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CADENAS - Capítulo 18

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18: Soy un Dios 18: Soy un Dios Las alcantarillas de Bamburashi no eran un lugar destinado a reuniones, y justamente por eso servían tan bien.

El agua corría lenta por canales de piedra oscurecida, cargada de residuos y reflejos verdosos de las antorchas.

El techo era bajo en algunos tramos, sostenido por arcos antiguos cubiertos de humedad, musgo y grietas que rezumaban gotas constantes.

El aire era espeso, una mezcla de hierro, podredumbre y humo viejo, y cada respiración se sentía pesada en el pecho.

En una cámara amplia, donde varios conductos convergían, se había dispuesto una mesa larga y tosca de madera reforzada, apoyada sobre bloques de piedra.

No era elegante, pero sí firme.

Alrededor de la mesa se encontraban varios líderes del Ejército de Liberación.

Hombres y mujeres de distintas edades, algunos con armaduras gastadas, otros con ropas más discretas, pero todos con armas visibles.

Detrás de ellos, pegados a las paredes húmedas, guardias armados vigilaban en silencio, atentos a cada sombra y cada eco.

La antorcha central crepitaba suavemente.

Nadie hablaba.

El silencio se prolongó hasta que uno de los hombres, de barba cerrada y rostro cansado, rompió la quietud.

—Al fin llegó.

Las miradas se dirigieron hacia uno de los pasillos laterales.

De la oscuridad emergió una figura pequeña, envuelta en una capa demasiado grande para su cuerpo.

Caminó con pasos tranquilos, sin apuro, atravesando el espacio entre las antorchas hasta llegar al centro de la mesa.

Se sentó.

Entonces, con un movimiento simple, se quitó la capucha.

Era una chica.

De rostro joven, facciones finas y ojos atentos que no coincidían con su tamaño.

Su cabello, corto y desordenado, caía sobre su frente aún húmeda por la caminata.

No sonreía.

No parecía nerviosa.

Alzó la vista y habló con voz clara.

—Rougue.

Vicecapitana del ejército general.

Hubo un murmullo leve, incómodo.

Uno de los hombres, con un anillo pesado en la mano derecha, frunció el ceño.

—¿Khota no va a presentarse?

Rougue ni siquiera parpadeó.

—Khota está ocupada.

Otro hombre, más viejo, apoyó los codos sobre la mesa.

—Se siente mal tener esta reunión sin Sol.

El ambiente se tensó.

Rougue inclinó apenas la cabeza, como si esa respuesta ya estuviera preparada.

—Sol decidió escapar.

Algunos líderes se removieron en sus asientos.

—Su carta, sobre atravesar la muralla y reunirse con nosotros —continuó Rougue—, no son más que fantasías.

El hombre la miró fijamente.

—Llegaron noticias de que el asalto ya empezó.

Es precipitado decir que— —Sol perderá —lo interrumpió Rougue, sin alzar la voz—.

Es algo esencial en él.

El silencio fue inmediato.

El mismo hombre apretó la mandíbula.

—Según mis hombres —dijo—, están evacuando el distrito exterior.

La reacción fue instantánea.

—¿Evacuando?

—¿Por qué harían eso?

—Las murallas exteriores nunca han caído.

—¿Sol descubrió cómo derribar las torres?

Las voces se superpusieron, el eco multiplicando el ruido en la cámara subterránea.

Algunos golpearon la mesa, otros se inclinaron hacia adelante, hablando todos a la vez.

Rougue apoyó ambas manos sobre la madera.

—Silencio.

No gritó.

No fue necesario.

El murmullo se apagó poco a poco.

—Nadie —continuó—, a excepción de Khota, puede derrumbar las torres.

Algunos intercambiaron miradas incómodas.

Otros bajaron la vista.

Rougue se recostó apenas en su asiento.

—La sesión continúa —dijo—.

Siguiente tema.

Hizo una pausa breve, lo suficiente para que todos entendieran el peso de lo que venía.

—El asalto al castillo.

En la cima de la muralla, el combate era un caos controlado.

Zen atacaba sin descanso, su espada trazando cortes rápidos y precisos, pero cada intento era desviado.

Los hilos de Vira, finos como cabellos y casi invisibles, se enrollaban alrededor de su muñeca , alterando la trayectoria de cada tajo justo en el último instante.

Chispas de agua y metal saltaban en el aire.

Vira retrocedía con una sonrisa tensa, los dedos en constante movimiento, manipulando los hilos como si tocara un instrumento.

Sobre ellos, Azazel planeaba en círculos amplios, alto, observando.

Sus alas rojas dejaban estelas deformes en el aire, y su cuerpo se inclinaba apenas cada vez que calculaba el momento perfecto para embestir.

Zen se apartó de un salto hacia atrás.

Clavó los pies en la piedra y comenzó a ondear la espada en amplios arcos.

Cada movimiento arrastraba el aire, y con él, el agua.

Corrientes líquidas se formaron alrededor del filo, girando, cortantes, inestables.

—Algo increíble… —murmuró Zen, casi para sí mismo.

Vira giró la cabeza.

—Sea —dijo—.

Prepárate.

Sea observaba sin tensión aparente.

Sus ojos analizaban cada oscilación del agua, cada cambio mínimo en el ritmo de Zen.

—No hay necesidad —respondió—.

Ya lo tengo.

Vira arqueó una ceja.

—¿En serio?

Sea asintió.

—Adelante —sonrió Vira.

Sea salió disparado.

Zen lanzó las corrientes de agua.

No eran simples cortes rectos: se desviaban, se fragmentaban, cambiaban de ángulo a mitad del trayecto.

Eran ataques pensados para encerrar, no para acertar directamente.

Sea los esquivó todos.

Avanzaba entre ellos con pasos exactos, girando el torso, inclinándose lo justo, leyendo el patrón en tiempo real.

—Esa técnica… —dijo mientras se acercaba— es tan vacía que puedo descifrarla con solo verla.

Zen apretó los dientes.

Antes de que pudiera reaccionar, Nezu apareció entre ambos.

Un tajo vertical descendió rápidamente,Sea lo esquivó por poco, retrocediendo de inmediato.

La separación fue total.

—Nezu… —alcanzó a decir Zen.

—¿Eso es todo?

—lo interrumpió Nezu sin mirarlo—.

¿Eso es lo más grandioso que pudiste imaginar?

Zen se quedó en silencio.

Nezu lo miró de reojo, serio.

—Cúbreme —dijo—.

Tal vez así observes… y aprendas cómo brillar.

—¿Qué…?

—Zen no terminó la frase.

Las alas de Azazel golpearon la muralla al aterrizar.

—Se acabó el juego —dijo Azazel, sonriendo.

Nezu no le prestó atención.

Miró a Zen por última vez.

—Te permitiré brillar —dijo—.

Pero debajo de mí.

Y avanzó contra los tres.

Zen lo siguió con la mirada.

Y en ese instante lo entendió.

Nezu apenas podía mantener el ritmo.

Cada bloqueo era forzado.

Cada esquiva, ajustada al límite.

Su cuerpo estaba llevándose más daño del que mostraba.

Zen lo supo.

Lo había sabido desde la primera vez que lo vio.

—Soy más fuerte.

—Más rápido.

—Más ágil.

—Más poderoso.

Incluso ahora, al verlo luchar, lo confirmaba.

—Entonces… ¿Por qué?

—¿Por qué me siento tan inferior?

—¿Qué es lo que te hace tan especial…que hace que mi corazón lata?

El mundo se apagó.

Todo quedó en oscuridad.

Zen estaba de pie sobre un océano infinito, negro, silencioso.

El agua era tan profunda que no se veía el fondo.

No había cielo.

No había horizonte.

Frente a él, una sombra tomó forma.

Era William.

—¿Tú…?

—dijo Zen.

La figura se giró y comenzó a correr.

Flechas envueltas en fuego comenzaron a caer desde la nada, atravesando la oscuridad.

William esquivaba cada una, moviéndose con fluidez perfecta.

Zen corrió tras él.

Esquivó las flechas.

Copió los pasos.

Siguió cada movimiento.

Hasta que lo alcanzó.

Y entonces… La realidad regresó de golpe.

Zen estaba en medio del combate.

Todo su cuerpo estaba envuelto en una burbuja de corrientes de agua, girando a su alrededor como un torbellino vivo.

Los ataques de Sea, los hilos de Vira, el peso de Azazel… todo era desviado antes de tocarlo.

Pero Zen no los miraba.

—Aún no es suficiente… —susurró.

Delante de él apareció una sombra.

La sombra de él mismo.

Esa figura se movía entre los ataques con absoluta naturalidad, como si el mundo entero obedeciera su ritmo.

Zen la siguió.

No pensó.

No decidió.

Solo siguió.

La burbuja creció.

Más agua.

Más presión.

Más velocidad.

Cada esquiva era perfecta.

Cada paso, exacto.

No reaccionaba: anticipaba.

Su cuerpo ardía.

Sus músculos gritaban.

Su corazón latía como nunca antes.

Saltó para alcanzar la sombra y en ese instante, todo se alineó.

—Lo siento, Mila… Aún no puedo llorar tu muerte.

—No espero que me perdones…

pero esta sensación… No la cambio por nada.

Toda la burbuja colapsó.

El océano entero se comprimió alrededor de su espada.

Y con ese poder golpeó.

Una marea absoluta se liberó en un solo instante, arrastrando a Azazel, Vira y Sea como si fueran nada.

Sus cuerpos fueron lanzados fuera de la muralla, perdiéndose en el vacío con el rugido del agua detrás de ellos.

La cima quedó en silencio.

El agua se disipó lentamente.

Zen quedó de pie, jadeando, temblando, con una sonrisa tranquila en su rostro.

—Maldita sea… —dijo, mirando sus manos—.

Soy un dios.

Los cuerpos desaparecieron más allá de la muralla.

El rugido del agua aún resonaba cuando el silencio regresó de golpe.

Vira cayó primero.

El viento la arrancó de la cima, girando su cuerpo sin control.

Durante un instante vio el cielo dar vueltas y la muralla alejarse demasiado rápido.

—¿Qué… mierda fue eso…?

—alcanzó a decir, sin aire.

Un hilo salió disparado desde su muñeca.

Se clavó en la piedra de la muralla con un chasquido seco.

El tirón fue brutal.

Su cuerpo se sacudió violentamente antes de quedar colgando, balanceándose en el vacío.

Los dedos le temblaban, los hilos vibraban tensos, a punto de romperse.

Respiró con dificultad.

—…Este mundo está lleno de monstruos —murmuró—.

Esto fue un desastre.

Debajo de ella, Azazel no tuvo tanta suerte.

Su cuerpo se estrelló contra el suelo con un impacto sordo que hizo temblar la tierra.

Las alas se doblaron en ángulos imposibles.

La sangre brotó de su boca al momento del choque.

Quedó inmóvil por unos segundos.

Entonces, con un gemido áspero, comenzó a moverse.

Apoyó una mano en el suelo y trató de incorporarse.

El dolor era evidente: cada respiración le arrancaba un gruñido, cada movimiento le exigía más de lo que su cuerpo quería dar.

Pero aun así… se levantó.

En la cima de la muralla, Zen ya no estaba triunfante.

El mundo le daba vueltas.

Dio un paso.

Luego otro.

Se tambaleó, riendo sin fuerza.

—Nezu… —dijo, con la voz arrastrada—.

Hagámoslo de nuevo… Sus rodillas cedieron.

Nezu lo miró en silencio.

No había admiración en su rostro.

Tampoco miedo.

Solo comprensión.

Avanzó de inmediato y lo atrapó antes de que cayera al suelo.

El cuerpo de Zen estaba caliente, tenso, como si aún no supiera cómo apagarse.

—Muy bien, genio —dijo Nezu con voz baja—.

Te excediste.

Zen intentó reír, pero el sonido se rompió en su garganta.

—…valió la pena.

Nezu no respondió.

Lo cargó con firmeza, sujetándolo por debajo de los brazos, y sin mirar atrás comenzó a llevarlo hacia el interior de la muralla, lejos del borde, lejos del combate, lejos del cielo.

En el núcleo, el aire estaba cargado de polvo y metal.

Las paredes vibraban levemente con cada choque de armas.

Chispas saltaban al contacto, marcando el ritmo irregular del enfrentamiento.

Nox y Kael seguían peleando.

No era un combate elegante.

Era directo, áspero, lleno de movimientos cortos y violentos.

Cada golpe llevaba más rabia que técnica.

Somi salió de la habitación sin decir nada.

Necesitaba un arma.

Afuera, los cuerpos de los hombres de Kael yacían dispersos, retorcidos en posiciones antinaturales.

Somi tomó una espada aún manchada de sangre, ajustó el agarre y regresó de inmediato.

Apenas cruzó la entrada, Nox gritó: —¡No te entrometas!

Su voz sonó quebrada, tensa, como si apenas se sostuviera.

Somi se detuvo en seco.

—¿Y la misión?

—preguntó—.

¿Qué pasa con la misión?

Nox no apartó la mirada de Kael.

—Esto es un duelo de hermanos —dijo—.

Derrotarlo… es mi meta.

Somi lo miró, desconcertada, solo un segundo.

Luego suspiró.

—Dame el cristal —dijo con firmeza—.

No me meteré.

Nox apretó los dientes.

—No lo tengo.

Somi frunció el ceño.

—¿Qué?

—Lo usé —respondió—.

Para destruir la puerta.

Somi giró la cabeza y vio los restos en el suelo: fragmentos de metal y piedra, la entrada hecha pedazos.

—Mierda… —murmuró.

Ese instante fue suficiente.

Kael avanzó como una sombra.

Con un movimiento limpio, desarmó a Nox mientras este seguía distraído.

La hoja giró en el aire antes de caer al suelo con un sonido hueco.

Antes de que Nox pudiera reaccionar, Kael ya estaba encima.

La daga se hundió en su hombro derecho.

La sangre brotó de inmediato.

Kael se inclinó, acercando su rostro al de él, sin expresión.

—Eres una molestia —dijo—.

Estás obsesionado.

Giró la hoja levemente, solo para asegurarse de que doliera.

—Si sigues colgado de mi sombra —continuó—, siempre estarás en segundo lugar.

Kael retiró la daga y dio un paso atrás.

Nox lo miró con rabia pura… y algo más.

Impotencia.

Somi reaccionó al instante.

Arrojó la espada con todas sus fuerzas.

Kael la vio venir y se apartó de un salto, esquivándola por poco.

La espada cayó al suelo entre ambos.

Nox la tomó.

Se levantó, apretando los dientes mientras la sangre empapaba su brazo.

—Te voy a demostrar ahora —dijo, con la voz temblando de furia— quién está en segundo lugar.

Kael ladeó la cabeza, evaluándolo.

—¿De verdad?

—respondió con desdén—.

¿Así?

Señaló su hombro herido.

—Con el brazo derecho así… yo ni siquiera lo intentaría.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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