CADENAS - Capítulo 17
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17: Que Divertido Juego 17: Que Divertido Juego El pueblo se llamaba Brumael.
No aparecía en los mapas grandes ni en los discursos del reino.
Era uno de esos asentamientos rurales levantados a medias, atrapado justo en la frontera entre Beelcevia y Luxoria, donde las guerras no se anunciaban con banderas sino con humo en el horizonte y caminos llenos de gente cansada.
La guerra entre ambos reinos había terminado hacía poco.
Al menos, oficialmente.
Pero las secuelas seguían moviéndose.
Refugiados iban y venían cruzando la frontera como sombras errantes: familias rotas, soldados desertores, niños sin nombre ni destino.
Brumael se convirtió en un punto de paso, un lugar donde nadie quería quedarse demasiado tiempo, pero donde muchos terminaban varados.
Las casas eran bajas, de madera vieja y piedra mal encajada.
Los campos alrededor estaban pisoteados, con cercas reparadas una y otra vez.
Por las noches, el pueblo olía a leña húmeda y comida racionada.
Fue en uno de esos días grises cuando llegaron los niños.
No entraron juntos ni anunciándose.
Simplemente aparecieron, uno tras otro, como si el camino los hubiera escupido allí y se hubiera olvidado de recogerlos.
No tenían adultos, ni animales, ni pertenencias más allá de la ropa que llevaban puesta.
Durante un tiempo durmieron en la calle.
Cada día era una lucha sencilla y brutal: encontrar comida, evitar problemas, no llamar la atención equivocada.
A veces robaban, a veces pedían, a veces simplemente pasaban hambre.
Uno de ellos era más pequeño que el resto.
Zen.
Mientras los otros discutían, planeaban o se peleaban por migajas, Zen dormía.
Siempre dormía.
Buscaba la sombra de algún callejón, el hueco entre dos muros, cualquier lugar donde el mundo hiciera menos ruido.
Aquella tarde estaba recostado contra la pared de una casa abandonada, medio cubierto por sombras, respirando con lentitud.
No soñaba.
Simplemente no estaba.
Hasta que algo le golpeó la cabeza.
—¡Eh!
Una pelota de trapo rodó por el suelo.
Zen abrió un ojo.
Luego el otro.
Se estiró con una lentitud exagerada, como si el tiempo no tuviera ninguna prisa por alcanzarlo.
Se incorporó, recogió la pelota y se levantó sin decir palabra.
Frente a él estaban los otros cuatro.
—¿Quién fue?
—preguntó Zen con voz plana, sin rastro de molestia.
Los chicos se miraron entre ellos de inmediato y empezaron a señalarse mutuamente.
—¡Fue él!
—¡No, fue ella!
—¡Yo no fui!
—¡La pateó sola!
Eran distintos entre sí, incluso en la forma de pararse.
Rai, el mayor, tenía el cabello oscuro y enredado, una cicatriz pequeña en la ceja y los brazos siempre tensos.
Lune, delgada y de ojos atentos, nunca se quedaba quieta.
Taro, ancho para su edad y con una risa fácil, escondía su miedo detrás de bromas torpes.
Y Mila, la más pequeña después de Zen, con el cabello claro y la ropa demasiado grande, se aferraba siempre a los otros, pero no bajaba la mirada.
Zen los observó unos segundos.
No había enojo en su rostro.
Tampoco curiosidad.
Suspiró y lanzó la pelota.
No la arrojó con fuerza exagerada, pero su movimiento fue preciso.
La pelota rebotó primero en la frente de Rai, luego cambió de dirección y golpeó a Lune, saltó hacia Taro y terminó chocando contra la cabeza de Mila antes de caer al suelo.
Los cuatro se quejaron al mismo tiempo.
—¡Oye!
—¡Eso dolió!
—¿Qué te pasa?
—¡Zen!
Zen ya se estaba dando la vuelta.
—Déjenme dormir —dijo mientras volvía a acomodarse en la sombra del callejón—.
Solo despiértenme cuando haya comida.
Se recostó otra vez, cerró los ojos y, en cuestión de segundos, su respiración volvió a hacerse lenta.
Mila se acercó despacio, con cuidado de no patear las piedras del callejón.
—Zen… —dijo, estirando un poco la palabra—.
Es tu turno de cazar.
Zen abrió un ojo, apenas.
—Ya lo hice hace unos días.
Su voz no tenía queja, solo constatación.
Lune cruzó los brazos de inmediato.
—Le toca a Rai —dijo—, pero se lastimó la última vez.
Todavía no puede correr bien.
Zen giró la cabeza apenas, miró a Rai apoyado contra una pared cercana, la pierna vendada de forma improvisada.
—Entonces que vaya Mila.
Mila parpadeó.
Lune abrió los ojos, indignada.
—¿Pero qué te pasa?
—le espetó—.
¿Cómo eres capaz de mandar a la pequeña Mila sola al bosque?
Zen la miró sin expresión.
—¿Por qué no?
Lune apretó los labios, respiró hondo y luego señaló el callejón.
—Si no ayudas, no te vamos a dejar dormir.
Zen se quedó en silencio unos segundos, procesando aquello.
Luego levantó la mirada.
—Eso es trampa.
Mila levantó la mano con timidez.
—¿Y si… vamos todos a cazar?
—propuso—.
Así nadie queda mal.
Zen la observó.
—La pulga tiene un punto.
—¡No le digas así!
—le reclamó Lune de inmediato, poniéndose frente a Mila Mila no parecía molesta.
Solo sonrió un poco.
Al final, tomaron el camino hacia el bosque.
Todos excepto Rai.
El bosque comenzaba apenas cruzando los campos pisoteados detrás del pueblo.
No era especialmente denso, pero sí lo suficiente como para que la luz se filtrara de forma irregular entre las ramas.
El suelo estaba cubierto de hojas secas y raíces sobresalientes, y el aire olía a tierra húmeda y resina.
Taro caminaba primero, mirando a todos lados como si esperara que algo saltara de entre los árboles.
—Si encontramos algo grande, yo me encargo —dijo, inflando el pecho.
—La última vez gritaste antes de ver qué era —respondió Lune sin mirarlo.
—¡Era grande!
…creo.
Zen caminaba atrás, arrastrando un palo por el suelo, aburrido.
No parecía prestar atención, pero sus pasos nunca fallaban entre raíces ni piedras.
Mila iba cerca de él.
—¿De verdad sabes cazar?
—le preguntó en voz baja.
—Sé agarrar cosas —respondió Zen—.
A veces se mueren después.
Eso no tranquilizó mucho a nadie.
Avanzaron un poco más en el bosque, hasta que el sonido del pueblo desapareció por completo.
El silencio se volvió distinto, más atento.
Lune levantó una mano.
—Escuchen.
Entre los arbustos se oyó un movimiento rápido.
Algo pequeño.
Taro se tensó.
—¿Eso cuenta como comida?
Zen dio un paso adelante.
—Sí.
Se agachó de golpe, sin aviso, y lanzó el palo.
No fue un movimiento violento, sino preciso.
El objeto atravesó el follaje y se oyó un golpe seco.
Un segundo después, Zen se incorporó y caminó hacia donde había lanzado.
Regresó con un animal pequeño entre las manos, inmóvil.
Mila abrió los ojos.
—¿Lo… lo hiciste solo?
Zen se encogió de hombros.
—No era muy interesante.
Lune lo miró en silencio.
No había sorpresa en su rostro, sino algo más difícil de nombrar.
—Bien —dijo al final—.
Entonces no moriremos hoy.
Los arbustos volvieron a sonar.
Esta vez no fue un movimiento pequeño ni torpe.
Fue pesado.
Cercano.
Zen frunció apenas el ceño.
Sin pensarlo, tomó el palo que Lune llevaba y lo lanzó hacia el origen del ruido.
El palo golpeó algo duro y rebotó.
Y entonces, los arbustos se abrieron de golpe.
Un oso pardo emergió entre ramas rotas y hojas volando.
Era enorme.
Su pelaje estaba sucio, enmarañado, y cuando vio al grupo rugió con una fuerza que sacudió el aire.
Se irguió sobre sus dos patas traseras, mostrando el pecho y las garras.
El sonido fue demasiado.
Taro cayó de espaldas, desmayado antes de tocar el suelo.
Lune reaccionó por puro instinto.
Se plantó frente a Mila, cubriéndola con su cuerpo.
—Zen… —dijo con la voz temblando—.
Retrocede.
Lento.
No lo mires fijo.
Zen no se movió.
Sus ojos estaban clavados en el animal.
Se inclinó y tomó el palo que Taro había soltado al caer.
Lo sostuvo con una mano, apuntando directo al oso.
El oso lo vio.
Y entendió el reto de la pequeña bestia, rugió de nuevo y se lanzó hacia adelante.
Lune no pudo gritar.
Solo alcanzó a cubrirle los ojos a Mila con ambas manos y apretarlos con fuerza.
Esperó lo peor.
Pero no llegó.
El aire se movió.
Zen dio un paso al frente.
El agua del suelo, del aire húmedo, de las hojas empapadas, se arremolinó alrededor del palo en sus manos.
No fue un torrente ni algo espectacular.
Fue compacto.
Denso.
El golpe fue seco.
Uno.
Dos.
Tres.
El palo impactó contra el cuerpo del oso una y otra vez, cada golpe empujado por el peso del agua, por una fuerza que no correspondía al cuerpo del niño que lo blandía.
El oso rugió, esta vez de dolor.
Retrocedió y Zen avanzó cuando lo vio ceder.
Un último golpe, más fuerte, lo hizo girar sobre sí mismo.
El animal chilló, dio media vuelta y huyó entre los árboles, rompiendo ramas a su paso hasta que el sonido se perdió en el bosque.
El silencio cayó de golpe.
Lune seguía inmóvil, respirando rápido.
Mila se quitó las manos de los ojos.
—¿Ya puedo ver?
—preguntó.
Nadie respondió.
—¿Por qué me tapaste los ojos?
—añadió, confundida.
Miró alrededor.
—¿Y por qué Taro está en el suelo?
Zen ya estaba caminando hacia donde el oso había desaparecido.
—Ven Lune —dijo, sin mirar atrás.
Lune tardó unos segundos en reaccionar.
Sus piernas temblaban cuando dio el primer paso.
—¿Cómo… cómo mierda hiciste eso?
—preguntó, todavía incrédula.
—¿Cómo mierda hizo qué?
—repitió Mila, mirando a uno y otro.
—¡No digas malas palabras!
—le espetó Lune de inmediato, sin pensar.
Avanzaron unos metros más.
Y entonces Lune lo vio.
Se quedó quieta.
—Santa mierda… —¿Por qué tú sí puedes decir malas palabras?
—protestó Mila.
Pero Lune no respondió.
Frente a ellos, entre árboles torcidos y raíces que rompían el suelo, se alzaba una casa.
Una casa de madera, vieja, tan antigua que parecía haber sido olvidada por el mundo.
Las paredes estaban cubiertas de musgo, el techo hundido en partes, y ramas gruesas crecían atravesando ventanas rotas.
El bosque no la rodeaba.
La estaba devorando.
Durante los meses siguientes, el bosque dejó de ser solo un refugio y se convirtió en un trabajo constante.
La casa no se arregló rápido.
Ni bien.
Se arregló como podían.
Tablas torcidas reemplazaron paredes comidas por la humedad.
El techo se sostuvo con vigas robadas de construcciones abandonadas.
El suelo seguía siendo tierra en muchos puntos, y el olor a moho nunca se fue del todo.
Había insectos, frío por las noches y goteras cuando llovía.
Pero era su hogar.
Pasaron dos años.
Dos años de cazar, recolectar, intercambiar lo poco que encontraban.
Dos años en los que Zen iba y venía del pueblo cercano, vendiendo pieles, carne seca, trozos de metal oxidado que encontraba en el bosque.
No hablaba mucho.
Nunca lo había hecho.
Dejaba las cosas, recibía lo justo y se iba.
Ese día no fue distinto.
El pueblo estaba tranquilo.
Demasiado, quizá.
La gente caminaba despacio, cansada pero viva.
Refugiados de Luxoria y Beelcevia se mezclaban sin mirarse demasiado, como si todos supieran que el pasado era algo que no convenía remover.
Un niño corría con un trozo de pan.
Un anciano gritaba precios desde un puesto improvisado.
El viento movía telas colgadas entre casas de madera.
Zen entregó las pieles.
Le pagaron poco, como siempre.
Se sentó un momento en el borde de una fuente seca, apoyando la espalda contra la piedra.
Cerró los ojos.
El sol le calentaba la cara.
Pensó, vagamente, en dormir un rato antes de volver al bosque.
Entonces escuchó los gritos.
No al principio.
Primero fue el ruido.
Un murmullo extraño, creciente, como un temblor lejano.
Luego cascos.
Muchos.
Demasiados.
Zen abrió los ojos.
A lo lejos, por el camino principal, una línea oscura avanzaba levantando polvo.
Un ejército.
No hubo tiempo de entenderlo.
El cielo se iluminó.
Flechas envueltas en fuego cruzaron el aire como una lluvia ardiente.
Se clavaron en techos, en puestos, en cuerpos.
La madera comenzó a arder casi al instante.
Los gritos se multiplicaron.
Los caballos entraron al pueblo al galope.
Jinetes armados bajaban a la gente de un golpe, de una lanza, de una espada.
Robaban lo que podían, prendían fuego a lo demás.
Casas colapsaban.
Sangre corría por la tierra.
Zen no gritó.
No se movió por un segundo.
Luego se dio la vuelta.
Corrió.
No hacia el centro del pueblo.
No hacia nadie.
Corrió hacia el bosque.
Hacia su hogar.
Las llamas quedaban atrás.
Los gritos se volvían ecos distantes.
Sus pies se movían rápido, automático.
Su respiración era estable.
Su mente, extrañamente silenciosa.
Cuando llegó, el olor lo golpeó primero.
Humo.
La casa estaba envuelta en fuego.
El techo había colapsado casi por completo.
Las llamas devoraban las paredes que habían tardado años en levantar.
Las vigas crujían, cediendo.
Zen se detuvo.
En la entrada, había un cuerpo.
Taro.
Estaba de espaldas, con los ojos abiertos, mirando a nada.
Una lanza le atravesaba el pecho, clavándolo contra el suelo.
La sangre ya se había secado en partes, oscura, pegajosa.
Zen lo miró.
No dijo nada.
Avanzó.
Unos pasos más adelante, entre la hierba pisoteada, estaban los otros cuerpos.
Lune.
Rai.
Mila.
Los tres decapitados.
Las cabezas no estaban.
El suelo estaba manchado, irregular, como si alguien hubiera trabajado rápido, sin cuidado.
Como si no hubiera importado.
Zen se quedó quieto.
Miró uno por uno.
No tembló.
No gritó.
No cayó de rodillas.
Su pecho no dolía.
Su garganta no se cerró.
Sus ojos no ardían.
Todo estaba destruido.
Todo lo que tenía había sido robado, quemado, asesinado.
Y aun así no sentía nada más que vacía aún más vacío que antes.
Zen caminó de vuelta al pueblo bajo un cielo que comenzaba a romperse.
La lluvia cayó de repente, pesada, constante, apagando uno a uno los incendios que aún consumían las casas.
El fuego murió con un siseo apagado, como si el mundo mismo estuviera cansado de arder.
El barro empezó a formarse bajo sus pies, mezclándose con ceniza y sangre.
Cuando Zen llegó, el pueblo ya estaba muerto.
No quedaba nadie con vida.
Los cuerpos yacían donde habían caído, retorcidos, abiertos, irreconocibles.
Las casas estaban saqueadas, las puertas destrozadas.
Solo quedaban los soldados, reuniendo botines, riendo, cargando sacos y armas.
Zen caminó entre ellos.
No corrió.
No se escondió.
Avanzó en línea recta, atravesando el campamento improvisado.
Uno a uno, los soldados dejaron de moverse.
Las risas se apagaron.
Las manos soltaron lo que estaban cargando.
Todos lo miraron pasar, empapado por la lluvia, con la mirada vacía y los pasos firmes.
Al fondo, junto a un caballo negro cubierto con tela roja, estaba el capitán.
Un hombre alto, de hombros anchos, con una armadura oscura marcada por golpes antiguos.
Su rostro estaba curtido, con barba descuidada y una sonrisa torcida que parecía permanente.
Sostenía una espada larga apoyada en el suelo, como si fuera una extensión natural de su cuerpo.
El capitán lo observó acercarse y soltó una carcajada.
—Parece que faltó uno —dijo—.
Qué descuido.
Rió de nuevo, y algunos soldados lo imitaron con nerviosismo.
Zen se detuvo frente a él.
—Dame una espada —dijo—.
Te mataré.
El capitán arqueó una ceja, divertido.
—¿Una espada?
—rió—.
Eso sería demasiado grande para ti.
Metió la mano en su cinturón y sacó un cuchillo largo, delgado, más parecido a una daga.
—Esto va más con tu talla.
Se lo lanzó.
Zen lo atrapó sin mirarlo.
—Adelante.
El capitán ladeó la cabeza.
—¿Por qué quieres pelear conmigo?
—preguntó—.
¿No has visto lo que les pasó a todos los demás?
—Para matarlos a todos —respondió Zen— primero debo ir por el más fuerte.
La risa fue general.
El capitán se llevó una mano al pecho, exagerando.
—Vaya ambición.
Zen lo miró con desinterés.
—¿Cuál es tu nombre?
—¿Para qué?
—se burló el capitán—.
¿Soy una víctima especial en tu gran lista de asesinatos?
—Quiero saber —dijo Zen— si puedo recordar a la primera persona que asesine.
El capitán sonrió, divertido.
—William.
¿Y tú?
—Zen.
William se preparó.
Saltó alto, demasiado alto para alguien de su tamaño, y descendió intentando empalarlo.
Zen dio un solo paso atrás.
La espada pasó frente a su rostro.
—Oh… —dijo William—.
Eres bueno.
Atacó de nuevo.
Esta vez, la hoja rozó la mejilla de Zen, abriendo un corte superficial.
Zen retrocedió y se tambaleó apenas.
—Cuidado, chico —dijo William—.
Si pierdes el equilibrio, morirás.
—Di lo que quieras —dijo Zen—.
Lo olvidaré al momento.
William se estiró, relajando los hombros.
—Déjame mostrarte algo interesante.
Yo lo llamo… mi danza.
Volvió a atacar.
Pero esta vez fue distinto.
Cada movimiento de William parecía duplicarse, triplicarse.
Su cuerpo dejaba imágenes residuales, como si fueran varios atacando al mismo tiempo.
Zen solo pudo huir, bloqueando lo que alcanzaba.
Muchos golpes lo alcanzaron, cortes superficiales, precisos.
William no buscaba matarlo aún.
Jugaba.
Intentó cortarle el cuello.
Zen lo esquivó por poco.
—Como esperaba —dijo William—.
No es suficiente para acabar contigo.
Sonrió.
—Tienes talento.
¿No quieres unirte a mí?
Zen lo miró.
—¿Eso que mostraste era todo tu poder?
William frunció el ceño.
—No.
Solo era calentamiento.
—Perfecto —respondió Zen—.
Si eso era todo, no estaría satisfecho.
William atacó de nuevo.
Pero esta vez, Zen bloqueó.
Las hojas chocaron, y comenzaron un intercambio cerrado.
William se movía con fluidez, girando, desplazándose como si bailara.
Zen seguía cada movimiento, cada paso, cada ritmo.
—¿Qué te parece mi danza?
—dijo William, y lo pateó en el abdomen.
Zen cayó al barro.
Se incorporó agarrándose el pecho, jadeando.
William no le dio tregua.
Atacó sin parar.
Zen esquivaba, pero cada vez recibía más cortes.
—Tus pasos se están volviendo lentos —se burló William.
William lo arrojó al suelo otra vez.
—¿Qué pasa?
—dijo—.
¿Estás llegando a tu límite?
El corazón de Zen latia tan fuerte que él lo podía escuchar, en su interior comenzaba a formarse un sentimiento que nunca antes había sentido.
Zen apretó la daga.
Se levantó.
Como si nada.
—¿Esta es tu danza?
—preguntó—.
Qué juego tan divertido.
William se quedó inmóvil un segundo.
—Ahora mismo —continuó Zen— siento que puedo hacer algo increíble.
Se lanzó hacia él.
—Tu técnica está incompleta —dijo—.
Mira una danza de verdad.
La daga de Zen se envolvió en agua.
Al chocar con la espada de William, esta quedó inmóvil.
El agua se expandió, golpeando el cuerpo de William desde todos los ángulos, como olas invisibles que lo aplastaban sin permitirle moverse.
William sintió miedo.
Por primera vez.
Miró a Zen como a un monstruo.
Zen se separó un paso.
—Señor William —dijo—, permítame guiarlo hacia el infierno.
—¡Mátenlo!
—gritó William—.
¡Máten a este monstruo!
Los soldados avanzaron.
Pero cuando se acercaban demasiado, sus cabezas caían al instante.
—No sean tontos —dijo Zen—.
No actúen como si cortarlos fuera tan difícil.
William intentó huir.
Zen apareció frente a él.
—Vamos —dijo—.
Dame más emoción.
Por favor… intenta no morir.
Lo cortó una y otra vez.
William era un rival demasiado fácil.
Zen lo corto sin piedad, de distintas formas, buscando algo que no llegaba.
Quería sentir algo.
Lo hacía por Taro.
Por Lune.
Por Rai.
Por Mila.
Pero no sentía nada por ellos.
—Eran aburridos… —dijo Zen, mirando el cuerpo destrozado—.
Pero estaban conmigo.
Se inclinó.
—Quería pasar más tiempo con ellos.
William, apenas consciente, susurró: —¿Voy… a morir?
—No vale la pena pasar tiempo contigo —respondió Zen.
William apretó su espada.
—Mi viaje… aún no ha terminado… Zen lo decapitó de un solo golpe.
Todo quedó en silencio en medio de esta masacre.
—Excelente —dijo Zen—.
Pero para saciarme… matarte no es suficiente.
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