó flotando entre ambos, pesado.

—¿Cómo se supone que venza a Marcus —continuó— si ni siquiera soy un obstáculo para ellos?

Vira redujo un poco la velocidad.

No se detuvo, pero lo suficiente para mirarlo de frente mientras corrían.

—No pienses en eso.

Sea la miró, sorprendido por el tono.

—Aún no he conocido a nadie —siguió Vira— que se haga fuerte solo ganando.

Todos los que he visto crecer de verdad lo hicieron cuando perdieron.

Saltó otro escombro con facilidad.

—Cuando pierden o se retiran de esta vida… o usan esa pérdida para hacerse más fuertes.

Guardó silencio un segundo y luego añadió, sin suavizar la voz: —¿Qué importa si pierdes ahora?

¿O después?

¿O un millón de veces?

Vira giró la cabeza apenas, mirándolo de reojo.

—Mientras ganes cuando luches contra Marcus… todo habrá valido la pena.

Sea la observó unos segundos en silencio, como si esas palabras se le hubieran clavado más hondo de lo que esperaba.

—Gracias —dijo finalmente.

Vira resopló.

—De nada.

Siguieron corriendo unos metros más, hasta que Sea volvió a hablar.

—Entonces… si dices que no te importa nada de este campo de batalla —preguntó—, ¿por qué sigues peleando?

Vira no respondió de inmediato.

Luego señaló hacia adelante con el mentón, hacia la silueta de Nezu y Zen que se perdian en un giro del corredor.

—Lo hacía porque me pagaban por día —dijo—.

Mientras nadie que no fuera del ejército tocara la muralla, todo bien.

Su voz se tensó apenas.

—Cuando esos tipos entraron… mi contrato terminó.

Hizo una pausa breve.

—Pero ese tipo —añadió, señalando a Nezu—… cuando luché con él, yo era totalmente superior.

Lo sé.

Soy más fuerte que él.

Sus dedos se cerraron con fuerza.

—Y aun así… cuando peleamos, no me puso atención, su vista estaba en todo el terreno menos en mi.

Sea la miró.

—Le bastó un momento —continuó Vira— para arruinarlo todo.

Su expresión se endureció.

—Estoy muy enfadada.

Sea asintió lentamente.

—Entonces —dijo— aceleremos el paso.

Vira sonrió apenas.

Y ambos aumentaron la velocidad, persiguiendo a las sombras que huían delante de ellos.

Adelante de ellos, Nezu y Zen corrían por la cima de la muralla, el viento cortándoles el rostro y las antorchas pasando como destellos anaranjados.

—¿Dónde estará la entrada…?

—murmuró Nezu—.

Ya casi le damos toda la vuelta a la muralla.

Giró la cabeza por instinto.

Detrás de ellos, dos figuras se acercaban cada vez más rápido.

—Zen —dijo, acelerando—.

Se están acercando.

No hubo respuesta.

Nezu volvió la vista al frente y distinguió un grupo de soldados apostados cerca de una estructura más amplia, reforzada, con arcos y pasarelas internas.

—Ahí —dijo—.

Ahí debe ser la entrada.

Nezu se detuvo en seco cuando noto que Zen se había detenido.

Estaba quieto, de pie, mirando hacia el borde de la muralla.

—¿Qué pasa?

—preguntó Nezu, desconcertado.

Zen habló sin girarse.

—Renuncio.

Nezu parpadeó.

—¿Qué?

Zen dio un paso hacia la orilla.

—Estoy cansado de todo esto —dijo con total calma— Me retiro de la misión.

Nezu reaccionó de inmediato y lo sujetó del brazo.

—¿Qué estás diciendo?

—exclamó—.

¿Y la misión?

¿Y el núcleo?

Zen soltó una risa breve, vacía.

—No me importa la misión —respondió—.

Tampoco me importa la gente de este reino.

Nezu lo miró, sin entender.

—Solo estaba aquí para sentir algo de emoción —continuó Zen—.

Gané… y fue aburrido.

Perdí… y también fue aburrido.

Se giró un poco, lo justo para mirarlo de reojo.

—Si no hay ninguna forma de divertirme, no tengo razón para seguir con esto.

Iba a soltarse cuando Nezu habló, rápido, urgente.

—Si te vas ahora —dijo—, no vas a encontrar esa emoción en ningún otro lugar.

Zen dio unos pasos hacia atrás y lo miró de frente.

Nezu tragó saliva.

Vio de reojo cómo Vira y Sea se acercaban cada vez más.

—Dime algo —continuó, apresurado—.

Cuando luchas… ¿en qué piensas?

Zen frunció el ceño.

—Cortar, bloquear, esquivar —respondió—.

El orden cambia, pero es eso.

—Ese es el problema —dijo Nezu sin dudar—.

Es un patrón monótono.

Zen abrió la boca para responder, pero Nezu siguió.

—Cuando ganas, ganas de forma aburrida.

Cuando pierdes, pierdes de forma patética.

—No tienes que decirlo así —replicó Zen.

Nezu le dio un golpe seco en la frente con los nudillos.

—Piensa.

Zen se llevó una mano a la frente, sorprendido.

—¿Qué es lo más increíble que quieres hacer o ser ahora mismo?

—dijo Nezu, mirándolo fijamente—.

No pienses si vas a ganar o perder.

Solo inténtalo.

Se acercó un paso más.

—Yo me encargaré de hacerlo realidad.

Zen bajó la mirada.

El ruido del combate, los gritos, la persecución… todo se apagó poco a poco.

¿Qué es lo que quiero hacer…?

Sintió algo distinto en el pecho.

No emoción, no miedo… algo olvidado.

—Yo… —murmuró.

El agua comenzó a moverse bajo sus pies.

Una corriente circular se formó alrededor de sus botas, girando con suavidad al principio, luego con más fuerza.

Zen alzó la vista.

—Quiero que mi corazón lata de nuevo —dijo—.

Quiero hacer algo increíble.

La corriente explotó hacia adelante.

Zen salió disparado, corriendo directo hacia Sea y Vira, el agua impulsándolo con fuerza.

Nezu se quedó quieto un segundo.

—Oye… —murmuró—.

Es para el otro lado la— Suspiró.

—Supongo que no importa.

Echó a correr detrás de él.

—Hagamos tu deseo realidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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